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Es síntoma de derrota que los políticos progresistas hablen de globalización en vez de capitalismo

Las vergüenzas de la izquierda

Fuentes: Rebelión

Aunque no falta quien gusta de ignorarlas, algunas de las señales de la crisis que atenaza a la izquierda son fácilmente perceptibles. Una de ellas, elemental, la configura un patológico temor a enunciar las ideas propias, que esconde un reconocimiento subterráneo de la derrota y se traduce en un genuino desarme ideológico. Más que teorizar […]

Aunque no falta quien gusta de ignorarlas, algunas de las señales de la crisis que atenaza a la izquierda son fácilmente perceptibles. Una de ellas, elemental, la configura un patológico temor a enunciar las ideas propias, que esconde un reconocimiento subterráneo de la derrota y se traduce en un genuino desarme ideológico.
Más que teorizar al respecto, tiene su sentido que propongamos algunos ejemplos de lo que tenemos entre manos. Uno de ellos, el primero, lo aporta el acatamiento general de una palabra, globalización, que nos acosa hoy por doquier. Secuela lamentabilísima del empleo, omnipresente, de la palabra que nos ocupa es el olvido constante de otra, capitalismo, que a los ojos de muchos sigue retratando de manera cabal el grueso de las relaciones económicas que, por desgracia, imperan en el planeta. Tiene uno que concluir que semejante operación sustitutoria es cualquier cosa menos neutra e improvisada: obedece, antes bien, al designio de retratar de manera saludable una realidad que en modo alguno se ajusta a tal operación y de hacerlo, por añadidura, borrando del lenguaje la palabra capitalismo, estigmatizada como añeja y panfletaria.
Propongamos un segundo ejemplo que remite a una realidad cercana: los hechos franceses de hace ya unas semanas han suscitado un caudal ingente de reflexiones que los han vinculado, sin más, con la inmigración y la integración. Aunque sería absurdo negar que estos dos vocablos guardan mucha relación con las algaradas nocturnas registradas en los suburbios franceses, uno no puede dejar de sorprenderse ante lo que entiende que es una evidencia indisputable: por mucho que haya querido ocultársenos, lo que había por detrás de los disturbios no era otra cosa que un escenario marcado por la explotación y la injusticia, dos palabras mucho más importantes, a la hora de retratar la realidad, que las antes invocadas. Y es que encarar los problemas de integración se antoja más sencillo, y menos comprometedor, que hacer otro tanto con los derivados de la explotación y la injusticia en nuestras sociedades.

Qué llamativo es, en tercer lugar, que ante la ofensiva que la derecha más mezquina lanzó contra la enseñanza pública, en nuestra clase política hayan sido escasas las voces que han salido en defensa de aquello que –parece– la mayoría reclama: una apuesta rotunda por la enseñanza pública, universal y gratuita que cancele cualquier suerte de financiación estatal de la enseñanza privada (y que haga otro tanto, por cierto, con la financiación de la Iglesia católica). Que los propios dirigentes del PSOE se hayan mostrado renuentes a pronunciarse con claridad al respecto es un indicador sólido de la hondura de la crisis, tanto más cuanto que la apuesta en cuestión nada tiene de radical: al fin y al cabo es la que blandía, en el siglo XIX, la burguesía en su lucha contra viejos privilegios e instituciones. Aunque, claro, puestos a buscar comportamientos aviesos, ahí está el de nuestra neoliberal CEOE, firme partidaria de la financiación pública de los centros privados de enseñanza. Eso sí que es desparpajo…
Agreguemos, en suma, un último ejemplo: castigadas, tal vez, por esa retahíla que sanciona que la izquierda debe desentenderse de falsos problemas vinculados con una imaginaria cuestión nacional, son muchas las gentes que parecen haber arribado a la conclusión de que los estados son sagrados o de que, en su defecto, es preferible aceptar sin más lo que hay y no prestar oídos a quienes se sienten incómodos en unos u otros de aquéllos. Llamativo es de nuevo que muchos intelectuales de izquierda, aparentemente dispuestos a considerar críticamente todo lo que nos rodea, cierren filas, por acción u omisión, en torno a discursos que le dan aire a nacionalismos –así, el español de estas horas– cómodamente instalados en las maquinarias de los estados y, al tiempo, ultramontanos e intolerantes.

Si las líneas nos sobrasen, bueno sería escarbar en las razones que dan cuenta de comportamientos tan entreguistas. Limitémonos a enunciar dos ideas que remiten a horizontes diferentes. Si el primero de éstos es el de quienes en el pasado se entregaron cumplidamente a una defensa de la aberración soviética y hoy aceptan, bien que sotto voce, la bondad del capitalismo, el segundo es el de quienes, desde el mundo propio de la socialdemocracia, han decidido resolver el problema de la mano de una activa inmersión en la lógica del sistema, de siempre acompañada de un mohín, y de una sonrisa autocomplaciente, ante quienes se niegan a aceptar ese juego. El mejor testigo de esta segunda opción lo proporcionan, entre nosotros, esos partidos que, otrora formalmente en la izquierda, pescan hoy en los caladeros del centro y han asumido, de resultas, una utilitaria condición atrapalotodo. Recuperar, sin vergüenza, la palabra clara se antoja una premisa insorteable para dejar atrás tanta miseria.

* Carlos Taibo. Profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.