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La Ley Wert empuja hacia la consolidación del negocio educativo

¿Fósiles?

Fuentes: El Viejo Topo

Puesto el sistema educativo en el ojo del huracán por la ley Wert, numerosos opinadores mediáticos y profesionales de la educación se han pronunciado vehementemente en contra del proyecto ministerial. Muchos menos lo hicieron en su día contra las reformas socialistas, y eso que iban ya en la misma dirección, siendo Ernest Maragall la punta […]

Puesto el sistema educativo en el ojo del huracán por la ley Wert, numerosos opinadores mediáticos y profesionales de la educación se han pronunciado vehementemente en contra del proyecto ministerial. Muchos menos lo hicieron en su día contra las reformas socialistas, y eso que iban ya en la misma dirección, siendo Ernest Maragall la punta de lanza de los cambios reclamados por una institución solidaria y democrática como pocas: el Banco Mundial (confío en que el lector captará la ironía y no creerá a pies juntillas esta última afirmación).

Dejando al margen el tema ideológico-lingüístico, uno de los mayores reproches que se le hace a la desdichada ley Wert es haber avanzado en una dirección que empuja a la consolidación de la educación como un negocio privado, relegando a la escuela pública a cumplir un papel secundario dirigido a las clases inferiores.

Se argumenta, con razón, que la enorme masa monetaria generada en los últimos años busca ansiosamente dónde reproducirse, cómo mantener o aumentar la tasa de ganancia, y tal como están los tiempos, los sectores públicos parecen haberse convertido en un suculento objetivo, como estamos viendo de manera transparente en las privatizaciones acontecidas -o en marcha- en el campo de la sanidad.

Pero se pone poco énfasis, a mi entender, en otro aspecto de la cuestión, tan o más grave que el anterior, porque afecta al desarrollo de la sociedad, a las posibilidades de ascenso social de las clases menos privilegiadas: el intento de fosilización de los diversos estratos sociales, de modo que las clases subalternas permanezcan mayoritariamente en su lugar, proporcionando fuerza de trabajo de escasa cualificación, sobre la que se situarían personas procedentes de las clases media o media-baja, destinadas a tener formación técnica para desarrollar sus oficios (ya sean estos los de mecánico tornero o profesor de filosofía), para eternizar sobre todos ellos una elite destinada a dirigir los intereses económicos, sociales y políticos de la totalidad de la población. Una elite oligárquica de «buena familia» que haya podido satisfacer los caros master universitarios que no están al alcance de la mayoría. Una forma inteligentemente perversa de perpetuar el vigente sistema.

Para consolidar esa fosilización es obvio que hay que degradar la calidad de la escuela y la universidad públicas, masificando las clases, rebajando los niveles de exigencia, adelgazando los programas, recortando presupuestos, en fin, laminando poco a poco todo el sistema educativo con excepción de los ámbitos destinados a la excelencia, y que por supuesto serán de pago. Algo que se viene haciendo, lenta pero constantemente, desde hace bastantes años.

Rebelarse contra ese objetivo debería ser asunto prioritario para los movimientos sociales y los partidos políticos no implicados en ese siniestro camino, pero en verdad estos últimos no parecen ser completamente conscientes de la gravedad del camino que se ha emprendido.

Y tal vez, para cuando se den cuenta del todo, sea ya tarde para remediar el desastre.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.