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El politicidio contra el pueblo palestino

Fuentes: Rebelión

«El politicidio (contra el pueblo palestino) es un proceso que cubre una amplia gama de actividades sociales, políticas y militares cuyo objetivo es destruir la existencia nacional y política de toda una comunidad de personas y, de este modo, negarles la posibilidad de autodeterminación. Los asesinatos, las masacres localizadas, la eliminación de líderes y de […]

«El politicidio (contra el pueblo palestino) es un proceso que cubre una amplia gama de actividades sociales, políticas y militares cuyo objetivo es destruir la existencia nacional y política de toda una comunidad de personas y, de este modo, negarles la posibilidad de autodeterminación. Los asesinatos, las masacres localizadas, la eliminación de líderes y de las élites, la destrucción física de las instituciones públicas y de la infraestructura, la colonización de la tierra, la hambruna, el aislamiento político y social, la reeducación y la limpieza étnica parcial son las principales herramientas utilizadas para alcanzar el objetivo». Esta explicación de la política llevada a cabo durante décadas por Israel sobre Palestina la escribe Baruch Kimmerling en su obra «Politicidio. La guerra de Ariel Sharon contra los palestinos», en la que hace ver todo el martirio sufrido por este ancestral pueblo árabe ante la indiferencia de quienes tienen en sus manos la posibilidad de redimirlos del mismo, restituyéndosele su derecho inalienable a existir como pueblo y como Estado soberano.

No se puede ignorar (por mucha propaganda y matrices de opinión difundidas a través de las grandes cadenas empresariales de la información y del cine) que el sionismo se impuso desde un primer momento al desalojo violento de los palestinos, aduciendo razones «bíblicas» para hacerlo, incluyendo el tratamiento atroz a que fueran sometidos los judíos (sin ser los únicos en toda Europa) a manos del régimen nazi de Alemania; contando desde un primer momento con la complicidad de los gobiernos imperialistas de Gran Bretaña y Estados Unidos para perpetrar este propósito expansionista y colonialista, simbolizado mediante la construcción de un muro que separa ostensiblemente a ambos sectores. Esta acción permanente del sionismo ha desconocido reiteradamente la vieja resolución del 29 de noviembre de 1947 de la Asamblea General de las Naciones Unidas con que terminó el mandato británico sobre Palestina y determinaba la partición del territorio en dos Estados: uno judío, con 14.500 km2 y otro árabe, con una superficie de 11.000 km2, mientras la ciudad histórica de Jerusalén quedaría como una entidad separada, administrada por la ONU.

En la actualidad, es noticia habitual el bombardeo indiscriminado que desata frecuentemente Israel contra Gaza y Cisjordania, la demolición de sus viviendas, la limitación extrema de alimentos y de trabajo, el corte de servicios básicos, como salud, agua y electricidad, a lo que se suma el trato discriminatorio recibido por sus ciudadanos por parte de las fuerzas militares israelíes, sin que escapen de ello los niños y los adolescentes, a quienes asesinan, reprimen y encarcelan sin consideración alguna.

Para el gobierno y los colonos israelíeses una cuestión fundamental que el territorio de Israel abarque desde la península del Sinaí y partes de Líbano, Siria y Jordania, en lo que sería el «Gran Israel» gobernado en su tiempo por el rey David, por lo cual su estrategia es hacer desaparecer todo vestigio de la presencia de los pueblos que los habitan, de modo que esto sirva para apoyar los supuestos derechos «divinos» que les asisten para ocupar estas tierras. En este sentido, sus agresiones constantes no podrían ser calificadas más que de terrorismo puro -de terrorismo de Estado, para ser más precisos- en contradicción a la propaganda oficial (reforzada continuamente por la industria cinematográfica) que le endilga tal condición a quienes defienden su cultura y su derecho a existir como todo pueblo soberano de este planeta.

Hay que recordar que la Asamblea General de la ONU declaró en sesión plenaria realizada en 1975 que el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial. En consideración a esta decisión, sus Estados signatarios y los pueblos de la Tierra debieran emprender acciones contundentes contra tal aberración, respaldando el boicot, la desinversión y las sanciones (BDS) como formas efectivas de ejercer una presión sobre Israel que le haga respetar y cumplir con las diversas resoluciones de la ONU que acaben de una vez por todas con su política de exterminio de los palestinos, además del fin de la ocupación y la colonización en los territorios de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.