La comunidad Pulgar Huentuquidel sufrió los incendios en Puerto Patriada (Chubut, Argentina) y la acusan de iniciarlos
Perdieron sus casas, sus recuerdos y sus animales, y por prejuicio se pretende que son los responsables de ello. Las voces silenciadas hablan con Página/12.
Elba Rosa Pulgar escarba entre cenizas y tierra caliente. Su casa, en la comunidad Pulgar Huentuquidel –en Puerto Patriada–, quedó dentro de las 22 mil hectáreas arrasadas por el fuego en la provincia de Chubut. Cuando los brigadistas lograron controlar las llamas, esta comunidad mapuche-tehuelche se encontró con otra maldición: el racismo, bajo la forma de la sospecha. Fueron acusados de haber iniciado los focos que incineraron sus propias casas, sus pertenencias, sus animales. Entre las cenizas, Elba encuentra, todavía ardientes, cacharros de cerámica y una vieja máquina de coser que era de su madre, Zoila Pulgar, un regalo que le hizo Eva Perón cuando visitó la zona en 1950. Puerto Patriada es un territorio con una historia a flore de piel y familias ancestrales que fueron expulsadas, aunque siempre vuelven.
Carina Carriqueo, una de las hijas de Elba, es cantante e investigadora de la historia y la cultura mapuche. Una de sus principales inquietudes es recuperar los trazos de la historia de la comunidad Pulgar Huentuquidel, que es también la historia de su familia. Su prima, Margarita Muñoz, fue apuntada como posible responsable de los incendios y sufrió uno de los allanamientos que ordenó el titular de la Fiscalía de Lago Puelo, Carlos Díaz Mayer. Muñoz pasó los últimos días entre Pulgar Huentuquidel y El Hoyo –entre “abajo” y “arriba”, como dicen allí–, incomunicada porque su celular y el de su hija fueron secuestrados. “La justicia siempre llega para los de arriba, los de abajo quedamos como los acusados”, dice Carriqueo a Página/12.
Durante la semana, cuando se conoció la acusación de la fiscalía, la situación entre los vecinos de Epuyén y los miembros de la comunidad se tensó. Margarita y su hija fueron insultadas y amenazadas, aunque con el correr de los días el escenario mostró mejoras. Muchos vecinos y vecinas de El Hoyo y Bolsón iniciaron una colecta para ayudar a los damnificados por el fuego en la comunidad, y también para reclamar por equipamiento para prevenir nuevos incendios y financiamiento para los brigadistas. Mientras recuperaban sus pertenencias del fuego, los miembros de la comunidad encontraron un transformador quemado del tendido eléctrico que baja hacia Puerto Patriada, en la zona en donde se inició el incendio. Desde hace tiempo denuncian que ese tendido tiene escaso mantenimiento.
Los vecinos y miembros de la comunidad armaron un puesto en el Puente Salamín, en el acceso a Puerto Patriada sobre el río Epuyén, para recibir y distribuir las donaciones que recibían. El jueves por la tarde la Gendarmería reprimió y desarmó el puesto, según contó a este diario Cristina Carriqueo, la hermana de Carina. La marginación de estas comunidades, en todas sus formas, es uno de los elementos que se repiten en esta historia.
Un desierto en la historia
Muchas crónicas hablan de los pioneros de Puerto Patriada, que llegaron desde Buenos Aires para explorar un territorio virgen, para luego llevar allí el “progreso”. Como toda narración sobre el “desierto” en Argentina, ese relato busca negar la presencia de los pobladores originarios, como los ancestros de Carina y Cristina. Lorenzo Pulgar y Teresa Huentuquidel, sus bisabuelos, ya habitaban esas tierras.
En el libro “Pudiendo ser mapuche. Reclamos territoriales, procesos identitarios y Estado en Lago Puelo”, la doctora en Antropología e investigadora de Conicet, María Alma Tozzini, cuenta que, según los antiguos pobladores de la zona, “ninguna columna expedicionaria de la ‘Conquista del Desierto’ había pasado por allí, como sí había sucedido en Bariloche o en localidades de la Línea Sur rionegrina”. Este proceso generó un “desierto de fuentes escritas” y, entre sus múltiples consecuencias, en los “relatos fundacionales de buena parte de las localidades cordilleranas”, se afirma que estos territorios “se poblaron de chilenos que se establecieron en el lugar hacia fines del siglo XIX y que luego tuvieron hijos argentinos”. De ahí viene el mito de que los mapuches son chilenos.
Los abuelos de Carina armaron sus ranchos en lo que ahora es Pulgar Huentuquidel hacia la década del 50. “Teresa era la partera del pago y fue la partera de todos sus nietos. Enterraba la placenta en esa tierra. Era una costumbre de aquel entonces y ella se encargó de transmitirlo en la familia: la placenta había quedado ahí para señalar el lugar de pertenencia de las futuras generaciones”, cuenta Carriqueo.
Fue por entonces, en 1950, cuando Perón y Evita emprendieron su viaje en el Tren Blanco por las vías que unen Viedma y Bariloche. Paraban en distintas estaciones patagónicas, conocían la zona y Evita regalaba herramientas, mudas de ropa y juguetes para los chicos. “Teresa se encargó de que todos supieran que su máquina de coser había sido un regalo de Evita. Recordaba que habían llegado en helicóptero. Después se la pasó a Zoila, mi abuela, que se la dejó a mi mamá, Elba. Y es la máquina que rescató entre las cenizas el miércoles”, recuerda.
Los relatos familiares de la comunidad no son los únicos rastros de presencia originaria en Puerto Patriada. Se encontraron allí pinturas rupestres, que quedaron dentro de un campo privado desde la década del 80. Son poco conocidas y para verlas hay que pedirle permiso al dueño del campo, un baqueano que acompaña a los visitantes a punta de escopeta. Ese tipo de personajes -leyendas fundidas con historias locales- fueron una inspiración para Carina en su libro de relatos “Cuando el lago esté quieto”.
Las pinturas quedaron en un paredón dentro de una casa pequeña, con techo a dos aguas, que quedó abandonada. Cuando Carina y Cristina la visitaron, tuvieron que correr varias ramas y telas de araña para ver las pinturas. Las conocían por el relato de su abuela.
El progreso, los pino y los incendios
El entorno natural de Puerto Patriada estaba conformado por pampas cubiertas de frutillares y bosques nativos de cipreses, radales y lengas. La llegada de Ramón De Errasti en la década del 70 marcó un quiebre. Carriqueo reconstruyó esa historia: De Errasti desmontó el bosque nativo para plantar pino Oregon, para producir madera de manera rápida y rentable, y alambró los campos. Contaba con el apoyo del gobierno provincial, que en 1963 creó la Sociedad Anónima Forestal Epuyén (SAFE) y le entregó la concesión.
Este empresario era un hombre intimidante, cuenta Carriqueo, y no tardó en persuadir a los pobladores de la zona para que trabajaran para él. Con el tiempo fue conocido como “el dueño del bosque”, y fue incluso quien bautizó la zona como Puerto Patriada. En la década del 70 el progreso implicó la incorporación de maquinarias; con ellas se prescindió de muchos de los trabajadores y así las comunidades fueron desplazadas. En los 90 la empresa quebró. “Todo quedó abandonado, los trabajadores sin remuneración ni rancho. Los pinos crecieron incontrolablemente uno pegado al otro”, escribió Carriqueo.
En 2010 Zoila volvió a sus tierras. Sacaron alambrados, reconstruyeron sus casas y plantaron, en donde pudieron, especies autóctonas. “Fue muy difícil abrir espacios para volver a construir entre los pinos, que además no dejan creer nada debajo. Pero las comunidades se hicieron sus lugarcitos y sus casas”, recuerda Carriqueo. En 2011 y 2012 hubo incendios en la zona y las comunidades “de abajo” fueron apuntadas como las responsables. Nadie nunca reparó en el bosque abandonado de pinos -“tirados como cuando se vuelca una caja de fósforos”, describe Carriqueo-, ni en la falta de políticas preventivas desde el Estado, el crecimiento del turismo o los intereses inmobiliarios para construir en ese territorio.
En 2026 se reactivaron los incendios y el racismo. El Gobierno Nacional desfinancia sistemáticamente la ejecución del Servicio Nacional de Manejo del Fuego y los brigadistas –muchos de los cuales pertenecen a las comunidades de la zona, entre ellos los primos de Carriqueo– reclaman un salario digno . En paralelo, se culpabiliza al “terrorismo mapuche”, como lo hizo el Ministerio de Seguridad de la Nación, y el Poder Judicial avanza con allanamientos sobre las comunidades incendiadas.
Cuando se apagan las llamas, sobre la tierra aun ardiente, familias como la de Carriqueo juntan los objetos que sobrevivieron entre las cenizas, vuelven a construir sus casa y a plantar los cipreses, radales y lengas. Marichiweu, dice el rezo mapuche que significa “diez veces venceremos”.
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/01/17/esa-obsesion-por-acusar-al-pueblo-mapuche/


