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Entrevista a Xosé Santiago Allegue Fernández (I)

«Igual que el «corpus» ideológico y terminológico de la izquierda ha de ser continuamente redefinido, también lo ha de ser el de la Arquitectura de izquierdas»

Fuentes: El Viejo Topo, Febrero de 2012

Xosé Allegue (1960) es Arquitecto por la ETSA de A Coruña y la Ecole de Architecture de Lille (Francia). Ha desarrollado una parte sustantiva de su ejercicio profesional en la Administración en Santiago de Compostela (en el ámbito de la Regeneración Urbana del Centro Histórico y en la rehabilitación de la arquitectura popular). En ambas […]

Xosé Allegue (1960) es Arquitecto por la ETSA de A Coruña y la Ecole de Architecture de Lille (Francia). Ha desarrollado una parte sustantiva de su ejercicio profesional en la Administración en Santiago de Compostela (en el ámbito de la Regeneración Urbana del Centro Histórico y en la rehabilitación de la arquitectura popular). En ambas facetas su trabajo ha recibido numerosos premios, como, entre otros, el premio Gubbio 1996, el Europeo de Urbanismo 1998 o el COAG 2000. Desde 2001 es profesor de proyectos de la escuela de arquitectura de UCD (University College Dublin) en A Coruña. Ha colaborado igualmente en diversos medios de comunicación, ha publicado numerosos artículos y ha participado en múltiples foros estatales e internacionales. Si libro Santiago de Compostela Arquitecturas del siglo XX (2001) va ya por su tercera edición. Colabora con diversos colectivos sociales y ecologistas y ha participado en el movimiento 15 M, en debates relacionados con la regeneración urbana, la defensa del territorio y contra la especulación y la corrupción urbanísticas.

¿Qué es la arquitectura? ¿Una ciencia, una técnica, una habilidad artística?

Sería importante en primer lugar aproximarnos a una definición de lo que hoy es la arquitectura. Creo que hoy habría que definirla como el resultado del trabajo disciplinar de los arquitectos, en la búsqueda del adecuado equilibrio entre la acción constructiva del hombre y el medio. Es decir, entre «natura» como soporte inalterado, y «cultura» como su modificación en la dirección de construir un «humanum» habitable.

En ese sentido sería deseable que este trabajo fuera consecuencia de un proceso lo mas próximo posible al rigor del método científico, ya que en mi opinión, su primera función es la utilitaria, la de resolver problemas. Por supuesto que para resolver problemas es necesario dominar un cada vez más amplio espectro de técnicas (de representación, constructivas, de eficiencia energética etc..) lo que, aún conduciéndonos a la especialización, no nos debiera permitir perder la perspectiva global de los problemas.

Las habilidades artísticas necesarias para producir buena arquitectura están para mí en un segundo plano. El ideal de belleza en Arquitectura ha cambiado definitivamente a lo largo del siglo XX incorporando, entre otros conceptos, el de paradigma funcional. Un edificio puede ser muy bonito y poseer gran interés artístico y no resolver muchos de los problemas básicos que se le supone debe resolver, desde la integración en el lugar, el confort térmico y acústico, la estanqueidad, la correcta iluminación y soleamiento, la eficiencia energética, etc… Por tanto, actualmente, un edificio es bello si funciona, si se integra, si no contamina, si es energéticamente eficiente, si no genera deseconomías o disfunciones en su entorno inmediato. En definitiva, creo que el principal reto de la Arquitectura siempre ha sido es el de saber responder a las necesidades de su tiempo.

¿Y cómo puede cumplir esta función?

Para que cumpla esta función el Arquitecto ha de estar permanentemente conectado de modo crítico con su realidad, y desarrollar mecanismos de posicionamiento ideológico que han de ser previos al primero de sus dibujos. Es decir: el arquitecto ha de poseer ideología, o lo que es o mismo: un sistema ordenado de ideas, que constituyan una línea de pensamiento y que le permitan decidir de modo crítico las intenciones arquitectónicas que respondan y den solución a las necesidades del problema proyectual que en cada momento se le plantee. Con esto quiero reivindicar lo que hoy no ocurre: la condición intelectual y política del arquitecto como hombre de su tiempo en búsqueda de la objetividad, frente a su condición de creador neutral entregado a la subjetividad de sus concepciones artísticas. En ese sentido, creo que hoy es de vital importancia trabajar en lo que llamo la «continuidad de las escalas», lo que implica una visión dialéctica de los problemas desde el territorio a la vivienda, siendo plenamente conscientes de que hay una íntima relación entre todos los ámbitos de intervención del Arquitecto, desde el Urbanismo al diseño de los objetos.

¿Se puede enseñar a otro a ser un arquitecto creativo?

A pesar de que hay un componente de irracionalidad en los momentos mÁs puramente creativos del proceso de concepción de la arquitectura, esta irracionalidad ha de ser alimentada por un sólido trabajo racional de conocimiento disciplinar profundo. El trabajo de proyectar en el ámbito de la arquitectura posee componentes claramente metodológicos, alumbrados por instantes de brillo intuitivo. Tanto el aprendizaje metodológico como el de la creatividad deben de ser fomentados por una pedagogía que desde planteamientos propedéuticos, permitan la elección de caminos individuales.

En este sentido creo que la base de la labor de un buen docente ha de ser la de «enseñar a aprender». Esto conlleva que el docente ha de ser autoconsciente de sus procesos creativos, y además ha de saber cómo se aprende, para poder posteriormente enseñarlo, lo que no es nada sencillo. Quizás por eso hay tan pocos buenos profesores.

En todo caso el problema de la creatividad artística, que tuvo su importancia desde las primeras escuelas de Arquitectura a finales del XIX, hoy ha de ser sustituido por la creatividad en la búsqueda de soluciones a los problemas que aquejan el territorio y las ciudades. Por eso creo que más importante que enseñar a ser un arquitecto creativo en sentido artístico, debemos enseñar a los jóvenes estudiantes a ser Arquitectos primero analíticos, más tarde conscientes y por último comprometidos con los problemas de las sociedades y territorios en los que desenvuelvan su actividad profesional, es decir, la actividad que «profesan». El ejercicio de la Arquitectura y la vida del Arquitecto, han de estar, hoy más que nunca, íntimamente relacionados. Un buen profesor ha de enseñar a sus alumnos a construir su propia biografía.

¿Qué papel ha jugado la arquitectura en los años recientes en nuestro país? No parece exagerado afirmar que algunos arquitectos han tenido un papel muy destacado en los medios, casi como si se tratase de estrellas del deporte o del cine.

En el contexto de la «ilusión del crecimiento indefinido» en la que hemos vivido los últimos 25 años, la mayor parte de los Arquitectos han estado al servicio de la destrucción del territorio, la especulación inmobiliaria y la construcción de grandes megaproyectos. Algunos han tratado de mantener su dignidad profesional a salvo proyectando y construyendo «buena arquitectura». Pero esa buena arquitectura casi nunca ha escapado a las contradicciones del sistema. Ha estado en definitiva al servicio de intereses espúreos y, por tanto, no ha conseguido «salvarse». Los ejemplos de arquitectura o urbanismo social han escaseado. Los arquitectos han limitado el discurso a su obra. Pocos han hablado de rehabilitación urbana y territorial o paisajística, de huella ecológica, de vivienda social, de trabajo sobre la ciudad consolidada como oposición al paradigma del urbanismo expansivo sobre la base del antiguo modelo de explotación irracional del suelo y, en definitiva, de rehabilitación de la vida comunitaria. Los pocos arquitectos que mantuvieron posturas críticas, fueron condenados al ostracismo y sobrevivieron con dificultad.

Por el contrario, las grandes figuras, han sido cómplices de las veleidades del poder ayudando a construir sus símbolos casi siempre con dinero público. En una revisión del despotismo ilustrado, el valor del símbolo arquitectónico ha adquirido nuevas cotas, y los medios de comunicación, como siempre ha ocurrido, han sido amplificadores de estas conductas a mi entender anti-éticas. El problema es que para los estudiantes, la existencia de estos profesionales del «Star system» se ha convertido en modelo y esto ha hecho mucho daño.

Insistiendo en este asunto. ¿Por qué las grandes ciudades españolas han buscado edificios de referencia con arquitectos de «nombre y prestigio internacionales»? ¿Para darse a conocer al mundo? ¿Para atraer turismo? ¿Era el programa de la hora?

La construcción de estos grandes edificios casi nunca ha respondido a una necesidad real ni a un concepto riguroso del gasto público. No han sido construidos con una idea de rentabilidad social sino con la perspectiva de su rentabilidad política y económica. La argumentación del valor de proyección internacional, o la atracción de turismo, han sido coartadas del poder político para intentar justificar operaciones que, como ha diseccionado magistralmente José Manuel Naredo, facilitaban sobre todo el negocio de la contratación pública al servicio de la financiación de los partidos, de los propios políticos y de las entidades financieras con las que partidos y administraciones mantienes deudas millonarias, ando lugar a la corrupción de los diversos estamentos de la administración y permitiendo la depredación de «lo público» por parte del interés privado.

Todo ello, como ya hemos comentado, con la complicidad de los medios de comunicación, cuya íntima conexión con los grupos de poder económico y financiero que se beneficiaban de la construcción de estos megaproyectos es hoy una contundente evidencia. Los Arquitectos, a título individual y como colectivo, hemos sido cómplices de esta tremenda destrucción.

¿Crees entonces que nos hemos comportado como se comportan los nuevos ricos?

El nuevo rico se comporta con la ausencia de medida en el gasto de quien desconoce el valor real del dinero que posee. En ese sentido, aparte de un gusto no formado que le hace aproximarse al «naif» cuando no directamente al «Kitsch» hay que reconocerle una cierta ingenuidad, una cierta «inocencia».

El problema de las administraciones, como ya sabemos, no es sólo que se hayan endeudado por encima de sus posibilidades y que hayan gastado el dinero público en grandes infraestructuras y edificios no prioritarios desde el punto de vista social. El problema es que lo han hecho con plena conciencia de la ausencia de esta prioridad social del gasto y guiadas por intereses espúreos. Por tanto, no hay ingenuidad ni inocencia sino desfachatez y culpabilidad plena de la situación a la que nos han llevado.

Hoy, los mismos que llevan lustros gastando lo que no tienen en lo que no deben, y restringiendo el gasto social, hablan de limitar el gasto público desde la propia Constitución. Si tuvieran vergüenza, se les debería caer la cara y, desde luego, los mecanismos de la propia administración deberían exigirles responsabilidades por su conducta impropia e inhabilitante) (y que inhabilita) para el ejercicio de un cargo público. No olvidemos que, por ejemplo en el ámbito municipal, hay numerosos Ayuntamientos con sentencias firmes que anulan licencias concedidas a grandes promociones inmobiliarias. Esto supone que si las sentencias se ejecutan y las arcas municipales hubieran de hacer frente a las millonarias indemnizaciones a promotores y propietarios (cómplices del negocio, en el colmo de la desfachatez) como consecuencia del lucro cesante, los ayuntamientos desaparecerían por una quiebre técnica y económica de una cuantía muy superior al presupuesto anual que manejan. Esto es tremendo, pero, lamentablemente, sólo en Galicia, existen media docena de casos conocidos además de otros que sin duda pueden salir en el futuro.

Ya has hablado de ello pero déjame insistir. ¿La arquitectura tiene también el color del dinero? ¿Podría no tenerlo?

Por lo comentado hasta ahora, es obvio que sí. Pero, sin embargo, también existen ejemplos de jóvenes arquitectos que trabajan la escala doméstica, la arquitectura social y comprometida, que se convierten en activistas. Por hablar de un ejemplo próximo a mí, en el entorno de la escuela de Arquitectura de A Coruña, la única pública en Galicia, existen muchos de ellos trabajando en el movimiento social y de barrio, en colectivos como «Rede de dereitos sociais», «Ergosfera», en el propio 15M, en «Galiza non se vende», estudios como «desescribir» o «MMASA»… que han generado experiencias como «a cidade dos barrios» y otras muchas siguiendo el ejemplo del sevillano Santiago Cirugeda y su estudio «recetas Urbanas».

El problema, es que para que la arquitectura deje de tener el color del dinero hace falta que la iniciativa privada, y sobre todo la administración pública, asuman como propios estos conceptos e iniciativas de gran valor, pero que se convierten en excepción y, por tanto, operan de modo marginal y poco significativo en las dinámicas urbanas y territoriales. Y esto no ocurre porque en la mayoría de los casos, las administraciones y sus políticas públicas están «capturadas» por las entidades financieras y por las corporaciones y empresas que colaboran en su financiación, y a las que deben dinero y favores, que tienen que pagar a través del uso obsceno de la administración.

Este concepto de «captura de las políticas» es esencial para entender los nuevos modos de corrupción y cada vez es más asumido por los politólogos como una clave de lo que sucede en el mundo del urbanismo y, en general, de la administración pública, y que explica de modo claro y contundente porque hemos llegado hasta aquí.

¿Qué papel podría jugar lo público en ese mundo?

El mundo de lo público en el estado español está pervertido y degenerado. Hace falta generar una nueva cultura de la «res Pública», lo que no se producirá sin el adecuado relevo generacional de las personas que se dedican profesionalmente a la política. Y creo que la izquierda tiene ahí una importantísima tarea de actuar como motor de arranque de una regeneración democrática que es cada vez más urgente.

Hablabas antes del arquitecto sevillano Santiago Cirugeda y de su estudio «recetas urbanas». ¿Podrías hablarnos un poco de él y de algunas de sus intervenciones urbanísticas?

El arquitecto sevillano Santiago Cirugeda (Sevilla 1971) lleva años investigando en un tipo de arquitectura barata y ecológica al servicio de las personas y no del mercado. Le interesa  la arquitectura efímera, el reciclaje, las estrategias de ocupación e intervención urbana, la incorporación de prótesis a edificios construidos o la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión sobre asuntos urbanísticos. Su estudio funciona de modo abierto y cooperativo y es muy crítico con el colectivo de arquitectos como corporación. Su trabajo con colectivos y activistas sociales ha generado redes de gran interés como www.arquitecturascolectivas.net o www.colectivosenlared.org

Muchas de sus intervenciones se mueven en la alegalidad, esto es, en los vacíos legales existentes en la legislación urbanística para buscar el beneficio comunitario. Una de sus últimas aportaciones al debate ciudadano ha sido el documental «Spanish Dream», sobre la burbuja inmobiliaria en España (está colgado en la red). Es un profesional que se sitúa fuera del sistema, al que le interesan, como ya he dicho, la marginalidad y la arquitectura social, aunque a sus cuarenta años ha dictado ya conferencias por todo el mundo y realizado trabajos en toda España. Por ejemplo, en A Coruña, realizó en 2008 y a petición Municipal una propuesta para rehabilitar un poblado chabolista a través de la autoconstrucción y de la dignificación de los espacios comunitarios, que finalmente no se ha concluido. En fin, un personaje independiente y difícilmente encuadrable y quizás por ello de gran interés.

¿Tiene sentido hablar de arquitectura de izquierdas? Si lo tuviera, ¿qué significa para ti?

Tiene el mismo sentido que hablar del papel de la izquierda en la sociedad actual. Pienso que igual que el «corpus» ideológico y terminológico de la izquierda ha de ser continuamente redefinido, también lo ha de ser el de la Arquitectura de izquierdas.

Hoy ser de izquierda significa para mí ser antiprogresista, es decir, cambiar la idea de progreso tradicional para hacerlo compatible con el desarrollo social y humano. Significa también ser conservador de todo lo que el progreso, a toda costa, se ha empeñado en destruir: la convivencia y el espacio social y urbano, el medio natural, el estado social,… Por último también decrecentista porque el crecimiento indefinido nos ha llevado al consumismo, a la deshumanización y a la corrupción .

Del mismo modo, la arquitectura y el urbanismo han de reivindicar, desde la austeridad, el servicio social, la regeneración urbana, el derecho a la ciudad y al territorio, la rehabilitación territorial, la democracia espacial, la creación de espacios para la convivencia y la socialización…

Este es para mí el papel de la Arquitectura de izquierda, que yo, por lo demás, no calificaría y que, por otra parte, ha de ser el papel futuro de la Arquitectura. Porque será así… o no será.

¿Por qué se habla ahora, en general, mucho menos en los ambientes de izquierda de temas de arquitectura que en los años finales del franquismo y de la transición?

Pueden existir varias razones. En primer lugar, porque el propio entorno profesional de la Arquitectura, y los mismos arquitectos, se han ido separando de los presupuestos de la izquierda para aproximarse al mundo del poder económico y político. Recuerdo un artículo de Soledad Gallego Díaz en El País, de diciembre de 2006 , que la periodista titulaba «Miserables urbanistas», en el que planteaba de modo bastante contundente esta cuestión.

Como consecuencia de esto, y en segundo lugar, la propia izquierda se apartó de un colectivo, y de una disciplina que como ya decía fue tajantemente «capturada » por las oligarquías locales y que supuso que, además de lo que ocurría en otros campos de la vida pública, en el urbanismo, no se produjese la transición hacia una concepción democrática y participativa de la gestión urbana y territorial, abandonando progresivamente el esfuerzo por el control del mercado del suelo, las políticas de vivienda pública, la rehabilitación anti-especulativa, la regeneración de la ciudad obsolescente, la recuperación de los espacios naturales, la movilidad sostenible y permitiendo el abandono del territorio rural y el crecimiento especulativo de las ciudades.

En Galicia, recuerdo el ejemplo de la ciudad de A Coruña pre -vazquista, cuando Rafa Bárez accedió a ser el primer concejal de urbanismo comunista de la ciudad e impulsó en 1980 la redacción del primer plan General. Lo que ocurrió en la ciudad en aquel momento puede calificarse como auténtico «golpe de estado» de los promotores locales, cuyo apoyo supo capitalizar el candidato socialista Francisco Vázquez para ganar con mayoría absoluta las siguientes cinco elecciones y desarrollar un urbanismo a la carta al servicio de los intereses inmobiliarios que siempre le apoyaron, lo que propició la destrucción de la ciudad, el enriquecimiento de unos pocos y el empobrecimiento de los demás. Y esto ocurrió bajo el gobierno de quienes sin pudor alguno se hacían llamar «socialistas». No es de extrañar que a la derecha no le quede en la Coruña un solo lugar político que no haya sido ocupado ya por los gobiernos socialistas anteriores. Ejemplos como éste han ocurrido y ocurren a lo largo de todo el estado.

Te pregunto a continuación por la especulación urbanística. ¿Te parece?

De acuerdo.