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“Yo acuso” de Pablo Neruda, en el 30 aniversario de la muerte del poeta

La palabra nerudiana resuena en el hemiciclo

Fuentes: Rebelión

Hace cerca de veinte años, Leonidas Aguirre Silva se dedicó a recopilar y transcribir, del Boletín de Sesiones del Senado chileno, todos los discursos, intervenciones, informes y documentos del senador Ricardo Reyes Basoalto (verdadero nombre del poeta Pablo Neruda). Fruto de este trabajo surgió el libro Yo acuso, que por primera vez se edita en […]

Hace cerca de veinte años, Leonidas Aguirre Silva se dedicó a recopilar y transcribir, del Boletín de Sesiones del Senado chileno, todos los discursos, intervenciones, informes y documentos del senador Ricardo Reyes Basoalto (verdadero nombre del poeta Pablo Neruda). Fruto de este trabajo surgió el libro Yo acuso, que por primera vez se edita en Europa.

La editorial vasca Txalaparta junto con la colombiana Oveja Negra, presentan este libro que recoge 3 años de labor parlamentaria (entre 1945 y 1948) de Neruda, como senador del partido comunista chileno.

Los discursos del poeta son de una vigencia que estremece. La lectura de estos textos, claramente antifascistas y antiimperialistas, producen -aún hoy- sensaciones que reafirman en la lucha contra la opresión de los pueblos. Y no sólo del chileno, Neruda mantuvo una posición más que digna en su defensa de la defenestrada república española y de las naciones latinoamericanas que luchaban contra el yugo yanqui. Su discurso contra la política internacional de su gobierno podría ser tomado por actual a condición de intercambiar los términos comunismo por terrorismo.

Todos los excesos de entonces en la cruzada anticomunista se repiten (aumentados) en la actual «guerra global contra el terrorismo». Neruda desmonta con precisión y sencillez la coartada de los poderosos y deja bien a las claras que los ataques contra las libertades y la democracia no tienen más fin, en las naciones pequeñas, que el sometimiento a los dictados del Imperio. Su última alocución en el senado (Yo acuso) entrará en los anales de la historia del pasado siglo XX. Días después, Neruda se vería obligado a pasar a la clandestinidad y a huir de su país perseguido por una justicia y un régimen que se decía democrático.

Su labor parlamentaria fue de una dignidad y una valentía política que para nosotros la quisiéramos en los tiempos actuales y a la vista de la clase política que nos ha tocado padecer.

Prólogo de Volodia Teitelboim*

Hablando de Neruda, valdría la metáfora de un mundo con varios continentes. El primero, intensamente transitado con encendida pasión, sería el continente del amor. El segundo estaría cubierto por la naturaleza, traspasado por un sentimiento ecológico que, partiendo del paisaje de Cautín, reúne toda la botánica, la pajarera, montañas y mares del planeta. En tercer lugar viene el poeta cosista, puesto a cantar los objetos y los inventos del hombre. Un cuarto continente estaría atravesado por la historia, por los libros y los sueños, en especial las venturas y desventuras del siglo XX, que van desde España en el corazón hasta las últimas páginas de su Confieso que he vivido, escritas en su lecho de muerte para constancia de su total rechazo al golpe de 1973.

Hay un quinto continente, en gran parte disperso, aún no recogido en libros, que habla del hombre civil, del poeta que nunca calló sus convicciones. Se trata de un universo desparramado, suma de muchas islas. A veces forman archipiélagos, como sus discursos en calidad de senador de la República.

Algunos sostienen que en mala hora contrajo el virus de la política. Es un error. Él mismo afirma que no llegó a ella de repente. «A los dieciséis y diecisiete tomé parte en la agitación política de la época… Mi entrada al Partido Comunista la decidí en España…». Formaliza su ingreso en Chile durante un acto en el Teatro Caupolicán el 8 de julio de 1945. poco antes había sido elegido senador por la agrupación de Tarapacá y Antofagasta. No fue un parlamentario ausente ni mudo. Dijo lo que tenía que decir, hasta que el 6 de enero de 1948 pronuncia en el Senado su Yo acuso, sentando en el banquillo a González Videla. Toma el título de la requisitoria de Émile Zola en defensa de Dreyfus.

Leonidas Aguirre Silva ha dado cima a la feliz y necesaria iniciativa de recopilar en un volumen las intervenciones parlamentarias de Pablo Neruda. Lo presenta como «un intento de rescate del patrimonio histórico-cultural de la nación». Está en lo cierto. Agrega así, un capítulo imprescindible a la obra nerudiana, hasta ahora silenciado y prácticamente inaccesible al conocimiento público. Todavía con el nombre oficial de Ricardo Reyes, el poeta toma posesión de su cargo con un sentido de absoluta responsabilidad, perfectamente consciente de que su caso no resulta habitual en el Parlamento. ¡Un escritor! ¡Pájaro raro en esa jaula dorada donde la poesía es una especie sospechosa! El poeta ha escrito ya Residencia en la tierra. Vive entre los hombres y es el portavoz de los más desamparados. De entrada, el 30 de mayo de 1945, aclara en el hemiciclo que lo han enviado al Senado los obreros de la Pampa. «Son esos compatriotas desconocidos, -dice-, olvidados, endurecidos por el sufrimiento, mal alimentados y mal vestidos, varias veces ametrallados, los que me otorgaron esto que es para mí el verdadero Premio Nacional». Rechaza el apoliticismo «pero al escritor -agrega- se le dice desde antaño: No te preocupes de tu pueblo. No bajes de la luna. Tu reino tampoco es de este mundo». Él en verdad nunca ha estado en la luna. Como se sabe, es un indeclinable residente de la tierra.

El lector podrá ahora tener acceso directo a la palabra del poeta senador, que llegó al Congreso para servir al despojado, al que siempre se considera quinta rueda del coche. Lo hará con grandeza moral y también con amplitud de espíritu. Alzar su voz examinando y pronunciándose sobre las cuestiones fundamentales de una época que acaba de salir del gran exterminio de la Segunda Guerra mundial. A la vez, llevar hasta la discusión parlamentaria el drama cotidiano de los pobres. En el múltiple espectro de sus preocupaciones expondrá su visión sobre la Conferencia de San Francisco, que da nacimiento a las Naciones Unidas. Junto a su reclamo indignado por la catástrofe minera de Sewell, aboga por el aumento de sueldos de un profesorado debatiéndose crónicamente dentro de los límites de la pobreza. Se pondrá en pie para rendir honores a una maestra de escuela, a su colega de la poesía, a una amiga de toda la vida, Gabriel Mistral. Celebrando ese Premio Nobel recién discernido, formula una pregunta quemante y siempre vigente: «¿Cuántas pequeñas Gabrielas en el fonde de nuestro duro territorio ahogan sus destinos en la gran miseria que infama nuestra vida de pueblo civilizado?».

Tomará la defensa del poeta español Antonio Aparicio, perseguido en Chile. Hará suya la causa de los derechos políticos de la mujer. Defenderá a María Marchant y a René Frías Ojeda, intendentes de Santiago, acusados porque se niegan a autorizar lanzamientos de arrendatarios modestos. En su vasta área de admiraciones, rendir homenaje a personalidades morales tan dispares y tan nobles como Augusto César Sandino, Rafael Luis Gumucio, el senador Eduardo Cruz Coke, militante del Partido Conservador que defiende a los obreros y familias del carbón, arrojados de sus casas y expulsados de la zona por el gobierno de entonces.

Como miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores, Neruda enjuicia severa y documentadamente la política exterior de un régimen que ha dado la espalda al pueblo que lo eligió. Traza la imagen real del Partido Comunista, que acaba de ser legalizado por el mismo presidente al cual contribuyó a llevar a La Moneda. Éste ha hecho aprobar la mal llamada ley de Defensa de la Democracia. El poeta incluye en su discurso trece páginas enteras con las listas apretadas de los legados al campo de concentración de Pisagua, a quienes rinde homenaje desde el Senado.

La culminación de su trayectoria parlamentaria alcanza su clímax en el Yo acuso, que también será un adiós al Congreso. Seguirá en el acto un vergonzoso y vengativo desafuero, la persecución implacable a cargo de centenares de agentes policiales lanzados a la cacería del máximo poeta chileno.

Debemos gratitud al investigador paciente y minucioso que reunió las intervenciones senatoriales de Pablo Neruda. Ha hecho un aporte indispensable para el conocimiento más pleno e integral de la vida, la obra, la acción de un chileno que sumó a su deslumbrante poesía el coraje militante. Personifica un ejemplo conmovedor de dignidad y consecuencia. Se trata, por lo tanto, de un volumen válido tanto para nerudianos y no nerudianos de todos los países. Permitirá completar la imagen del poeta que también en el Senado fue leal a los deberes con la poesía, a las demandas de justicia, a la bandera de la libertad, a la causa democrática. En una palabra, al pueblo.

No dudo que la lectura de estos textos permitirá a la juventud de hoy y de mañana beber directamente en la fuente primigenia la palabra justa y valerosa del bardo ciudadano.

* Volodia Teitelboim es Premio nacional de Literatura de Chile, 2002.

Título: Yo acuso.
Autor: Pablo Neruda.
Edición de Leonidas Aguirre. Txalaparta y Oveja Negra. 2003