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Este mes de junio se cumplirá otro aniversario más del secuestro de Jerusalén por el poder sionista de Israel

Jerusalén, en la tierra como en el cielo

Fuentes: Rebelión

Los avances políticos de la extrema derecha en el mundo, en pleno siglo XXI, van acompañados con frecuencia de discursos religiosos manipulados y radicalizados. La fusión da como resultado una bomba de relojería. Nada nuevo en la medida en que la historia ha mostrado infinidad de veces este fenómeno, hasta tal punto que la explicación del nacimiento y extensión de las religiones monoteístas tiene también claves políticas. Lo ocurrido en la historia sirve para dar equilibrio a nuestras actuales preocupaciones y moderarlas, ya que siempre ha sido así. Sin embargo, junto a la tranquilidad surge el sentimiento de que vivimos un eterno retorno, lo que induce al pesimismo sobre la humanidad.

Lo religioso, con sus mitos y símbolos, parece ganar terreno al Estado laico. Empapar la política de creencias religiosas hasta hacerla confesional, es algo que sobre todo practica la derecha, de la que Bolsonaro y Donald Trump son dos buenos ejemplos. Pero ocurre que en la izquierda o llamada izquierda persiste también la tentación de despertar las sanas emociones religiosas del pueblo llano para convertirlo en rebaño político y en clientela electoral. El caso de Nicaragua es brutal. Daniel Ortega ha llenado el país de enormes cartelones con el slogan “Nicaragua cristiana y socialista” que afirma el Estado confesional. La utilización de las religiones para afianzar metas políticas y ganarse la confianza de la población es una barbaridad. Es entonces cuando lo religioso deja de ser una experiencia personal, el soporte espiritual de la compasión que es mandamiento principal de toda religiosidad, para pasar a ser un instrumento de dominio que convierte a los individuos creyentes en seres acríticos, manipulados.

Pero como digo así ha sido la historia de la humanidad. Si el emperador Teodosio, en el año 380, hizo del cristianismo la religión del Estado, ya mucho antes Constantino vio en el cristianismo el cemento necesario para cohesionar un imperio, y si Mahoma fundó el islam como necesidad de construir la nación árabe hasta entonces acomplejada por las otras dos religiones del libro, el mundo judío hizo de su religión la palanca política para preservar el mito del regreso a su tierra prometida.

Pero el escenario donde política y religión se funden una y otra vez es en la ciudad de Jerusalén, ciudad con una larga y turbulenta historia. Judíos, cristianos y musulmanes se la disputan desde hace siglos, con la particularidad de que los monoteístas que por períodos habían sabido convivir, cuando trataban de afirmar una identidad diferente y hacían afirmaciones exclusivas, entraban en conflicto. La santidad de una Jerusalén propia suponía la negación de los otros y frecuentemente la guerra por su dominio. A mí esta ciudad y su histórico conflicto me impacta, y por eso me detengo en su drama.

Israel se apropió de gran parte de la ciudad en junio de 1967, incluido el Muro de las Lamentaciones y para dar cobertura a lo que fue una violación del derecho internacional que definía a Jerusalén como ciudad abierta y protegida por la comunidad internacional que no podía ser propiedad de ninguna de las partes en conflicto, sancionó su ocupación como un acto sagrado de regreso a su lugar (Sión) y a los orígenes del judaísmo. La Torah se convirtió en la verdadera Constitución de Israel y se obró el milagro de que los laicos sionistas radicales como David Ben Gurion hicieron de la Biblia un arma política, su Constitución: el libro sagrado les contaba lo que deseaban oír. Así es como la ocupación de la ciudad santa fue como una evocación de mitos y leyendas que habían nutrido durante siglos a la diáspora judía.

Por su parte los sufíes, los místicos más místicos del Islam,  habían tratado, en tiempos pasados, de asentar las bases de una convivencia duradera. Ellos demostraron una estima excepcional del valor de las otras religiones. Mientras juristas y clero islámico subrayaban los pronunciamientos exclusivistas del islam, los sufíes permanecieron fieles al universalismo del Corán.  Como podemos apreciar en nuestros días, su influencia no cuajó para la historia. Cómo iba a tener futuro si iban gritando ¡no soy judío! ¡no soy cristiano! ¡no soy musulmán! Los sufíes eran un verso libre.

El conflicto israelo-palestino está empapado de lo religioso. Si Israel se considera la continuidad de Abraham, Salomón y David, y defiende su expansión hacia toda la Palestina histórica como pueblo elegido –¡en el siglo XXI lo sigue haciendo!- del lado árabe, Hamás mantiene que el único propietario de la ciudad desde la que Mahoma ascendió al cielo en un viaje místico, imaginario, es el pueblo palestino y la nación árabe. Lo religioso toca el mundo emocional individual y colectivo y se transforma en una amenaza cuando se esgrime como razón permanente de la violencia.

La historia de las tres religiones siempre estuvo vinculada a Jerusalén. Durante los períodos de paz la ciudad fue inter-religiosa. Pero los períodos de disputa violenta de la ciudad, mitad terrenal, mitad celestial, fueron más y más largos. Cuando la ciudad cambiaba de dominio la religión dominante también lo hacía. Ese fue el gran error. Los sufíes tenían razón pero eran pocos y no poseían un ejército.

Actualmente Jerusalén está raptada por Israel. El asesinato del  primer ministro Yishaq Rabin que había firmado los acuerdos de Oslo puso un punto de inflexión. Yigal Amir, el joven estudiante que lo mató declaró que había disparado por orden de Dios. Fue una demostración manifiesta del abuso de la religión. Lo que por momentos pareció tener solución se disipó en poco tiempo. El asesinato urdido por sectores ultras del sionismo fue la continuidad de un proceso cuyo objetivo no confesado es la conquista total de la Palestina histórica modificando para ello la demografía, mediante la construcción de colonias y la expulsión de palestinos de sus tierras. Un objetivo que no acepta diálogo ni mucho menos una negociación. Si Jerusalén fuera una ciudad común el problema de la disputa estaría resuelto hace mucho tiempo. Pero Jerusalén es la puerta de la gloria y con la salvación eterna no se negocia.

En cierta ocasión un rabino progresista me dio su solución: dar espacio físico para un Estado Palestino, pero con una condición: dejar claro que sería el resultado de una concesión, puesto que el territorio desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo tiene un único dueño: Israel. De hecho Israel ya domina el 85% del territorio por la vía de la imposición. No es pues extraño que los palestinos no se hayan comportado siempre de una forma ejemplar en su lucha por la supervivencia.

Israel y Palestina, dos pueblos que han sufrido la amenaza de la aniquilación se disputan Jerusalén, ciudad que encarna mejor que ninguna otra la historia de la humanidad. Hoy parece que ganan los sionistas, pero la historia de la ciudad indica que nada es irreversible, nada está garantizado. Lo cierto es que las sociedades que más han durado en Jerusalén han sido las que han estado preparadas para la tolerancia.

Cierro el círculo de este artículo regresando al inicio. Si el caso de Israel, sionista, es en la actualidad una referencia de todo orden, puede decirse que la resolución democrática del conflicto sería una contribución estimable a frenar esa mezcla contaminada de política y religión que impulsa sobre todo el mundo protestante. Las iglesias evangélicas, no todas desde luego, y sectores ultracatólicos, son hoy el ariete de una ofensiva que agita la violencia y daña a la democracia.

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