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El teniente general en su laberinto

Fuentes: Rebelión

Los tenientes generales, como esos coroneles que todos los viernes se ponen su uniforme para ir al muelle a la espera de una pensión vitalicia que nunca llega, no tienen quien les escriba en fechas como éstas y es entonces cuando imploran a la patria, a su madre o a la santísima trinidad aunque no […]

Los tenientes generales, como esos coroneles que todos los viernes se ponen su uniforme para ir al muelle a la espera de una pensión vitalicia que nunca llega, no tienen quien les escriba en fechas como éstas y es entonces cuando imploran a la patria, a su madre o a la santísima trinidad aunque no siempre por este orden.

Los hechos son suficientemente conocidos pero, cuestión de manual periodístico aplicado, conviene recordarlos someramente: Siete de enero, celebración de la Pascua Militar en el salón del Trono de la Capitanía General de Sevilla (curiosa onomástica por lo demás pero vayamos a lo nuestro) y declaración institucional fin de fiesta del teniente general José Mena Aguado, a la sazón general jefe de la Fuerza Terrestre del Ejército español. Siete folios siete resumidos en quince minutos quince de discurso para la posteridad en los que el alto cargo castrense, en representación del rey Juan Carlos de Borbón, se dirigía a los presentes anunciando la interven ción del Ejército, prevista en el artículo 8 de la Constitución, en caso de que la proyectada reforma del Estatut catalán (por citar un ejemplo) sobrepasara los «límites infranqueables de la Carta Magna» jurada y prometida por los integrantes de las Fuerzas Armadas ya que, como bien se sabe, «para los militares cualquier juramento o promesa constituye una cuestión de honor» (sic). Del «honor» hablamos en otra ocasión si os parece para quedarnos ahora con las reacciones en cadena, la tormenta mediática (bueno, «tormentita» para ser exactos), la alteración cutánea en el Ministerio de Defensa y, finalmente, la destitución del teniente general, arresto domiciliario de ocho días por su injerencia en asuntos políticos y pase a la reserva que será sancionada en el Consejo de Ministros del próximo viernes (tres meses antes de su anunciada jubilación). Esta vez, podemos asegurarlo por fuentes cercanas, la culpa no ha sido del cha-cha-chá ni de la manzanilla y el vino oloroso que ac ompañaron al evento como podría observar algún tertuliano conductista. Se trata, simplemente, de que el teniente general, como esos coroneles latinoamericanamente portuarios, no tiene quien le escriba y ha utilizado sus quince minutos de gloria para recordar que patria como madre no hay más que una, que ya está bien de zarandajas periféricas y que la autoridad, militar por supuesto, no duerme. Simplemente descansa.

Son diversas las reflexiones que sugiere una noticia como ésta fechada además en el inicio de un año que sin duda va a depararnos muchas sorpresas. Es loable, por ejemplo, la rápida respuesta del Ejecutivo español tratando de mostrar que la autoridad, política por supuesto, controla la situación al imponer la sanción disciplinaria más alta a un mando militar desde 1975 y comunicar rápidamente la decisión a los representantes de las distintas fuerzas parlamentarias. Y son significativas también las valoraciones en el seno de la derecha española ante la destitución, acompañadas clamorosamente por los curiosos editoriales de la prensa afín que podrían quedar resumidos en algo así como «más alarma social produce el actual estado de desintegración territorial». Aviso para navegantes, sin duda, que nos vuelve a plantear el difícil «laberinto español», parafraseando el título de aquella magnífica obra de Gerald Brenan publicada en 1943 (increíblemente todavía con una única edición en español, la realizada en París en 1962 por Ruedo Ibérico) que, más allá de manifiestos sesgos interpretativos, sigue teniendo absoluta actualidad en su acercamiento a las causas de la Guerra Civil y al papel activo en todo el proceso de agentes como la Iglesia o el Ejército, tan presentes setenta años después.

Ahora bien, ¿lo ocurrido en Sevilla es una «salida de tono» de un alto jefe militar aislado en sus reflexiones o bien el reflejo de un particular «clima castrense» que simplemente se limita a ser coherente con su peculiar universo ideológico? Creo que aquí radica el verdadero problema de fondo en una cuestión en absoluto menor. Lo hemos señalado en alguna otra ocasión: todos los poderes fácticos del Estado han tenido una continuidad directa y sin traumas desde 1975 hasta nuestros días. Y en el Ejército español, por ejemplo, la sucesión de cargos y cambios en el organigrama ha sido motivada básicamente por cuestiones biológicas, nunca políticas. ¿Repasamos brevemente como comprobación empírica la evolución «profesional» del ahora cesado teniente general? José Mena Aguado (Palencia, 1942) ingresa en el Ejército en 1960 perteneciendo a la generación de los militares que no hicieron directamente la guerra con Franco pero asumiendo responsabilidades castrenses en todo este perío do de la dictadura y con absoluta continuidad hasta nuestros días estando destinado en la dirección del Mando Superior de Personal del Ejército de Tierra, en la Escuela de Estado Mayor, en el Regimiento de Caballería Ligera Acorazada Villaviciosa, en el Centro de Mantenimiento de Sistemas Acorazados número 1, en la dirección general de Armamento y Material de Defensa o siendo el jefe de la División Mecanizada Brunete número 1 antes de ser designado en 2001 máximo responsable del Mando de Personal del Ejército de Tierra… ¿Dónde está el error? ¿En la arenga aparentemente sorpresiva y aislada de un alto cargo militar que invoca al Ejército para preservar «el honor y la unidad territorial de la patria», como señala su libro de estilo, o en una clase política que nunca tuvo la dignidad y la valentía de entender que la democracia real es mucho más que un recurso polisémico? El Gobierno español concluye que el «caso Mena» es un hecho aislado tras sondear al Ejército. ¿Se lo cree de verdad o asistimos a un nuevo ceremonial de simulación colectiva? Mientras tanto, los tenientes generales de estas latitudes, como otros altos cargos de prolongada carrera militar, no pasean por los muelles. Siguen en los cuarteles.

* Joseba Macías. Sociólogo y periodista. Profesor de la EHU-UPV