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Confluencias

Fuentes: Rebelión

Vivimos un momento en el que constantemente se habla de confluencia. Parece como si todo el mundo la deseara. Sin embargo, ese término es ambiguo y con él se quieren significar a veces cosas muy diferentes. En la base de esta inquietud está, sin duda, el hecho de que hemos entrado en una coyuntura política […]

Vivimos un momento en el que constantemente se habla de confluencia. Parece como si todo el mundo la deseara. Sin embargo, ese término es ambiguo y con él se quieren significar a veces cosas muy diferentes.

En la base de esta inquietud está, sin duda, el hecho de que hemos entrado en una coyuntura política que suscita esperanza, pero a la vez incertidumbre, ansiedad y miedos. La perspectiva electoral de 2015 y las posibilidades de cambio que encierra suscita muchas expectativas y ejerce una fuerte presión a todo tipo de actores, colectivos e individuales. Tenemos abierta una oportunidad que no la imaginábamos antes de las elecciones europeas y queremos aprovecharla. Pero los objetivos e intereses de los diferentes actores sociales y políticos no son coincidentes y la tarea no es nada fácil.

Sectores cada vez más amplios nos vamos haciendo conscientes de lo que está pasando y de lo que está en juego, a pesar de la potente maquinaria política y mediática que nos machaca diariamente para tratar de ocultar la realidad que vivimos. Como decía Xavier Domènech ya en 2011, «el sistema está sufriendo una crisis de hegemonía brutal, como nunca desde los años treinta del siglo XX». Y cuando se dice sistema se alude a la parte económica del capitalismo, pero también a su parte política y cultural.

Por una parte, el capitalismo está mostrando su cara más brutal, justo en un momento en que sabemos que tenemos recursos suficientes para vivir todo el mundo con dignidad. El hambre, la pobreza, la desigualdad y la desesperación se van extendiendo y profundizando a ritmos agigantados. Nos plantean constantemente dilemas absurdos para meternos miedo y para que aceptemos sus políticas de expolio como mal menor. Nos dicen que, si no queremos paro, tenemos que aceptar precariedad y pobreza; que, si no se aplican sus reformas de precarización, recortes y privatizaciones, no podremos salir de la crisis; que, si no se apoya a la banca, grandes empresas y fortunas, no invertirán, abandonarán el país e iremos al desastre económico… Es decir, está claro que el capitalismo está aprovechando esta crisis para expoliar los derechos y recursos que teníamos conquistados. Nos están abocando a una sociedad autoritaria, enormemente desigual, con amplios sectores pasando hambre e insostenible social, económica y ecológicamente. Y la gente se está dando cuenta, a pesar del bombardeo de manipulación a la que está sometida.

Por otra parte, la crisis de legitimidad y hegemonía no es sólo del sistema; se ha extendido también con fuerza a la «izquierda» institucional. Hemos visto que, en lugar de defender los intereses de la ciudadanía, estas fuerzas se han pasado a defender los intereses del sistema. Es significativa una frase que dijo Montilla en 2010: «La democracia tiene un límite: el límite que marcan los mercados». Es decir, la socialdemocracia se ha visto en una encrucijada que le ha situado ante el dilema de defender los intereses de la ciudadanía o los de «los mercados», y ha optado por estos últimos. Esta supuesta izquierda no tiene más margen de maniobra en estos momentos para diferenciarse de la derecha que los discursos retóricos y los gestos de artificio; el único margen que le queda es el que le deja la dictadura de los mercados: ninguno. Y la consecuencia ha sido, lógicamente, que su legitimidad se ha desmoronado, porque la gente nos hemos dado cuenta de que la alternancia bipartidista no supone ningún cambio importante.

Pero también quienes propugnamos un cambio de verdad tenemos un gran dilema: la historia nos dice que, en situaciones como la que vivimos, si no construimos una herramienta política suficientemente potente como para conseguir un cambio socioeconómico, político y cultural profundo, la alternativa será el fascismo, el autoritarismo y la miseria. Por eso son tan importantes en estos momentos los procesos de confluencia. Unos procesos de confluencia que necesariamente requieren la participación y organización de todo tipo de gentes, organizadas o no.

Pero volvamos al principio. No hay un tipo único de confluencia. Puede haber confluencias de diferente naturaleza y nivel. Por ejemplo, hay confluencias a más corto plazo y con objetivos más limitados, que pueden tener fines movilizadores, electorales (pre y/o post) o todo a la vez. Pero también puede haber confluencias estratégicas a más largo plazo y con objetivos más ambiciosos, tanto ideológico-políticos como organizacionales. Todas son necesarias y su interrelación es primordial para que se potencien entre ellas. Pero es muy importante no confundirlas y aprender a pedir a cada una lo que puede dar. Se puede pecar de coyunturalismo, pero también de excesiva ambición. En todos los procesos de cambio aparecen agentes con objetivos y formas de actuación diferentes, y la posibilidad de éxito reside en gran medida en cómo se conjugan estos intereses y objetivos; y, lo más importante, en las actitudes propiamente dichas de esos actores. De ahí que, en momentos como este, sean tan importantes valores como la transversalidad, la inclusividad, la colaboración, el poner el acento en «ganar juntos» frente al «imponerse al otro», etcétera.

En mi opinión, la confluencia que urge en estos momentos es la que se plantea como objetivo conseguir una mayoría social y política suficiente como para lograr un cambio que permita que se tomen medidas urgentes para que todas las personas podamos vivir dignamente, para detener y revertir las medidas del expolio ciudadano, para defender y profundizar la democracia, para que se investiguen y depuren las responsabilidades económicas y políticas de la élite financiero-económica y política, y para que se empiecen a poner las bases para construir una sociedad enfocada al bienestar de las personas y a la sostenibilidad de la vida. Hay muchas confluencias y hay que trabajar en todas ellas, pero cada cual tiene sus características, ritmo, componentes y urgencias.

Por último, creo que no tendríamos que perder de vista una tarea fundamental para ganar la mayoría social, tarea que es no sólo política sino sobre todo ideológica y cultural. Me refiero al trabajo encaminado a profundizar la crisis de hegemonía del sistema y a esforzarnos por implantar una nueva. El sentido común que nos han inculcado nos dice que este es el mejor sistema posible y que cualquier otro nos llevará a la debacle. Y nos amenazan con la reproducción de experiencias estalinistas, maoístas, castristas… Como si los únicos totalitarismos de la historia hubieran sido esos. Además, eso nos lo dicen gentes que han bendecido sanguinarias dictaduras pasadas y presentes, entre las que se encuentra una muy cercana en el espacio y en el tiempo y cuyos efectos todavía sufrimos. Es preciso que el sentido común de sectores sociales cada vez más amplios se base en entender que este sistema nos lleva al desastre social y ecológico, en comprender que se puede construir otro mucho más humano y sostenible, y en interiorizar que, para eso, es vital la participación social y política de la ciudadanía.

Javier Echeverría Zabalza, miembro de Attac Navarra-Nafarroa

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.