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La Constitución y la calle

Fuentes: La Cosa

El agobiante calor y el comienzo del curso escolar sirven de backing al ambiente constitucionalista. Hasta mediados de noviembre los cubanos de cualquier latitud aportaremos nuestras opiniones al debate sobre la Constitución que, para algunos, ocurre en circunstancias históricas, mientras para otros son circunstancias retóricas e histéricas. Me monto en la ruta 69 de las […]

El agobiante calor y el comienzo del curso escolar sirven de backing al ambiente constitucionalista. Hasta mediados de noviembre los cubanos de cualquier latitud aportaremos nuestras opiniones al debate sobre la Constitución que, para algunos, ocurre en circunstancias históricas, mientras para otros son circunstancias retóricas e histéricas.

Me monto en la ruta 69 de las 5 de la tarde. Solo menciono el calor y brotan un montón de voces simultáneas y diferentes desde cualquier ángulo del pasillo. El porvenir de las múltiples conversaciones que se originaron en tan estrecho espacio anticipó el ajuste de cuentas: Lo que hicimos y lo que no. Lo que debimos y lo que no. Lo que queremos y lo que no. Lo que pudimos y lo que no. Lo que alcanzamos y lo que no.

Las ideas salen disparadas como el vapor alcantarillado que hierve la acera. Depende de la edad del conversador si el tono de la conversación se vuelve lúgubre, porque no es lo mismo recontar la vida a los ochenta años, que imaginarla a los veinte.

El primer cambio que originó el debate es la enjundiosa discusión que se produce en el conjunto de la sociedad. Ni siquiera durante los días de discusión sobre los Lineamientos, los cubanos opinamos tanto y de un modo tan abierto sobre un asunto que incluyera nuestro futuro. La palabra legislativa que tuvo el liderazgo gubernamental durante más de cuarenta años se acomodó al pensar que, de cierto modo, los ciudadanos no teníamos absolutamente nada que ver aunque fuéramos los obreros de la obra. Bastaba una concentración, un discurso, levantar la mano y ya se consideraba casi una ley. Por suerte, opinar es la elección escogida por la parte del gobierno que procura una constitución moderna, democrática y actualizada.

También los medios de información estimulan el debate reseñando reuniones que se organizan en los centros de trabajo o en barrios. En el mío, la citación aconseja: «no dejarse provocar, ni irle la contraria a quien opine diferente».

Tampoco estamos acostumbrados a participar en eventos de esta naturaleza con tanta estimulación a través de las redes sociales oficiales y extraoficiales, espacio virtual en el que colisionan periodistas gubernamentales e independientes acusándose, mutuamente, de Conservadores y Liberales. Anexionistas y Comunistas. Patriotas y Apátridas. Comprados y Vendidos. Los demás son adjetivos, aunque se nota, al menos yo lo noto, que la colisión profunda ocurre entre el pensamiento revolucionario que intenta un cambio hacia más libertad, sin abandonar tres principios no negociables que yo comparto: Independencia, Soberanía y Justicia Social. Mientras, el pensamiento conservador se aferra en controlar y definir los límites del cambio. Los límites de la libertad. En cualquiera de las posiciones que pugnan, asoman líneas de pensamiento que transitan de un extremo a otro. Salvo dos o tres con sentido del humor, el resto se pierde en los encontronazos.

Para colmo, el asedio estadounidense semeja al de la época de Nixon, salvo que hoy la tecnología es superior, la izquierda más descentrada y el gabinete trumpista muchísimo más mediocre. Esto último es general en el mundo, ya no se hace política: ahora se imponen. No obstante, hay que continuar defendiendo la libertad, la apertura, la justicia social y la transparencia en las finanzas que se utilizan para desarrollar obras sociales y culturales.

Mi opinión es breve, creo que el primer derecho que se consagra en la Constitución debe ser la abolición de cualquier decreto que ampare que un ser humano, partido, grupo social, etnia, religión, animal, vegetal, físico, gaseoso o líquido nos represente por encima de la Asamblea Nacional. Ser ciudadano, como concepto, debe representar lo máximo a que aspira una sociedad y los Constituyentes tienen el deber de garantizarlo. No somos una sociedad de obreros, o intelectuales, o deportistas, o guerrilleros, o artistas, u homos, o héteros, o militantes, o negros, o mulatos, o blancos. Somos ciudadanos. La ciudadanía es mayoría.

Desde mi perspectiva, la Constitución, en el conjunto de su espíritu, debe garantizar también que somos ciudadanos libres, y que solamente perdemos la libertad cuando quebrantamos la ley. Esa es la enorme responsabilidad histórica del debate pasar de «Vivo en un país libre, cual solamente…» a «Vivo en un país libre» y soy libre también.

También creo que cualquier derecho consagrado a la ciudadanía en su conjunto, debe ser un derecho social obtenido inmediatamente por cualquier minoría. Cuando no ocurre así y el debate fundamental se circunscribe al derecho de un solo grupo social, entonces ese derecho ganado se convierte en la zanahoria del debate y perdemos una buena tajada de opiniones sobre otros temas que dejan de exponerse porque circunstancias políticas, culturales, históricas y hasta económicas, dirigen la discusión hacia ideas más sonoras, mediáticas, pero menos importantes que el conjunto de los Derechos.

Cuba ha sido un país estable en cuanto a violencia y delincuencia organizada. En este sentido, incomparablemente mejor que el resto de su entorno geográfico. Por eso la Constitución debe garantizar que el Código Penal no pueda ser aplicado arbitrariamente contra ningún ciudadano, para que no tengamos que demostrar que somos inocentes, sino que quien nos acuse sea quién demuestre, inequívocamente, que somos culpables. Los ciudadanos no debemos estar a merced del criterio o la arbitrariedad de las instituciones policiacas.

No se trata de resolver solamente los problemas del policía, sino de favorecer al maestro primario. Pero sobretodo, la Constitución debe garantizar que continúen la Educación y la Salud gratuitas, independientemente del sistema político que se imponga y el tipo de gobierno que lo sostenga. Leer y escribir deben continuar siendo un derecho igual que curarse.

Juan Pin Vilar es escritor, especializado en música, director de televisión y documentalista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.