El plan de Trump de bantustanes ínfimos para el Estado de Palestina muestra que la solución de «dos Estados» siempre fue una mentira

Fuentes: Information Clearing House

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

He leído las 181 páginas completas del «Acuerdo de paz» de Trump para Israel y es impresionante. No es solo que la «solución» que propone es ridículamente unilateral, es todo el análisis del problema a resolver que se desvela como pura y llana propaganda sionista.

Por ejemplo la palabra «violencia» se usa repetidamente. Pero solo se refiere a la violencia de los árabes. No hay una sola mención de la violencia de Israel contra los palestinos, a pesar de que la proporción de asesinatos entre israelíes y palestinos en los últimos diez años es de aproximadamente 80 a 1. La única mención de la violencia contra los palestinos se relaciona con la expulsión kuwaití de los refugiados palestinos después de la primera guerra del Golfo.

Lo mismo ocurre en el análisis de la cuestión de los refugiados. En ninguna parte el documento se aviene a registrar el hecho histórico clave de que los refugiados palestinos fueron expulsados ​​de Israel. El documento trata a los refugiados palestinos como si simplemente se hubieran materializado como un fenómeno inconveniente, como una plaga de langostas. Esa «otredad» de los refugiados palestinos impregna todo el documento:

«Cabe destacar que muchos refugiados palestinos en el Medio Oriente provienen de países devastados por la guerra, como Siria y Líbano, que son extremadamente hostiles hacia el Estado de Israel».

No. Los refugiados palestinos fueron expulsados ​​ de la tierra que ahora es Israel por la violencia. Las familias que vivieron allí hacen dos generaciones han sido desplazadas en favor de las familias que reclaman la tierra porque sus antepasados ​​vivieron allí hace ochenta generaciones. De hecho, esa es una cuestión indiscutible.

Se puede afirmar que el desplazamiento de los palestinos de Israel fue justificable debido a la urgente necesidad de un Estado para el pueblo judío después del Holocausto, que el desplazamiento de palestinos de Israel es justificable porque está ordenado por Dios. Se puede afirmar que el desplazamiento de palestinos de Israel es lamentable pero irreversible. Exponga el argumento que desee, pero negarse a reconocer el hecho básico de que los refugiados palestinos fueron expulsados ​​de Israel es un acto patético de cobardía que subraya la absoluta falta de validez intelectual del documento.

El «Acuerdo» establece una equivalencia directa entre los refugiados palestinos y «los refugiados judíos que se vieron obligados a huir de los países árabes y musulmanes». El lenguaje aquí es extremadamente revelador. Los refugiados judíos «se vieron obligados a huir». No hay dudas sobre la «victimización» que emana de este reclamo al tiempo que no hay ningún reconocimiento de que los refugiados palestinos «fueron obligados a huir» por los israelíes.

Indudablemente es un punto válido que muchos judíos fueron expulsados ​​de manera vergonzosa e involuntaria por las naciones árabes y su sufrimiento -con demasiada frecuencia- se pasa por alto. Sin embargo, afirmar que los números son equivalentes es ignorar el hecho de que una parte significativa de la población judía de los estados árabes se mudó voluntariamente a la nueva patria, mientras que ninguno de los palestinos expulsados ​​de Israel se fue voluntariamente. Pero el hecho más evidente ignorado en el documento es que a la mayoría de los refugiados judíos de tierras árabes se les dio la propiedad de los refugiados palestinos en Israel. La afirmación de que ambas partes tienen la misma necesidad de compensación es, por lo tanto, una tontería.

Vergonzosamente, el hecho de no admitir que los refugiados palestinos fueron expulsados ​​de Israel se arrodilla ante la propaganda sionista más extrema, que afirma que la tierra estaba vacía antes de que los israelíes se establecieran en 1948. Este es un mito clásico de origen colonial utilizado repetidamente por el Imperio Británico, por los colonos blancos en los Estados Unidos y, por supuesto, por el apartheid de Sudáfrica. Cuando se publicó por primera vez el Acuerdo de Trump yo estaba realmente asombrado de encontrar mi Twitter inundado de miles de mensajes afirmando que los palestinos no existen como pueblo. Este es un tropo racista extraordinariamente frecuente entre los sionistas y parece no estar en absoluto vigilado en internet. He leído cientos de artículos sobre el odioso fenómeno del antisemitismo en los principales medios de comunicación. No creo haber visto nunca este racismo sionista extremo de «no hay palestinos» mencionados en los mensajes como un problema. Pero el racismo sionista es un gran problema y subyace en el análisis fundamental del documento de Trump.

Si no puedes atreverte a reconocer, incluso una vez en 181 páginas, que los habitantes palestinos fueron expulsados ​​de Israel, no hay posibilidad de que las propuestas construidas sobre estos fundamentos excepcionalmente deshonestos sean sólidas.

El documento de Trump tiene tres «soluciones» fundamentales para el problema de los refugiados palestinos.

1) Solo los desplazados originalmente pueden ser considerados refugiados, no sus familias.

2) Ni un solo refugiado podrá regresar a Israel (sí, en verdad lo dice).

3) Israel no pagará ninguna compensación a los refugiados.

A menudo he señalado que la propuesta de «solución de dos Estados» para Palestina siempre ha sido nada más y nada menos que la antigua política de apartheid de los «bantustanes» en Sudáfrica, donde la población indígena fue agrupada en seis grupos autónomos y cuatro supuestos «estados independientes».

Vale la pena señalar que la apoteosis del sistema de apartheid, la Ley de Autonomía Bantú de 1959, se hizo con el consentimiento real de la Reina Isabel II, un punto ahora más bien discutido por una falsa narrativa de que el apartheid fue un proyecto post-Independencia exclusivamente afrikáner.

El mapa reveló la gran similitud que había estado señalando con los bantustanes: tierras fracturadas, sin formar ningún tipo de unidad económicamente viable. Trump propone la anexión israelí de todo el Valle del Jordán, el norte de Jerusalén y grandes áreas de Cisjordania, cuyo remanente estará integrado por 15 asentamientos soberanos israelíes conectados por carreteras israelíes. La «Palestina» de Trump no es viable.

Pero las propuestas de Trump sobre cómo funcionará «Palestina» hacen que la comparación con los bantustanes sea aún más cruda. De hecho, las restricciones sobre el llamado «Estado» de Palestina bajo el plan de Trump de tener sus propias fuerzas militares o de seguridad son incluso mayores que las impuestas a los bantustanes por el apartheid de Sudáfrica. Trump también propone que Israel debería tener el derecho de impedir que los refugiados palestinos de la diáspora en general ingresen al nuevo «Estado» de Palestina.

Un «Estado» al que no se le permite definir a sus propios ciudadanos no es un Estado.

No se detiene ahí. El «Estado» no tendría derecho a un mar territorial o zona económica exclusiva, ya que entregaría sus costas a Israel en contravención de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. No tiene permitido celebrar tratados sin el consentimiento de Israel. Ni siquiera se le debe permitir abrir un puerto, sino verse obligado a importar y exportar bienes a través de los puertos israelíes. En otras palabras, el bloqueo económico israelí continuará en el nuevo «Estado». Claramente, incluso aparte de la fractura inviable y el territorio reducido, los arreglos administrativos propuestos no intentan alcanzar el nivel de Estado.

¿Seguramente, entonces, los defensores de la «solución de dos Estados» deberían haber reaccionado fuertemente a esta traición a su propuesta?

Bueno no.

En muchos sentidos lo más increíble de las propuestas de Trump es la bienvenida que le dieron los poderes occidentales. La reacción general de todos los gobiernos europeos fue que estas son propuestas serias con las que los palestinos deben comprometerse. Si bien la evaluación ridícula de Dominic Raab de que «esta es claramente una propuesta seria» es quizás lo que cabría esperar de un Estado que busca migajas económicas en Estados Unidos, los palestinos podrían haber esperado legítimamente algo mejor de la UE que la respuesta oficial, que acogió con satisfacción El «compromiso de Trump con una solución de dos Estados», de Francia que «acoge con beneplácito los esfuerzos de Donald Trump» y de Alemania que «aprecia que el presidente se apegue a la solución de dos Estados».

Los palestinos probablemente estaban menos decepcionados por el apoyo de las dictaduras traidoras de Arabia Saudita y otros Estados del Golfo para con su aliado cercano Israel, lo cual es normal en este momento. Pero el hecho de que la comunidad internacional reconozca como una propuesta de «solución de dos Estados» un documento que de ninguna manera establece un Estado palestino dentro de cualquier definición normal de la palabra, debería decirnos algo importante.

Como he dicho repetidamente, quienes anunciaron la «solución de dos Estados» siempre han sido estafadores que no creen en absoluto en un Estado palestino viable. El hecho de que Blair y Bush -dos ultrasionistas reconocidos que se pararon en el Jardín de las Rosas y prometieron una «solución de dos Estados» como parte de su propaganda para la guerra de Irak y otras invasiones de Medio Oriente- realmente debería haber mostrado a la gente de buena voluntad que esto era un callejón sin salida. Las propuestas de Trump son una traición a los palestinos, por supuesto. Pero no son exclusivas de Trump, son exactamente lo que Blair, Bush y todos los apologistas sionistas pretendieron desde el principio.

La «solución de dos Estados» siempre fue una estafa.

No hay una solución viable de dos Estados. Crear un Estado palestino viable junto con un Estado israelí viable ahora implicaría nuevos movimientos forzados de población altamente indeseables. La única solución a largo plazo para Palestina/Israel es, como en Sudáfrica, un solo Estado en el que todas las personas tengan voto y todas sean tratadas por igual, independientemente de su origen étnico, credo o género.

Trump puede, particularmente, haber hecho algo bueno con estas propuestas ridículamente injustas. Ha expuesto la perfidia de la «solución de dos Estados» y la pretensión de que ofrece justicia a los palestinos para avanzar hacia la paz.

Craig Murray es erscritor, locutor y activista de derechos humanos. Fue embajador británico en Uzbekistán de agosto de 2002 a octubre de 2004 y rector de la Universidad de Dundee de 2007 a 2010. https://www.craigmurray.org.uk

Fuente: http://www.informationclearinghouse.info/52939.htm

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión.org como fuente de la traducción.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.