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La primavera siria y las espinas de la «verdad»

Fuentes: Al-Nahar

Este artículo no ofrece un análisis político de lo que está sucediendo en Siria, sino que intenta dejar al margen la opinión personal del autor y dibujar, dentro de lo posible, los rasgos de una nueva forma de la realidad humana, en la que pueden estar de acuerdo el opositor y el partidario del régimen. […]

Este artículo no ofrece un análisis político de lo que está sucediendo en Siria, sino que intenta dejar al margen la opinión personal del autor y dibujar, dentro de lo posible, los rasgos de una nueva forma de la realidad humana, en la que pueden estar de acuerdo el opositor y el partidario del régimen.

La calle siria está viviendo hoy un proceso de profunda crisis en el ámbito de las relaciones sociales que llega en algunos casos a poner fin a las relaciones entre amigos, o incluso entre los miembros de una misma familia, pues nada más empezar el «diálogo» entre el opositor y el partidario las palabras se convierten en gritos y los argumentos en motivos para acusar al otro de traición.

En un ambiente de intercambio de acusaciones, el primero muestra todas las grabaciones de las que dispone en el móvil para dar una imagen del salvajismo de aquellos que laceran los cuerpos de sus hermanos, mientras que la otra parte cuenta múltiples historias de «bandas armadas». De esta forma, la discusión llega a un callejón sin salida.

No es la guerra mediática aquí el punto de conflicto entre los puntos de vista ni la «complicidad» de unos y otros con cada una de las partes, sino que se trata, ante todo, de una crisis de verdad, porque detrás del desastre social que vivimos hoy, se esconde un modelo de conocimiento clásico de la verdad. Un modelo de verdad en el que esta se acerca a ser algo así como la adecuación entre la realidad y nuestro entendimiento de la misma, lo que implica que se reduce a la corrección de los datos. El problema aquí es que, por un lado, los datos están distorsionados porque los medios oficiales, que defienden a capa y espada al régimen, gozan del derecho exclusivo de mostrar «lo que pasa» y, por ende, distorsionarlo. Y en segundo lugar, los datos, en muchas ocasiones, no son nuestro objetivo, sino un medio que utilizamos para justificar una situación previa o para defender una identidad ideológica o religiosa que se considera a sí misma amenazada. El partidario, en general, como algunos me han reconocido, «no quiere creer que su gobierno antiimperialista sea capar de cometer crímenes de tal crudeza» y no quiere sentirse amenazado de tener que «renunciar a quien le protege». Por el contrario, un opositor convencido considera traidores a todos los que no comparten su opinión. Con este panorama, «la verdad» se vuelve una negación de «la otridad» (la verdad del otro), el diálogo en una lucha y el que diverge en un traidor. Bajo el nombre «realidad» y en su contra, se esconde, por tanto, la violencia y no el error.

En vista de esta situación, debemos separar necesariamente el nexo que une a la verdad y a la corrección de los datos, pero sin renunciar a la necesidad de la verdad ni a la importancia de los datos, porque si lo hacemos, estaremos poniendo bajo el mismo rasero al asesino y a la víctima. En otras palabras, la sociedad siria que hoy se enfrenta a la represión, los asesinatos, el pillaje y las mentiras debe crear un modelo nuevo de verdad que supere los resultados nefastos que puede causar la aplicación del modelo de conocimiento que se aplica actualmente en la sociedad. Debe ser un modelo este que no se reduzca exclusivamente a la «corrección de la información», sino que ha de establecerse como un modelo de vida. Es decir, debemos invertir los esfuerzos que gastamos persiguiendo los datos en buscar una nueva forma de vida que nos permita estar juntos.

Y puesto que la más sublime característica de la vida es la inexactitud, no puede ser que la verdad, cuando la comprendemos como un estado de existencia, sea el final del camino, sino que ha de convertirse en el propio camino. En otras palabras, la verdad se define como la búsqueda de la «verdad» misma y por tanto, como un estado de divagación. No vemos bien hacia dónde vamos aunque conozcamos bien la identidad de nuestro verdugo, nos falta luz. Los manifestantes se defienden en búsqueda de una patria desaparecida, los jóvenes se reúnen, susurrando en la cafetería buscando una dignidad sacrificada, caen miles de balas de los servicios de seguridad buscando una libertad vagabunda, los shabbiha se disputan gargantas cantoras y cortan en pedazos los cuerpos de los niños. Sin embargo, y a pesar de todo ello, independientemente de mi postura personal que ve en el régimen sirio un ente que niega la verdad, debo reconocer que existen otros que creen en él y esperan reformas que a mí me parecen un espejismo. Pero ahí están y es mi deber respetarlos. Esos buscan y estos también, entonces ¿cuál es la verdad?

Al acercarse uno a la verdad como una situación de existencia, esta, a consecuencia de lo que conlleva de desacierto y falta de claridad, supera la lógica de la afirmación absoluta e inamovible. Así, de una parte, la verdad se convierte en una afirmación novedosa capaz de crear nuevos modelos en los que los sirios no repitan el legado que se ha quedado anticuado y de otra, se muestra como un estado de negación que nos indica lo que no puede ser verdad, creando así lo que puede llamarse la cultura de las líneas rojas: el rechazo a la represión de quien sea (aunque sea un enemigo) y el encomendarse a la justicia y no a la venganza. Pueden parecer palabras «platónicas», pero no hay otra salida. Si no lo aplicamos, tendremos odio, después asesinatos y después algo con nombre de nada. Nosotros nos quedamos, pero los regímenes, sean cuales sean, desaparecen, así que debemos encontrar un camino para estar juntos. Si soy opositor, debo reconocer la fragilidad de la oposición en el nivel político y trabajar, según mis posibilidades, para superar sus actuales limitaciones. Si soy partidario, estoy invitado a reconocer, al menos, la corrupción, la represión salvaje de tendencia fascista que sufren los cuerpos sirios desde hace décadas y la total responsabilidad del régimen de esta situación. Si no, soy enemigo de la realidad. Quien sea un verdadero partidario, no puede justificar el genocidio de los manifestantes, y quien sea un verdadero opositor, no puede lanzar huevos y tomates en El Cairo a los que piensan de otra manera. La verdad es solo una y esa es la que nos puede unir para buscar una nación noble, ha de ser una búsqueda y no un dictado, una aspiración y no una nostalgia. La verdad es solo una y puede unirnos en nuestro continuo diálogo interno sobre cuestiones como la preocupación y la sorpresa.

Debemos, con el objetivo de conservar la unidad de nuestro pueblo, construir una cultura nueva que separe entre las posturas políticas y los valores humanos respetando las líneas rojas. Si no, el ser humano se convertirá en una idea. Quien vive en la verdad no puede vivir en una total ilusión, sino que ha de ver en el sueño lo que es verdaderp. Quien vive en la verdad no sacraliza a ninguna persona, partido o legado anticuado. Quien vive en la verdad no teme repasar sus cuentas y reconoce lo que debe y lo que se le adeuda. Quien vive en la verdad no puede defender al asesino, aunque no le convenza el proyecto alternativo. Quien vive en la verdad debe buscar, perderse, tropezar, llorar y aspirar a la luz.

Fuente: Traducciones de la revolución siria