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El filósofo y periodista Josep Ramoneda imparte una conferencia sobre “El futuro de Cataluña y de la izquierda”

«Los ciudadanos hemos perdido capacidad de intimidación»

Fuentes: Rebelión

¿Cómo se explica que en la década de los 50, con una renta per capita muy inferior a la actual, en Europa pudiera crearse el llamado estado del bienestar, mientras que hoy las desigualdades se disparan y se afirma que no hay alternativa a los recortes? Explica el periodista y filósofo, Josep Ramoneda, que la […]

¿Cómo se explica que en la década de los 50, con una renta per capita muy inferior a la actual, en Europa pudiera crearse el llamado estado del bienestar, mientras que hoy las desigualdades se disparan y se afirma que no hay alternativa a los recortes? Explica el periodista y filósofo, Josep Ramoneda, que la ciudadanía ha perdido capacidad de intimidación y por eso las élites ya no tienen miedo; no tienen la necesidad de hacer concesiones, como ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial». Recuerda Ramoneda que incluso «The Economist», biblia del neoliberalismo, ha señalado la combinación de desigualdad y bajos salarios como una amenaza para la globalización.

Josep Ramoneda ha impartido una conferencia en la Universitat de València con el título de «El futuro de Cataluña y de la izquierda», invitado por el Fórum de Debats de la Universitat y por Valencians pel canvi. Además de profesor de Filosofía Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona durante quince años, el conferenciante fue director del Centre de Cultura Contemporània desde 1989 hasta 2011 y es autor, entre otros libros, de «La izquierda necesaria» (2012), «Después de la pasión política» (1999) y «Apología del presente» (1989).

Ante la crisis actual, de efectos devastadores, la izquierda no es capaz de responder con llamaradas. Sólo tiene fuerza para pequeños destellos. ¿Qué le ocurre a la izquierda? Según Ramoneda, ha sufrido un «desarme ideológico». A partir de la década de los 80, explica, con el inicio de la hegemonía conservadora, «se preocupó más por parecerse a la derecha que por diferenciarse de la misma; recordemos cuando Zapatero decía que bajar impuestos es de izquierdas». Además, «la izquierda se dejó fascinar por el dinero fácil del capital financiero, pensando que así podía comprar bienestar, y se alejó de la economía industrial y productiva».

Ante la falta de un proyecto socialista bien definido, con límites claros y acotado, Ramoneda prefiere referirse al hecho de ser de izquierdas como a una «actitud», la de «caminar en otra dirección; pero hay que tener claro cuál es esa dirección». De entrada, en un tiempo en que los ciudadanos viven bajo presión máxima, se trata de «recuperar los valores y romper con el conformismo». Y, sobre todo, «afrontar la cuestión social, pero tomando el conflicto como elemento medular, no con planteamientos de alivio o compasión ante las desigualdades». «El conflicto social es el motor del cambio», recuerda el filósofo.

El politólogo catalán reclama también una izquierda asociada a la idea de progreso (que recupere así la mejor tradición de la modernidad y la ilustración), pero antes -subraya- debe «identificar a los agentes del cambio social, de los que está muy desvinculada: jóvenes, mujeres, inmigrantes, entre otros». «Porque la clase obrera hoy no es lo que fue; es una amalgama de elementos muy diferentes y muchas veces contradictorios». Debe apostarse también, considera el escritor, por grandes valores como la justicia, el internacionalismo (frente al capitalismo financiero global) y «ese punto libertario que da la cultura de la transgresión».

Ante la hegemonía de los mercados y de un neoliberalismo sin bridas, Ramoneda defiende «la dignidad de la política para que no sea una empleada del poder económico». «La política ha de regular y poner límites al capital», explica. «Lo que ocurre es que el capitalismo tiene una gran capacidad de mutar y adaptarse, por eso ha perdurado; la izquierda, por el contrario, no ha tenido la misma capacidad para plantear respuestas». Y por eso hoy impera el mundo de la economía sin cortapisas. Llama la atención Josep Ramoneda sobre una circunstancia: «claro que la crisis es económica, pero reducirlo a eso es algo puramente ideológico». Añade que también «vivimos una crisis política, cultural, moral y antropológica».

Y se explica: «Sin la cultura nihilista de los 90, no habría llegado la crisis económica. Se decía entonces que todo es posible y que no existen los límites, lo que es la idea antimoral por definición». También puede hablarse, a juicio del politólogo, de cambios tecnológicos que llevan a hondas mutaciones antropológicas. Sin ir más lejos, la aceleración del tiempo (provocada por el mundo digital) puede generar psicopatologías. «Crear, pensar y amar son actividades que no pueden desplegarse a golpe de twit». Es posible, concluye, que la próxima generación ya asimile la experiencia virtual a la real. Ahora bien, matiza que esto no significa negar el potencial transformador de las nuevas tecnologías.

Hay vida más allá de la economía. La crisis cultural resquebraja (o reformula) tres de los bastiones de la modernidad: la religión, la familia y el trabajo. Hoy, los modelos de familia son múltiples. Respecto a la religión, Ramoneda afirma que, actualmente se da «una lucha brutal en el mercado de las almas». No hay una primacía monoteísta en cada territorio. También en el mundo laboral se han sacudido las certezas de la modernidad: «cuando un joven de 18 años entraba a trabajar a la Renault en los 50, tenía ya toda la vida marcada; una familia, un barrio, un trabajo y una empresa», sostiene el autor de «La izquierda necesaria».

Siempre razonadas y alejadas de la brocha gorda, las opiniones de Ramoneda son una buena guía para orientarse también en la política institucional catalana. El politólogo extrae una primera conclusión de las últimas elecciones: «nadie, ni partidos políticos, ni opinadores, ni expertos en sociología electoral pudieron imaginar que CIU perdería 12 escaños». Y esto evidencia algo muy grave: «los problemas que se observan en la relación entre las élites políticas y mediáticas, y la sociedad». «Hemos de hablar más con los ciudadanos y menos con los políticos», concluye el filósofo.

Para la interpretar los comicios catalanes, Josep Ramoneda aporta algunas claves. En primer lugar, el eje del catalanismo político se ha desplazado al independentismo (por eso, la decisión de la gobernabilidad recae sobre ERC). Además, frente a «lecturas urgentes y de primera hora», Ramoneda afirma que la «cuestión catalana» continúa con mucha fuerza (las formaciones partidarias de un referéndum suman 107 de los 135 escaños en el Parlament, y esta era una cuestión decisiva en las elecciones). El «unionismo» (representado por el PP, sobre todo, y también por Ciutadans) tiene el espacio acotado. Otra conclusión («muy preocupante») es que «a pesar de quedarse CIU en 50 diputados, no puede construirse una mayoría progresista».

Un análisis en detalle de los resultados lleva a subrayar los «errores» de Artur Mas, que Ramoneda enumera. En primer lugar, «Mas leyó en la manifestación del 11-S algo que no existía. Porque en Cataluña hay una sensibilidad creciente hacia la independencia, pero no una urgencia; aquellos que querían la independencia para ya, votaron a ERC, no a CIU». Pero reconoce el politólogo que el independentismo es un proyecto político «al alza», en este mundo que es «como una habitación sin vistas», en el que no se ofrecen más que recortes y sacrificios.

También cometió el candidato de CIU un «error de sobreactuación». Asumió, a juicio de Ramoneda, «el rol de figura mesiánica del independentismo, cuando realmente es un tecnócrata». Otro fallo de Mas fue el intento de monopolizar el proyecto soberanista, lo que entra en contradicción con la historia de CIU: «siempre pactarlo todo al final por el dinero que se tercie; además, se trata de una coalición pensada para el posibilismo, de ahí el juego con Unió para cubrir todos los flancos». Y un último error. Porque al campeón de los recortes también le pasaron factura las urnas: «La crisis económica y social en Cataluña es muy profunda; y aunque esto no aflore en el debate electoral, es imposible que no se manifieste en las votaciones».

Además de errores y fracasos electorales, el currículo de Artur Mas incluye otros logros. En concreto, como recuerda Ramoneda, es quien impulsa dos rupturas en CIU: el giro independentista de la formación, por un lado. Y otra menos conocida. Acabar con la cultura social-cristiana de la coalición, para conducirla a la orilla neoliberal. Además, sin ambages. Pero los cambios en Cataluña que explican el corrimiento de la hegemonía, del catalanismo al independentismo, son más profundos (y cortos en el tiempo: el independentismo era residual hace siete u ocho años; se dispara, de hecho, en la época del tripartito, explica Ramoneda).

En este cambio estructural influyen factores demográficos: Aun considerando el millón y medio de inmigrantes que han llegado a Cataluña en los últimos 10-15 años, hay actualmente más gente nacida en este territorio que procedente del exterior, al contrario de lo que ocurría en las décadas de los 70 y 80. De esto se deriva un cambio generacional de consecuencias decisivas: mucha gente totalmente ajena a la cultura de la transición y que, por supuesto, tampoco conoce de primera mano lo que fue el franquismo, se ha formado en la lengua y la cultura catalanas (incluidos los hijos de la inmigración de los 60). «Esto es algo que no acaba de entender el PSC», señala Ramoneda.

El Movimiento por la Independencia del 11-S tiene, a juicio de Ramoneda, muchos matices. «En la manifestación había gente de toda Cataluña y con todos los acentos». Pero, sobre todo, poseía un marchamo «fuertemente mesocrático». Por eso asegura que es un tópico asociar el soberanismo a la burguesía catalana y la defensa de sus intereses: «El poder económico -sea La Caixa, Planeta o el Banco de Sabadell- ha pasado unos meses muy nervioso y ha presionado mucho a Mas para que renunciara a los planes soberanistas». Otra cuestión es el siguiente estrato, la burguesía media.

En esta coyuntura, el politólogo ve sólo una salida, racionalmente obvia pero muy difícil de alcanzar en la práctica. «La única manera de que haya una relación democrática entre Cataluña y el estado español es que se reconozca a Cataluña como un cuerpo entero, y no sólo como un miembro de España; y este reconocimiento de tú a tú se resuelve con un referéndum», concluye Ramoneda.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.