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La mentira detrás de los masivos suicidios de mujeres egipcias

Fuentes: The Independent

Hay un canal de aguas negras afuera de la oficina de Azza Suleiman; una zanja en la que la porquería proveniente de uno de los peores barrios de El Cairo se ha vuelto un estanque de líquido negro. Una neblina azul de esmog y polvo envuelve a quienes circulan por los callejones aledaños; mujeres envueltas […]

Hay un canal de aguas negras afuera de la oficina de Azza Suleiman; una zanja en la que la porquería proveniente de uno de los peores barrios de El Cairo se ha vuelto un estanque de líquido negro. Una neblina azul de esmog y polvo envuelve a quienes circulan por los callejones aledaños; mujeres envueltas en gruesos chadores, hombres de blancas túnicas, vendedores de café, carretas jaladas por burros y pequeños recolectores de basura: niños de cinco y seis años que vienen de las colinas de Mokkatam a recoger la basura de la capital cada mañana, para alimentar cabras y cerdos que se crían en estos pútridos suburbios. Un velo de esmog se extiende sobre la miseria, pero un velo distinto cubre a Egipto, y Azza Suleiman está decidida a retirarlo.

Oficialmente, Egipto no padece asesinatos de honor; quizá muchas jóvenes se suicidan, pero no son asesinadas. Esta es la cantaleta del gobierno; una mentira, por supuesto.

Los archivos de Azza Suleiman y su Centro Egipcio para la Asistencia Legal a mujeres, y otras ONG de El Cairo dicen la verdad. En mayo de 2007, un granjero del sur del país decapitó a su hija al descubrir que ésta tenía novio. En marzo de 2008, un hombre identificado sólo como Mursi mató a golpes y mediante electrocución a su hija, por recibir la llamada telefónica de su novio. Mursi, de la localidad de Kafr el Sheij, en el delta del Nilo, admitió haberla golpeado con un palo grande y rematarla con choques eléctricos. El asesinato se descubrió sólo cuando el cuerpo apareció en un hospital local.

El trabajo de Azza Suleiman incluye casos mucho más horribles. El incesto es un problema mayor cuando nadie lo discute, señala. Recientemente, un egipcio admitió haber matado a su hija porque estaba embarazada, y él era el padre. Fue un caso de incesto, y mató a su hija para defender el honor de la familia. Otras cuatro mujeres fueron asesinadas hace poco porque fueron violadas. La comunidad de cristianos coptos, que equivale a 10 por ciento de la población egipcia, se ha cerrado a la investigación de cualquier asesinato de honor, pese a que jóvenes cristianas han sido asesinadas por querer casarse con musulmanes.

Los cristianos no pueden hablar de esto fuera de su iglesia, se queja Azza Suleiman. «Hemos tratado de abrir refugios, pero el gobierno no lo permite, nos dicen: ‘por favor, no hablen de incesto’. Los crímenes de honor con frecuencia están relacionados con herencias».

Según Amal Abdelhadi, de la Nueva Organización de la Mujer, no existen cifras de crímenes de honor o incesto porque los casos nunca llegan a los tribunales. Ahí es más fácil hablar de violación dentro del matrimonio, dice. «He estado en casas donde toda la familia vive en un cuarto: los abuelos y los niños, la mitad de la familia duerme bajo la cama y lo escuchan todo. Son demasiados y están hacinados. Las mujeres jóvenes de la familia se tienen que casar, y por eso, si se cree que alguna se ha portado mal, se le puede matar con el argumento de que de otra forma ninguna de las demás chicas se casará. El asesinato por honor les libera el camino. Esto continuará hasta que dejen de ser consideradas objetos sexuales y se les respete como personas con cerebro».

Los jueces egipcios se caracterizan por romper la ley, o ignorarla por completo, cuando se trata de asesinatos dentro de la familia. Hubo un hombre sentenciado a seis meses de cárcel, sólo seis meses, por matar a su hermana, dice Amal Abdelhadi. ¡Un juez decidió que dado que el hombre viviría el resto de su vida con la culpa de matar a su hermana inocente, no debía ir a prisión!.

Cuando recorre el país en su Nissan negro, Azza Suleiman ha notado que los jueces de las zonas más pobres del país tienden a ser más indulgentes que los de cortes de El Cairo y Alejandría.

Los clérigos de más alto rango -muchos de ellos incrédulos ante esta crisis invisible en Egipto- se topan con que las autoridades les facilitan el camino y disminuyen su condena a los asesinatos por honor.

Mohammed Said Tantawi, poderoso académico islámico, quien fue gran mufti de Egipto e iman de la mezquita de Al Azhar, condenaba valientemente los crímenes de honor. El religioso falleció en marzo pasado.

Suleiman advirtió que «tenemos un gran problema, porque el jeque de Al Azhar y el mufti ya no son respetados. No se confía en ellos, lo que se debe a que han sido nombrados por el gobierno corrupto de Hosni Mubarak. Tantawi era un hombre que iluminaba, hablaba muy bien sobre estos asesinatos. Pero él y el mufti representan al sistema, y el pueblo detesta el sistema, y por eso no tienen credibilidad. La tendencia generalizada es que la gente consulta a sus jeques locales y líderes tribales; muchos de ellos consideran que los asesinatos de honor son tradición, y no tienen nada de malo».

Están además las cortes egipcias. «En Líbano y Jordania tienen artículos en la ley que se aplican específicamente a los asesinatos de honor. Pero en Egipto se concede al juez una autoridad especial, según el artículo 17, y tiene facultad de aplicar la clemencia y reducir la sentencia, por ejemplo, de 25 años a sólo seis meses de prisión. La formación religiosa que suelen tener los jueces los afecta y pueden argumentar que el comportamiento de la víctima fue contrario a la tradición y, por tanto, el asesino, ya sea el padre o hermano, reaccionó de manera natural, lo cual motiva la indulgencia hacia los perpetradores.

«Sin embargo, nuestras estadísticas indican que 79 por ciento de las jóvenes que han sido víctimas de crímenes de ‘honor’ fueron asesinadas debido a una simple sospecha: llegaron tarde a casa, o porque los vecinos dijeron haberla visto reír a carcajadas en la calle».

En Sohag y Assiut, al norte del país, Suleiman y sus colegas se han reunido con altos funcionarios policiales. «Encontramos que en sus actas convierten los asesinatos de honor en suicidios, porque creen que así ayudan a la familia de la víctima, aunque la familia haya cometido el crimen, con lo que los policías se convierten en cómplices».

A la activista no le agrada la policía. «A veces tenemos tres o cuatro denuncias de incesto y recurrimos a la policía, logramos que los oficiales hablen con el hombre -cuando una mujer ha sido violada por su cuñado, por ejemplo-, pero si una mujer huye de su casa, en vez de protegerla, la policía la lleva de vuelta con sus familiares.

«Cuando estudiaba leyes en la universidad de El Cairo, fui arrestada porque era amiga de activistas en la red nasserista del campus. Cuando entrevisté a mujeres islamitas detenidas, descubrí que muchas habían sido torturadas. Denuncié esto a la BBC y la policía me arrestó de nuevo. Dijeron que ‘manché’ la reputación de Egipto. Aquí la policía siempre está furiosa, especialmente cuando tienen que tratara con gente que sabe de leyes».

Suleiman aseguró que se niega a ONG extranjeras permiso de trabajar en Egipto si sus proyectos contienen observaciones políticamente inaceptables, incluso aquellas que tienen la misión de mejorar las relaciones entres mujeres cristianas y musulmanas. «La policía me llamó y me amenazó: ‘Te enseñaremos una lección’. Así que en una entrevista para un periódico declaré: ‘Los policías aquí son como perros salvajes'». Desde entonces, frenaron todos nuestros proyectos. La policía me pidió que me disculpara y les contesté: Lo que dije fue un error, los perros son mucho más agradables que la policía.

Traducción para La Jornada de Gabriela Fonseca: