En esta entrevista realizada por Federico Fuentes para la LINKS International Journal of Socialist Renewal, Işıkara y Mokre hablan de la naturaleza multidimensional del imperialismo, de cómo la teoría del valor-trabajo de Karl Marx ayuda a explicar su núcleo económico y de por qué hace falta urgentemente un marco teórico del valor para el estudio de la economía mundial. Esta entrevista es la última de la serie que publica LINKS sobre el imperialismo hoy.
Los debates en torno al imperialismo se refieren a menudo al folleto escrito por Vladímir Lenin sobre este tema. ¿Cómo definís el imperialismo? ¿Consideráis que el concepto de Lenin sigue siendo válido? ¿Que elementos del concepto de Lenin, en su caso, han dejado de serlo?
El imperialismo configura hoy la economía mundial como ningún otro factor, y esto está perfectamente claro para la gente trabajadora en todo el mundo. Deslocalización de la producción, precios voláticles de bienes importados, inflación inducida por los tipos de cambio, inversores extranjeros que presionan los salarios a la baja o capitalistas nacionales que invocan la competencia internacional para hacer lo mismo, servicio de la deuda exterior (privada y soberana), y así sucesivamente… para la mayoría de la población mundial, los efectos del imperialismo se perciben en la vida cotidiana. Sin embargo, esto no resta complejidad a su dinámica.
Vemos el imperialismo como el modo de operar de la acumulación internacional de capital, basada en la misma dinámica que define el capitalismo: producción de plusvalía mediante la explotación del trabajo, que se reinvierte a fin de acumular y superar a los competidores. El imperialismo es un fenómeno complejo, multidimensional, inherente al concepto del capital como valor autoexpansivo. Aparece como sistema de relaciones de poder económico, político y militar asimétricas que son difíciles de distinguir en términos descriptivos y separar analíticamente. Por tanto, es un error tratar estas dimensiones por separado unas de otras.
El modo de producción capitalista es internacional desde que nació. Su expansión por encima de las fronteras ha adoptado y transformado los patrones de comercio preexistentes, la colonización y la explotación. Cuando el capitalismo pasó a ser el modo de producción dominante ‒primero en determinadas regiones y finalmente a escala mundial‒, quedó claro que la internacionalización era una característica innata de la acumulación de capital que generaba formas de dominación específicas. Históricamente, la internacionalización del capital tuvo lugar en las tres formas funcionales del capital: capital comercial, capital monetario y capital productivo. No obstante, cada fase generó distintos patrones empíricos de relaciones de poder, junto con los correspondientes afloramientos de teorías del imperialismo.
La intervención de Lenin se produjo en un momento crucial: en plena primera guerra mundial, un acontecimiento sin precedentes impulsado por la dinámica expansionista del capital. Conviene señalar que su opúsculo El imperialismo, la fase superior del capitalismo (subtitulado esbozo popular) pretendía presentar un resumen de las pruebas empíricas de los países capitalistas. Corroboró gran parte de las conclusiones de John A. Hobson (escritas en 1902) y Nikolái Bujarin (escritas en 1915 y publicadas en 1917).
El énfasis en la exportación de capitales fue una intervención oportuna, ya que la internacionalización del capital productivo empezaba a adquirir una dimensión nunca vista. La exportación de capitales sigue siendo una vía principal del imperialismo económico. Basta observar las estructuras de propiedad internacional del capital productivo, que fue el punto de partida de Lenin, o el predominio de unos pocos centros financieros sobre el crédito y la deuda en todo el mundo.
También valoramos el hecho de que Lenin fundamentara su explicación del aumentos de la exportación de capitales en la tendencia a la caída de la tasa de beneficio y no en problemas de realización o teorías de subconsumo.
Por otro lado, lo que se echaba en falta de la primera ola de teorías del imperialismo (las primeras dos o tres décadas del siglo XX) era un intento sostenido de relacionar el estudio del imperialismo ‒o la internacionalización del capital‒ con la ley del valor. Henryk Grossman y Otto Bauer fueron notables excepciones. Ambos trataron de analizar las transferencias internacionales de valor entre regiones y países. Después, esta línea de investigación quedó aparcada hasta que Arghiri Emmanuel la recuperó a finales de 1960.
Vuestro último libro explica cómo la teoría del valor de Karl Marx puede ayudarnos a entender mejor la economía del imperialismo. ¿Podéis esbozarlo brevemente?
Tal como lo vemos, el imperialismo es el modo en que funciona el capitalismo a escala internacional. Es lo que ocurre esencialmente cuando la acumulación de capital cruza fronteras y se encuentra con un desarrollo desigual estructurado históricamente, patrones de dominación y relaciones de poder asimétricas. Así, el núcleo económico del imperialismo sigue la lógica más amplia de la acumulación y reproducción de capital, que es precisamente lo que la teoría del valor ayuda a explicar.
Desde comienzos del siglo XX, los intentos de teorizar el imperialismo han evolucionado paralelamente al desarrollo de este, o más ampliamente a los patrones cambiantes de la acumulación internacionalizada. Al principio, Rudolf Hilferding, Bujarin y Lenin destacaron las exportaciones de capital productivo, mientras que Bauer y Grossmann examinaron los desequilibrios de fuerza y las transferencias de valor a través del comercio.
Después de la segunda guerra mundial, muchos países periféricos se descolonizaron formalmente, pero se vieron sometidos a nuevas formas de dependencia. Kwame Nkrumah acuñó el término neo-colonialismo, Walter Rodney describió el subdesarrollo como un proceso activo impulsado por el centro imperialista y, sobre todo, Emmanuel contempló las transferencias de valor como un resultado regular y necesario de la competencia internacional.
En la década de 1990, cuando se impuso la desregulación financiera a la periferia y las exportaciones de capital adoptaron cada vez más la forma de capital monetario, el mundo académico marxista debatió sobre la financiarización y las jerarquías monetarias.
Estos enfoques diferentes tienen su base común en la teoría marxista. Nuestro argumento es que la teoría del valor puede servir de hilo conductor. En el libro exploramos una dimensión específica de la economía del imperialismo ampliando el concepto de transferencias internacionales de valor, puesto que estas transferencias expresan y refuerzan las desigualdades estructuradas y reproducidas a través de la competencia capitalista.
Aunque el libro se centra en las dimensiones cuantitativas de la teoría del valor de Marx, también llamada teoría del valor-trabajo, nosotros subrayamos que se trata de una herramienta mucho más que cuantitativa. Investiga la ley del valor, que captura los procesos que permiten la reproducción de la sociedad capitalista. La sociedad capitalista está fragmentada en unidades privadas, autónomas, que toman decisiones bajo presiones competitivas, con información parcial y sin ningún mecanismo de coordinación previa. Por tanto, la teoría del valor de Marx nos permite analizar toda una serie de fenómenos, incluida la alienación capitalista y el fetichismo de la mercancía, entre otros.
La teoría del valor-trabajo examina cómo el valor regula la producción y la división social del trabajo, particularmente desde una perspectiva cuantitativa. Parte de la creación de valor mediante el tiempo de trabajo socialmente necesario (precios directos) para explicar la redistribución de la plusvalía en condiciones de competencia capitalista (precios de producción que reflejan una tasa de beneficio general) y concluir finalmente calificando los precios de mercado de indicadores de las variaciones cotidianas de las condiciones del mercado.
Elaboramos un amplio conjunto de datos sobre precios directos, precios de producción y precios de mercado y analizamos tanto las relaciones regulares entre estos tres conjuntos como las desviaciones sistemáticas entre ellos.
Un hilo central de la economía del imperialismo es la redistribución de plusvalía entre empresas y países, así como la apropiación de la plusvalía producida por la fuerza de trabajo en un país por capitalistas de otro país. Las fuerzas productivas de la periferia neocolonial ‒fuera de los centros coloniales e imperiales tradicionales‒ permanecen subdesarrolladas y los capitales del centro son suficientemente poderosos para movilizar Estados enteros en su interés. Así se producen enormes redistribuciones de valor.
Esto ocurre a través de varios canales: la movilidad del capital productivo (incluida la repatriación de beneficios) y la inversión de cartera; la captura del valor generado en las industrias productivas de un país por sectores no productivos (financiero, inmobiliario, etc.) de otros países; y las transferencias de valor entre industrias y países a través de la igualación de las tasas de beneficio, es decir, a través de la formación de precios de producción internacionales.
Examinamos el último mecanismo en detalle, centrándonos en las diferencias entre países e industrias en la composición del valor del capital y en las tasas de plusvalía. Esta línea de investigación había desaparecido en gran medida de los debates marxistas después de la década de 1910, hasta que Emmanuel la revivió en su influyente libro Unequal Exchange.
Desarrollamos un marco teórico coherente para analizar las transferencias internacionales de valor y, por primera vez, presentamos estimaciones empíricas que abarcan un gran número de países durante un período de tiempo significativo. Una de nuestras principales conclusiones es que las transferencias de valor agregadas ‒que representan solo un mecanismo del imperialismo económico‒ superaron los 70 billones de euros entre 1995 y 2020, con ganancias concentradas en un pequeño grupo de países, mientras que la mayoría experimentó pérdidas.
La principal ventaja de este enfoque radica en que trata el imperialismo como parte integrante de la competencia capitalista a nivel internacional, en lugar de atribuir las desigualdades globales a imperfecciones de un capitalismo que, por lo demás, funciona sin problemas, o basarse en fundamentos teóricos eclécticos.
En los últimos tiempos, el marxismo ha tratado de incorporar la ecología a su comprensión del imperialismo, planteando conceptos como el “intercambio ecológico desigual”. ¿Cómo pueden ayudarnos las ideas de Marx a integrar la ecología en el concepto de imperialismo?
La idea del intercambio ecológico desigual (también llamado intercambio ecológicamente desigual) surgió de una crítica particular de la teoría del valor de Marx. El argumento es que los análisis marxistas del comercio internacional se centran principalmente en las transferencias ‒y los intercambios desiguales‒ de valores-trabajo, que se consideran solo una forma de energía, mientras que se pasan por alto los flujos asimétricos de materias primas, tierra y otras formas de energía.
Desde una perspectiva más amplia, es cierto que el funcionamiento del capitalismo global favorece al núcleo imperial en términos de redistribución de la plusvalía, así como de apropiación y uso de diversas formas de valor de uso. Para describir estos procesos, Marx utilizó la noción de “sistema de robo”, tomando prestado el término del científico alemán Justus von Liebig, para explicar cómo la degradación del suelo en el campo acompañó al auge del capitalismo industrial en las ciudades. También se refirió a las relaciones coloniales al analizar cómo la dinámica de la acumulación de capital en Inglaterra agotó el suelo irlandés durante más de un siglo.
En las últimas décadas, muchos estudios han analizado el comercio internacional a través de indicadores medioambientales como la huella ecológica (la cantidad de superficie de tierra ecológicamente productiva per cápita), la tierra o el espacio incorporados en los productos, las balanzas comerciales físicas y los flujos de materiales. Se trata de contribuciones importantes porque documentan el enriquecimiento material del núcleo imperial a expensas de los trabajadores y campesinos de la periferia, una dimensión clave del imperialismo.
Sin embargo, es un error pensar que esos patrones de flujo de materiales tienen una dinámica propia. Una característica definitoria del capitalismo es que las preocupaciones sociales y medioambientales están subordinadas a la acumulación de capital. Las estructuras sociales y los valores de uso ‒ya sean de la producción no capitalista o de la naturaleza no humana‒ se reducen a su utilidad para la acumulación y, a menudo, se degradan o destruyen en el proceso.
Pensemos en un río que ofrece muchos valores de uso: proporciona disfrute a los bañistas, un ecosistema para los peces y las algas, y una función vital en el ciclo del agua, las aguas subterráneas y las precipitaciones, al tiempo que sirve de fuente de refrigeración para los centros de datos. Una vez que se explota al máximo su función de refrigeración, el agua descargada vuelve caliente y contaminada, los lechos y las corrientes de los ríos cambian, los peces y las plantas mueren y el agua se vuelve insegura para el esparcimiento. La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio se encuentra, por lo tanto, en el centro del colapso ecológico.
No podemos explicar la distribución global de los materiales, la tierra, la energía, el espacio y los residuos sin una teoría coherente de la acumulación y su relación con los valores de uso. Esto es precisamente lo que ofrece la teoría del valor de Marx a través de la dualidad del valor de uso y el valor de cambio, una contradicción inherente a todas las mercancías.
Las potencias imperialistas originarias construyeron su riqueza y su poderío militar sobre la conquista colonial y el saqueo de las sociedades precapitalistas. ¿Cómo han cambiado los mecanismos de explotación imperialista a lo largo del tiempo? ¿Siguen siendo estos países las principales potencias imperialistas en la actualidad?
Existe una sorprendente continuidad entre los imperios coloniales precapitalistas y los centros de poder del imperialismo contemporáneo. El comercio colonial y la esclavitud contribuyeron a impulsar la industrialización y la expropiación genocida de las tierras indígenas que acompañó a esa transición.
Sin embargo, el colonialismo precapitalista y el imperialismo contemporáneo funcionan mediante dinámicas económicas diferentes. El país más poderoso del núcleo imperial actual, Estados Unidos, no era un imperio colonial en el sentido clásico, sino una colonia. Por el contrario, los imperios coloniales que en su día fueron dominantes, como España e Inglaterra, son ahora mucho más marginales. Existen continuidades históricas, pero no deben exagerarse: el colonialismo y el imperialismo siguen lógicas económicas distintas.
Bajo el capitalismo, la fuerza motriz es la acumulación de capital. Debido a las contradicciones internas de este proceso, los capitales más avanzados de un país acaban chocando con los límites que impone la tendencia a la caída de la tasa de beneficio.
Al mismo tiempo, son lo suficientemente poderosos como para movilizar sus aparatos estatales en apoyo de sus intereses en el extranjero. Al invertir en países con capitales más antiguos y menos eficientes, salarios más bajos, una regulación más débil y, en general, niveles de competencia más bajos, se aseguran tasas de beneficio más altas, al menos temporalmente. También despliegan su poder económico junto con recursos militares, diplomáticos y políticos para suprimir las amenazas competitivas y mantener subdesarrolladas las fuerzas productivas de otras regiones.
Los mecanismos dominantes del capitalismo internacional han cambiado con el tiempo. Antes del siglo XX, los antiguos imperios coloniales y los Estados imperialistas emergentes utilizaban principalmente la periferia como fuente de recursos baratos ‒a menudo rozando el saqueo descarado‒ y de mano de obra barata o esclavizada.
Se produjo un cambio importante con la exportación a gran escala de productos de capital, no solo para su venta a capitalistas extranjeros, sino como medio para externalizar la producción y conservar la propiedad. Las exportaciones de capital generaron importantes flujos de beneficios desde la periferia hacia las industrias de los países imperialistas.
Inmediatamente después de la segunda guerra mundial, la rentabilidad en el centro imperial era un problema menos acuciante, mientras que la descolonización formal de las colonias pasó a ser fundamental. Durante este periodo, cobró importancia un mercado mundial consolidado, en el que la periferia dependía de la importación de bienes de consumo y de capital, mientras exportaba productos agrícolas y materias primas. Esto dio lugar a importantes transferencias internacionales de valor.
En la década de 1990, el capitalismo se reintrodujo en muchas partes del mundo. El núcleo imperialista siguió siendo el único socio comercial viable, reestructurado a través de la reacción neoliberal a la erosión de la rentabilidad en los años sesenta y setenta. Esto dio lugar a una ola de desregulación y liberalización a escala mundial, y a la globalización de las instituciones financieras del núcleo imperialista, que exportaban capital en forma monetaria y consolidaban diversas formas de dependencia.
Esta es una cronología simplificada, pero hay dos puntos esenciales. En primer lugar, las exportaciones de capital ‒en forma de materias primas, capital productivo y monetario‒ siempre han sido fundamentales para el imperialismo. La aparición de un mecanismo de imperialismo económico no elimina los demás.
Por ejemplo, las transferencias de valor derivadas de la existencia de un mercado mundial no desaparecen solo porque la captura de valor vinculada al capital monetario cobre mayor importancia. Sigue siendo un sistema capitalista único, en constante evolución en busca de mayores beneficios en condiciones de competencia real. Analizar el imperialismo hoy en día significa examinar todos los mecanismos de dominación, teniendo en cuenta al mismo tiempo las posibles fuerzas contrarias.
En segundo lugar, la economía del imperialismo describe principalmente las relaciones entre capitales ‒o, más sencillamente, entre industrias‒, en lugar de las relaciones entre naciones tratadas como entidades homogéneas. Los diferentes segmentos del capital también compiten dentro de las naciones, a menudo por cuyos intereses promueve el Estado. Consideremos, por ejemplo, las tensiones entre las industrias manufactureras de Estados Unidos, que han perdido terreno durante la expansión de los mercados mundiales liderada por Estados Unidos, y el sector tecnológico, que se ha beneficiado enormemente de la aplicación de los derechos de propiedad tecnológica en mercados formalmente abiertos.
Por esta razón, reservamos categorías analíticas como la explotación para la relación social entre el capital y el trabajo ‒es decir, entre capitalistas y trabajadores‒ y no para las relaciones entre países. El estudio del imperialismo, aunque se centra en las dimensiones internacionales de la acumulación de capital, no puede reducirse a las relaciones entre naciones abstraídas del conflicto de clases.
Vuestra investigación muestra que China es uno de los principales beneficiarios del mundo en términos de transferencias de valor. Sin embargo, el PIB per cápita de China es mucho más bajo que el de los países más ricos. ¿Cómo debemos clasificar la posición global de China? ¿Cuáles son los fundamentos económicos y las características específicas que ayudan a explicar la posición de China? Y ¿cómo debemos entender el creciente conflicto entre Estados Unidos y China, especialmente ahora que sus economías están más integradas que nunca?
En este sentido, resulta útil proporcionar algo de contexto a nuestros resultados. Nuestra base de datos abarca el periodo de 1995 a 2020, y al comienzo de este periodo China ocupaba una posición subdominante. En la década de 1990, China representaba una parte mucho menor de la producción mundial que en la actualidad, con una composición de capital de bajo valor y una elevada tasa de plusvalía. A través de ambos canales, transfería valor al núcleo imperialista.
A principios de la década de 2000, la composición del capital de China comenzó a converger con la media mundial y se convirtió en receptora de transferencias de valor a través de ese mecanismo. A principios de la década de 2010 se produjo un cambio similar con la tasa de plusvalía. La transición de China de perdedora neta a receptora neta coincide con la crisis financiera mundial, alrededor de 2010, y desde entonces ha mantenido esta posición ventajosa.
Durante el mismo período, nuestros resultados muestran un retroceso relativo de Estados Unidos, especialmente en términos de composición del valor. Para nosotros, esto concuerda con una evolución más amplia: la relativa estabilidad de China, su capitalización sostenida y su ascenso al liderazgo mundial en varias industrias clave contrastan con una década turbulenta de la economía estadounidense, tanto en lo económico como en lo político.
Sin embargo, debemos subrayar que nuestras cifras solo se refieren a las transferencias de valor resultantes de la formación de los precios de producción internacionales. No recogen otros mecanismos importantes del imperialismo económico, como el papel de las industrias no productivas en la apropiación del valor creado en el extranjero, las exportaciones de capital, las ventajas vinculadas a las jerarquías monetarias y dinámicas similares.
Es razonable suponer que Estados Unidos, junto con otros países imperialistas fundamentales, sigue disfrutando de ventajas significativas en estos ámbitos, que no se analizan en este libro. Tenemos previsto ampliar nuestra investigación utilizando un marco teórico coherente sobre el valor para examinar estas dimensiones adicionales y ofrecer una visión empírica más completa.
Y luego, más allá de la economía, también está el poder político y militar. A medida que Estados Unidos se enfrenta a un relativo declive económico ‒o, más precisamente, a medida que China le plantea un desafío económico más directo‒, ha movilizado sus capacidades políticas y militares con mayor frecuencia y firmeza. En términos estrictamente militares, Estados Unidos sigue teniendo una supremacía clara y sustancial.
Por esa razón, no creemos que nuestros hallazgos sean suficientes para concluir que China ya es una potencia imperialista o que está totalmente a la altura de Estados Unidos como rival imperialista. Lo que mostramos es que China ha cambiado su posición en una dimensión central del imperialismo. Ese cambio es significativo y sustancial, pero no basta por sí solo para determinar la posición general de China dentro del sistema imperialista mundial.
Por el contrario, Rusia, a la que muchos califican de imperialista debido a su uso del poder militar en el extranjero, sigue siendo un perdedor neto en términos de transferencia de valor. ¿Dónde encaja Rusia en la división imperialista entre el Norte y el Sur Global?
Con las mismas salvedades mencionadas anteriormente ‒que el análisis del libro es parcial y provisional‒, nuestras conclusiones indican que Rusia no es un receptor neto de transferencias de valor internacionales. Sin embargo, eso no significa que sea necesariamente un perdedor neto en todas las demás dimensiones del imperialismo económico. Tampoco implica que Rusia ocupe una posición militar subordinada, ya sea a nivel regional o mundial. Nuestro análisis debe profundizarse y ampliarse a mecanismos adicionales a través de los cuales se captura y se apropia el valor a escala mundial. Tenemos la intención de seguir adelante con ello.
Consideramos que la economía mundial, así como las estructuras de poder político y militar globales, siguen estando dominadas por los países imperialistas convencionales, sobre todo Estados Unidos y sus aliados del G7. Al mismo tiempo, nuestro análisis del capitalismo global se basa en el concepto de competencia real. Tanto a nivel micro como macro, las relaciones de dominación se disputan continuamente, en gran parte debido a las contradicciones internas del capitalismo. Los poderes desafiantes pueden tener éxito o fracasar, y estos procesos a menudo se desarrollan a lo largo de prolongados períodos históricos.
Por lo tanto, el imperialismo no es solo una relación de dominación entre países imperialistas y neocoloniales. También implica rivalidades dentro del bloque dominante, así como competencia entre los países neocoloniales que se esfuerzan por mejorar sus posiciones relativas. Con el tiempo, las capacidades económicas y militares de un país pueden deteriorarse hasta tal punto que mantener su posición política dentro del bloque imperial se convierte en su principal objetivo. Por el contrario, un país puede fortalecerse económicamente ‒China es un ejemplo evidente‒ y comenzar a desafiar las jerarquías establecidas principalmente a través de canales económicos, mientras sigue estando subordinado militarmente y excluido de las alianzas políticas fundamentales que sostienen el orden existente.
¿Qué nos dicen estos ejemplos ‒junto con los de países como Australia, Taiwán y Corea del Sur, que generalmente se consideran parte del bando imperialista, pero que son perdedores netos en términos de transferencias de valor‒ sobre la fiabilidad de centrarse en uno o varios indicadores económicos (transferencias de valor, productividad laboral, PIB per cápita, etc.) para determinar la posición de un país en el mundo actual? Además, ¿habéis encontrado algún problema al utilizar los datos económicos disponibles para llegar a resultados que sean significativos para la economía marxista o la teoría del valor?
Esta pregunta va directamente al núcleo de cómo entendemos el imperialismo y, en términos más generales, la propia teoría del valor. Siempre nos enfrentamos a fuerzas contrarias y contradicciones internas, lo que nos obliga a mirar más allá de un único indicador.
Tomemos el ejemplo de Taiwán. El capital taiwanés, en su conjunto, parece ser un donante neto en términos de transferencias de valor. Al mismo tiempo, su industria de semiconductores no solo es competitiva a nivel internacional, sino que en muchos aspectos es tecnológicamente dominante. Sin embargo, esta fortaleza se concentra en gran medida en un solo sector, y ese sector sigue dependiendo en gran medida de la demanda de las industrias tecnológicas de China y Estados Unidos.
Las transferencias de valor vinculadas a la composición del valor del capital ‒donde los productores de semiconductores taiwaneses se encuentran claramente en una posición de receptores‒ pueden verse compensadas por las pérdidas de valor en otras industrias. Esto refleja la posición subdominante de Taiwán dentro de la alianza más amplia de países imperialistas.
Corea del Sur es algo diferente. Tiene una estructura de producción relativamente diversificada, y la mayoría de las principales industrias son de propiedad pública. Al igual que Alemania, Corea del Sur aparece como un donante neto de transferencias de valor internacionales, pero también tiene un fuerte superávit comercial. En otras palabras, las desventajas a las que se enfrenta en un mecanismo del imperialismo económico pueden verse compensadas ‒o incluso superadas‒ por las ventajas en otro.
En el libro no analizamos sistemáticamente las estructuras de propiedad ni las balanzas comerciales; la comparación de estos diferentes canales sigue siendo una tarea pendiente. Pero estos ejemplos ilustran una idea más amplia: basarse en una sola variable no es suficiente para determinar la posición de un país dentro del capitalismo global. El imperialismo está determinado por múltiples mecanismos que interactúan entre sí. Precisamente por eso creemos que desarrollar un marco teórico coherente y consistente para estudiar la economía global no solo es útil, sino que es una necesidad urgente.
Teniendo en cuenta todo esto, ¿cómo debería ser el internacionalismo antiimperialista del siglo XXI?
Francamente, hemos escrito un libro en el que un capítulo examina dos de los muchos canales económicos fundamentales del imperialismo. Cuando se trata del internacionalismo antiimperialista, se necesita mucho más que la investigación académica; la solidaridad y la resistencia también deben adoptar formas prácticas.
Dicho esto, creemos que nuestro trabajo puede ofrecer una visión de los posibles puntos críticos y de la dinámica estructural más amplia, especialmente para aquellos que critican la concentración de poder en un pequeño grupo de países imperialistas o que están preocupados por el creciente riesgo de guerras imperialistas destructivas.
En primer lugar, no encontramos pruebas que respalden la afirmación, común en la década de 1970, de que el imperialismo se basa principalmente en las diferencias salariales que privilegian materialmente a los trabajadores de los países imperialistas. Dependiendo de la posición de cada uno en el debate, esto puede parecer trivial o contrario a la intuición. Pero también debilita la afirmación ‒asociada a pensadores como Emmanuel‒ de que la solidaridad internacional entre los trabajadores de los países neocoloniales e imperialistas es estructuralmente inviable. Por el contrario, a medida que el contrato social en el núcleo imperial ‒estabilidad relativa a cambio de bienestar relativo‒ da paso al deterioro del nivel de vida, al empleo precario, a la deslocalización y al aumento de la migración impulsada por la guerra y las privaciones, la solidaridad más allá de las fronteras y los pasaportes se vuelve más necesaria.
En segundo lugar, las transferencias internacionales de valor que analizamos son en gran medida el resultado de la propia existencia de un mercado mundial. En su forma más básica, el capitalismo genera un desarrollo desigual y desigualdades cada vez mayores. Esto pone en duda las reformas orientadas al mercado mundial o las estrategias patrocinadas por los Estados capitalistas para mitigar esas desigualdades. Reformar el capitalismo a escala internacional para mitigar sus males sociales y medioambientales es la mayor ilusión en este momento, en el que sus contradicciones se han agudizado tanto que las convenciones y leyes internacionales tienen cada vez menos efecto.
En tercer lugar, es evidente que el núcleo imperialista está incrementando el gasto militar, propiciado tanto por las contradicciones internas como por la intensificación de la competencia en torno a los insumos estratégicos necesarios para la acumulación de capital ‒tierras raras, litio, cobre, cobalto y recursos similares. Así se intensifica el deseo de someter los recursos de la periferia a las necesidades del centro imperial.
Desde el punto de vista de estos países, la lucha por la liberación nacional y la soberanía sigue teniendo la relevancia de siempre. Al mismo tiempo, la solidaridad incondicional y práctica entre las clases obreras y las y los socialistas dentro de los países imperialistas sigue siendo indispensable.
Güney Işıkara y Patrick Mokre son los autores del libro titulado Marx’s Theory of Value at the Frontiers: Classical Political Economics, Imperialism and Ecological Breakdown (La teoría del valor-trabajo de Marx en las fronteras: economía política clásica, imperialismo y colapso ecológico). Işıkara es profesor asociado de ciencias sociales en la Universidad de Nueva York, cuya investigación se centra en el colapso ecológico y los modos alternativos de organizar la producción y reproducción. Mokre es investigador invitado en el Instituto de Economía de la Desigualdad en la Universidad de Empresa y Economía de Viena, cuyos estudios se centran en la economía política, la desigualdad y el capitalismo.
Texto original: Links
Traducción: viento sur
Fuente: https://vientosur.info/imperialismo-y-colapso-ecologico/


