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La Voz de un martillo demoledor: Entrevista con el historiador israelí Avi Shlaim

Fuentes: Palestine Chronicle

Traducido para Rebelión por Felisa Sastre

«Par mí fue una gran conmoción escuchar a Benny Morris condenar alegremente a las víctimas por sus desgracias y exonerar a Israel de cualquier responsabilidad por los crímenes de guerra que cometieron sus fuerzas armadas en 1948. Todavía respeto la labor académica de Benny Morris sobre lo ocurrido en 1948 pero considero que su actual posición sobre el inicio del problema de los refugiados palestinos es moralmente repugnante…»

Las perspectivas de Avi Shlaim sobre la actual crisis en Oriente Próximo resultan más relevantes por el hecho de que en él se reúnen las circunstancias de ser judío e israelí y el hecho de que sus orígenes son étnicamente iraquíes. En efecto, la historia de su vida se ha visto ligada de forma enmarañada con el conflicto árabe-israelí y ha experimentado dramáticos cambios de fortuna relacionados de forma directa con los acontecimientos que han tenido lugar en el conjunto de Oriente Próximo.

Desarraigados de su forma de vida acomodada de la clase alta en Bagdad, Shlaim y su familia se vieron obligados a comenzar desde cero en el Israel de los años 50, donde todavía tiene parientes. En 1966, Shlaim de nuevo se trasladó, en esta ocasión a Inglaterra para estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad de Cambridge, y en la actualidad es catedrático en la Universidad de Oxford, el puesto académico más valorado en el Reino Unido,

Autor de numerosos artículos, es colaborador ocasional del periódico liberal británico The Guardian, pero probablemente es más conocido como autor de varios libros sobre la historia del sionismo y Oriente Próximo; entre los que el más notorio es The Iron Wall (El Muro de Hierro) que constituye una investigación exhaustiva1.

A pesar de haber sido denunciado por el diario de línea dura The Jerusalem Post como «no histórico» y «un demoledor ataque» contra «la historia sionista», The Iron Wall, ha sido acogido, en general, como extraordinariamente imparcial e incluso aquellos que no están de acuerdo con su actitud liberal, contraria a la política de ocupación de Israel, lo han considerado una historia revisionista convincente del medio siglo pasado de conflicto.

Amigable y siempre cortés (rehúsa, incluso, a contestar al ataque que le ha propinado un escritor israelí de extrema derecha), habla con claridad y en detalle sobre cualquier tema que se le plantea sobre Oriente Próximo y las investigaciones disponibles.

La entrevista se realizó en su casa de Oxford.

Usted nació en Bagdad. ¿Tiene recuerdos de su vida allí?

Nací en 1945 y mi familia dejó Irak en 1950, así que tenía 5 años y todavía no iba a la escuela por lo que no aprendí a leer y escribir en árabe. Conservo recuerdos aislados de la vida en Irak. Mi padre era un acaudalado comerciante… vivíamos en una casa grande, y nuestra vida era tranquila y agradable. Mis padres cuando se referían a Irak hablaban «del paraíso terrenal», porque en aquella época allí no existía anti-semitismo, salvo casos aislados. Los judíos estaban muy integrados y se sentían felices.

Pero, tras la participación de Irak en la guerra de 1948, se produjo una reacción violenta contra los judíos; la vida se volvió difícil y en 1950 se provocó un éxodo masivo hacia Israel de entre 100.000 y 130.000 judíos iraquíes, aunque el Gobierno de Irak no quería que se fueran ya que constituían un pilar de la economía del país. El Gobierno israelí por su parte, desesperado por la carencia de fuerza de trabajo, presionaba a los judíos para que salieran, incluso aunque la marcha supusiera tener que abandonar todas sus propiedades.

Mi familia y yo formamos parte de aquel éxodo hacia Israel. No éramos refugiados en sentido estricto porque no habíamos sido perseguidos ni expulsados sino que habíamos tomado la decisión de marchar voluntariamente. Por ello, la situación no es comparable a la de los refugiados palestinos que fueron desalojados por Israel en 1948. Pero en la práctica fuimos víctimas del conflicto árabe-israelí.

El rabino israelí, David Rabiya, nacido en Irak, se considera árabe-judío, una denominación que el Gobierno israelí no acepta. ¿Usted se definiría con ese término?

No, no lo haría. Yo me describiría como israelí porque crecí en Israel, presté servicio en el ejército israelí, e incluso en mi juventud fui un patriota israelí. Jamás se me ha ocurrido considerarme árabe-judío. Ninguna de las dos condiciones de esa denominación constituyen mi identidad hoy. No me considero árabe, y aunque nací judío, ello no constituye parte fundamental de mi identidad porque soy ateo.

Con mucha frecuencia he reflexionado en que si la gente del Oriente Próximo fuera más consciente de su pasado común en cuanto semitas, ello podría contribuir a borrar las trincheras en la zona. Estoy convencido de ello, pero por desgracia los dirigentes israelíes nunca se han servido de los judíos provenientes de países árabes para tender puentes. La ideología oficial en los años 50 (época de masiva inmigración en Israel) era la de considerar a los árabes inferiores y primitivos. Por ello, se trataba de borrar la identidad árabe de los nuevos inmigrantes, su cultura, lengua, costumbres y folclore, y darles la nueva identidad askenazí.

Por parte de la elite askenazí existía algo de racismo, o cuando menos de arrogancia, al pretender «elevar» a los judíos orientales a su nivel de civilización. Esta actitud prevalente suponía que los judíos de países árabes no vivieran de acuerdo con su legado árabe sino que se esforzaran para integrase en su nueva sociedad.

Interiorizaron también la escala de valores israelí como miembros de un Estado nuevo rodeado de enemigos implacables sin otra posibilidad de sobrevivir que luchar. Esa es la razón por la que la mayoría de los judíos orientales votan por partidos de ultra-derecha que son nacionalistas y xenófobos como el Herut y después el Likud. Por cierto, también es verdad que Israel nunca se ha servido de su población árabe como puente con los países vecinos.

A pesar de que los árabes israelíes aceptaron la legitimidad del nuevo Estado los dirigentes israelíes continuaron sospechando de ellos como potencial Quinta Columna. Aunque los árabes israelíes querían integrarse, Israel los consideraba un problema en lugar de una ventaja y no quiso o fue incapaz de tratarlos como ciudadanos en igualdad de condiciones. David Ben Gurion estableció el modelo al proyectar la de idea de Israel como un país de cultura y valores europeos que sólo «por azar» estaba situado en Oriente Próximo.

¿Cree que la democracia israelí puede conciliarse con la democracia étnica israelí?

Formalmente Israel es una democracia pero, en la práctica, no todos sus habitantes disfrutan de los mismos derechos. Un problema es que a los árabes israelíes se les trata como ciudadanos de segunda clase; otro, el que surge en los Territorios Ocupados. La ocupación plantea a la democracia israelí la cuestión de cómo imponer su autoridad sobre otros tres millones y medio de árabes. Algunos sociólogos denominan a Israel «democracia racista», porque la democracia se reserva a los judíos como «raza dominante», lo que me parece una expresión excesiva y visceral, por lo que prefiero describir a Israel como una democracia defectuosa y que, cada vez más con sus prácticas de apartheid, sigue el modelo de Sudáfrica.

Si Usted observa la política concreta que sigue Israel en Cisjordania- los ilegales asentamientos judíos, la brutal represión militar de los árabes, las violaciones de los derechos humanos, la habitual conculcación de las leyes internacionales, la construcción de la llamada «barrera de seguridad», las carreteras para uso exclusivo de los colonos judíos- todo ello constituye un panorama horrendo. Si esto no es apartheid, no sé qué otra cosa es.

Incluso si dejamos de lado la cuestión de los palestinos, el número de sub-culturas que hay en Israel (askenazí, sefardí, ortodoxa, laica, rusa, árabe, etc.) no contribuyen al establecimiento de un Estado cohesionado. ¿De qué forma, con una población tan dividida, se puede organizar como nación en el futuro?

Hasta 1967, Israel era una nación combativa con un enemigo común, una dirección clara, y una arraigada sensación de lo que se pretendía. En los últimos 20 años, esta identidad nacional se ha diluido e Israel se ha desarticulado en una serie de distintas sub-culturas con poco en común. La fisura entre lo religioso y lo secular se ha acentuado como no había ocurrido nunca. La brecha entre judíos askenazíes y sefardíes todavía sigue existiendo. Los cerca de un millón de judíos rusos tienen sus propias instituciones y sus partidos políticos propios. Para colmo, los políticos de la derecha utilizan estas divisiones para sacar ventaja en lugar de tratar de unir el país. En resumen, Israel hoy es una sociedad muy fragmentada.

El Dr. David Rabiya sugiere que el Estado israelí fomenta de forma deliberada la enemistad entre los palestinos y los judíos árabes para prevenir una amenaza contra la supremacía de la elite askenazí. ¿Está de acuerdo con este análisis?

Sí. Desde el principio, la elite askenazí ha querido mantener su hegemonía política y cultural en la sociedad israelí. Y lo ha llevado a cabo por medio de la absorción de los judíos sefardíes en sus propios partidos. Para privar a las masas orientales de un liderazgo alternativo, el Partido Laborista ha nombrado para cargos ministeriales a buen número de judíos iraquíes.

Así mismo, los dirigentes del Likud han sido predominantemente askenasíes con escasa representación de orientales. El Likud goza de un sustancial apoyo de las bases orientales aunque se adhieran a una ideología que no les ofrece apenas nada. Atrae a las masas orientales levantando la bandera del nacionalismo en lugar de la de la reforma social y la igualdad económica. Los judíos orientales corren tras esa bandera como si les diera la oportunidad de colocarse por encima de los árabes israelíes en la jerarquía social. Muchos de los orientales que ambicionan ascender en la escala social temen que si terminara la ocupación tendrían que volver a realizar los trabajos serviles que ahora desempeñan los árabes.

The Economist publicó un artículo sobre la «coalición Rainbow» de judíos sefardíes liberales en Israel, cuyo líder hablaba de cómo se le había enseñado en la escuela a demonizar a los árabes, hasta el punto de que prohibía a su abuela que se acercase a él en público porque parecía una palestina. ¿Cree Usted que gran parte del problema por parte de los israelíes es la escasa información y comprensión de la naturaleza del conflicto, derivadas en gran parte del adoctrinamiento que se produce en la escuela?

Me parece un ejemplo muy interesante de vergüenza inducida socialmente. Yo tuve una experiencia parecida cuando era un muchacho. Sentía que todos los árabes eran inferiores y primitivos, y me sentía muy avergonzado cuando mis padres me hablaban en árabe delante de mis amigos. Si bien nunca experimenté una discriminación directa en mi calidad de judío oriental, subjetivamente siempre tenía la sensación de que era inferior porque provenía de Irak.

La cultura predominante era la askenazí, de manera que se constituía en el ideal al que aspirar. El sistema educativo israelí no proporciona muchos conocimientos sobre el mundo árabe o sobre su historia. El énfasis se pone en la historia judía desde los tiempos bíblicos hasta la actualidad, y se enseña algo de historia de Europa. Existe un nivel altísimo de ignorancia sobre sus vecinos entre los que abandonan la escuela israelí, y en este contexto los prejuicios tienen un campo abonado para prosperar, y los estereotipos se establecen para satanizar a los árabes como enemigos.

La Nueva Historia tuvo una pequeña influencia en la enseñanza de la historia en las escuelas israelíes durante la época de Oslo, en particular con los descubrimientos de Benny Morris sobre el origen del problema de los refugiados palestinos. La versión sionista tradicional sobre el conflicto no fue descartada pero se invitó a los escolares israelíes a pensar en cómo se hubieran sentido en 1948 si hubieran sido árabes.

Este enfoque creó un espacio para la discusión y el debate, y produjo alguna empatía hacia «el otro». Pero desde que el Likud volvió al poder en 2001, el Ministro de Educación ordenó que se retiraran los manuales liberales de historia y fueran reemplazados por libros basados sólo en los valores judíos y sionistas. De esta manera, durante los últimos tres años, en relación con los árabes, se ha producido una regresión en la calidad de la enseñanza secundaria.

Los gobiernos de Netanyahu y Sharon han sido criticados por altos mandos militares y de los servicios de inteligencia por no tener voluntad de llegar a un acuerdo de paz cuando Israel disponía un potencial militar a su favor. ¿Cree que la esperanza de paz puede esperarse de los conservadores pragmáticos en un momento en el que los liberales israelíes partidarios de la paz son tan débiles y marginales?

No, soy profundamente pesimista sobre el futuro precisamente porque no existe esperanza ni desde la izquierda ni desde la derecha pragmática. El Partido Laborista se encuentra sumido en el caos y no ofrece una alternativa coherente a las políticas del Gobierno del Likud. El mayor error de Simon Peres fue el aceptar que el Partido Laborista entrara en la coalición de Gobierno presidido por Ariel Sharon, ya que comprometió a los laboristas con la línea dura gubernamental y con la represión de los palestinos. El Partido Laborista no tiene nuevos votantes sino que los pierde. Los jóvenes no les votan , así que el Partido Laborista no representa una esperanza para el futuro.

La derecha pragmática es un problema porque sólo se preocupa por el interés de Israel sin prestar atención alguna a los intereses de los palestinos y, en consecuencia, no ofrece esperanza de reconciliación o paz. Un ejemplo lo constituye el muro que se construye en Cisjordania. La construcción del muro significa que la derecha ha renunciado parcialmente al sueño del Gran Israel, porque ha llegado a la conclusión de que no puede imponerse en la totalidad de Cisjordania. Quiere terminar con su bajas en Gaza y anexionar al Estado de Israel casi la mitad de Cisjordania. Pero el muro no ofrece esperanza para resolver el conflicto con los palestinos. Lo que significa es un intento unilateral de Ariel Sharon para el reparto de Palestina y el establecimiento de nuevas fronteras. Como los palestinos no pueden aceptar algo así, la violencia y los baños de sangre continuarán.

Ultraderechistas como Daniel Pipes rechazan la idea de una nacionalidad palestina. ¿Existe, a su juicio, una «nación» palestina distinta a los árabes de Palestina?

Existe, sin lugar a dudas, una nación palestina que surge al final de la Primera Guerra Mundial y que se forja en el crisol del conflicto con los sionistas. El movimiento sionista en Palestina supuso un desafío y condujo al surgimiento del sentimiento de nacionalidad palestina.

Los palestinos son evidentemente una nación porque es así como ellos mismos se definen. Tenían una tierra llamada Palestina de la que fueron expulsados. El resultado final es que los palestinos nunca han ejercido la soberanía sobre la tierra en la que vivían: primero, porque estuvieron bajo la del Imperio Otomano; después sometidos al Mandato Británico. Estas circunstancias las aprovechan los israelíes contra ellos: dicen «nunca habéis tenido soberanía sobre esta tierra por lo que no tenéis derechos sobre ella». Sin embargo durante la lucha por Palestina, los palestinos pusieron en marcha un fuerte movimiento nacional dirigido por el Gran Muftí, Hajj Amin al-Husseini. En 1948, creían que tenían cuando menos el mismo derecho a la independencia que los iraquíes, los sirios o los libaneses. El hecho de que Golda Meir negase la existencia de una nación palestina no viene al caso.

Usted ha mencionado al Muftí de Jerusalén, a quien los defensores de Israel acostumbran a usar para asegurar que los palestinos estaban en sintonía con los nazis. ¿Puede ampliar qué papel desempeñó en el período anterior a 1948?

El Mufti fue el líder del movimiento nacional palestino pero era un intransigente empedernido y con su manera de ser no fue positivo para su pueblo. Rechazó numerosas propuestas de compromiso presentadas por los británicos y se embarcó en la muy arriesgada estrategia del «todo o nada», que al final le dejó con la nada.

Cualquiera que sea la manera de enfocar la lucha palestina por la independencia durante el Mandato británico, ¡siempre aparece la leyenda de cómo la entorpeció el Muftí! Tampoco Yasser Arafat es un gran hombre de Estado. Los palestinos han tenido muy poca suerte porque, a pesar de luchar por una buena causa, han tenido líderes incompetentes.

En lo relativo al Muftí y el nazismo, simplemente no es cierto que colaborara con los nazis en el Holocausto. Los escritores sionistas, con la excepción de Zvi Elpeleg, han sido muy duros con él, pero no han aportado pruebas de peso sobre su participación activa en la aniquilación de la judería europea llevada a cabo por los nazis.

Usted ha escrito en «The Iron Wall» (El muro de hierro) que David Ben Gurion despreció los ofrecimientos árabes de negociación con el argumento de que el tiempo corría a favor de Israel. Seguramente es cierto. En1949, para firmar la paz, las naciones árabes exigían corredores para pasar a través de Israel y el retorno de los refugiados, pero en 2004 está exigencia se ha rebajado y se pide sólo la retirada de los Territorios Ocupados. Quizás en 2020 acepten cualquier tipo de paz que dicte Israel.

Creo que Ben Gurion cometió un error tras el final de la guerra de 1948. La masas árabes eran anti-sionistas virulentos pero los gobernantes de Siria, Egipto y Transjordania eran muy pragmáticos. Todos querían dos cosas: territorios y el retorno de los refugiados, pero Ben Gurión no estaba dispuesto a hacer concesión alguna en ninguna de las dos cuestiones. Sólo estaba dispuesto a firmar la paz sobre la base del statu quo– es decir, que Israel mantuviera lo conseguido y no permitiera el regreso de los refugiados.

No creo que lo sucedido a continuación justifique a Ben Gurión. En aquellos momentos, él creía que los árabes rebajarían sus peticiones. No fue capaz de comprender que, de la misma manera que pueden darse las circunstancias para la paz, pueden darse para la escalada de la violencia y para la guerra. No puede mantenerse el vacío político o el inmovilismo por mucho tiempo.

Al no existir una actividad diplomática, las nubes de guerra empezaron a concentrarse en la zona y antes o después la guerra tenía que estallar. La propaganda sionista siempre ha proclamado que Israel había buscado la paz sin cansarse pero que no existía interlocutor con quien hablar. Mi trabajo, y el de otros nuevos historiadores prueba que hubo muchas ocasiones para negociar con los árabe desde 1948 y que la intransigencia israelí tuvo la responsabilidad más importante en frustrar la búsqueda de un acuerdo.

La tesis de Samuel Huntington sobre el «choque de civilizaciones ha tomado nueva actualidad desde el 11 de septiembre de 2001, a pesar de que en el momento de su publicación provocó el desdén de mucha gente. ¿En qué medida puede resultar útil como marco en el que explicar la actual situación en Oriente Próximo?

La tesis de Samuel Huntington es simplista y superficial. Cuando apareció fue duramente criticada por la mayoría de expertos en Oriente Próximo y en el Mundo Islámico. La tesis no se basa en la historia. No obstante, tiene el mérito de la simplicidad, de ahí que se dirija a los estadounidense que no conocen casi nada sobre el resto del mundo.

Para la gente desinformada, la teoría pretende explicar todo y el 9-S le dio un gran empuje. Pero su tesis comete el error de tratar al Mundo Islámico como una entidad monolítica, cuando no lo es, ya que en él existe una gran variedad y pluralismo. La política internacional hoy en día no es comparable con la de la Guerra Fría, cuando existían dos polos y un enemigo identificable: la Unión Soviética. El fundamentalismo islámico no es el enemigo porque no tiene ni ejército ni Estado, así que para comprender el terrorismo y sus raíces necesitamos un análisis mucho más complejo que el que expone esa teoría simplista.

Muchos de sus críticos (y algunos de sus partidarios) dicen que Usted es anti-sionista, pero al leer sus trabajos parece evidente que no es así. ¿Cómo definiría su posición?

Nunca he sido anti-sionista, y nunca he puesto en cuestión la legitimidad del movimiento sionista o del Estado de Israel. El sionismo es el movimiento de liberación nacional de los judíos y los judíos tienen derecho, como cualquier otra nación, a la independencia y a la constitución de un Estado.

En lo que discrepo de la gran mayoría de los israelíes es en que reconozco públicamente que la creación de Israel dio lugar a una injusticia enorme para los palestinos. Para los palestinos es muy importante que los israelíes reconozcan al menos una parte de responsabilidad moral en la Nakba2, en la catástrofe de 1948 y, de forma más específica, en la creación del problema de los refugiados. Pero no voy más allá, y no pido que se desmantele el Estado de Israel para reparar la injusticia.

Israel es una realidad, y no se repara una injusticia cometiendo otra peor. La única solución realista no es la búsqueda de la justicia absoluta sino la de la justicia relativa que implica la partición de Palestina. Después de la guerra de 1967 hubo una oportunidad real para llevar a cabo esa partición pero Israel la rechazó inclinándose por anexionarse territorios lentamente.

A partir de ahí, yo establezco una clara diferencia entre el Israel de las fronteras anteriores a 1967- que, a mi juicio tiene toda la legitimidad- y el proyecto colonial sionista que cruza la Línea Verde y que es completamente ilegal e ilegítimo.

En resumen, yo me definiría como post-sionista: el sionismo había alcanzado sus objetivos fundamentales en 1967, y ahora se debe dar fin a la ocupación de forma que israelíes y palestinos puedan continuar viviendo en paz.

¿Cuál sería, a su juicio, un acuerdo razonable?

El único acuerdo razonable sería una negociación conjunta que condujera al establecimiento de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza con pequeños ajustes territoriales. En otras palabras, debería adoptarse la solución de dos Estados, con el Estado de Palestina al lado del de Israel.

Los límites de ese acuerdo están claros: fueron señalados en el Plan de Beilin y Abu Mazen de 1995. Disponemos también de los parámetros de Clinton de diciembre de 2000, en los que se preveía un Estado palestino independiente en la totalidad de Gaza y el 94-96 % de Cisjordania, con la capital en Jerusalén Este. Los parámetros de Clinton constituyeron la base de las negociaciones de Taba en enero de 2001. Allí israelíes y palestinos estuvieron más cerca de llegar a un acuerdo definitivo que nunca, antes o a partir de entonces. En resumen, un acuerdo razonable debería establecerse sobre los acuerdos alcanzados en Taba.

Usted ha escrito que antes de comenzar sus investigaciones sobre la historia israelí no tenía razón alguna para dudar de la ortodoxa y «heroica» versión que se le había enseñado. ¿ Le disgustaron sus propios hallazgos?

Me sentí triste al descubrir que la conducta de Israel en 1948 no había sido tan noble e impecable como los maestros me habían enseñado en la escuela. En particular, para mí fue una sorpresa descubrir que las Fuerzas Armadas Israelíes no siempre se habían comportado de acuerdo con las normas morales establecidas o con su propio mantra sobre «la pureza de las armas».

Hubo innumerables casos de maltrato de los civiles palestinos; se produjeron expulsiones forzadas; hubo masacres; e incluso casos de violaciones llevadas a cabo en cuadrilla. Todo ello es profundamente triste e inquietante. Las evidencias que han aportado Benny Morris y otros investigadores muestran de forma bastante concluyente que en 1948 Israel perpetró lo que hoy llamaríamos una «limpieza étnica».

Mi reacción ante esos descubrimientos fue de profundo pesar y de compasión por las víctimas. Por ello, me ha producido una gran conmoción enterarme de que Benny Morris, en una reciente entrevista a Ha’aretz, condenaba alegremente a las víctimas por sus infortunios y exoneraba a Israel de toda responsabilidad por los crímenes de guerra cometidos durante la guerra de 1948, y considero su posición actual sobre el origen del problema de los refugiados palestinos moralmente repugnante. Para mí los crímenes de guerra nunca pueden prescribir o justificarse cualesquiera que fueran las circunstancias en las que se produjeron.

¿Qué piensa de los estudios académicos pro-sionistas, y de las críticas ultraderechistas a sus trabajos?

La mayoría de las críticas a mis estudios, y a los de otros Nuevos Historiadores, ha provenido no de la derecha sino de la izquierda y, en particular, de los que apoyan al Partido Laborista. La profesora Anita Shapira, una de mis más ruidosas críticas, es miembro del partido- «la princesa de la historia sionista». Con su fariseísmo santurrón, constituye un ejemplo de la principal corriente intelectual laborista en Israel.

Ellos tiene un problema grave a causa de la brecha existente entre los nobles ideales del sionismo y la realidad de los hechos en la forma de tratar a los palestinos; y rellenan esa brecha con hipocresía y falsedades. La profesora Shapira es un buen ejemplo de esa charlatanería. El título de sus libro en hebreo es «La espada y la paloma», lo que implica que el sionismo era una inocente paloma blanca que se vio forzada a empuñar la espada por los árabes brutales y fanáticos depredadores, que eran sus vecinos. Esa es una visión parcial del conflicto que retrata a los árabes como agresores y a los judíos como víctimas inocentes.

Sin embargo, el movimiento sionista, desde el principio, se implicó en las agresiones a los árabes locales. Tuvieron que hacer uso de la fuerza, por definición, cuando los árabes se negaron a dejar voluntariamente el paso libre a los sionistas. Un título mejor para su libro hubiera sido «¡Anita en el país de las maravillas!». Por su parte, la derecha tiene menos dificultad para aceptar la Nueva Historia, admite que Israel expulsó a los palestinos en 1948, y lamenta que no lo hiciera en mayor medida ya que fueron ellos quienes iniciaron las hostilidades. Al menos, están dispuestos a llamar a las cosas por su nombre.

Me pregunto si Usted ha sido de alguna forma generoso en la valoración de los líderes de Oslo, Arafat y Rabin. Como ha reconocido antes, el liderazgo de Arafat ha sido desastroso para los palestinos. Rabin, por otra parte, construyó más colonias que Netanyahu y tiene un historial sobre derechos humanos tan atroz como el de Sharon.

Nunca defendería el historial de Rabin. Fue un representante de la línea dura y un brutal ministro de defensa en el Gobierno de Ishak Samir durante la primera Intifada, pero al final vio claro: comprendió que no existe solución militar al conflicto. Se dio cuenta de que se tenía que encontrar una solución política y, por consiguiente, se embarcó en el proceso de Oslo. Rabin no se inquietó demasiado ante la idea de un Estado palestino, lo que le importaba era la seguridad de Israel.

Él y Arafat cooperaron estrechamente y con éxito en el terreno de la seguridad, y consiguieron progresos en los aspectos políticos en los segundos acuerdos de Oslo. Creo que si Rabin hubiera seguido en el Gobierno, el curso de la historia hubiera sido diferente. Oslo no estaba condenado al fracaso desde el principio, fracasó porque Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netayanhu, no cumplió lo previsto en el acuerdo.

Los asentamientos son un cáncer y han envenenado las relaciones palestino-israelíes, y han puesto de manifiesto el carácter colonial del movimiento sionista. Cuando se fundan colonias es porque no se dispone de un Estado con una delimitación territorial clara. Si se tiene un Estado con unas fronteras internacionalmente reconocidas, las leyes internacionales impiden que se creen colonias en tierras de otros. En la década que siguió a Oslo, los laboristas ha sido mucho más culpables que el Likud en este sentido. El mayor crecimiento de las colonias tuvo lugar en la época de Ehud Barak, y ahora se están viendo las consecuencias, una vez que Israel se ha atrincherado en los asentamientos de Cisjordania resulta muy difícil dar marcha atrás en la ocupación. Las colonias fueron un trágico error.

A su juicio, Sharon ha sido un fracaso, sin embargo, esa opinión dependería de los criterios que esté aplicando. Algunos críticos de la izquierda radical afirman que Sharon ha tenido éxito al poner en marcha su programa de destrucción del «proceso de paz» mediante el mantenimiento del nivel de violencia. Norman Finkelstein ha escrito que Hamas estaba a punto de aceptar una tregua en julio de 2002 cuando Sharon, de forma deliberada, ordenó el lanzamiento de una bomba de una tonelada que mató a un líder de Hamas y a 16 personas más (entre ellas 11 niños), lo que provocó una escalada masiva de la violencia.

La política de Sharon se basa en rechazar la negociación o el compromiso con los palestinos. Lleva tres años en el poder y no ha reiniciado las conversaciones con ellos. Sharon ha sido unilateral por encima de todo durante su larga y accidentada carrera, y lo sigue siendo en la actualidad. Tiene sus propios planes para el Gran Israel e intenta imponerlos por la fuerza a los palestinos.

Como Usted ha dicho, Sharon no quería una tregua con Hamas. Cada vez que asesina a un líder de Hamas provoca a sabiendas la venganza que, invariablemente, se plasma en un atentado suicida. Un nivel permanente de violencia mantiene a Sharon en el poder. Tal como el prestigioso sociólogo israelí Baruch Kimmerling explica en su libro Politicide, el principal objetivo de Sharon es negar a los palestinos una existencia independiente en Palestina. Su perspectiva es la de anexionar de hecho la mitad de Cisjordania, rectificar de forma unilateral las fronteras de Israel, y dejar unos pocos enclaves aislados para el Gobierno de Palestina. Eso, con seguridad, no permitiría el establecimiento de un Estado palestino viable, por lo que desde su punto de vista, se puede hablar de éxito.

Pero a largo plazo, el plan de Sharon está abocado al fracaso porque los palestinos continuarán su lucha, y el precio que habrá de pagarse en términos económicos, políticos y psicológicos llegará a ser insostenible ante la opinión pública israelí. Mientras tanto Sharon está destruyendo ambas sociedades, lo que para mí no supone un éxito.

¿Puede recomendar a los lectores interesados algunos libros que faciliten una visión de conjunto del conflicto de Oriente Próximo?

Existen dos buenas estudios pro-palestinos: la obra de Charles D. Smith, Palestine and the Arab-Israeli Conflict, y la nueva edición del libro de David Hirst, The Gun and the Olive Branch. De los nuevos historiadores, les recomendaría los libros de Simha Flapan, Ilan Pappe y Benny Morris. No recomiendo mi propio libro sino que me limito a señalar que The Iron Wall: Israel and the Arab World cubre los 50 primeros años del conflicto. Hay también varios sociólogos que han escrito sobre el conflicto, y de forma destacada Baruch Kimmerling.

Para terminar, ¿quiere comentar algo sobre el llamado «nuevo anti-semitismo»?

Es un tema importante porque en los últimos años se ha producido un resurgimiento del anti-semitismo en Europa. No se puede negar. El debate está planteado sobre sus causas.

Una perspectiva es la que afirma que el nuevo anti-semitismo es en esencia un renacimiento del viejo anti-semitismo, de la profundamente enraizada hostilidad y odio hacia los judíos. La otra, enfatiza en las razones contemporáneas de este nuevo anti-semitismo.

Sin negar, de momento, que existe mucho anti-semitismo tradicional, para mí entre las causas que han contribuido en mayor medida al nuevo anti-semitismo se encuentran las políticas que sigue el Gobierno de Sharon. Es necesario distinguir entre anti-semitismo y oposición al tipo de sionismo característico de Sharon, que no tiene nada que ver con los valores tradicionales judíos basados en la verdad, la justicia y la moral. Sharon es la representación de los aspectos más excluyentes, agresivos y xenófobos de la ideología sionista. Existe una creciente hostilidad hacia Israel, y por extensión hacia los judíos de todo el mundo como resultado directo de la guerra sin cuartel que está llevando a cabo contra los palestinos.

Los israelíes siempre han intentado silenciar las críticas al proclamar que detrás de ellas hay un sentimiento anti-semita. Pero en muchos casos se trata de gente imparcial que contempla el sufrimiento de los palestinos y su compasión se inclina del lado del desvalido. Sentir compasión por los palestinos no es prueba de anti-semistismo. Yo, por ejemplo, me siento doblemente culpable respecto de ellos.

Me siento culpable como ciudadano israelí por el sufrimiento que Israel les ha infligido; y me siento culpable como ciudadano británico por todo el historial de traiciones que el Reino Unido ha perpetrado desde la Declaración Balfour. Los palestinos son las auténticas víctimas de este conflicto, y merecen la compasión internacional y el apoyo que precisan. En resumen, es esencial, hoy más nunca, hacer una clara distinción entre anti-semitismo y anti-sionismo.

13 de mayo de 2004
http://www.palestinechronicle.com/story.php?sid=20040513131516548

Notas

1 Trad. al español: Avi Shlaim, El Muro de Hierro: Israel y el Mundo Árabe. Granada, Almed, 2003.

2 Nombre árabe con el que se denomina la catástrofe de la expulsión de los palestinos.