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Una tradición que vuelve a Lekeitio este 8 de noviembre

Katu baltz

Fuentes: Rebelión

Desde los escaparates, zulos y cristales mira estos días el katu baltza de Lekeitio al parroquiano que acude al cementerio y observa receloso el hisopo del párroco asperjando a las almas en pena del purgatorio. Con el cristianismo y la mano dura, con la Inquisición y las cadenas desaparecieron las brujas y los gatos negros […]

Desde los escaparates, zulos y cristales mira estos días el katu baltza de Lekeitio al parroquiano que acude al cementerio y observa receloso el hisopo del párroco asperjando a las almas en pena del purgatorio. Con el cristianismo y la mano dura, con la Inquisición y las cadenas desaparecieron las brujas y los gatos negros de las calles y la vida. El brujerío requiere libertad, cierto vicio y algo de carnaval. La palabra «brujería» se utilizó por primera vez en un proceso en Lucerna (Suiza) en 1419. Los procesos de brujas se destacan cada vez más de los procesos de herejes. La Inquisición se creó para combatir la herejía de los judaizantes. Sin dejar de perseguir a los judíos, extendió su campo de acción a los protestantes, a las sectas, a los brujos y, en general, a todos los que se apartaran de la ortodoxia, definida de un modo muy estricto. 

Julio Caro Baroja distingue entre hechicera, que habitaba en ambientes urbanos de Castilla y Andalucía, experta en predecir el futuro y curar ciertas enfermedades, que conocía los secretos para triunfar en el juego y en el amor, que preparaba perfumes y venenos, que provocaba abortos y hacía también de alcahueta, y la bruja, que vivía en zonas rurales de Galicia, el País Vasco, Navarra y los valles del Pirineo, a la que la gente atribuía toda clase de maleficios, desapariciones de niños, epidemias del ganado, se relacionaba con el diablo al que rendía culto en akelarres nocturnos.

La Inquisición se interesó aquí más en investigar los delitos contra la fe que en indagar y combatir la superstición. Consideró que a la brujería no merecía que se le prestase excesiva atención. Joseph Pérez, que en su «Historia de España» dedica un apartado a La Inquisición y las brujas, cuenta que «al menos hubo un terreno en el que la Inquisición se mostró inusitadamente indulgente en la península ibérica» y fue en el de la brujería. Aquí no hubo » nada parecido a la fobia persecutoria, que recorrió Europa durante los siglos XVI y XVII y que se saldó con la muerte en la hoguera de miles de hombres y mujeres», más mujeres que hombres. Sorprende pues su moderación en este caso, aunque no por eso dejó de haber condenas a muerte. «La mayoría de las veces las condenas fueron leves y hubo bastantes sobreseimientos. Diríamos que la Inquisición tuvo piedad de las brujas, no se encarnizó con ellas, y las trató más que como a criminales como a víctimas». Los autores recalcan la saña de la persecución inquisitorial: como dice Rolf Schulte en Hexenmeister, dura e inhumana allende los Pirineos, más suave, aunque siempre terrorífica, en los valles de Euskal Herria. En la península ibérica la represión de la brujería estuvo al principio en manos de la justicia ordinaria.

Y fue el consejo de Navarra quien investigó, en los primeros meses de 1525, los hechos ocurridos en la zona de Roncesvalles. Se acusó a las brujas «de provocar la muerte de niños, envenenar a las personas con un brebaje verde hecho con sapos y corazones de niños, de untarse con una pomada ciertas partes del cuerpo para ir a akelarres en los que se apareaban con un gato negro». En mayo de 1525 se produjeron roces entre el consejo de Navarra y los inquisidores locales, estos reclamaban la competencia en la materia porque se trataba de un culto al demonio y no eran meras alteraciones del orden público. Por medio andaba la fe. «Y en el estado español la encargada de defender la fe era la Inquisición y no la justicia ordinaria». A comienzos del siglo XVII se descubrieron algunos supuestos focos de brujería en la zona de Zugarramurdi y otros valles del norte de Navarra, dando pie a que las autoridades civiles abrieran una investigación. Las declaraciones de los acusados fueron las típicas de estos casos, las típicas fantasías de siempre. El proceso de Logroño (1609-1610), el más famoso auto de fe relativo a la brujería que se conoce en la historia de Iberia, contrasta por la severidad de las penas. Seis de los 29 acusados ardieron en la hoguera, otros seis murieron en la cárcel o escaparon, que también ardieron en la pira, a los ya muertos se desenterraron sus huesos y se arrojaron al fuego, a los huidos se les quemó en efigie o monigote, y 17 fueron absueltos por mostrar arrepentimiento. El veredicto puede considerarse clemente comparado con las miles de ejecuciones (pudieron superar las 50.000) que se produjeron más allá de los Pirineos. En la península ibérica constituyó un verdadero escándalo y el temor se extendió por las aldeas. Se hizo el silencio.

Militares, que un día juraron lealtad a la República, se rebelaron a tiros. Luego se entronizaron de nuevo los crucifijos en las escuelas, se hicieron rogativas, se movilizaron a las Vírgenes y se sacaron a pasear a los santos por las calles. Se poblaron los campos con cruces y Alfonso XIII, en 1919, mandó erigir en el Cerro de los Ángeles el majestuoso monumento al Sagrado Corazón de Jesús de 28 metros de altura. Y durante años no hubo gatos negros ni espíritus revoltosos en nuestras calles. Ahora que lentamente van desapareciendo las estatuas de Franco, que las iglesias se van vaciando, que se incineran los muertos y se alzan desde el polvo con la bala en el cráneo los mozos de ayer de Fustiñana vuelven a salir los gatos negros, pululan y aletean viejos espíritus y surge el runrún del érase una vez…

Lo cierto es que en Lekeitio, desde hace tres años, cada primer sábado de noviembre, desoyendo los tañidos de campanas de la gran basílica de la villa y el agua bendita del viejo párroco don Benito, el John Ford del cine vasco, desoyendo ese halloween druida americanizado, toma cuerpo ese fondo brujeril de antaño y se hace gato negro en calles, antros y tabernas. Los lekeitiarras salen de nuevo con Claudia en forma de gato negro a txikitear con los amigos.

Cuenta la leyenda, recogida por Juan Mari Endeiza, que en la calle Resurrección María de Azkue, encima de la actual zapatería Elorza, vivía un señorito con su ama de llaves Claudia, bruja vestida de negro y con un manojo de llaves al cinto. Y dicen que Claudia de noches se convertía en gato negro y, posiblemente, hacía marranadas con luna llena. Al señorito le gustaba pasear hasta al faro de santa Catalina. Él delante y Claudia, a distancia, siguiendo sus pasos. Y en la noche cerrada el señorito gritaba: ¡Claudiaaaa! Y Claudia respondía: ¡Señoritoooo! El «Beltza» de santa Catalina, marido de Madalen, vivía en un caserío, derruido hace tiempo, junto al actual aserradero de Lekeitio, no lejos del faro. Pero, por las noches, quien tenía que ir a recoger las cabras eran sus hijas. Y aquella noche de noviembre y luna llena las hijas oyeron en la oscuridad el grito de «Claudiaaaa y señoritoooo» y tuvieron miedo del gato negro. Y su padre, que se llamaba José María Urkiaga, rabioso, salió con el akulu y propinó una soberana paliza a Claudia. Y desde entonces en Lekeitio no hubo más brujas ni gatos negros en las noches de luna llena. Ni, tampoco, espíritus revoltosos.

Hoy, que la campana de las 8 ya no llama a misa, los curas no pasean en grupo por el muelle -y aunque por desgracia sigue habiendo todavía hombres malvados que atacan, golpean y matan a brujas- van surgiendo gatos negros en los rincones de las aldeas, brujos y brujas revoltosos de akelarre. Como en Lekeitio este 8 próximo de noviembre.