Recomiendo:
0

El campesino, ese personaje ausente

Fuentes: Cubarte

En un país agrario y subdesarrollado, la imagen del campesino se ha presentado, paradójicamente, con perfiles borrosos. La esclavitud constituyó el conflicto fundamental en el siglo XIX. Con clara intención política, la narración observó de soslayo la vida de los ingenios, donde los negros sufrían los castigos más duros. Desde la perspectiva racial, Cirilo Villaverde […]

En un país agrario y subdesarrollado, la imagen del campesino se ha presentado, paradójicamente, con perfiles borrosos. La esclavitud constituyó el conflicto fundamental en el siglo XIX. Con clara intención política, la narración observó de soslayo la vida de los ingenios, donde los negros sufrían los castigos más duros. Desde la perspectiva racial, Cirilo Villaverde emprende con Cecilia Valdés, el ambicioso proyecto de mostrar la enorme complejidad social, fraccionada en clases, estamentos, generaciones, cubanos y españoles blancos, negros y mestizos. El ámbito rural aparece como contraposición de una ciudad, centro de poder y escenario de las grandes contradicciones.

Corresponderá al siglo XX una mayor cercanía al tema campesino, percibido a través de la poesía, la narrativa, el teatro y el testimonio. Comienzan a configurarse los sin tierra, obreros agrícolas, aparceros, arrendatarios, precaristas. Producen la riqueza del país – azúcar, café, tabaco – y están condenados a subsistir en la miseria más extrema. Esa percepción trágica integró el imaginario popular y convirtió en convicción arraigada la demanda de una reforma agraria siempre pospuesta.

No hemos sabido contar la historia social de la Revolución cubana. El silencio en esta área de la investigación interfiere con la capacidad de entender lo que somos, de dónde venimos y, aún más, para conformar un programa de futuro. En otro orden de cosas, también de graves consecuencias, obnubila la mirada lúcida a la hora de valorar la obra realizada. La reforma agraria fue un acto de justicia e implicó un salto hacia la modernidad de un país subdesarrollado del tercer mundo. Desaparecieron las imágenes de los niños raquíticos, de las familias desahuciadas, de los rostros macilentos y prematuramente envejecidos, aquellas sombras desvalidas, desconocedoras del mar y de la electricidad que los habaneros tocamos con las manos en julio del cincuenta y nueve. El cambio fue vertiginoso. No había transcurrido la década del sesenta cuando la salud pública eliminó los males que siempre aquejaron al campesinado y los jóvenes pudieron acceder a niveles más altos de educación. La transformación radical tuvo repercusiones en el plano de la subjetividad. Se produjo una fractura generacional. Los mayores vieron colmadas sus expectativas. Para los más jóvenes se abría un horizonte infinito de posibilidades. Las becas los insertaron en otros contextos, muchos de ellos, urbanos. Se hicieron técnicos y profesionales universitarios carentes de demanda real en el lugar de origen. Muchos terminaron sus estudios en el antiguo campo socialista. Aprendieron otros idiomas. Conocieron otras costumbres. La estructura de la familia tradicional campesina, dominada por la autoridad del padre, se modificó. Exitoso en otros ambientes, el hijo era el mensajero de lo nuevo. La ciudad adquiría una poderosa fuerza imantatoria. Ya no deparaba el destino de Mi hermana Visia, el personaje de Onelio Jorge Cardoso. Había allí «hospitales y recursos» como afirma en La Vitrina, un personaje de Albio Paz en fecha tan temprana como 1971.

Sin embargo, la reforma agraria contenía el germen de mentalidades y expectativas diferentes. Asociado de manera muy laxa a las llamadas cooperativas de créditos y servicios, el pequeño agricultor pudo beneficiarse de las ventajas derivadas de una sociedad con pleno empleo y de la demanda producida por la escasez y la insuficiencia de la libreta de racionamiento. Al principio se intercambiaban bienes. Luego se impuso un mercado sin intermediarios, una relación directa entre el comprador urbano y el proveedor campesino. Se arraigaron modos de pensar tradicionales en el pequeño agricultor: su individualismo y su apego a la propiedad. En otro extremo, las granjas estatales ocuparon el espacio de los antiguos latifundios. El obrero agrícola era un asalariado que observaba con recelo el bienestar del campesino, aunque este último acudiera en su ayuda en circunstancias difíciles. Los administradores no alcanzaban la calificación requerida para el manejo de tierras tan extensas. De ahí la baja productividad y el ausentismo de trabajadores que complementaban sus ingresos con otras tareas.

Toda generalización implica errores y oculta diferencias generadas por razones históricas, distancia relativa de los centros urbanos, calidad de los suelos y facilidades de acceso a vías de comunicación. Por ese motivo, el enfoque histórico macro tiene que establecer un vínculo dialéctico con los estudios micro, a fin de conocernos mejor y diseñar políticas concretas más efectivas. Valdría la pena, tal vez preguntarnos cuántos habitantes de las ciudades son de origen campesino en primera o segunda generación. Porque el sistema de becas, general e inclusivo, constituyó también una vía de transformación social.

Las investigaciones sobre el tema agrario ofrecen, en conjunto, abordajes técnicos y estadísticos. El campesino desapareció de la literatura y durante mucho tiempo la televisión se atuvo a un estereotipo inexistente que, posiblemente, nunca existió, rudo y tonto de remate.

Indispensable resulta estudiar los procesos de reconstitución de la sociedad a partir del triunfo de la Revolución, pero urge también palpar las realidades concretas que, a ritmo acelerado, van modelando el tejido humano con los cambios producidos con la crisis de los noventa y con las medidas impuestas por las modificaciones de nuestro diseño económico. El desmantelamiento de un número considerable de centrales azucareros repercutió en la vida de las personas de muchos territorios del país. Para bien y para mal la producción del dulce ha sido un factor esencial en la historia y la cultura cubanas. Nos hizo un país dependiente del monocultivo y de la exportación de un alimento sujeto a altibajos del mercado y a especulaciones de la bolsa consecuentes de rejuegos y conflictos centrados en el primer mundo. Patrocinó la trata masiva de esclavos africanos y postergó las aspiraciones independentistas de los criollos. Generó con ello una sicología social y un modo de pensar que subordinan el destino nacional a las derivaciones de los grandes acontecimientos bélicos. Entrenó un capital humano capacitado para operar la industria y creó en los bateyes un estilo de vida transmitido a través de generaciones sucesivas, fuente de una memoria colectiva, hecha de los rumores del central y del olor de la melaza, de guarapo y raspadura.

El mundo rural llama a gritos el interés de periodistas, científicos sociales y escritores, así como de guionistas verdaderamente creativos, movidos por la voluntad de romper estereotipos que a nadie convencen y no despiertan interés renovado de los televidentes. En ese ámbito, la vida ha impuesto cambios de mentalidad que escapan a nuestra observación. En medio de ese silencio, Guajiros del siglo XXI de Ana Vera, publicado por el Instituto Cubano de Investigaciones Culturales Juan Marinello entreabre posibilidades promisorias. La autora se ha detenido en el estudio de una familia en un ingenio desactivado de la provincia de Matanzas. En ese microcosmos se entrecruzan campesinos y obreros fabriles. Tenedores de tierras algunos, habilidosos en el manejo de los recursos, han acumulado bienes y se afirman como hombres de éxito. Otros sobreviven. Varadero constituye un polo de atracción en ciertos casos y quienes han logrado hacerse de una carrera profesional, consideran la opción de emigrar. En el trasfondo de este panorama se perciben también – y deben ser valoradas – las consecuencias de la modernización emprendida por la reforma agraria, el acceso universal a la educación y los beneficios de la salud pública. Más instruido que antes, el campesino alcanza un mayor grado de información, aunque no logra configurar las complejas interconexiones que intervienen en nuestro presente. Su visión sigue siendo parcelaria, limitada por tanto para bosquejar un horizonte que traspase las demandas básicas impuestas por la inmediatez. Con su libro, Ana Vera establece un punto de partida y convoca a proseguir la tarea.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/el-campesino-ese-personaje-ausente/24722.html

0