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¿Estado judío? Estoy en contra

Fuentes: Haaretz

Traducido pra Rebelión por J. M.

¿Quién sabe cómo de repente -así como como si nada- ha entrado en nuestras vidas el extraño requisito de que nos reconozcan como un Estado judío? Una vez más estamos con el estado de ánimo mental que pide que los gentiles determinen por nosotros qué somos. Pero más allá de la ridícula demanda política, yo no creo en un acuerdo de paz  -y ya lo declaré otras veces- que nos recorta del mundo árabe, por exigir que nos reconozcan a continuación como un Estado judío. Y que a partir del maravilloso acuerdo de paz que estallará aquí, todos nuestros hijos volverán al país, de la India, el Tíbet, Sri Lanka y otros países del Este. Juntos van a hacer una revolución técnica y espiritual y pedirán que se declare a Israel como… país budista. ¡No!, dirán nuestros socios árabes a viva voz. ¡De ninguna manera! Nos comprometimos a reconocer a Israel como un Estado judío, no como un Estado budista. No preocuparse, que no es algo inmediato. Tomará un poco más, al menos hasta que Bugui -mote del actual ministro de Seguridad de Israel, (N del T)- y Kerry estén de acuerdo entre ellos sobre el modelo, así que pueden relajarse. Y mientras tanto, debo decir que estoy en contra del Estado de Israel como estado judío. También estoy en contra de los Estados Unidos como un estado cristiano. E incluso tampoco me fascina el Estado Vaticano como estado católico. Incluso Turquía es una república laica, por definición (a pesar de que sus políticas están impregnadas de religiosidad). Esta afirmación requiere cierta explicación específica.

¿Qué es un estado? Hay muchas definiciones de este concepto en filosofía y en ciencias políticas. Aquí y ahora me contentaré con el concepto de que el Estado no es el pueblo o la población que vive dentro de sus fronteras. Y tampoco un régimen político que lo pone en marcha. De acuerdo con este pensamiento, el Estado es un instrumento en las manos de la gente -todo el pueblo- para gobernar su vida. El estado puede ser un dispositivo muy pequeño o un estado muy concentrador y amplio, pero jamás debe ser otra cosa que un instrumento. El Estado es el mediador entre el Gobierno y los gobernados (Adi Ophir. Estado) a través de él la población civil organiza su economía y las aguas residuales, la educación y la seguridad, la recaudación de ingresos y la distribución de su bienestar. El estado -especialmente en esta variedad democrática- pertenece a todos sus ciudadanos. La identidad de las comunidades que viven dentro del marco gubernamental la establecen las propias comunidades Ya sea en diálogos continuos o en confrontaciones democráticas continuadas. Pero el Estado moderno en sí mismo, por lo menos éste que se estableció aquí con gran derramamiento de sangre, debe ser un estado secular. Esto significa que el dispositivo estatal no es objeto de tareas religiosas (y en este contexto, la frase más peligrosa para la propia existencia del Estado laico de Israel es la definición como «el Estado de Israel… a partir de nuestra redención» y significa que el Estado es el primer paso en el plan de una redención mucho mayor. Y a continuación de esto no habrá redención, bajo el régimen religioso y mesiánico más terrible).

Algo muy erróneo complicó aquí los últimos años. Cuando se hablaba en el 48 del Estado judío, la intención de «judío» era algo así como el estado italiano, el francés o el americano; una definición confusa se encuentra en el espacio entre la cultura y la nacionalidad. El esquena y las características de los primeros días fueron, en principio, de un estado secular. Ocurrió que la energía secular israelí se debilitó mucho, se desvaneció y perdió su ímpetu. El proceso de descomposición de la secularización fue acompañado por un envión y regeneración de la nueva religión nacional. En su nombre y en los últimos años, varios grupos se apoderaron de programas y contenidos de la identidad israelí que han cambiado el sistema operativo de Israel. Por lo tanto, cambiaron el carácter de Israel. De un Estado laico, que pone los medios para ser administrado por la comunidad derivó en un país religioso que tiene a los ciudadanos en sus manos y entregado a sus caprichos.

Cuando se dice hoy «judío» implica la dimensión religiosa cada vez más influyente y se engulle las mejores partes del estado. Y por lo tanto, cuando el primer ministro quiérenos reconozcan como Estado judío -según la interpretación moderna- en realidad se vuelve un colaborador en el esfuerzo de convertir a Israel de un estado laico que pertenece a todos sus ciudadanos para ser un estado religioso como fuente de su autoridad, comprometiendo así radicalmente sus objetivos existenciales. Y como la primera prioridad es religiosa, el estado se debe a su religión y sólo entonces, y quizás, contemple al restos de sus ciudadanos, si es que lo hace.

Delante de nuestros ojos, entonces, se produce un proceso de enroque extraordinario. El estado del hombre moderno una vez conocido como el Estado de Israel, mudando la piel vieja y vistiendo una piel nueva – que de nuevo no tiene nada – del estado de Dios. Ya no es una democracia, sino más bien el comienzo de una teocracia que se delinea cada vez con mayor claridad. Un Estado que es parte del proceso de la redención, que pertenece al pueblo elegido por Dios y que controla esos territorios tal cual la promesa de hace miles de años. Todas las acciones gubernamentales son destinadas a conmemorar este triángulo fundamentalista: territorio santo, en nombre y por la sagrada Torá y para el pueblo elegido. ¡¿Acaso es necesaria otra explicación más detallada de por qué personalmente me opongo firmemente a la definición de Israel como Estado judío?!

Y si todo eso no es suficiente, continuará el argumento. Vendrá el siguiente capítulo que tratará el absurdo estructural llamado «Estado judío democrático».

Fuente: http://blogs.haaretz.co.il/avrumburg/