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De Móstoles a Núremberg

Fuentes: Rebelión

No siempre es la Historia más reciente la que puede provocar controversias. Hace un par de años me sentí obligado a matizar, en una red social, un comentario sobre la festividad del 2 de mayo. Determinadas posturas, supuestamente muy progresistas, pueden creer que no hay nada que celebrar en esta fecha. Siempre al margen de que la Comunidad de Madrid la tenga incorporada como su festividad autonómica.

Es cierto que Móstoles, o la Puerta del Sol o La Moncloa están en Madrid. Y que la carga de los mamelucos o los fusilamientos ocurrieron allí. Pero no es menos cierto que Zaragoza y Girona, El Bruc o Bailén, Arapiles o San Marcial o el obispo Menéndez de Luarca no tienen mucha relación con la capital del reino. 1808 tiene un significado español por encima del madrileño.

Que, con unas elecciones autonómicas a menos de 48 horas, la festividad haya estado más manipulada que nunca, podría entrar en lo aceptable dentro de lo que resulta normal en nuestras formas políticas. Que la candidata del PP trate de adueñarse de la herencia patriótica de la insurrección antinapoleónica ofende cualquier sentido, académico o de barra de bar. La Guerra contra los franceses de 1808 a 1814 es más compleja de lo que puede parecer a primera y a segunda vista. Y los bandos participantes otro tanto.

En Francia, mucho más cerca en el tiempo, entre 1940 y 1944, no todos fueron resistentes antinazis. En España entre 1808 y 1814 tampoco. Y dentro de los resistentes, no todos eran reaccionarios. Una parte del bando antifrancés fue capaz de elaborar nuestra primera Constitución, en Cádiz, única ciudad libre de la presencia francesa en 1812. Muchos liberales pagaron con sus vidas su lucha antifrancesa y su apuesta modernizadora cuando el más indigno de nuestros reyes volvió a territorio español y se pasó la Constitución de 1812 por su real forro. ¿De verdad cree Díaz Ayuso ser la única heredera de los constitucionalistas de Cádiz? ¿Y quién hereda a los colaboracionistas? ¿La ignorancia exime o agrava?

Asistimos a otra controversia de las que dejan planos los ojos. Desde las izquierdas europeas pocas veces se ha tomado en serio la posibilidad de que en los EE.UU se puedan desarrollar políticas intervencionistas y redistribuidoras según el  modelo que aquí pensamos más acabado, pongamos el escandinavo. Biden, ahora mismo, a los cien días de su toma de posesión y con dos años de mandato con las dos cámaras del Congreso a favor, parece que ha apostado decididamente por las políticas que debería predicar en Europa la socialdemocracia. Pero en los últimos lustros el vehículo clásico de esas políticas, los partidos socialistas, en la práctica se encuentran desaparecidos y quien reclama algo parecido es fácilmente tachado de extremista. Ahí hemos llegado.

También hemos llegado a situaciones en las que resulta normal, desde los sectores reaccionarios, acusar de activismo a los oponentes. El activismo, a secas, ¿qué tiene de malo? Ser activo a favor de la paz, de los derechos humanos, ¿se ha convertido en algo negativo? Una organización no gubernamental muy seria en sus procedimientos, Human Rights Watch, acusa abiertamente al estado de Israel de practicar el apartheid en los territorios palestinos ocupados. Tener una posición activa en favor de quienes sufren ese apartheid, ¿a quién le parece negativo? Yo quiero morirme como activista de algunas causas. Recientemente, Angels Barceló se vio obligada a proclamarse activista de la democracia. Enfrente, literalmente metiéndole el dedo en el ojo, tenía a Rocío Monasterio, que, aunque ella quiera ignorarlo, también es activista. Ella lo es en  favor de causas ya juzgadas por la Historia y por el tribunal de Núremberg.