Recomiendo:
0

La izquierda alternativa después del 20-N

Fuentes: Rebelión

Las elecciones son importantes para la izquierda alternativa. Cuando ocupa poder institucional puede acceder a información esencial, a recursos económicos para construir contrapoderes, a espacios en medios de comunicación, financiación de think tanks para elaborar otras soluciones a los problemas creados. Son cosas importantes en sociedades complejas pero no son suficientes. La hegemonía en la […]

Las elecciones son importantes para la izquierda alternativa. Cuando ocupa poder institucional puede acceder a información esencial, a recursos económicos para construir contrapoderes, a espacios en medios de comunicación, financiación de think tanks para elaborar otras soluciones a los problemas creados. Son cosas importantes en sociedades complejas pero no son suficientes. La hegemonía en la calle no está ganada con las elecciones. Se tiene que conquistar poco a poco en una guerra de posiciones a través de la movilización activa de la ciudadanía y de la politización del mundo del trabajo.

Esa es la primera conclusión: los buenos resultados de Izquierda Unida no deberían leerse como punto de llegada sino de salida. La fidelidad de la mitad de sus votantes de 2011 no es la de los años setenta y ochenta. Ya no hay un relato político que le de estabilidad a esos votos. Al menos la mitad son prestados y temporales, mucho más efímeros que en el siglo XX. El patrimonio conquistado no debería reinvertirse en reforzar las estructuras que bloquearon la refundación, un bloqueo que en las últimas elecciones municipales llevó a resultados decepcionantes. Ni siquiera deberían utilizarse sólo para hacer reformas dentro de la casa. Hay que reservar el grueso de este patrimonio para invertir en la ampliación del bloque antineoliberal. El 7% da para salir de la UVI pero no da para forzar una salida antineoliberal a la crisis. El PSOE no va a tardar mucho en pasar a la ofensiva. Con la doctrina Alfonso Guerra («el PSOE es la casa de todas las izquierdas») y un poco de radicalismo verbal intentará parar la pérdida de votos a la izquierda alternativa y recuperar los aparcados en la abstención. Es completamente irreal pensar que Izquierda Unida puede consolidar los votos obtenidos y menos ampliarlos sin hacer reformas dentro y sobre todo también fuera de su casa. Lo primero se llama refundación de Izquierda Unida, lo segundo se llama refundación de la izquierda alternativa. Los espacios en los que más se ha frenado la primera (por ejemplo en Andalucía) el aumento de votos está por debajo de la media estatal. Aquellos otros donde más se ha avanzado en este sentido (por ejemplo Castilla-León o Navarra) las mejoras son superiores a la media.

Segunda conclusión: no hay que operar con los datos producidos por el orden institucional creado por la Gran Coalición que le arrebató la transición a la izquierda (número de escaños, % de los votos emitidos) y que se han convertido en el blanco de ataque del 15-M. Hay que operar con los datos de la sociedad real y no con los filtros puestos a la misma. Marx criticaba el Estado y sus instituciones burguesas porque flotaban por encima de la realidad social y Unamuno hablaba de la «infrahistoria» como el lugar en el que duerme su auténtica realidad a espaldas del país oficial. Esa es la forma de pensar que debería adoptar la izquierda alternativa: la sociedad, y no su reflejo institucional diseñado por las fuerzas liberales, es la masa de maniobra política y no los cargos y los diputados. El Partido Popular ha ganado con el consentimiento de no más del 30% de los ciudadanos, un porcentaje menor al recibido por el PSOE en 2008 que fue del 32,19%. El apoyo a su misterioso programa es sólo un 0,96% superior al recibido en 2008: no hay una «mayoría apabullante de la ciudadanía» no hay un «tsunami azul» para liquidar los grandes pactos constitucionales. El «histórico triunfo aberzale» (El País) tampoco es tal. El espacio del soberanismo no ha aumentado ni siquiera en Guipuzkoa donde ha obtenido 129.600 votos, 13.000 menos que en 1993 con ETA aún en activo. En la misma provincia los partidos estatalistas han obtenido 141.600 votos, bastantes más que los soberanistas a pesar de que 55.000 votantes a opciones estatalistas se han ido a la abstención. Izquierda Unida ha pasado de uno a tres diputados en Madrid y el diario «El País» llama a esto «Izquierda Unida triplica votos». Pero IU sólo ha cosechado un 64% más de votos en la Comunidad de Madrid etc, etc. Este, y no otro, es el cuadro de la sociedad real que hay que transformar. Es verdad: ni la abstención ni los votos en blanco han aumentado de forma significativa en el conjunto del Estado (del 26% al 28% la primera, del 1,1% al 1,3% la segunda). Así lo deseaba la parte más antiinstitucionalista del 15-M que no ha conseguido cambios de actitud importantes, sobre todo si tenemos en cuenta que el grueso de ese aumento de la abstención se debe a la protesta silenciosa del voto socialista, un voto casi imposible de ganar para las tesis del abstencionismo militante de raíz anarquista. Pero esto no quiere decir que la sustancia de la impugnación ciudadana del sistema político haya sido derrotada. La ciudadanía ha optado, con sentido del realismo, por aprovechar los pequeños resquicios democráticos de ese sistema político-institucional que critican y no por tirar al niño con el agua. El 15-M ha beneficiado a la izquierda alternativa. En Madrid, donde se atrinchera el grueso de la oposición a la refundación de Izquierda Unida, las cosas no han salido demasiado bien. Cayo Lara, el número uno por Madrid, es una referencia más estatal que madrileña y no cuenta a estos efectos. Pero sí los número dos y tres en la lista, dos completos desconocidos hasta para los propios militantes de Izquierda Unida, puro resultado de la cocina interna. Consecuencia: Madrid-ciudad, epicentro del 15-M, sólo ha conseguido mejorar sus resultados en un 56% con respecto a 2004, un porcentaje muy inferior a la media de mejora estatal que está en el 73%. En la Comunidad Valencia y en Murcia, donde el vínculo de Izquierda Unida ha sido claro y respetuoso al mismo tiempo, los incrementos de votos están muy por encima de la media estatal. Y esto a pesar del aumento de UPyD. Porque, retomando el argumento de la sociedad real que es la que aquí nos interesa: la verdadera novedad de estas elecciones es la consolidación, en plena crisis, de un espacio político segmentado para los profesionales y los técnicos urbanos.

Es la tercera conclusión. El fenómeno ya se viene observando en las zonas urbanas y periurbanas de otros países europeos. Pero a diferencia de lo que sucede en Alemania, Francia o Austria, donde el Partido Verde está ocupado este lugar, y más en sintonía con la situación en Italia donde lo ha hecho el Partido Radical, en España estos espacios no se crean alrededor de reinvidicaciones ambientales. El fracaso de Equo, un intento similar al de Izquierda Anticapitalista de extrapolar mecánicamente tendencias observadas en los círculos progresistas europeos, tiene aquí su explicación: parte del espacio que intentaba ocupar Ugalde ya ha estaba ocupado por Rosa Díaz. Pero UPyD es algo más que un espacio de convergencia de abogados, de artistas, de escritores y de arquitectos ilustrados y liberales, con poca sensibilidad social, deseo de realización creativa y no mucho más que una pizca de sensibilidad ambiental: son algo más que pequeños Vargas Llosa y Álvaros Pombo. Entre ellos hay funcionarios poco dados a apoyar el liberalismo económico a pesar de su apoyo al liberalismo – o incluso al conservadurismo- político, cuando aquel se traduce en reducción de trabajadores públicos, pero también activistas de municipalismo que se oponen al capitalismo feo del Partido Popular. En las elecciones de 2000 encabezadas por Franciso Frutos Izquierda Unida perdió un apoyo de este grupo social que se fue al PSOE y que no ha sido incapaz de recuperar hasta la fecha: fue el auténtico cambio tectónico en la sociedad real. La consolidación de UPyD ha sido decisiva en la Comunidad de Madrid, donde se da la mayor concentración de este colectivo social, y donde ha sacado 80.000 votos más que Izquierda Unida. Son creadores, técnicos y funcionarios, muchos de ellos concentrados en la almendra central y en el noroeste perfumado por el olor de las jaras en verano. Pero otros muchos son ascendidos socialmente gracias al neoliberalismo y hoy habitan los adosados de Fuenlabrada y Alcorcón. Y también en Murcia, donde la oposición a los recortes del PP se han fragmentado entre UPyD (45.000 votos) e Izquierda Unida (42.000 votos) frustrando algunas espectativas. Y en Andalucía donde no se ha producido el sorpasso pero donde los 200.000 votos de UPyD impedirán una posible mayoría de IU-PSOE en las autonómicas que vienen. La provincia en la que Izquierda Unida mejor ha podido contener el avance de UPyD es Asturias, donde Gaspar Llamazares, reorientado hacia posiciones nítidamente antineoliberales, ha conseguido defender los puentes de los profesionales urbanos con el rojo consiguiendo casi duplicar votos a costa del crecimiento de UPyD. En una ciudad de alta densidad de profesionales urbanos como Oviedo IU ha crecido mucho más que en el resto de Asturias donde sectores importantes de las clases populares siguen apoyando el populismo territorial del Foro Asturias. Del futuro de este grupo de grupos sociales, de los efectos de la crisis sobre él/ellos y de la capacidad de la izquierda alternativa de ganarse parte de su apoyo, depende una buena parte su su futuro.

La última conclusión afecta a las opciones nacionalistas de base territorial (las opciones nacionalistas de base estatal están incorporadas al Partido Popular y a UPyD). Estas opciones podrían desviar parte de la oposición al Partido Popular fuera del campo antineoliberal y empujarlo al campo interclasista del territorio y de la lengua. La izquierda alternativa no ha tenido nunca una estrategia elaborada que anteponer a la construcción identitaria, alternativa que en buena medida pasa por una política ligüística. Más de la mitad de toda la población domina ya dos lenguas del Estado pero nadie se ha ocupado de incorporar esta tendencia a un proyecto antineoliberal. El avance institucional de las opciones nacionalistas de base territorial no se corresponde con su avance en la sociedad. Ya hemos visto el caso de Guipuzkoa, donde el soberanismo ha cosechado los mayores éxitos institucionales sin provocar ningún cambio en la sociedad real. En el conjunto de Euskadi el PNV ha recibido 20.000 votos más que en 2008 pero la inmensa mayoría de los 150.000 votos que han perdido los partidos estatalistas no se han ido a opciones nacionalistas sino a la abstención. Esta misma, aunque de forma más pronunciada, es la situación creada en Cataluña: una parte de los 300.000 votos de más que ha conseguido Convergencia y Unió proceden de otras opciones nacionalistas y de la rama bourgeois  del PSC (Maravall & comp.). Pero el grueso de los 800.000 que ha perdido el PSC se han ido a la abstención repitiéndose así el patrón que se da una y otra vez en las elecciones autonómicas: CiU sólo puede ganar a cambio de un aumento masivo de la abstención pero nunca atrayendo votos de los partidos estatalistas: en la bolsa del abstencionismo catalán duerme parte del futuro de la izquierda antineoliberal del Estado. En Canarias Coalición Canaria-Nueva Canarias ha perdido 30.000 votos casi los mismos que ha ganado Izquierda Unida que ha más que triplicado sus votos. Algo parecido ha sucedido en Galicia donde el BNG ha recibido 30.000 apoyos menos que en 2004 e Izquierda Unida casi triplica su apoyo.

La cuestión ahora es si la izquierda alternativa va a poder evitar que se conforme una alianza entre todos los sectores nacionalistas de base territorial en torno a reivindicaciones identitarias. Esta alianza dividiría la oposición neoliberal al Partido Popular y reforzaría los argumentos identitarios del propio Partido Popular dándole respiro a su política de salida regresiva a la crisis y consolidando una alianza con UPyD: el nacionalismo/soberanismo de base territorial contribuiría así a debilitar a la izquierda alternativa. Pero si la izquierda alternativa logra frenar esta alianza, convencer -con argumentos que sólo pueden ser sofisticados- al menos a una parte de nacionalismo/soberanismo de que se incorpore a un proyecto compartido de oposición al neoliberalismo, podría ampliar su área de influencia. Hoy por hoy hay más razones para el pesimismo que para el optimismo: en todas las experiencias históricas relevantes el nacionalismo de diferente signo nunca ha dejado caer la causa territorial por la causa social y menos aún el soberanismo. Esquerra Republicana ya ha decidido en su último congreso que si hay que elegir entre cuestión social y cuestión nacional se decanta por la segunda y la alianza de la izquierda aberzale con la burguesía soberanista para ampliar su radio de acción institucional, apunta en el mismo sentido. Si la izquierda alternativa consigue sumar más adelante una parte sustancial del abstencionismo en Euskadi y Cataluña para un proyecto neoliberal, podrían ser los propios nacionalistas/soberanistas los que pidieran conversaciones. Pero para eso tiene que disputar el espacio identitario y dejar de ignorarlo como hasta ahora: desarrollar una política lingüística propia, construir una identidad republicana, construir un campo amplio que sirva de receptáculo natural a los sectores socialistas con alma neoliberal, de los profesionales decantados hacia el ecologismo etc

Los dramáticos cambios que se ciernen sobre la sociedad española en los próximos meses y años van a provocar más cambios en los espacios de representación política. La historia le ha dado a Izquierda Unida un papel muy complejo e importante que jugar. La obras de remodelación interna, es decir, la refundación de Izquierda Unida, son imprescindibles: nuevas formas de elección de compromisarios, revitalización de las asambleas, desatrincheramiento, dirección realmente colectiva, liquidación de la cultura de los grupos de presión etc. Pero estas obras no son suficientes. El siguiente paso es la definición de un perímetro político en el que tengan acomodo nuevas incorporaciones a un bloque neoliberal más amplio. El legado del neoliberalismo es una sociedad fragmentada que se puede llamar «plural» si sólo vemos su lado positivo. En cualquier caso es imposible transformarla si no es aplicando formas complejas de gestión política: la izquierda antineoliberal va a tener que ser una especie de «izquierda-mosaico» (H. J. Urban). La definición de dicho perímetro tiene que ser multilateral, no puede ser el resultado de las ocurrencias de unos pocos, un grupo de presión o una negociación en la sombra. En su definición tienen que intervenir las nuevas formas de poder ciudadano -15-M, DRY, etc.- todas las organizaciones políticas y corrientes dispuestas a suscribir un programa antineoliberal de mínimos y el trabajo organizado despojado de sus estrategias neocompetitivas. Cada «sensibilidad» de la izquierda puede mantener su espacio, sus matices y tradiciones sin que nadie se tenga que inquietar demasiado. El objetivo son los 4 millones de votos, una hegemonía en la calle, en los centros de trabajo y en el mundo de la cultura, de las ciencias y de las artes. Con todo eso es posible soñar con una derrota del neoliberalismo, derrota que permitiría definir objetivos más ambiciosos. Todos y todas son necesarios, también los que se alejaron o fueron alejados por el camino.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.