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La increíble obsesión escatológica del soldado israelí

Fuentes: Loubnan ya Loubnan

Traducido por Jorge Aldao y revisado por Caty R.

Jean-Pierre Perrin reúne, en un boletín de Liberation del 25 de junio, una lista de las «humillaciones» sufridas por el cuerpo diplomático francés, infligidas por soldados israelíes. Y en especial este crimen «de lesa bandera» extremadamente repugnante:

      «Pero el incidente más vergonzoso fue la invasión del domicilio del funcionario del consulado francés Majdi Chakkoura, en la franja de Gaza, durante el ataque israelí de enero. En su ausencia, los soldados israelíes arrasaron por completo las habitaciones -por lo tanto la responsabilidad es del ejército-, robaron una gran cantidad de dinero, las joyas de su esposa y su ordenador, destruyeron la tesis en la que estaba trabajando. Y ensuciaron con excrementos la bandera francesa».

Esta última frase me trajo recuerdos de discusiones con un amigo libanés. Me contaba (por enésima vez, los árabes suelen ser quejicosos) los innumerables atropellos israelíes durante la invasión de 1982. Mi amigo me habló de la propensión de los soldados del Estado hebreo a defecar por todas partes. En la oleada de robos, asesinatos y pillajes, este asunto de la defecación me pareció propio de una tendencia muy mediterránea a la exageración novelesca.

Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que este aspecto escatológico de las «intervenciones» israelíes era ampliamente conocido por mis interlocutores árabes aunque yo lo ignoraba totalmente. Hasta que un famoso artículo de Amira Hass, en Haaretz en 2002, divulgó este asunto relacionado con la comodidad de los soldados israelíes.

Era la típica «leyenda» que los palestinos y libaneses conocen y cuentan desde hace años, pero que los medios de comunicación occidentales ocultaban por completo porque es, sin duda, una mentira inventada por esos árabes antisemitas. Hasta el día que se publica en un periódico israelí y la «leyenda» palestina adquiere por fin la condición de verdad histórica. Un poco como esa famosa «Naqba», con la que los palestinos nos llenaron la cabeza durante largo tiempo, hasta el día en que, por fin, los «nuevos historiadores» israelíes nos permitieron descubrir, a finales de los años 80, lo que árabes sabían desde 1948.

Las aventuras «defecatorias» del Tsahal están documentadas de forma fragmentada y, en francés, prácticamente no hay información. Aquí, pues, les proporciono una reseña de este asqueroso asunto. Las traducciones son mías e invito al lector a consultar los textos originales en inglés para evitar que se reproduzcan mis eventuales errores de traducción.

Comencemos con esta descripción del valiente soldado israelí en un medio hostil en las memorias de Jean Said Makdisi, Beirut Fragments:

      «Tras la retirada de los israelíes (de Beirut, en 1982), comenzamos a enterarnos de los aspectos más extraordinarios de la ocupación. Las detenciones, acosos, ejecuciones y saqueos sistemáticos era lo que todos esperábamos y, efectivamente, habían sucedido. Pero también había ocurrido algo que nadie esperaba. Sin embargo, lo más inesperado, cuando uno lo oye por primera vez, provoca una risa dudosa. Progresivamente, descubrimos que lo que parecía un hecho aislado era, en realidad, una marca de fábrica que había adquirido dimensiones mucho más importantes.

      En todos los sitios donde habían estado, los soldados israelíes habían defecado en lugares escogidos. Sobre libros, muebles, ropas y alfombras; sobre los pisos de los dormitorios, cerca de los inodoros y en las bañeras; sobre los pupitres de las escuelas y hasta en los escaparates de las tiendas, la gente encontró excrementos putrefactos. Alguien juró que conocía una casa cerca del aeropuerto donde la angustiada ama de casa había descubierto heces dentro del lavarropas y el lavavajillas. Un hombre nos contó había ido a su oficina y había visto las hediondas e insultantes deyecciones en todos los escritorios menos en el suyo. Triunfalmente, se instaló en su mesa de trabajo y se burló de sus pobres colegas. Luego abrió su cajón y, allí, cuidadosamente puesto en medio de sus archivos, estaba el «regalo» del ejército israelí.

      Y así, después de la ruina y la tragedia, de las destrucciones y el sufrimiento, de la muerte y los moribundos, de los cuerpos lacerados y los ojos cegados, de las caras quemadas y desfiguradas, de las viudas y los huérfanos, no había quedado más que un gran montón de excrementos. Los incendios se habían apagado, sofocados por una pila de mierda. Una burla espantosa, el símbolo de un enorme desprecio, un hedor cósmico se había convertido en el monumento a la memoria de aquellos meses de agonía».

Noam Chomsky también recuerda este aspecto de la invasión de Beirut en The fateful triangle (El triángulo fatídico N.deT.):

      «En el mismo edificio, los soldados israelíes entraron por la fuerza en el apartamento del profesor Khalidi, titular de la cátedra de Bioquímica de la Universidad Americana de Beirut. Lo saquearon totalmente, robaron objetos artísticos, alfarería antigua, utensilios de cocina, aparatos, etc. Arrojaron las esculturas a la calle. Los apuntes y libros que no robaron fueron apilados en el suelo y los soldados defecaron y rompieron huevos crudos sobre ellos».

Más adelante:

      «En el hospital Berbir, que los israelíes habían bombardeado varias veces, ‘la clínica y los apartamentos de los médicos fueron saqueados durante los cuatro días de ocupación israelí, según los médicos presentes’. Rompieron las sillas, desparramaron la basura y los alimentos por todas partes, los soldados pintaron las alfombras con lápiz de labios, defecaron en vasijas y cacerolas, robaron los casetes de las conferencias, las cámaras fotográficas, etc. Profanaron una mezquita situada en el eje principal este-oeste, ‘robaron muchas alfombras, defecaron sobre otras y vertieron botellas de cerveza por el suelo’, según testigos vecinos de la mezquita».

Otro momento, las mismas costumbres. Esta tradición se recuerda en 1995 en Palestina en el Palestine Yearbook of International Law:

      «48. En mi ciudad (Ramala), el miércoles 19 de octubre de 1994 a las dos de la madrugada, un grupo de oficiales (cuatro o cinco, según el testimonio de los habitantes), despertaron a una familia ordenando a todos, por medio de un megáfono, que abandonasen la vivienda. Venían a detener a un sospechoso que resultó ser uno de los hijos, un joven estudiante. Dejando a la familia afuera, el grupo de oficiales entró en la casa y saqueó sistemáticamente todas las habitaciones. Destriparon las butacas, los sofás y las camas; reventaron los armarios y tiraron su contenido al suelo, destruyeron la cocina, despedazaron los aparatos, volcaron los tarros de alimentos, en especial las vasijas de aceitunas, que vaciaron en la terraza, desgarraron las libretas y los libros escolares. Para coronar esta importante operación militar, uno de los hombres defecó en el vestíbulo y arrojó sus excrementos sobre una de las camas. Estos hechos ocurrieron siete horas antes del ataque del mismo día en Tel Aviv del mismo día y no puede considerarse en ningún caso como un acto de venganza».

Siete años después, en diciembre de 2002, Samah Jabr cuenta, en el Washington Report on Middle East Affaire (1):

      «A todos nos han sometido a las imágenes pornográficas difundidas por los israelíes cuando ocupaban las estaciones de televisión palestinas. Los soldados no vacilaban en orinar y defecar por todas partes sobre las propiedades palestinas, en las oficinas y los apartamentos que invadían».

El artículo que mejor dio a conocer en el extranjero esta extraña forma de «arte de la guerra» del ejército más ético del mundo, se publicó en Haaretz en 2002, bajo la firma de Amira Hass. El título deja poco espacio a la imaginación: «Alguien, incluso, consiguió defecar en la fotocopiadora». Describe el comportamiento de los israelíes durante el asedio a las oficinas de Arafat en abril de 2002. Luego de su retirada, los palestinos recuperaron la posesión del Ministerio de Cultura:

      «En otros despachos, todos los equipos de alta tecnología y electrónicos fueron destruidos o desaparecieron -los ordenadores, fotocopiadoras, cámaras de fotos, escáneres, discos duros, material de edición por un valor de varios miles de dólares y los televisores. También destruyeron la antena de emisión del tejado del edificio.

      Desaparecieron los teléfonos y una colección de objetos de arte palestino (esencialmente, bordados hechos a mano). Quizás estos objetos quedaron enterrados bajo las pilas de documentos y muebles, quizás se esfumaron. Arrastraron los muebles de un lugar a otro, los soldados los destruyeron y los apilaron. Arrancaron las estufas de gas de la calefacción y las tiraron sobre los montones de papeles esparcidos, libros desparramados, disquetes y discos, y rompieron los vidrios de las ventanas.

      En el departamento de estímulo del arte infantil, los soldados mancharon las paredes con acuarelas que encontraron en el lugar, destruyendo las pinturas de los niños que estaban allí expuestas.

      En cada sala de los diferentes departamentos -literatura, cine, cultura infantil y literatura juvenil-, amontonaron los discos, los folletos y los documentos y los ensuciaron con orina y excrementos.

      Hay dos aseos en cada piso, pero los soldados orinaron y defecaron en todo el edificio y en varias habitaciones donde habían vivido durante un mes. Hicieron sus necesidades sobre el suelo, en macetas vacías y hasta en los cajones sacados de los escritorios.

      Defecaron en bolsas de plástico y las desparramaron en varios lugares. Algunas bolsas reventaron. Alguien, incluso, consiguió defecar en una fotocopiadora.

      Los soldados orinaron en botellas de agua mineral vacías y las esparcieron por docenas en todas las habitaciones del edificio, en las cajas de cartón, en las pilas de basura y escombros, sobre los escritorios, bajo los escritorios, en los muebles que habían roto, en los libros para niños que habían arrojado al suelo.

      Algunas botellas se abrieron y el líquido amarillo se derramó dejando manchas. Fue especialmente difícil entrar en dos pisos del edificio a causa del olor acre de los excrementos y la orina. También desparramaron por todas partes el papel higiénico usado.

    En algunas partes, cerca de los montones de heces y papel higiénico, desparramaron restos podridos de comida. En un rincón, en la habitación donde alguien había defecado en un cajón, dejaron cajas llenas de frutas y verduras. Los aseos estaban abandonados repletos de botellas llenas de orina, excrementos y papel higiénico».

Como explicaba claramente el Jerusalem Post:

      «»Que nuestro bando sea puro», es la filosofía de mis combatientes.

       

      No sólo porque resume nuestras enseñanzas, sino porque constituye la esencia de sus creencias y su herencia nacional. Unas creencias y una herencia que compartimos todos: israelíes religiosos y laicos, de derecha y de izquierda, en el ejército y en otros lugares. Y es fuente de orgullo y confianza, hasta en los momentos más difíciles».

Pero entonces, explíquenos, Danny Zamir (2), usted que «dirige el programa premilitar Isaac Rabin»: ¿De donde procede esa increíble obsesión escatológica de sus «combatientes»? ¿Nace de «la filosofía, de sus enseñanzas», de la «esencia de sus creencias», o de «su herencia nacional»?

¿O quizás procede de lo que comen?

Notas del traductor:

(1) Washington Report on Middle East Affairs, es una revista que publica 8 veces al año el American Educational Trust (AET) y ofrece al público estadounidense información sobre las relaciones de Estados Unidos con los países de Oriente Medio.

(2) Danny Zamir es una figura controvertida en Israel. Es el jefe de la Academia premilitar Isaac Rabin y está considerado como un militante israelí de extrema izquierda. Según algunos sectores del gobierno israelí, afirmó temeraria e irresponsablemente que los soldados del ejército de Israel (Thasal) tuvieron un comportamiento inmoral y conductas aberrantes hacia la población civil palestina durante el ataque a Gaza. Según dichas informaciones, las aseveraciones de Danny Zamir, quien tiene el antecedente militar de haber sido encarcelado por el ejército en 1990 en Cisjordania por negarse a proteger a colonos judíos en una ceremonia religiosa, fueron publicadas por el diario israelí Haaretz, que comparte la ideología de Zamir, el canal de televisión 10 de Israel y difundidas por importantes agencias de noticias internacionales y periódicos prominentes de todo el mundo. Últimamente, Zamir habría moderado su postura declarando en el Jerusalem Post que «La operación plomo fundido estaba totalmente justificada, los actos aislados de vandalismo no convierten al ejército Israelí en un ejército de criminales de guerra y los graduados militares religiosos de los programas preparatorios añaden moralidad al ejército».

Texto original en francés: http://tokborni.blogspot.com/2009/06/linvraisemblable-obsession-scatologique.html