La indiferencia del mundo ante el sufrimiento palestino permite que Israel destruya a nuestro pueblo y nuestra patria con total impunidad.
Después de meses de genocidio, un alto el fuego (uno que incluso les permitió seguir privando a los palestinos y palestinas de Gaza de sus derechos más básicos, como comida, agua, atención médica, educación y libertad de movimiento) resultó ser demasiado para las fuerzas israelíes. Así que decidieron continuar con su guerra contra Gaza.
Israel abandonó con total indiferencia el acuerdo de alto el fuego y reinició su guerra mortal que ya había destruido Gaza y matado a decenas de miles de personas, porque sabía que la comunidad global no iba a hacer nada para detenerlo. Después de todo, desde 1948 el mundo ha permanecido totalmente indiferente ante las muchas otras violaciones de alto al fuego y matanzas de palestinos y palestinas por parte de Israel. Desde su creación Israel ha estado violando el derecho internacional sin que tuviera consecuencias significativas
Israel no rompió este último acuerdo de alto al fuego porque creyera que la parte palestina lo había violado primero. Tampoco lo rompió para intentar recuperar a los prisioneros israelíes que quedan (esto, después de todo, iba a suceder si respetaba el acuerdo).
Israel rompió el alto el fuego para impedir la reconstrucción de Gaza. Reinició la guerra para detener a la comunidad palestina en su intento de reconstruir siquiera una pequeña parte de su destruida patria y asegurarse así que ningún palestino ni palestina de Gaza tenga esperanza alguna en el futuro.
El fin del alto al fuego temporal marcó el comienzo de otro período de desplazamientos, pérdidas y temor para la población de Gaza que ya tanto sufría. En la primera noche de la renovada guerra Israel bombardeó varios lugares de la Franja de Gaza justo antes del amanecer. Más de 400 civiles, que estaban preparando la comida para el sahoor [la comida antes del amanecer durante el Ramadán, n. de la t.] en sus frías tiendas, perdieron la vida de la manera más horrible cuando las bombas comenzaron a caer sobre ellos y se fueron al otro mundo donde se iba a librar de los abusos y de la crueldad de Israel. Muchos de los asesinados eran niños y niñas, que murieron con hambre, miedo y frío. La masacre, que sin duda se cometió con la plena aprobación de los estadounidenses, también hirió a otros cientos de personas y llenó los pocos hospitales que aún quedan en Gaza.
Desde esa noche no han cesado las bombas, las amenazas y los asesinatos.
En medio de la reanudación de genocidio resuena un eco persistente: personas de todo el mundo que quieren tranquilizar su conciencia respecto Gaza están repitiendo consignas huecas desprovistas de humanidad. La tragedia y el sufrimiento de la población exhausta de Gaza se han reducido en sus bocas y mentes a una celebración vacía de su «legendaria firmeza». Se está despojando al pueblo de Gaza de su humanidad y retratándolo como héroes que no se afligen ni se cansan.
Las consignas que resuenan en todo el mundo no están haciendo nada para detener el sufrimiento en Gaza. Por el contrario, están haciendo más difícil a los palestinos y palestinas expresarse para dar voz a su miedo, su amor y sus sueños de una vida digna libre de guerra y de pérdidas, libre de despertar al son de los misiles. El mundo no espera de ellos más que una muerte heroica y silenciosa.
Después de que Israel reiniciara su genocidio los gobiernos e instituciones no han hecho nada por alimentar a una infancia hambrienta o proteger a una familia de los misiles de la ocupación. Solo emitieron declaraciones vacías, «condenaron» y «denunciaron». Pero no hicieron nada que tuviera trascendencia.
El pueblo palestino sabía que la respuesta del mundo no iba a ir más allá de las palabras, y que estas palabras, por muy verdaderas que fueran, no lograrían nada. Desde el comienzo mismo de su opresión han visto una y otra vez que estas declaraciones, condenas, informes sobre derechos humanos e incluso sentencias judiciales no hacen nada para aliviar su sufrimiento. A esta altura, saben bien que el mundo no emprenderá ninguna acción real para ayudarlos. Saben que, cuando se trata de Palestina, la comunidad internacional está sorda incluso respecto al sonido de su propia conciencia.
Durante años nosotros, el pueblo palestino, hemos luchado no solo por nuestra supervivencia, sino para reivindicar nuestra humanidad a ojos del mundo. Nos hemos expresado por medio de protestas, del arte, el cine y el periodismo, desesperados por romper la indiferencia global que nos reduce a una parte de las noticias y estadísticas en los medios de comunicación.
Iniciativas como We Are Not Numbers [No somos cifras], en la que he participado, se han creado en respuesta a esta deshumanización. Hemos contado nuestra historia para recordarle al mundo que no somos meras noticias de última hora o informes de víctimas, sino seres humanos con nombres, historias, emociones y, lo más importante, sueños.
Hemos escrito acerca de los amigos que hemos perdido, de nuestras casas que han sido reducidas a escombros, de la injusticia infligida a nuestro pueblo, y de cómo la ocupación y los abusos de Israel han alterado nuestras vidas para siempre, con la esperanza de que, al compartir nuestras verdades, forzaremos al mundo a vernos.
Pero, a pesar de todo esto, los palestinos y palestinas siguen siendo cifras. Cuando una familia es asesinada por un ataque aéreo, los titulares cuentan los muertos, pero no los nombran. No dicen quiénes eran, el niño que amaba jugar al fútbol con sus amigos, el adolescente que soñaba con obtener un promedio alto en sus estudios para hacer que su familia se sintiera orgullosa, la madre que mantuvo a sus hijos cerca en los momentos finales.
Sin embargo, cuando Israel afirma haber atacado a un «militante de alto perfil», la atención del mundo se desvía instantáneamente, no hacia las docenas de civiles inocentes muertos en el ataque, sino hacia el supuesto éxito o fracaso del asesinato. El mundo llora en abstracto, desapegado de las vidas perdidas. Y así, la matanza continúa.
Incluso después de meses de crímenes de guerra documentados, después de iniciativas como We Are Not Numbers, después de todas las condenas y denuncias, todavía hay niños y niñas que pasan hambre en Gaza y que no pueden dormir debido al dolor de un estómago vacío y al miedo a las bombas que caen cerca de sus frágiles tiendas.
Esto significa que nuestro mundo ha fallado. Que todas las instituciones que construimos para proteger la justicia han caído, y que todas nuestras constituciones han perdido su significado. Significa que no hay derecho internacional ni derechos humanos. Significa que todos nuestros ejércitos «buenos», supuestamente formados para proteger a personas inocentes, son impotentes.
Todas las protecciones, redes de seguridad, promesas y garantías del mundo parecen haber colapsado bajo el peso de la impunidad colonialista de Israel.
Pero ¿por qué? ¿De qué tienen miedo las naciones? ¿De las armas de Estados Unidos?
¿De la ira de Israel?
¿Por qué sacrifican todo esto para satisfacer el deseo de destrucción y dominación de Israel?
No entiendo por qué el mundo pide a los niños y niñas de Gaza que sean valientes ante la muerte, pacientes ante la pérdida y fuertes ante el hambre. ¿Por qué se debe esperar que una infancia hambrienta muestre más fortaleza que los líderes del llamado «mundo libre»?
El silencio no es simplemente complicidad, es también consentimiento. Y así, las bombas siguen cayendo, y los palestinos y palestinas siguen siendo lo que el mundo les ha permitido llegar a ser: una cifra. La muerte continúa visitando sus hogares y en algún lugar bajo los escombros un niño se pregunta qué pecado cometieron para nacer a este mundo.
Hassan Abo Qamar es un periodista que informa desde Gaza.
Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la postura editorial de Al Jazeera.
Texto original: https://www.aljazeera.com/opinions/2025/3/26/israels-genocide-continues-and-we-remain-numbers
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