Israel está librando una campaña de guerra psicológica en Beirut, proyectando un poder casi divino desde los cielos, lanzando bombas que siembran la muerte y arrojando panfletos que prometen que Beirut y Gaza compartirán el mismo destino.
“Salven sus vidas y evacuen sus hogares de inmediato”, decía una de las octavillas lanzadas por el ejército israelí sobre Beirut al inicio de su actual guerra contra el Líbano. La orden de evacuación generalizada , que a principios de este mes afectó al sur del Líbano y luego se extendió a zonas enteras de Beirut, provocó pánico generalizado en la ciudad y el desplazamiento de cerca de un millón de libaneses en menos de dos semanas. Esto significa que uno de cada cuatro libaneses se encuentra desplazado, y la cifra sigue aumentando.
Los medios locales describieron la advertencia como algo sin precedentes para zonas tan extensas de Beirut y, a diferencia de comunicados anteriores, la orden israelí no solo instaba a los residentes a evacuar, sino que también les indicaba adónde ir: al este, hacia el Monte Líbano, y al norte, hacia Trípoli. No vayan al sur o pondrán sus vidas en peligro. Empezó a circular una broma: ¡el ejército israelí controla ahora nuestro tráfico!
Las imágenes que circulaban por las redes sociales mostraban una marea de personas abandonando la barriada de Dahiya, al sur de Beirut, a pie, en autobús o en coche, para instalarse allá donde podían: en el centro de Beirut, a lo largo del paseo marítimo o en otros barrios, especialmente hacia el oeste.
Los residentes contaban que habían dejado todo atrás. Muchos se estaban preparando para romper el ayuno cuando llegó el aviso de evacuación. Una mujer decía que había dejado la cena en el fogón “y mire cómo estamos ahora, no tenemos nada con lo que romper el ayuno”.
La comida en el fogón, órdenes de evacuación, un rastro de gente abandonando sus hogares. Los paralelismos con traumas históricos del pasado eran evidentes. “Esto se parece muchísimo a 1948”, escribió un usuario. “Es nuestra Nakba libanesa”.
Como para reafirmarlo, el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, publicó un vídeo en las redes sociales en el que afirmaba que el suburbio meridional de Beirut, Dahiya, «pronto se parecería a Jan Yunis», en referencia a la ciudad del sur de Gaza que fue gravemente destruida durante la campaña militar de Israel.
“¿Para qué seguimos vivos? Tal vez sería mejor que lanzaran una bomba atómica y nos mataran a todos de una vez”, dice el mensaje enviado por un amigo. “Sería mejor que esta vida de muerte”.
Da la impresión de que los mensajes lanzados desde las alturas, forzando a la gente a escoger entre la vida y la muerte, han creado una continuidad entre pasado y presente. En la guerra de 1948 panfletos similares fueron arrojados sobre las ciudades palestinas de Lyd y Ramala:
“El ejército israelí ha rodeado la zona”
“Los residentes deben dirigirse inmediatamente hacia el este”
“Cualquiera que permanezca podría ser objeto de un ataque militar”
Los mensajes iban acompañados de una campaña militar que provocó el desplazamiento masivo de miles de civiles de ambas ciudades. Mensajes similares aparecieron en otros lugares. En la ciudad de al-Tira los panfletos decían:
“Las próximas horas serán cruciales… su destino está en sus manos”.
“Entreguen a los combatientes y las armas”.
“Nuestros aviones, tanques y morteros aplastarán su aldea”.

En Haifa, se advirtió a los residentes:
“Ha llegado el día del juicio final.”
“Evacúen inmediatamente a las mujeres, los niños y los ancianos.”
“Aléjense de los barrios donde operan los combatientes.”
El texto impreso en los folletos se asemejaba a los versículos de los libros sagrados: debías seguir estas instrucciones o sufrir las consecuencias.
La espera misma —el espacio entre la amenaza y la acción— se vuelve mucho más poderosa que cualquier arma física. Los civiles permanecen sumidos en la incertidumbre, atrapados entre la esperanza de salvación y el temor a la devastación, paralizados por las amenazas divinas que descienden del cielo.

Los dioses del cielo
Una semana después del comienzo de la guerra, el ejército israelí sintió la necesidad de dirigirse a la población del gran Beirut y arrojó octavillas desde el aire acompañando a dos enormes explosiones sónicas. Las octavillas decían: “Tomen cartas en el asunto. Desarmen a Hezbolá y no dejen que otros decidan su futuro”. “Actúen o acepten las consecuencias”. El ministro de defensa israelí, Israel Katz, se hizo eco de estas palabras: “Si el Líbano no detiene a Hezbolá, Israel tomará cartas en el asunto”, declaró.

Los panfletos incluían un código QR que, al escanearlo, llevaba directamente a chats en Facebook y WhatsApp, foros destinados a reclutar colaboradores.
Otros panfletos lanzados por los israelíes describían Gaza como un gran éxito y advertían a los libaneses de que correrían una suerte similar si no se rebelaban contra Hezbolá.
Si no me obedecéis —yo, el todopoderoso, el inalcanzable—, sufriréis las consecuencias. Las órdenes parecían instrucciones divinas, una percepción reforzada por el hecho de que cayeran del cielo.
Pero también comenzaron a circular mensajes contrarios, que advertían de las evidentes tácticas psicológicas e instaban a la población a no escanear los códigos para evitar que sus teléfonos quedaran comprometidos. Esto también se basaba en experiencias pasadas de mitigación de los efectos de la guerra psicológica; durante la invasión israelí de Beirut en 1982, los grupos libaneses que luchaban contra Israel advirtieron a la población que no tocara los folletos porque estaban “envenenados”.
En Gaza, en 2014, los folletos lanzados por el ejército israelí instaban a los residentes a evacuar barrios enteros, dando a entender que conocían sus movimientos: “Se os observa en todo momento, os conocemos bien”.
El efecto refleja las representaciones cinematográficas de la vigilancia divina: los humanos se apresuran abajo, conscientes de que una mirada invisible determina cada una de sus decisiones. La tecnología se convierte en el instrumento divino y los destinatarios humanos en su público. En cuanto a los operadores de drones, son las deidades que pueden ver sin ser vistas.
Este es también el objetivo de la guerra psicológica, que recurre a folletos, drones y propaganda masiva para transmitir una sensación de omnipresencia. Los civiles perciben el alcance del Estado como algo ineludible, muy similar a la presencia de un dios en la vida cotidiana.
Durante el genocidio de Gaza, el ejército israelí lanzó folletos en los que amenazaba a los residentes con una conquista divina, citando versículos del Corán sobre Moisés abriendo el mar y un diluvio que arrasaba a los injustos, acompañados del mensaje: “Pueblo de Gaza, las Fuerzas Israelíes se acercan”.
En Beirut se diseñaron unos panfletos que imitaban la portada de un periódico llamado «La nueva realidad», cuyo titular impreso decía: “A la luz del gran éxito en Gaza, el periódico «La nueva realidad» llega al Líbano… ¿Hacia dónde se dirige nuestro Estado?” (Ver imagen debajo).
El mismo “periódico” había sido lanzado sobre Gaza con propaganda que pretendía “revelar la verdad”, incluyendo propaganda sobre el saqueo de la ayuda humanitaria por parte de Hamás e instando a la población a suministrar información sobre el paradero de los israelíes cautivos.

Durante una retransmisión en directo en los primeros días del bombardeo de Dahiya, una persona desplazada gritó ante las cámaras [de la televisión libanesa]: “¿Quién va a detener a Israel? Nadie lo hará. Son los dioses en la tierra. Ellos deciden cuándo vivimos, cuándo morimos, adónde vamos, qué camino tomamos. Ellos deciden nuestro futuro. ¿Quién va a detener esta locura?”.
Otra persona respondió: “Nadie lo hará. Ni siquiera hay simulacros de reuniones de la ONU como cuando lo de Gaza. No hay `movimientos diplomáticos´ [haraka diplomasiyya], dijo, invocando un término que se ha vuelto habitual en guerras anteriores. “El único `movimiento´ es el de los aviones de combate sobre nuestras cabezas. El movimiento de los desplazados. El movimiento en dirección al infierno”.
A diferencia de los dioses, míticos o de otro tipo, se supone que los líderes políticos y militares están sujetos a las restricciones impuestas por el derecho internacional. Pero el genocidio de Gaza ha supuesto la muerte del derecho internacional y del orden mundial tal como lo conocíamos. Israel ha actuado con impunidad desde entonces, reforzando la sensación de que opera al margen de los tribunales humanos.
Los panfletos lanzados desde las alturas reflejan esta impunidad divina; cada mensaje cae como el testimonio de un autor invisible. Pero lo que recalca la percepción de una ira omnipotente es que esa misma fuente de la que proceden los folletos es la que también inflige muerte y destrucción desde el cielo, decidiendo quién vive y quién muere.
Fuente: https://mondoweiss.net/2026/03/inside-israels-psychological-warfare-campaign-in-lebanon/
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