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Comandos israelíes atan las manos a los varones, les tapan los ojos y les quitan la ropa

Fuentes: El Mundo

HOSPITAL AL AWDA (YABALIA) .- Nahed al Er, de 21 años, se encuentra herido grave en la cuarta planta del hospital Al Awda, en el campo de refugiados palestino de Yabalia (al norte de Gaza). Quiere contar su historia, pero cuando se dispone a hablar, uno de sus amigos -la habitación del hospital está repleta […]

HOSPITAL AL AWDA (YABALIA) .- Nahed al Er, de 21 años, se encuentra herido grave en la cuarta planta del hospital Al Awda, en el campo de refugiados palestino de Yabalia (al norte de Gaza). Quiere contar su historia, pero cuando se dispone a hablar, uno de sus amigos -la habitación del hospital está repleta de acompañantes- recibe una llamada telefónica.

Le explican que fuerzas especiales israelíes entraron en la madrugada del lunes por la calle Shaimá, en el barrio de Atattra, al noroeste de Yabalia y casi lindando con Beit Lahiya. Mediante los altavoces, pidieron a las mujeres y los niños que evacuaran la zona y separaron a todos los hombres de edades comprendidas entre 12 y 45 años, para introducirles en el recinto de la escuela Maauwiya.

Posteriormente, les maniataron, les vendaron los ojos y les despojaron de sus ropas. Durante la noche, la temperatura en este campo de refugiados ronda los cero grados. Según los vecinos, que pueden verlo todo desde sus ventanas, se oyen gritos y golpes en el interior de la escuela. Se hace el silencio en la habitación del hospital.

Tras la interrupción telefónica, Nahed comienza a contar su trágica historia al enfermero jefe del hospital, Nayib Abu Guda. El joven vive muy cerca de la frontera, junto al Cementerio de los Mártires, a pocos metros del paso fronterizo de Eretz. «Escuché una bomba relativamente lejos de la casa y tras la noche que habíamos pasado decidimos evacuar. Mi padre, mi madre, mis dos hermanas, mi mujer y yo habíamos preparado el carro y la mula», explica.

«Le insistí a mi mujer en que recogiese más ropa y ella entró de nuevo en la casa. Fue entonces cuando escuche la explosión. Al recuperar el sentido, me di cuenta de que yo era el único que podía caminar. Azuzé la mula y recorrí más de dos kilómetros hasta que llegué al hospital. De mi familia todavía no sé nada. Cuando me fui ninguno se movía», lamenta el joven, gravemente herido. Veinticuatro horas después de lo ocurrido, las ambulancias aún no han conseguido llegar hasta la casa de Nahed. Los médicos no quieren decirle que toda su familia está muerta.

Shadi Abu Rabia, de 22 años, proviene del campo de refugiados de Beit Lahiya y desde anoche comparte habitación con Nahed. El también tiene una historia que contar. «Estaba en mi casa, alrededor de las 9 de la mañana. Oí una explosión muy fuerte y me acerqué a la ventana. Un misil había impactado de lleno sobre la casa de mi hermana. Vi cómo la evacuaban, herida, junto a mis dos sobrinos. Mis padres, mis hermanos, mis tíos y mis sobrinos formamos un grupo y echamos a caminar. Seríamos unas 25 personas. No llevábamos nada con nosotros», relata.

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