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Guatemala

Loroco, el «milagro» de una flor en medio de una prisión verde

Fuentes: Rebelión

A un poco más de 200 Km. de distancia de la ciudad de Guatemala, se encuentra ubicada la comunidad agraria Monseñor Romero, en el Municipio de Santo Domingo, Departamento de Suchitepéquez. En la costa sur del país. Es una comunidad maya-campesina empobrecida (asentada en el lugar desde 1987) que se resiste a desaparecer al asedio […]


A un poco más de 200 Km. de distancia de la ciudad de Guatemala, se encuentra ubicada la comunidad agraria Monseñor Romero, en el Municipio de Santo Domingo, Departamento de Suchitepéquez. En la costa sur del país.

Es una comunidad maya-campesina empobrecida (asentada en el lugar desde 1987) que se resiste a desaparecer al asedio de los monocultivos que lo acorralan por completo. En la actualidad, cerca del 80% del Departamento de Suchitepéquez es acaparada por cultivos de caña de azúcar, palma africana, banano y hule, haciendo de este Departamento un verdadero desierto verde.

En esta, y en otras tres comunidades, el Comité de Desarrollo Campesino (CODECA), con el apoyo financiero de la Inter American Fundation (IAF), emprendió un proceso de acompañamiento agrícola para cultivar la flor de loroco, y así mejorar la calidad de vida de algunos de sus socios del lugar. El método fue y es «aprendiendo de campesino a campesino«.

El loroco (Fernaldia Pandurata), es una planta enredadera (bejuco) que florece de manera permanente, y su flor es comestible y rica en nutrientes. Pero, por desconocimiento de las y los campesinos fue desechado, por mucho tiempo, como hierba mala.

¿Cómo una hierba mala se convierte en una flor que transforma vidas?

Don Marlon Roberto Curuchic, un agricultor de loroco de la comunidad Monseñor Romero nos cuenta el origen del «milagro» de esta flor:

«Cuando llegamos a esta comunidad, la tierra estaba muy explotada por las fincas algodoneras, y allí comenzamos a sembrar maíz y ajonjolí. Pero, dentro de los cultivos nos salía lo que ahora llamamos como loroco, y en aquel entonces lo mirábamos como una maleza. Era un bejuco que nos estorbaba bastante. Nosotros lo filaseábamos (cortar con machete). Despuesito, unos vecinos de aldeas cercanas venían en busca de dicha flor, y nos dijeron que lo cuidáramos y que ellos nos la iban a comprar. Así fue cómo se nos fue a dar la idea de que aquello que nosotros filaseábamos era algo beneficioso para nosotros. Nosotros le contamos a CODECA esto (…), nos organizamos, y así fue cómo la organización nos trajo las semillas.»

En la actualidad, en aquellos suelos inutilizados por las fincas algodoneras del pasado reciente, 89 familias empobrecidas son las beneficiaras de este cultivo que no requiere de mayor inversión, pero sí genera impactos y cambios en la vida de ellas. En palabras de Don Marlon, «Es una planta agradecida. No requiere tanta cosa».

Una flor que libera a las mujeres, aglutina y mejora el ingreso de las familias empobrecidas

Dña. Paula Gonzales Socop, de 36 años de edad, es casi analfabeta, al igual que su esposo. Ella, sólo pudo ir un año a la escuela. Tiene 7 hijos. En su casa no tiene energía eléctrica. Al igual que sus vecinos, tiene dos cuerdas de tierra, apenas para su casita (la cuerda en esta parte del país mide 1,173 Mt2). Su esposo, al igual que los demás del lugar, sale de su casa a trabajar a las fincas bananeras a las 4 de la madrugada, y vuelve a la casa a las 6 de la tarde. Gana un promedio de 1200 quetzales quincenales (150 dólares). Ella nos cuenta:

«Al inicio mi esposo no estaba tan de acuerdo con este proyecto. Pero, yo sí estuve animada. Ya estamos con el proyecto más de un año, y semanalmente saco como 1400 quetzales, sin descontar los gastos. Cortamos las flores con mis hijos, y doy trabajo a 4 o 5 chamberos (trabajadores) más, y le pago 50 quetzales a cada uno. Trabajamos sólo de 6 de la mañana a 10 de la mañana, y en familia. Semanalmente tengo una ganancia de 900 quetzales. Mi esposo me dice: ahora estás ganando más que yo».

Efectivamente, el día que visitamos repentinamente el terreno, Dña. Paula, con sus tres hijos mayores, sus padres y tres primos, cortaban las flores de loroco en un terreno de 2 cuerdas (cerca de 2,400 Mt2), herencia de su esposo. Aparte del autoempleo y empleo familiar, el loroco es un vehículo que liberó a Ella de la dependencia económica de su esposo. «Ahora estás ganando más que me dice mi esposo», indica Ella.

En la costa sur de Guatemala, al igual que en otras partes del país, escuché historias de padres de familia, jornaleros sin tierra, sobre explotados en las fincas de monocultivos. Muchos de ellos, en su desesperación, optaron por el camino incierto hacia los EEUU., «de mojados». Dejando historias familiares rotas e inconclusas. Pero, no es el caso de quienes se animaron a probar el «milagro» del loroco.

«El loroco cambió nuestras vidas. Comemos lo que producimos, y no usamos químicos. Cortamos las flores dos veces a la semana. Al día siguiente, por la madrugada, ya lo vendí en el mercado de Mazatenango (a 40 Km). Con las ganancias que me deja esta flor ya compré 2 cuerdas y media de tierra para hacer la milpa. Además, una parte lo estamos ahorrando para educar a nuestros hijos. Lo que gana mi esposo lo disponemos para nuestros gastos. Nuestras vidas cambiaron». Indica Dña. Paula acariciando las flores que acaban de cortar.

Efectivamente, el loroco es vendido en el Mercado de Mazatenango a 25 quetzales la libra. La mañana que pasamos a visitar al cultivo de Dña. Paula ella reunió cerca de 120 libras de su plantación.

El impacto del loroco para estas familias no es sólo a nivel económico, laboral o en la rearticulación familiar, o en las relaciones de género, sino también lleva en sí un ingrediente incalculable para la regeneración del suelo y de la biodiversidad cada vez más ausente en el desierto verde.

Una flor que afianza nitrógeno en el suelo y amigable con la biodiversidad

Don Manuel Chun Noc, otro agricultor de loroco nos indica: «No usamos químico. Sólo estamos usando orgánico, tanto para fertilizante, como insecticida orgánica también. Hemos hecho el abono orgánico del popó (estiércol) de ganado, de basura (hojas secas de la planta). Lo depositamos en un lugar y le ponemos panela, azúcar, entre otros. Este producto nos ha dado la vida. Para la plaga usamos el neem (Azadirachta), flor de muerte y chile para matar la plaga. Desde hace un año, ya no quemamos la basura. Recogemos la basura, y luego de poner el abono orgánico a las plantas, le ponemos la basura al pie del tallo», concluye Don Manuel.

Estos suelos tropicales desertizados por los monocultivos requieren un cuidado orgánico especial para su regeneración, y el loroco es una planta fijadora de nitrógeno en el suelo. Además, debajo de las plantas de loroco crecen plantas de chile, chipilín, yerba mora y manía, todas aprovechadas para la dieta alimenticia y para la venta en los mercados locales.

Así como tiene grandes potencialidades esta flor, también tiene grandes dificultades y desafíos. Algunos de estos últimos son: los mercados aun insuficientes en una sociedad que perdió su tradición de alimentarse con flores, el asedio y las fumigaciones aéreas de los monocultivos circundantes hacen que el agua escasee y las plagas sean cada vez más resistentes a insecticidas orgánicas.

Ante la pregunta ¿qué harán cuando los finqueros los terminen acorralando, cortándoles el paso y el agua, para obligarlos a vender vuestras propiedades?, Don Melecio Gonzales, abuelo maya analfabeto, de 61 años, también agricultor de loroco, nos respondió contundente: «Nosotros no vendemos a los finqueros. Para defendernos, estamos organizados en CODECA».

Por cuánto tiempo más esta resistencia campesina indígena hará el milagro con la flor del loroco, no lo sabemos. Lo único cierto es que, ahora, esta enredadera, despreciada y detestada por mucho tiempo, dibuja en el rostro de campesinos indígenas mayas, prisioneros de los monocultivos, la dormida sonrisa que despierta.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.