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La voracidad infinita de la Iglesia en Córdoba

Fuentes: Rebelión

Los acontecimientos que están ocurriendo en Córdoba con la masiva inmatriculación de bienes públicos por parte de la Iglesia rebasan todo criterio de racionalidad y se inscriben dentro de lo puramente arbitrario, cuando no delictivo. Apropiarse, por medio de una ley obscura y preconstitucional, del monumento emblema e icono de la ciudad, la Mezquita, y […]

Los acontecimientos que están ocurriendo en Córdoba con la masiva inmatriculación de bienes públicos por parte de la Iglesia rebasan todo criterio de racionalidad y se inscriben dentro de lo puramente arbitrario, cuando no delictivo.

Apropiarse, por medio de una ley obscura y preconstitucional, del monumento emblema e icono de la ciudad, la Mezquita, y ahondar en su particular itinerario de rapiña, hasta en el cambio de nombre, es toda una categoría, mucho más cercana al sectarismo doloso que a la supuesta aconfesionalidad de un también supuesto estado de derecho.

Pero la perplejidad del ciudadano atracado y atropellado no queda ahí. Con cuenta gotas van apareciendo nuevas inmatriculaciones, todas hechas con ocultamiento y sin publicidad alguna, lo que no deja de ser una prueba de su ilicitud, sino que en un paradigma que sería hilarante sino fuera trágico, la voracidad infinita de estos iluminados,que ofertan en su ideología que su «reino de este mundo», se apropian alevosamente hasta de la plaza pública.

Todo este confinamiento de la razón, todo este atropello a la «res pública», no sería posible si no contaran con el servilismo y la impostura de unos mal llamado representantes de la ciudadanía, que anteponen su adoctrinamiento, su alianza de poderes pasajeros entre la codicia eterna y el sillón provisional.

El papel del Ayuntamiento, Alcaldía y ediles es un cuerpo místico de impudicia. Bienes seculares del pueblo, obras costeadas por sufragio de menesterosos, plazas de tránsito de personas, ideas y culturas, son privatizadas en un aquelarre oculto e inscritas a nombre de la avaricia con sotana. Es la constatación que nuestra supuesta democracia se sustenta, en realidad, sobre dos únicos pilares: la corrupción y la desvergüenza.

No estamos ante unos hechos localistas ni ante una demanda del aldeanismo. Estamos ante un robo institucional y hecho en el salvífico nombre de la vida eterna. Si las instituciones, imaginadas como defensoras del bien público, no reaccionan a nivel local, autonómico y nacional, estaremos ante uno de los fenómenos que lastraran la raíz no solo de la democracia, sino de la más elemental organización de la sociedad.

Substituiremos la fe en los valores por el más absoluto descreimiento. La libertad por la agonía. La democracia por el incienso.

Blog del autor: http://lucasleonsimon.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.