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La tapadera Suárez

Fuentes: Rebelión

Días de luto oficial en España por la muerte de Adolfo Suárez que han servido para recoger, domeñar y neutralizar a la opinión pública en un emocionalismo pasivo, evocador, de enormes titulares y de repeticiones machaconas de las jugadas más espectaculares del evento al mejor estilo cutre de los programas deportivos de máxima audiencia. Era […]


Días de luto oficial en España por la muerte de Adolfo Suárez que han servido para recoger, domeñar y neutralizar a la opinión pública en un emocionalismo pasivo, evocador, de enormes titulares y de repeticiones machaconas de las jugadas más espectaculares del evento al mejor estilo cutre de los programas deportivos de máxima audiencia.

Era lo esperado, que a la estela de la figura mitificada de Suárez, los primeros espadas políticos del establishment se hicieran la foto de rigor con las lágrimas y el rictus doloroso del pueblo llano, una ocasión propicia para lavar sus responsabilidades personales y eludir sus vergüenzas como testaferros de los mercados, el neoliberalismo y los poderes fácticos.

Juan Carlos de Borbón, Rajoy, Zapatero, Aznar y Felipe González han comulgado juntos en la fiesta católica retransmitida hasta el más mínimo detalle. Han puesto caras ora seria ora compungidas, y a veces risueñas según pidiera el tempo narrativo o la secuencia televisiva, en aras de la gloria eterna del régimen capitalista. La casta nacida de y en la transición se ha dado un baño de mercadotecnia propagandística para así tapar las crudas realidades sociales. Todo muy institucional y estéticamente protocolario.

El óbito del expresidente falangista y la parafernalia religiosa ilegal han encubierto y engullido todo lo que sucedía a su alrededor tanto en el plano nacional como mundial. El Estado aconfesional ha pagado la escandalosa campaña publicitaria de la cruz de la irracionalidad cristiana mientras dos millones de personas exigían en la calle la dimisión del Gobierno del PP. Al tiempo que enterraban un mito, la policía arrancaba un testículo de un joven manifestante por la libertad. Ese lapsus oficial también fue aprovechado por la delegada gubernativa en Madrid para expedientar, amenazar y atropellar el derecho crítico y legítimo a la rebeldía democrática y la desobediencia civil. Y a escala internacional, la Unión Europea, EE.UU. y la OTAN sacaban los dientes bélicos contra Rusia.

Se pretende vender que Suárez es el artífice único de la transición posfranquista, un hombre idealizado hasta la náusea que tapa la verdad de aquellos años aún velados por la razón de Estado.

Suárez fue el tope último de la derecha de aquella época. Ensalzar su figura oscurece los méritos de la oposición antifranquista y de la lucha obrera en la España de entonces. Cierto es que la transición fue en parte un pastiche maquiavélico para que los conmilitones del dictador mantuvieran sus posiciones casi intactas y consiguieran la impunidad de sus crímenes y fechorías. La denominada reconciliación nacional se llevó a la práctica cediendo la clase trabajadora en puntos políticos muy relevantes: forma republicana de Estado, reparación pírrica de los asesinados y represaliados por la dictadura y no ruptura con los resortes y mecanismos instaurados por la derecha fascista y reaccionaria.

En todo lo antedicho, la izquierda rebajó sus expectativas a cotas ínfimas. El PSOE, por su parte, ausente de la oposición dura en los años centrales de la dictadura fascista, se iba configurando como la alternativa rosa del bipartidismo en ciernes. EE.UU. y los principales países europeos avalaban esta tesis. Lo importante era poner en fuera de juego al PCE y CC.OO., los baluartes de la contestación organizada a Franco.

El traje de la transición se completó con el triunfo del PSOE y González en 1982. El círculo del consenso se cerraba con la victoria electoral de «la opción de izquierdas». Las estructuras de dominación seguían siendo las mismas con arreglos de fachada de tinte social: divorcio, aborto…Poco más. Luego el PSOE, en otras fases posteriores de gobierno, legalizó los matrimonios entre homosexuales y aprobó una ley de dependencia ineficaz y sin instrumentos financieros para llevarla adelante. A cambio, nos metió en la OTAN, hizo por la tremenda la reconversión industrial, con él empezaron las reformas laborales que nos dirigían directos a la precariedad existencial de hoy mismo e igualmente se consolidó la presencia ilegítima y oficial en una sociedad laica y plural de la omnipotente Iglesia de Roma.

La transición se realizó desde arriba, en acuerdos de salón contra una democracia verdaderamente participativa y de nuevo cuño. El PP radicalizó las propuestas del PSOE, girando aún más a la derecha del espectro político. Es su genuina función política en la adjudicación de roles del ficticio consenso preconstitucional.

Adolfo Suárez trabajó, quizá no siendo plenamente consciente de ello, a favor de lo que ahora tenemos y padecemos. En su momento, le dieron guantazos a diestra y siniestra desde las bancadas fraguistas y felipistas. Su persona ya sobraba ante el empuje y los delirios de grandeza de Fraga y Felipe. Su figura se amortizó de golpe durante el intento golpista del 23F de 1981, justo en el preciso instante en que los rumores apuntaban a la designación de un Gobierno de concentración nacional con inclusión de ministros comunistas, un riesgo que ni el PSOE ni AP, la precursora del PP actual, podían correr alegremente o de buen talante.

La asonada del segundón Tejero y de los autores reales que todavía permanecen en la sombra, fijó las lindes del sistema democrático de modo tajante. Los poderes fácticos se frotaron las manos. La ruptura era ya imposible y se acostumbró al pueblo llano a una democracia renqueante y de vuelos alicortos que sobrevive hasta la actualidad, reduciendo la capacidad movilizadora de la izquierda transformadora a meras escaramuzas sindicales sin resorte político que defendiera los postulados auténticos de índole comunista, socialista o libertaria.

El mito escenificado por el fallecimiento de Suárez lanza al ruedo público una falacia colosal bajo el eslogan «diálogo, diálogo y diálogo», justo lo que impiden con sus poderes mancomunados el PP y el PSOE desde hace décadas. Solo existe la posibilidad de acuerdo entre ellos en los grandes planteamientos sociopolíticos (véanse las actas parlamentarias de las votaciones históricas entre unos y otros), estando cerrada la discusión política con el resto de fuerzas de la izquierda más allá del PSOE. De la negociación social, ni hablar, es cosa de tiempos pretéritos, una antigualla en fase de extinción.

La institucionalidad simbolizada por Adolfo Suárez se encuentra en entredicho con grietas más que visibles. El consenso a través de componendas entre líderes tecnocráticos alejados de las bases sociales hace aguas por todas partes. Aunque todo proceso arroja luces y sesgos negativos en su análisis, en la transición se pusieron límites insalvables para construir un régimen más democrático, solidario y participativo. Las clases propietarias salvaron los muebles con sanción legal.

Los regalos gratuitos de la izquierda transformadora no han dado los réditos esperados a la clase trabajadora. Sus ahorros ideológicos se han disipado casi por nada. Sus propuestas políticas se han desnaturalizado hasta ser irreconocibles en la controversia diaria. Y en el terreno social, el pactismo a ultranza sin referentes estratégicos está gravemente enfermo.

Una nueva etapa constituyente es más necesaria y urgente que nunca. Sin mitos ni tapaderas ni liderazgos carismáticos. Desde abajo. Otro requiebro similar a la transición posfranquista sería un fraude más a las inquietudes del pueblo llano. Habrá diálogo auténtico si la calle presiona. Los líderes de la izquierda se mueven en la calle, no pisando moqueta en los actos y eventos oficiales. ¿La revolución? Ufff, para eso queda un trecho mayor. De momento, dos pasos adelante y uno atrás: eso es avanzar, aunque lentamente, sobre piso firme.

Adolfo Suárez, en suma, fue una herramienta útil para un tiempo de paso peculiar. Los que ahora recuperan su mito instrumental son los mismos que le enterraron políticamente en vida, los que quieren permanecer a toda costa como beneficiarios absolutos del sistema capitalista vigente al día de hoy. La memoria histórica es muy frágil y el relato oficial lo escriben los de siempre: los miembros natos y las plumas y voces a sueldo de la clase hegemónica.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.