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Izquierda, política y mercado

Fuentes: CAES

En las sociedades de mercado la actividad política se realiza al margen de la vida de l@s ciudadan@s. Dicha actividad consiste, sobre todo, en crear las condiciones que hagan posible la libertad de empresa y en gestionar sus permanentes crisis económicas, ecológicas y bélicas. Aunque el caos mercantil no podría sostenerse ni un día sin […]

En las sociedades de mercado la actividad política se realiza al margen de la vida de l@s ciudadan@s. Dicha actividad consiste, sobre todo, en crear las condiciones que hagan posible la libertad de empresa y en gestionar sus permanentes crisis económicas, ecológicas y bélicas. Aunque el caos mercantil no podría sostenerse ni un día sin las muletas del estado, los políticos de mercado se esfuerzan en convencernos de lo peligrosa que es cualquier intervención política en la economía.

La derecha vocifera, como si se acabara el mundo, contra las regulaciones laborales, medioambientales o sociales. Sin embargo, recibe con agrado las jubilaciones anticipadas y el seguro de desempleo para facilitar sus despidos así como las desgravaciones fiscales y la exención de la cuota empresarial a la Seguridad Social. Todos ellos mecanismos para transferir recursos públicos a sus cuentas de resultados. Más aún, claman por la inyección de liquidez en el sistema bancario, las ayudas frente a las perdidas producidas por la especulación, la deslocalización o la competitividad que ellos mismos defienden y por infraestructuras y equipamientos para nuevas urbanizaciones a pesar de existir tres millones de viviendas vacías.

Entre la izquierda y la derecha existen diferencias. Ante los desastres del mercado y el libre comercio, la derecha propone más mercado y la izquierda más estado. Pero ambas coinciden en la aceptación del mercado como principal mecanismo regulador de la vida económica y social. Tanto la derecha como la izquierda conciben la política, no antes de la economía fijándole fines y poniéndole límites, sino después poniéndole parches y pagando los costes de sus desaguisados. Todos los políticos parlamentarios hacen su política desde las leyes del mercado y no desde la centralidad de los derechos y libertades de la gente. El régimen político que permite que la libertad de empresa tenga más fuerza que las libertades y los derechos ciudadan@s usa el nombre de «democracia». Los políticos, sindicalistas e intelectuales defensores – o leales opositores – de este orden, se autodenominan «los demócratas».

En el régimen parlamentario de mercado la oposición se reduce a expresiones de desacuerdo verbal entre corporaciones de políticos profesionales que no persiguen cambiar el rumbo de la sociedad sino empuñar el timón. El pluralismo político se limita a las broncas parlamentarias y mediáticas entre el modelo liberal – keynesiano defendido por la izquierda cuando está en la oposición y el modelo neoliberal defendido y aplicado por la derecha y por la izquierda cuando está en el gobierno. La oposición real es la que no se produce entre quienes consideran el capitalismo un hecho natural y quienes lo consideran un hecho político producto de la desigualdad, el dominio y la explotación. La existencia de la izquierda está vinculada a la oposición de masas contra el orden totalitario y violento del mercado. Al igual que no hay libertad sin lucha por la liberación, no hay izquierda sin enfrentamiento con el capitalismo. El vacío de oposición es simétrico con el vacío de una izquierda real, entendida ésta como una teoría y una práctica política sustancialmente diferentes de la teoría y la práctica de la derecha.

Las políticas redistributivas, de cohesión social e igualdad de género deben ser apoyadas. Pero sin olvidar su carácter paliativo y su dimensión demagógica. Más allá de su positividad parcial son, sobre todo, un instrumento para la sostenibilidad del mercado, un mecanismo para desactivar cualquier movimiento social que avance en solitario y maquillaje para la izquierda capitalista. Las políticas sociales, ecológicas y feministas de los «políticos de mercado» son una gota de bálsamo frente a la potencia ideológica – constructiva y destructiva – del enriquecimiento y la competitividad.

Romper con el PP es conseguir que vivienda, alimentación, educación y sanidad estén fuera del mercado, que se respete la autodeterminación popular, que los cuidados tengan el rango de actividad primordial para tod@s y que el gobierno se mantenga al margen de agresiones y crímenes de guerra contra otros pueblos, lo que supone cancelar las bases militares extranjeras en nuestro territorio y poner fin a la pertenencia del estado español a la OTAN. Pero esto significa romper también con casi toda la política del PSOE. Votar por el PSOE significa votar a favor de sus políticas enfrentadas al PP (el 5%), pero también significa votar a favor de sus políticas coincidentes con las políticas del PP (el 95%). Votar al poli bueno contra el poli malo es cumplir fielmente el guión que han escrito para nosotros. Este guión permite que la violencia competitiva – más totalitaria cuando más global – se despliegue libremente.

Las catástrofes sociales y ecológicas son impotentes por la naturalización del mercado, del individuo individualista, de la competitividad y de la subordinación de las mujeres a los hombres. El lenguaje compartido por empresarios, políticos, sindicalistas e intelectuales jornaleros, clausura toda oposición verdadera. Desde dentro de este «coro único» no hay salida. A pesar de sus consecuencias, el auge de la economía de mercado se explica por su capacidad para convertir la democracia en «política de mercado». Es decir, en una dictadura parlamentaria del capital.

La política de mercado supone el ascenso de políticos e intelectuales insignificantes cuyo liderazgo se basa en la construcción social de un individuo de mercado que sólo aspira a ser productor y consumidor de mercancías. Este esclavo voluntario es halagado por los líderes de opinión que llaman tolerancia a su indiferencia individualista y madurez democrática a su oportunismo político y ético.

La economía de mercado, la política de mercado y el individuo de mercado se presentan como un cierre sistémico, como la culminación de la libertad humana y como la superación del hambre, la irracionalidad y la violencia. Sin embargo, la injusticia armada del mercado campea por el mundo, sembrando el odio y la venganza. En la historia de la humanidad no ha habido un modelo civilizatorio más irracional, excluyente y violento que la actual globalización capitalista.

Cualquier movimiento social que no se deje sobornar ni intimidar, es objeto de criminalización y represión haciendo caso omiso de libertades políticas y garantías jurídicas. La dificultad para luchar por la paz, la democracia y la seguridad desde dentro del régimen parlamentario, explica muchas expresiones violentas calificadas como terrorismo. Esta dificultad consiste en la negación «oficial» de la verdadera naturaleza de los conflictos. Pero dicha negación no disuelve los daños ni hace desaparecer a las víctimas de dichos conflictos. Lo que es aplastado y reprimido acaba reapareciendo de forma destructiva y autodestructiva.

Estar contra el terrorismo exige identificar sus causas. Todo lo contrario de lo que hizo la Comisión Parlamentaria que investigó en 2005 los atentados del 11-M-04 en Madrid. En lugar de analizar la relación entre dichos atentados y la participación del estado español en la invasión de Iraq, esta Comisión se dedicó a especular sobre qué había fallado en los servicios de seguridad para que los terroristas pudieran poner las bombas. Con semejante planteamiento no es de extrañar que dicha Comisión fuera incapaz de llegar a conclusión alguna. Ni tampoco que, una vez descentrada la investigación, el PP utilizara este foro con el mayor cinismo para proferir las acusaciones más inverosímiles, burlándose del parlamento, de la democracia, de la población española y de los 197 muertos y 1.500 heridos producidos como – una primera – respuesta a su participación en los crímenes de guerra contra el pueblo iraquí además de otras cooperaciones con el terrorismo de estado de Israel y EEUU contra el pueblo palestino y otros pueblos.

Resolver el problema del terrorismo nos obliga a mantenernos alejados del uso que hacen de él quienes no pueden ni quieren plantearse sus verdaderas causas. El peor servicio a la causa de la paz y los derechos humanos es ponernos detrás de las pancartas antiterroristas de quienes defienden e impulsan la globalización, el libre comercio de alimentos, la precariedad, las privatizaciones y las organizaciones armadas internacionales contra los trabajadores y los pueblos del mundo. Es decir del terrorismo mayorista. Estas políticas producen millones de muertes por hambre, guerras, explotación laboral y enfermedades evitables.

La acción militar en represalia al lanzamiento de misiles caseros desde Gaza contra territorios ocupados por los israelíes, persigue doblegar a la población civil para que reniegue del gobierno de Hamás legítimamente elegido. Al mismo tiempo, la izquierda laica palestina hace negocios con Israel y EEUU para destruir a su rival islámico elegido democráticamente. Quienes asesinan cada día niñ@s palestin@s desde sus blindados y sus misiles, consideran terrorista a un joven suicida que hace explotar su mortífera carga en un autobús. ¿Con qué autoridad moral se puede llamar «terrorista» a unos y «ejército» a otros? ¿Con qué argumento se puede calificar de izquierda al presidente Mahmud Abbas y sus seguidores?

El debate metafísico sobre qué asesinatos son acciones terroristas y cuales no, forma parte de la propaganda de guerra. Lo único importante para acabar con el terrorismo es la resolución dialogada de los conflictos en base a la justicia y la democracia. Todo lo demás es ruido y tormentas en un vaso de agua entre globalizadores y alterglobalizadores. A las 24 horas de reconocer el derecho de autodeterminación como principio básico de cualquier Constitución democrática, se terminaba la violencia de ETA (las otras violencias, no). Sin embargo el bipartidismo que administra la monarquía neofranquista no puede revisar la Constitución aprobada bajo la amenaza del golpe militar sin poner en cuestión su propia legitimidad. Por otro lado, al día siguiente de sacar a España de la OTAN, romper relaciones con el estado terrorista de Israel y traer los soldados españoles de Líbano y Afganistán, desaparecería el peligro de atentado islamista en territorio español. Pero la servidumbre del régimen al imperialismo de los EEUU impide al régimen monárquico dar ese paso.

La izquierda capitalista, los movimientos sociales que ésta ha colonizado y el circo electoral, forman parte del problema, no de la solución. Es necesario avanzar, sobre todo desde fuera de este escenario. Lo que más les duele es que no ejecutemos voluntariamente el miserable papel que nos han asignado. Eso exige dejar de apoyar a los partidos y sindicatos que, con palabras de izquierda, realizan políticas de derecha, pero también olvidarse de las subvenciones y apoyos procedentes de ese mundo. Dejar de echar balones fuera y comprometerse con la organización política de las víctimas del mercado y del estado desde abajo del todo. El que quiera peces tiene que mojarse. Así se evitará el aislamiento de quienes luchan de verdad y se deslindarán los campos entre la izquierda y la derecha, hoy confundidos en un bipartidismo neofranquista que, a través de sus redes clientelares, penetra como una metástasis en los movimientos sociales y en la conciencia de todos. Por eso nadie se cree nada. Muchos millones de personas asalariadas votan al PP porque es más racional votar al original que votar a las copias. En este contexto cualquier avance de la izquierda en el terreno electoral es a costa de la liquidación de sus valores ideológicos y de su memoria histórica. Con nuestra debilidad aumenta la fuerza y la osadía del enemigo.

La fuerza del PP tiene su condición en la complicidad del PSOE. El PSOE no puede atacar al PP porque sería como atacarse a sí mismo, ya que comparte casi todas sus propuestas económicas y políticas, tanto en el Estado Español como en las relaciones internacionales. La impunidad del poder se explica por la falta de autonomía de sindicatos, organizaciones ecologistas, feministas, de solidaridad internacional, etc., respecto al PSOE.

Hace poco más de un año oí decir a Teresa Toda, víctima – entre otros muchos – de la Audiencia Nacional en el macroproceso 18/98: «el sufrimiento nos hace mejores personas». Ciertamente, la entereza ante la injusticia y la represión, la autonomía teórica, política y económica, el apoyo mutuo y la firmeza ante los cantos de sirena que premian al esquirol, nos hace mejores personas. Para los políticos de mercado, cobardes y oportunistas, este comportamiento es propio de lunáticos. Pero para la regeneración política y ética de la izquierda son virtudes insoslayables que hoy, en el Estado Español, no tienen nada que ver con el mercado electoral.