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La conferencia de Annapolis, Palestina a contraplano

Fuentes: Rebelión

Traducido por Caty R.

Para que los murmullos de Yad Vashem no amortigüen los gritos de dolor del pueblo palestino, injustamente despojado de su patria, esta intervención está dedicada, más allá de los lectores de este artículo, al nuevo presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, para que no desarrolle facultades auditivas selectivas.

I. La permanencia del geotropismo occidental o el complejo de Gibraltar

Sería aburrido e inútil elaborar una cronología de la historia de Palestina, es decir, el relato lineal de los acontecimientos tal como se han producido desde la promesa de Balfour hasta nuestros días, más exactamente desde la promesa de la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina hasta la proliferación y consolidación de bantustanes bajo ocupación israelí en torno a los grandes núcleos urbanos palestinos, Ramala, Bethlehem, Nablús, Hebrón y Yenín. Bantustanes, a manera de hogar nacional palestino, con la vocación de erigir el futuro Estado palestino que los países occidentales quieren crear para saldar todas las cuentas de un conflicto centenario cuya responsabilidad principal incumbe exclusivamente a los países occidentales.

Por lo tanto no hay una historia total, sino una historia «problematizada», es decir, una historia que intenta explicar las razones de estos acontecimientos. Es necesario, para ello, proceder a un descifrado de la historia reciente o más bien al derribo de los mitos fundadores de la estrategia occidental con respecto a la orilla meridional del Mediterráneo, su orilla árabe musulmana.

A- La teoría del vacío, el Res nullus

Europa, que durante mucho tiempo representó a Occidente, nunca ha perdonado a los árabes no sólo la conquista de la orilla meridional del Mediterráneo sino también la de la orilla africana del océano Atlántico. En una época en la que la navegación marítima constituía la principal vía de suministro de las metrópolis, Europa percibió la presencia del Islam en las orillas africanas del Atlántico como una amenaza estratégica sobre la navegación transoceánica occidental, sobre la conexión de Europa con América Latina (vía Dakar). Más allá de la conquista de mercados cautivos y reservas de materias primas, la colonización del Mediterráneo respondió a la preocupación de neutralizar esa amenaza, potencial o virtual, aunque no se haya registrado ningún empuje árabe en dirección a Europa desde hace casi cuatro siglos, es decir, desde que los árabes perdieron Granada en 1942 y se restauró la soberanía católica en España. Tampoco se ha registrado ningún empuje desde la retirada de las tropas musulmanas del Imperio Otomano de las puertas de Viena el 13 de abril de 1683. Con el pretexto de una motivación religiosa (la liberación de la tumba de Cristo en Jerusalén) las Cruzadas respondían a esa preocupación, igual que la colonización.

Los grandes principios universales raramente proceden de consideraciones altruistas. Más bien responden a imperativos materiales. En la época de las Cruzadas se alegaba la consigna de la «liberación de la tumba de Cristo». El saqueo de Constantinopla constituirá a este respecto, según el historiador Jacques Le Goff, una página vergonzosa de la historia de Occidente.

El tiempo de la colonización fue «el lastre del hombre blanco» y su doble corolario económico -la libertad de navegación y la libertad del comercio y la industria-, es decir, la libertad para Europa de configurar a su imagen los territorios conquistados, controlar a los pueblos y, con el pretexto de la civilización y la modernización, colonizar los territorios para su expansión económica.

El peñón de Gibraltar, que controla la unión del mar Mediterráneo con el océano Atlántico, regresó a la soberanía europea -en realidad inglesa-, pero los occidentales nunca se han liberado del complejo de Gibraltar. Gibraltar (Yabal Tariq), que debe su nombre al conquistador árabe Tariq Bin Zyad, sigue resonando en el subconsciente occidental como una gran afrenta estratégica.

Así, todas las vías marítimas de comunicación del espacio árabe están, desde hace cuatro siglos, bajo control occidental. Gibraltar, el espacio radiofónico de Tánger y la base aérea estadounidense de Kenitra (Marruecos) para la unión Mediterráneo-océano Atlántico; la isla de Masirah en el Sultanato de Omán, que controla el estrecho de Bab el Mandeb (la puerta de las lágrimas, N. de T.), para la unión del Golfo Pérsico árabe con el océano Índico; y finalmente Chipre, o más bien las bases de Akrotiri y Dekelia, para la unión Mediterráneo-Golfo-Océano Índico, mediante el Canal de Suez.

Tras la pérdida del Canal de Suez Inglaterra se replegó a las dos bases que tenía bajo su soberanía en Chipre, anteriormente bajo condominio franco-inglés. Por otra parte, la nacionalización del Canal en 1956 por Nasser dio lugar a una expedición punitiva franco-anglo-israelí, primera operación militar conjunta de Israel y Occidente contra el mundo árabe, destinada a castigar un a dirigente nacionalista árabe, Gamal Abdel Nasser, culpable de pretender la recuperación de su principal riqueza nacional: el Canal de Suez.

Desde Suez también tuvieron lugar otras expediciones punitivas. Las guerras cruzadas de Estados Unidos en Iraq por cuenta de Israel desde 2003 y la de Israel en Líbano contra Hezbolá por cuenta de EEUU en 2006, constituyen perfectas ilustraciones de la intrincación de Israel en la estrategia occidental. Todo el mundo tiene presente en la memoria la prescripción del presidente Jacques Chirac que abogó por la necesidad de emprender «medidas coercitivas» contra Hezbolá al principio de la ofensiva israelí contra Líbano en julio de 2006, antes de reducir sus pretensiones tras los primeros fracasos israelíes. De paso recordar que de la expedición «punitiva» de Suez a las medidas «coercitivas» contra Hezbolá, los reflejos coloniales permanecen muy vivos y firmes en Francia.

B- El vacío geográfico: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra

El Hogar Nacional Judío se instaló precisamente en Palestina, y no en Madagascar o Argentina como estaba previsto en el proyecto original, por la razón evidente de que la instauración de esta entidad occidental en el centro del mundo árabe respondía sobre todo a un geotropismo permanente de las potencias coloniales: el bloqueo del espacio árabe con el pretexto de la libertad de navegación y la seguridad de la ruta de la India. Así Gibraltar, el Canal de Suez, la Isla de Masirah y la Costa de los piratas albergarán, a lo largo de la historia moderna, numerosos jalones de la expansión europea, numerosas plazas fuertes guardianas y vigías del imperio británico.

La implantación del Hogar Nacional Judío en Palestina estuvo precedida de la conquista de Argelia en 1830, del protectorado de Francia sobre Túnez en 1881 y del protectorado inglés en Egipto en 1882. Es concomitante del Mandato francés sobre Siria y Líbano en 1920 y del Mandato inglés sobre Iraq y Palestina. Sesenta años después de la independencia de los países árabes, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, la presencia militar occidental es más fuerte que en la época colonial.

Así el conjunto árabe musulmán está encerrado en una red, seguramente una de las más densas del mundo. Así está la zona: Iraq ocupado, Bahrein alberga el cuartel general de la V flota estadounidense que opera en el área Golfo-Océano Índico, y en Qatar se hospeda el mando central que cubre la zona que va de Afganistán a Marruecos.

Kuwait, área de agrupación de las tropas estadounidenses en el golfo, sirve de base posterior para el suministro estratégico de las tropas de EEUU que combaten en la zona. Arabia Saudí alberga en la base aérea «Príncipe Sultán», cuya superficie excede la de París, los aviones-radares Awacs; y en Marruecos se hospeda la base de Kenitra para la vigilancia aérea desde la orilla árabe del estrecho de Gibraltar. Finalmente el Sultanato de Omán, que en su territorio de la Isla de Masirah contiene una base aeronaval inglesa, cierra la unión océano Índico-Golfo Pérsico. La enumeración no estaría completa si no se mencionara el mandato de hecho que ejercen sobre Líbano Estados Unidos y Francia desde el asesinato del Primer Ministro libanés Rafic Hariri en febrero de 2005 y los acuerdos de cooperación militar firmados con Jordania y Egipto, especialmente en el ámbito de la «deslocalización» de la tortura y la subcontratación de operaciones de mantenimiento del orden en los países limítrofes. De paso señalar que casi la totalidad de las monarquías árabes se encuentra en situación de subordinación o, para ser caritativos, de «servidumbre voluntaria» frente a las potencias occidentales. Así, la importancia de la implantación del Hogar Nacional Judío en Palestina aparece retrospectivamente como un elemento de la mencionada red.

La elección de Palestina se hizo en virtud del principio del vacío geográfico. El revestimiento ideológico de la empresa de depredación se resumía en el lema «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Un lema falaz, ya que equivalía a negar la existencia de una población cuyos antepasados se habían enfrentado victoriosamente a las Cruzadas en Palestina, a negar la existencia de una civilización caracterizada por una economía agrícola célebre por su aceite, sus vinos -el vino de Latrún-, sus cítricos -las naranjas de Jaffa-; una civilización famosa en el conjunto del Mediterráneo mucho antes de la fertilización del desierto por el audaz Kibutznik, otra mentira de la leyenda sionista.

El concepto de vacío desde entonces se declinó en todas sus variantes. Así, del vacío geográfico pasamos al vacío cultural y después al vacío político.

El vacío cultural: Palestina fue declarada vacía por aplicación de la teoría de Metternich, Res Nullus (de nadie, N. de T.) (1), simplemente porque tuvo la desgracia de estar situada en el lado malo de la frontera y del imperio europeo: «Fuera de las fronteras de la civilización estaba permitido insertar libremente, en medio de las poblaciones más o menos atrasadas -y no contra ellas-, las colonias europeas que no eran otra cosa que polos de desarrollo».

Es decir, Palestina no era un territorio vacío demográficamente, sino culturalmente; vacío de una cultura determinada, ya que no respondía a la norma europea. Casi cien años después Iraq es señalado, a su vez, como «políticamente vacío», por lo que era importante aplicarle la democracia estadounidense, con las desastrosas consecuencias que se constatan in situ todos los días.

El vacío político: Por otra parte, la teoría del vacío palestino se aplica continuamente desde 1948 en el ámbito político. La falta de progreso en la búsqueda de la paz siempre se imputó a la ausencia de voluntad de paz de los árabes, lo que ha sido verdadero durante un tiempo determinado, pero que ya no es real desde 1982 (adopción del Plan de Fez, Marruecos), y sobre todo a la ausencia de interlocutores palestinos, lo que nunca ha sido verdad. Desde los «animales de cuatro patas», según la expresión de la Primera Ministra Golda Meir, a las «cucarachas» de Avigor Liberman, jefe de la derecha radical, raramente se ha identificado a los palestinos por sí mismos, por lo que son: los habitantes originales de Palestina. Cuando no se les califica como terroristas pueden ser sucesivamente árabes israelíes o habitantes de los territorios (¿cuáles?), también según su pertenencia comunitaria o étnica (drusos, beduinos); nunca árabes palestinos o simplemente palestinos.

La negación de la identidad palestina encontró su ejemplo más perfecto con el arresto domiciliario de Yasser Arafat, presidente de Palestina elegido democráticamente y Premio Nobel de la Paz, por el dirigente israelí más controvertido por sus prácticas terroristas, el Primer Ministro Ariel Sharon, con la complicidad de los países occidentales. En cambio las tergiversaciones israelíes se adjudican el registro de la generosidad. Todo el mundo se acuerda de las «generosas ofertas» de Ehud Barak, el antecesor de Sharon, en las negociaciones entre Israel y Palestina de Way Plantation bajo los auspicios del Presidente Bill Clinton. La mentira de las «generosas ofertas» no duró mucho tiempo ya que rápidamente fue denunciada por los propios periodistas israelíes, puesto que consistían en conseguir de Yasser Arafat una rendición sin condiciones tanto sobre el futuro estatuto de Jerusalén como sobre el estatuto de los refugiados palestinos y su derecho de retorno.

La promesa de Balfour en realidad es una promesa que hizo el 2 de noviembre de 1917 el ministro inglés de Asuntos Exteriores, Arthur James Balfour, a Lord Walther Rotschild de establecer un «Hogar Nacional Judío en Palestina». Arthur Koestler, un escritor en absoluto sospechoso de antisemitismo, extrajo una tremenda conclusión que no necesita comentarios: «Por primera vez en la historia», escribió este autor húngaro, anticomunista y filosionista, «una nación promete solemnemente a otra (nación en gestación) el territorio de una tercera nación» (2). Se promete una fracción de Palestina a los judíos, no para compensarlos de las atrocidades cometidas contra ellos por los palestinos o los árabes, sino en compensación de las persecuciones que tuvieron que sufrir en Europa. En resumen, como se dice vulgarmente, la deuda se cargó «sobre las costillas de los palestinos».

Más cruelmente, el Occidente cristiano pensó en saldar sus deudas con el judaísmo y darle prueba de su solidaridad expiatoria creando el Estado de Israel con el fin de normalizar la condición judía de la diáspora en una identidad nacional clara (Abraham B. Yehoshua). Pero al mismo tiempo ha transmutado su contencioso de dos mil años con una religión considerada durante mucho tiempo como «deicida» en un conflicto árabe-israelí y un conflicto islamista-judío, en negación de la simbiosis andaluza. Así Occidente transfirió a la tierra árabe los agudos problemas del antisemitismo recurrente de las sociedades occidentales.

La historia del mundo árabe contemporáneo seguirá siendo incomprensible para cualquiera que no tenga en cuenta la herida original que representa la implantación del Estado de Israel en Palestina; la más importante de todas las fechas principales que jalonan la historia de los árabes, la del 15 de mayo de 1948 es, sin ninguna duda, la más traumática.

Más allá de las consideraciones bíblicas, la creación de una entidad occidental en el corazón del mundo árabe en la intersección de su orilla asiática y su orilla africana, certificaba la ruptura definitiva de la continuidad territorial del espacio nacional árabe, la ruptura del punto de articulación entre la vía continental y la vía marítima de la «Ruta de la India», la vía comercial de las caravanas que conectaban el pasillo sirio-palestino a su prolongación egipcia, una ruptura estratégica de la serie en el punto de confluencia de las vías acuáticas árabes (el Jordán, el Yarmouk, el Hasbani y el Zahrani) y sus yacimientos petrolíferos, fuente de su riqueza, su despegue económico y su futuro poder.

Un choque traumático en todos los aspectos que se vivirá, con mucha razón, como tal, como una amputación del patrimonio nacional, una expoliación de la identidad árabe. Condicionará largamente la relación del mundo árabe y Occidente en la época contemporánea y explica en gran medida su carácter conflictivo, sus estallidos sucesivos y por último, y no es la menor de las consecuencias, la aversión revulsiva y la desconfianza instintiva que sigue alimentando el campo árabe ante cualquier iniciativa occidental.

II. Desacoplamiento del Golfo mediterráneo: la paz como cebo del aval árabe a la política belicista occidental

Más allá de la teoría del vacío, la estrategia occidental siempre ha pretendido operar un doble desacoplamiento:

– Desacoplar el sector del Golfo de la zona mediterránea del mundo árabe, es decir, el área de abundancia rica y dócil de la zona de escasez, desacoplar su coto vedado petrolífero de la turbulencia de la demografía descontenta del Mediterráneo.

– Desacoplar los problemas del Golfo Pérsico árabe del conflicto árabe-israelí utilizando el arreglo de la cuestión palestina como incentivo para obtener una fianza árabe a su política belicista con respecto al mundo árabe, aunque Occidente, al tomar esa iniciativa, tenga que supeditar la solución del problema palestino al arreglo de los problemas más generales de Oriente Próximo.

La conferencia de Madrid de 1991 que se celebró en noviembre-diciembre de 1990, a raíz de la primera guerra contra Iraq, no fue más que un bonito desfile diplomático sin día siguiente. El primer descubrimiento significativo en la vía de la solución del conflicto entre Israel y Palestina tuvo lugar con los Acuerdos de Oslo en 1993.

Pudo producirse ya que israelíes y palestinos operaron en Catimini, a espaldas de los imperativos de la diplomacia estadounidense, no por un arrebato de generosidad israelí hacia los palestinos, sino por la simple razón de que el Primer Ministro israelí de la época, Isaac Rabin, había llegado a la conclusión, al finalizar la primera Intifada, de que este conflicto de baja intensidad sangraba la economía israelí en una lenta hemorragia y alteraba la imagen de Israel a la vez que la ocupación pervertía la moralidad de la juventud israelí.

Los Acuerdos de Oslo preveían la constitución de un Estado palestino en el plazo de cinco años. La hoja de ruta de George Bush, lanzada en 2003 a raíz de la invasión de Iraq, también preveía la edificación de un Estado palestino en el plazo de cinco años, es decir, en 2008. El último esfuerzo de Condoleezza Rice en Oriente Próximo, tres viajes durante el primer trimestre de 2007, tiene por objeto aliviar la presión antiestadounidense sobre Iraq.

Mientras tanto, la diplomacia occidental se fijó un objetivo para desviar la atención:

Combatir el peligro chií, suscitado por EEUU, descabezando a los dos adversarios ideológicos -suníes- del Irán chií revolucionario, a los talibanes en Afganistán en 2001, y el Iraq baasista y laico de Sadam Husein en 2003. Irán se convirtió en una potencia regional temida, no tanto debido a su política voluntarista como por aprovechamiento de la errática política estadounidense; y también combatir la amenaza nuclear iraní suscitada por la preponderancia militar israelí y su hegemonía regional debido a su posesión de la bomba atómica y su negativa a someterse a los controles previstos por el Derecho Internacional.

El Islam suní, bajo los auspicios del presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, después de Yasser Arafat, jefe de la Organización para la Liberación de Palestina, fue satanizado cuando se identificó con el combate nacionalista árabe para la restauración de los derechos nacionales palestinos. Nasser, como Arafat, fueron calificados de «Hitler» por los medios de comunicación israelíes y sus aliados occidentales, mientras se citaba a los chiíes, bajo la autoridad del Sha de Irán, como modelos de modernidad e integración occidental.

Ahora que la ecuación se dio la vuelta, los dirigentes árabes suníes dignos de la confianza de Occidente, se ven gratificados con una expresión que pretende ser aduladora: «el eje de la moderación», mientras que en esa alianza figuran algunos de los dirigentes más retrógrados del planeta.

Es Israel quien introdujo la carrera armamentista atómica en Oriente Próximo desde hace cincuenta años y es Irán quien constituye el único peligro nuclear de la zona. Fueron quince saudíes quienes participaron en los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001 contra objetivos estadounidenses y es del Iraq baasista y laico de quien se sospecha la connivencia con la organización fundamentalista suní Al Qaeda, aunque sea del dominio público que el director de los atentados del 11 de septiembre de 2001 es el protegido común de los saudíes y estadounidenses Osama Bin Laden.

Esta tergiversación de la lógica ilustra el discurso disyuntivo occidental con respecto al mundo árabe musulmán, una lógica variable en función de los intereses de los occidentales. Un discurso que explica perfectamente los sinsabores occidentales en la tierra árabe.

De paso señalar que Israel es el único estado del mundo que tiene derecho a designar de antemano a sus interlocutores, delimitando previamente el orden del día y anticipando sus propios resultados, sin que esta prepotencia suscite la menor crítica en los círculos dirigentes occidentales, hundidos en una especie de letargo amnésico para todo lo que se refiere al problema palestino.

Más allá de la diversidad de los componentes de la federación estadounidense, EEUU se dotó por la fuerza de un Estado federal de cincuenta Estados -«Los Estados Unidos de América»- y pretende agregarse Canadá y México en el TLC; y Europa, a su vez, se aplica a construir una Unión Europea de 27 miembros, pero tanto Estados Unidos como Europa velan para mantener el mundo árabe en un estado de balcanización. Rechazan la construcción de un conjunto árabe en nombre de las particularidades de los distintos componentes del mundo árabe (suníes, chiíes, drusos y alauitas, kurdos y árabes, cristianos y musulmanes, el Machreq y el Magreb), mientras que este conjunto de alrededor de 300 millones de personas tiene mas semejanzas culturales y lingüísticas que un fontanero polaco y un pescador maltés, que un residente del aristocrático Estado de Massachussets y un texano de San Antonio, o que un vasco y un bretón.

Estados Unidos quiere imponer por la fuerza la democracia en el mundo árabe, pero no se atiene a las consecuencias cuando los resultados de un escrutinio democrático le son desfavorables. Desafía a Hamás con el pretexto de que no reconoce a Israel, pero no suelta palabra de los asesinatos extrajudiciales de los dirigentes palestinos (160 en cuatro años), ilegales según el Derecho Internacional, de la rampante anexión de Cisjordania y el Golán sirio, de la judaización de Jerusalén, ni del bloqueo constante de las poblaciones palestinas bajo ocupación israelí.

III. Llamada de atención sobre los circunloquios de los distintos planes de paz

El «plan de división» de las Naciones Unidas para los palestinos proponía un 47% del 100% del territorio de la Palestina del Mandato británico que pertenecía a los palestinos originalmente. Luego, en una especie de reducción sucesiva, todas las demás iniciativas de paz proponían planes regresivos:

– Los Acuerdos de Oslo (1993) proponían para los palestinos una superficie reducida a la mitad: un 22% del 100% que les pertenecían originalmente.

– La «generosa oferta» de Barak a los palestinos reducía la oferta a su porción mínima: un 80% del 22% del 100% de su territorio original.

-La Hoja de ruta que propuso Bush para los palestinos con el fin de obtener el aval árabe a la guerra contra Iraq, supedita la creación de un Estado palestino a diferentes condiciones que constituyen una obra maestra de hipocresía y mala fe diplomáticas.

La creación de un Estado palestino se somete a las siguientes condiciones:

1- La renuncia a la lucha armada, es decir, a la resistencia a la ocupación, así como la neutralización de todos los combatientes y su desmovilización.

2- La renuncia al derecho de retorno de los refugiados a las casas de sus antepasados,

3- La designación de representantes políticos autorizados por Estados Unidos e Israel.

4- La aceptación de los hechos consumados, especialmente la separación de Cisjordania de Jerusalén mediante el muro de Sharon, así como las carreteras de circunvalación militar de las poblaciones palestinas, reservadas para uso exclusivo de los israelíes. Este dispositivo rompe la continuidad territorial palestina de la misma forma que el Estado de Israel rompió la continuidad estratégica árabe.

5- La renuncia a Jerusalén como capital.

6- La modificación de los programas escolares en un sentido autorizado por los estadounidenses y los israelíes.

7- La instauración de una planificación familiar y limitación de la natalidad con el fin de frenar la demografía galopante de los palestinos.

La aceptación de esas siete condiciones podría abrir la vía a la constitución de un Estado palestino, al término de las negociaciones con los israelíes, que conseguiría un 80% del 22% del 47% de su territorio original.

Por todas esas razones me pareció necesario ofrecerles esta lectura a contraplano de la historia de Palestina, en tanto que el pasado alumbra sin compasión el presente y seguramente el futuro, que es inútil vivir en la penumbra y la retórica y que por fin hay que admitir, y ahora me dirijo a los amigos del Estado hebreo que se declaran favorables a su existencia, que Israel no será legítimo hasta que no sea plenamente reconocido por sus víctimas, los palestinos, libre, soberanamente y sin condiciones previas.

Los occidentales apoyan el derecho de Israel a la seguridad y el derecho a la existencia del pueblo palestino sin concertarlo con consideraciones sobre su seguridad. A juzgar por las múltiples acciones preventivas perpetradas por Israel a lo largo de su historia la verdadera necesidad, el buen hacer, no consiste en reclamar el derecho de Israel a la seguridad y el deber de inseguridad para los países árabes, sino el mismo derecho a la seguridad para el conjunto de los países de la zona, incluida Palestina, ya que es tan legítimo para los países árabes como para Israel disfrutar del mismo derecho a la seguridad.

Recordemos finalmente que mientras exista un demandante un derecho no se pierde y que la falsa simetría no es una buena administradora de la justicia.

Referencias bibliográficas

(1) «Israêl, fait colonial?» Maxime Rodinson, revista Temps Modernes N°253 bis/mayo 1967, páginas 17-88 e «Israêl et le refus arabe» ? Maxime Rodinson. (Estas dos obras están agotadas).

(2) Les cent clés du proche Orient, Alain Gresh et Dominique Vidal, Ed. l’Atelier.

Más información:

Le Sionisme contre Israël, Nathan Wienstock, Ed. Franois Maspero 1968 (agotada).

Le Proche-Orient éclaté (1956-2006), Georges Corm Folio/Historia N°93

Mythes et réalités du conflit israélo-palestinien, Norman Finkielstein, prólogo de Dominique Vidal, Ed. Aden. Colloque Caen, 24 de octubre de 2007.

Texto original en francés: http://renenaba.blog.fr/2007/11/21/usa_la_conference_d_annapolis_la_palesti~3328342

René Naba es un periodista francés de origen libanés ex responsable del mundo árabe-musulmán en el servicio diplomático de la Agencia France Presse y ex consejero del Director General de RMC/Moyen-Orient, encargado de la información. Es autor de las siguientes obras: Il était une fois la dépêche d’agence, Editions l’Armoise, 2007; Aux origines de la tragédie arabe, Éditions Bachari 2006. Du bougnoule au sauvageon, voyage dans l’imaginaire français, L’Harmattan 2002. Rafic Hariri, un homme d’affaires, Premier ministre, L’ Harmattan 2000. Guerre des ondes, guerre de religion, la bataille hertzienne dans le ciel méditerranéen, L’Harmattan 1998. 

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.