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El vínculo invisible

Los asesinatos por honor y el capitalismo global

Fuentes: Jadaliyya.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

El debate producido alrededor del nuevo video musical del grupo palestino de hip hop DAM «If I Could Go Back in Time«, y la crítica que le hicieron Lila Abu-Lughod y Maya Mikdashi [*], ha generado una intensa reacción visceral por parte de muchos de los lectores de Jadaliyya y en la globosfera. DAM produjo ese video musical en colaboración con la directora Jackie Salloum y la famosa cantante y activista Amal Murkos, en denuncia del atroz crimen de los asesinatos de honor en Palestina. Abu-Lughod y Mikdashi llamaron la atención sobre el video por abordar el horrible fenómeno del asesinato por honor como problema social en vez de político. Sin embargo, muchos lectores, así como los integrantes de DAM, interpretaron mal su artículo tomándolo por un intento de exonerar de culpabilidad a las estructuras patriarcales árabes. Verdad es que Abu-Lughod y Mikdashi no fueron muy lejos a la hora de condenar estas tradiciones culturales sexistas. Pero como Nadera Shalhoub-Kevorkian y Suha Daher-Nashif demostraron de forma contundente, las estructuras patriarcales opresivas en Palestina han funcionado en connivencia con las políticas israelíes de apartheid a la hora de cometer injusticias de género.

Es interesante señalar que los belicosos comentarios del artículo de Abu-Lughod y Mikdashi se construyeron alrededor de varias oposiciones binarias que enfrentaron a activistas contra académicos (teóricos), género contra nación, nacionales arraigados contra críticos de la diáspora y arte contra política. En su crítica de Abu-Lughod y Mikdashi, por ejemplo, la Bloguera de Belén afirma:

«Ahora resulta que las mujeres no pueden describir sus experiencias sin que dos académicas de la Diáspora les digan (en inglés) qué tipo de lenguaje utilizar cuando hablan. Este es para mí el aspecto más inquietante del escrito de Abu-Lughod y Maya Mikdashi: su (ab)uso del lenguaje feminista y anticolonialista para presentar un argumento que está haciendo mucho daño a las mujeres».

Deshacer las oposiciones binarias que subyacen a este tipo de retórica va más allá del alcance de este ensayo. Pero baste con decir que estas oposiciones dependen realmente unas de otras e informan, más que negar, su coherencia.

Me siento sin duda solidario con la crítica que hacen Abu-Lughod y Mikdashi de la culturalización del asesinato de honor en relación con las actuales historias de colonialismo y patriarcado. Sin embargo, me gustaría sugerir aquí, para precisar más, que el feminicidio (intrafamiliar) debe entenderse a nivel de la constitución formal de la fuente estructural del problema mismo: es decir, el capitalismo global. Como el modo de producción capitalista constituye la totalidad de las relaciones sociales de hoy, la crítica de la culturalización de los problemas políticos debería por tanto radicalizarse. Después de todo, el capitalismo global genera finalmente las contradicciones y condiciones dentro de las cuales se perpetran esos atroces crímenes. Como argumenta el filósofo esloveno Zlavoj Zizek: «El problema con el capitalismo global… no se reduce a la expansión imperialista y a la opresión colonialista sino que implica su propia lógica de exclusión». Puede que las políticas coloniales israelíes no expliquen la violencia contra las mujeres en los países árabes o en el mundo, como los integrantes de DAM señalan correctamente en su réplica a la crítica original. Sin embargo, al reformular el feminicidio y la desigualdad de género en relación con el capitalismo global, aparece una amenaza común que ha permanecido invisible en la polémica de DAM. Al visualizar el capitalismo, se sitúa el feminicidio intrafamiliar dentro de las realidades materiales de la globalización económica. También puede revelar la medida en la que el capitalismo utiliza el colonialismo y el patriarcado para reproducir, y al mismo tiempo ocultar, la hegemonía del orden económico global.

Situar el feminicidio intrafamiliar dentro de la economía global y la feminización de la pobreza en el nuevo orden mundial hace que se pueda cuestionar la ubicuidad de la violencia misógina en las culturas patriarcales, no sólo en los países árabes sino también por todo el mundo. En su expansión global a los remotos rincones del mundo en búsqueda de nuevos mercados y mano de obra cada vez más barata, la ideología neoliberal de la globalización económica vuelve a codificar la mano de obra femenina y vuelve a definir los parámetros de su movilidad. La consecuencia hace que resulten afectadas las formaciones tradicionales de género, a la vez que se negocian y se adueñan de las nociones occidentales de libertad y de división del trabajo. Esta perturbación cultural se produce de forma desproporcionada a causa de las condiciones económicas cada vez más deterioradas entre los palestinos. Los palestinos están excluidos más que nunca de la economía capitalista de Israel, que ahora está subcontratando cada vez más a trabajadores emigrantes de todo el mundo. Y la crisis de tradición y género, a su vez, se está exteriorizando violentamente en los cuerpos de las mujeres.

Consideradas en este contexto, podemos distinguir las conexiones entre las muchas formas que adopta por todo el mundo la violencia misógina, ya sea «intrafamiliar (asesinatos por el honor), infanticida, feminicida múltiple (asesinos en serie) y feminicidios sistémicos (en zonas de guerra)». Estas formas diversas de violencia misógina, ya sea el caso de los cien millones de niñas desaparecidas en Asia Suroriental y Oriental de los que Amrtya Sen hablaba ya hace más de dos décadas, el comercio de refugiadas sirias en el mercado matrimonial jordano, o los cientos de jóvenes asesinadas en las maquiladoras de las ciudades transfronterizas de EEUU y México, todas están conectadas con la hegemonía del modo de producción capitalista.

En el contexto de la expansión de la economía liberal en Palestina, puede resultar obvio que las víctimas palestinas de feminicidio, al igual que las mujeres desaparecidas en Asia, las trabajadoras de las maquiladoras, las refugiadas sirias o las víctimas de tráfico sexual y de mano de obra, pasan a ser consideradas como una especie de propiedad desechable y como indefensos objetos sexuales. Ocupan el peldaño más bajo del mercado capitalista y a nadie le importan. Esto explica, como Kevorkian-Shalhoub y Daher-Nashif señalan acertadamente, por qué las configuraciones locales de la autoridad patriarcal funcionan en connivencia con los aparatos estatales opresores y las estructuras coloniales israelíes a fin de regular la sexualidad de las mujeres. También explica por qué las autoridades no se molestan en investigar estos crímenes ni en tomar medidas enérgicas contra los culpables. Según la lógica capitalista de la plusvalía, ocultar esos atroces crímenes resulta más beneficioso que investigarlos. De ahí que en general se acepte que se explote a estas mujeres como trabajadoras y como mujeres antes de desecharlas finalmente.

En concreto, este análisis relacional (no relativista) materialista nos permite examinar las conexiones entre el feminicidio en Palestina y otras formas de violencia misógina en la región. Esto es especialmente verdad en la opresión de género en el contexto de la cada vez mayor polarización de la riqueza entre ricos y pobres en el Estado colonial israelí. Estas formas de violencia están directa e indirectamente correlacionadas con la militarización de la sociedad israelí y la intensificación de sus políticas coloniales y de apartheid. Al mismo tiempo, debería ponerse también de relieve la cada vez mayor privatización de las estructuras de bienestar social de Israel y la expansión de la economía neoliberal. Por ejemplo, en 2005, Haaretz informaba que «el agudo incremento en la tasa de violencia letal doméstica contra las mujeres en los hogares israelíes debía también considerarse como un resultado indirecto del conflicto militar» (énfasis añadido). Lo que este informe omite es la cuestión de la causa directa de esta violencia contra las mujeres en Israel. El capitalismo global y sus contradicciones siguen así cómodamente invisibles.

Dado que el fundamental antagonismo de la lucha de clases es la escisión esencial que conforma la sociedad en el modo de producción capitalista, la ideología dominante hará todo cuanto pueda para tapar este agujero en el tejido de las relaciones sociales. En nombre de la identidad nacional (judía), la ideología sionista hegemónica en Israel ofuscará el alcance en el que las mujeres en Israel -ya sean laicas o judías haredi, trabajadoras emigradas, obreras forzosas o refugiadas africanas- soportan la carga en sus cuerpos de estas políticas socioeconómicas y políticas. Como las políticas económicas neoliberales exigen la integración de la fuerza laboral palestina en el mercado israelí, la violencia contra las mujeres en Israel adopta formas diferentes para mantener el control estatal sobre los cuerpos de las mujeres. Esto puede explicar la reciente aparición de grupos fundamentalistas sionistas antiasimilacionistas, como Lehava, que empezó a organizar patrullas de vigilancia para salvar y redimir a las mujeres judías sentimentalmente implicadas con no judíos, con «minorías» y mano de obra extranjera. No es de extrañar entonces que más de la mitad de los judíos israelíes consideren las citas interétnicas como un acto de «traición nacional«, situando además el discurso público en cuanto a esta cuestión en los típicos tropos colonialistas que representan a la mujer judía como la víctima inocente de la explotación del hipersexualizado hombre árabe. Es además en este contexto donde deberíamos también comprender no sólo la violencia contra las mujeres, y los hombres, de diferentes países de todo el mundo que son objeto de tráfico en Israel para explotación comercial sexual y trabajo forzoso, sino también la violencia contra la mujer israelí, que también es objeto de trata y enviada a Europa y Norteamérica.

Por tanto, en lo que se refiere al feminicidio y otras formas de violencia misógina, un análisis materialista relacional revela cuán profundamente implicados están los denominados países «modernos y civilizados» en el negocio de la violencia misógina. Incluso la primera superpotencia mundial se niega a ratificar el CEDAW (siglas en inglés del Convenio para la Eliminación de Todas las Formas de Violencia contra la Mujer). Esta perspectiva relacional informa la base racista orientalista de la culturalización del debate sobre el feminicidio. Si a los críticos les preocupa la manipulación de la violencia de género en los discursos orientalistas y las representaciones racistas para demonizar aún más a los palestinos y árabes en el tribunal opinión pública, se hace imperativo entonces que examinemos críticamente las formas sistémicas de desigualdades en las vidas de las mujeres dentro de una estructura materialista que relacione la violencia contra las mujeres con las mismas estructuras de poder que actúan a nivel global para explotar a las mujeres y su mano de obra.

Al plantear interrogantes acerca de la financiación por las Naciones Unidas de la canción de DAM, Abu-Lughod y Mikdashi han mencionado de pasada el antagonismo fundamental inherente al modo capitalista de producción. Nos guste o no, las formas institucionalizadas del derecho cosmopolita y el régimen de los derechos humanos están incrustados dentro del universo ideológico del capitalismo global. Para justificar sus políticas expansionistas, éste último exige la fabricación de determinadas imágenes de víctimas de tradiciones patriarcales. A su vez, estas imágenes se utilizan para transformar a esas víctimas en candidatas elegibles de la ayuda internacional y la intervención humanitaria. No es necesario mencionar que las intervenciones humanitarias han sido legítimamente criticadas por su agenda expansionista (neocolonialista) que se piensa acompaña a los principios democráticos occidentales, pero que en realidad sólo facilita la explotación de la «otra», a la vez que la integra en la economía global.

Vincular los asesinatos por honor al capitalismo global permite formular una política alternativa de liberación que puede alinear a la gente alrededor del antagonismo fundamental de la lucha de clases que trasciende todos los géneros, razas y naciones. Esto requiere no sólo cuestionar la inversión del derecho cosmopolita en los problemas sociales locales sino también articular el trabajo de los activistas progresistas y los trabajadores culturales anti-sexismo, como DAM, más allá de la estrategia para «aumentar la conciencia». Para que no se malinterprete mi punto de vista, permítanme dejar claro que es importante que se reconozca el esfuerzo de los hombres a la hora de combatir la violencia misógina. Después de todo, la violencia de género es claramente masculina, en función de lo cual los hombres ocupan una posición de estructura de poder en las sociedades patriarcales que les permite perpetrar, a menudo impunemente, la mayor parte de la violencia de género que se registra en el mundo.

Especialmente en el contexto de silencio que rodea todas las formas de violencia misógina en el mundo árabe, tener a un grupo de hombres hablando contra la violencia de género envía una poderosa declaración acerca del rechazo de los hombres a quedarse en silencio y ser cómplices. Los hombres deberían, y podrían, hacer mucho social y culturalmente para poner fin a la violencia misógina. Sin embargo, es vitalmente importante establecer una correlación directa entre la violencia de género y la crisis de masculinidad resultante de la última recesión económica y de la situación de precariedad. No hace falta decir que esa crisis se exacerba bajo las condiciones de una ocupación colonial y apartheid como la que vemos en Palestina. En definitiva, el comportamiento masculino está siempre arbitrado por las divisiones sociales coloniales y de género. Sin embargo, la clase sigue siendo el antagonismo más importante que puede explicar de forma más convincente las implicaciones de la reconfiguración de la política de género y la movilidad y libertad de las mujeres en relación con las estructuras tradicionales de género y los poderes en declive del sostén masculino de la familia.

Aclarando, la crítica al colonialismo y a la opresión patriarcal es una parte importante de la lucha global por la emancipación y la libertad, pero debe siempre enraizarse en la lucha de clases. Las experiencias singulares y concretas de los pobres, de los que están excluidos del sistema, de los «sin parte», por utilizar la frase del filósofo francés Jacques Rancière, representan el gesto radical de universalidad que se opone a los vacíos principios de igualdad constitucional. Es a través de su opresión y explotación que podemos discernir algo de la urgencia de volver a imaginar un orden mundial verdaderamente justo.

Aunque los grupos oprimidos por estructuras de poder sexistas, racistas, homófobas y colonialistas deberían esforzarse por afirmar su universalidad concreta basada en sus experiencias específicas, es importante que también analicen estas formas específicas de lucha a nivel de la constitución formal o antagonismo fundamental del sistema capitalista global. De lo contrario, seguiremos añadiendo infinitamente una nueva dimensión de opresión tras otra sin abordar el verdadero problema, que al parecer sigue siendo imposible simbolizar. Esta es la única forma en la que podremos abordar el problema del asesinato por honor y la legitimidad de la lucha por la justicia de género sin desplazar, comprometer o despolitizar la necesidad de formular la universalidad de la lucha palestina contra el asentamiento colonial y las políticas de apartheid de Israel.

N. de la T.:

[*] Véase en Rebelión la traducción de Loles Oliván del mencionado artículo:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=159873

[El autor desea dar las gracias a Sherene Seikaly por sus valiosos comentarios sobre los diversos borradores de este ensayo.]

Jamil Khader es Profesor de Inglés y Director del Programa de Estudios de Género en la Universidad Stetson. Es autor, entre otros libros, de » Cartographies of Transnationalism in Postcolonial Feminisms: Geography, Culture, Identity, Politics» (Lexington Books 2012), y es co-editor, con Molly Rothenberg, de una colección de ensayos sobre el filósofo esloveno Slavoj Žižek titulada: » Žižek Now: Current Perspectives in Žižek Studies», (Polity 2013).

Fuente original: http://www.jadaliyya.com/pages/index/9675/the-invisible-link_honor-killing-and-global-capita