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Entrevista con Denisse Ampuero, especialista en derechos de las mujeres y feminista

«Es tiempo de feminismo»

Fuentes: SEMlac

Psicóloga, especialista en derechos humanos de las mujeres y feminista, desde hace ocho años Denisse Ampuero trabaja con víctimas de violencia intrafamiliar y abuso sexual, y emplea la psicología feminista en sus terapias. Se inició en una de las ciudades más pobres de Bolivia, El Alto, que registra un elevado índice de agresiones contra las […]

Psicóloga, especialista en derechos humanos de las mujeres y feminista, desde hace ocho años Denisse Ampuero trabaja con víctimas de violencia intrafamiliar y abuso sexual, y emplea la psicología feminista en sus terapias. Se inició en una de las ciudades más pobres de Bolivia, El Alto, que registra un elevado índice de agresiones contra las mujeres. Por ello, hay muchas organizaciones que las apoyan. Donde no existe ninguna institución es en la zona Sur de la vecina ciudad de La Paz, lugar de residencia de los sectores más pudientes. Denisse Ampuero instaló su consultorio allí, porque la violencia es un secreto a voces y una vergüenza que se oculta. Hace también trabajo voluntario con niños y niñas en la prevención.

¿Qué características tiene el círculo de violencia entre mujeres que pertenecen a las clases media y alta?

La violencia no es tanto física, como en El Alto, porque está demostrado que el maltratador con estudios superiores entiende que la ley le va a caer; aquí, en La Paz, es a nivel psicológico. Encontramos, con mucha frecuencia, la violencia económica, porque las mujeres son profesionales, pero no trabajan. Viven en jaulas de oro. Tienen todo lo que podrían querer tener materialmente, pero no tienen libertad. Ellas y sus hijos están acostumbrados a un nivel de vida muy alto y les da miedo perderlo todo.

¿Qué casos atiende con más frecuencia?

Lo más frecuente es la violencia sexual. Mujeres adultas, de familias muy conocidas, que han sufrido abuso en la infancia por parte de alguien de la familia y lo callan. Cada día, detrás de las historias de falta de apetito, de depresión, de adicción, de problemas de conducta, está la violencia sexual. Yo no podría encontrar aquí una paciente que no haya tenido un problema de ese estilo. Y no hay datos, esos son los datos muertos de la ciudad de La Paz. Cada día hay más chicas de universidades privadas asesinadas y nadie dice nada, es un dolor oculto. No se ha hecho una investigación sobre el número de asesinatos, ni de intento de asesinato, por celos. Tampoco se habla de los abortos y muchos son obligados por la misma familia. Hablamos mucho de El Alto, pero aquí hay un abandono.

¿Por qué no hay denuncias?

Primero, es por la vergüenza de no tener la pareja perfecta, porque lo que se vende es una imagen de mujer perfecta. Segundo, el miedo a romper un esquema social muy fuerte. Tercero, la dependencia de la pareja, económica o emocional, o de la idea que tenemos de la pareja. Todavía hay mujeres criadas para ser de un solo hombre y otras que no quieren perder lo que tienen. Muchas deciden trabajar, pero ¿de qué?, si nunca lo hicieron porque el marido no las dejó. Otras se van a vivir a la casa de sus padres, que también tienen mucho dinero, y así lo resuelven, pero siguen siendo dependientes, pasan del control del marido al control de los padres.

¿Todo este círculo de violencia, cómo se refleja en los hijos e hijas?

Replicamos, hasta sin darnos cuenta, porque así se está aprendiendo. Algunos varones juran no ser como sus padres, pero se vuelven padres permisivos. Cuando se les pide que sean un poco más fuertes, se convierten en malos, no saben llegar a un equilibrio. Por eso se hace prevención a largo plazo. Con las niñas se busca que tengan más habilidades para enfrentar la violencia.

¿Qué puede aportar el feminismo para que las mujeres puedan salir de este círculo de violencia?

El feminismo es el equilibrio que tiene el mundo, que es patriarcal. Es una forma de vida para mujeres y hombres; nos permite vivir de forma diferente. El feminismo rompe y nos dice a las mujeres que, por ejemplo, no hay instinto maternal, que no tenemos que ser perfectas. No sólo es una corriente o un enfoque, sino que se vuelve una forma de vida para muchas personas.

¿Cómo reciben sus pacientes al feminismo, considerando que lo han desprestigiado?

En la terapia con enfoque feminista no se trata el problema que tiene la mujer y cómo hacer para que salga adelante, sino que se la guía para que haga una crítica personal, social, cultural, histórica, religiosa, sobre su propia vida y su entorno. Con un enfoque feminista está claro que nosotras no tenemos por qué ser felices al lado de un hombre, ni tenemos por qué ser felices con hijos, tenemos que ser felices solas, y si de ahí queremos tener hijos, marido y familia, perfecto. No podemos alimentar ideas que son patriarcales, como la virginidad o que el abuso sexual lo buscamos las mujeres. Se lleva a que las mujeres vayan descubriendo el enfoque feminista.

¿Qué reacción tienen cuando se dan cuenta?

Muchas salen diciendo «soy feminista; ahora que me doy cuenta de que soy feminista». Pero la terapia no sólo es para una, sino que las mujeres salen como activistas. Ven que su amiga está mal, que está sufriendo violencia -porque, si nos ha pasado, sabemos cuándo le está pasando a la otra-, le empiezan a hablar y a decirle que no puede permitir eso, que tiene derechos. Y eso también es el feminismo: es activar una red de mujeres para luchar por nuestros derechos humanos.

¿Cómo hacer para que las mujeres puedan reconocer a los violentos? En la escuela, en la universidad, no se habla de esto.

Lo ideal es que cambien las políticas públicas en educación a favor de las mujeres. Ahora nuestro gobierno se está dedicando a que cambien las políticas públicas a favor de la diversidad indígena; no está mal, pero es sólo una transversal de la educación. El asunto de género me sabe a los años ochenta o noventa, ya no me sabe a esta época; en esta época necesitamos más que un enfoque de género, en esta época ya necesitamos una visión camuflada feminista. ¿Camuflada por qué?, no puedes llegar y decir «soy feminista», porque se espantan. Hay que ser radical, no en el sentido violento de la palabra, sino contundente: ¡no vamos a permitir más violencia!, que no es lo mismo que entender que los hombres son así y las mujeres asá, no. Va más allá del género. Es entender que nuestra sociedad y nuestro sistema educativo están siendo violentos y los propios maestros alimentan la violencia a todo nivel. Incentivan una cuestión netamente cultural de ser la mujer perfecta. Y mientras estamos en esa búsqueda, nos enfermamos, nos morimos, nos pasan barbaridades o no nos desarrollamos y nos volvemos dependientes, y no somos realmente apoyo, no somos una fuerza política y una fuerza social, por eso es que estamos sin voz real.

¿Qué se podría hacer entonces?

Yo creo que es una a una, que la mujer que se interese por el tema, lo haga porque realmente de eso depende la vida de su familia, a lo largo de los años que dure su familia; es decir, de sus nietas, de sus bisnietas, tataranietas. Yo creo en el cambio de cada una, creo que cuando hay una mujer que cambia, la hija cambia y la nieta va a cambiar. Entonces, la bisnieta ya no va a sufrir violencia; puede seguir habiendo el mismo sistema, pero ella va a decir «prefiero sola que mal acompañada»; su bisabuela, en cambio, dijo: «no tengo a dónde ir, me aguanto». Ese es el cambio real. Y la lucha real es comenzar a criticar la estructura social completa, a la iglesia, la escuela, la familia, pero desde adentro. Eso es socialmente sano.