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Los derechos humanos ¿un arma revolucionaria?

Fuentes: Rebelión

A Joaquín Herrera Flores, in memoriam A raíz de la polémica suscitada por la manipulación de las palabras de Julio Anguita por el diario Público, aparecieron por la red innumerables manifestaciones de señalamiento por parte de distintos sectores de la izquierda ante su aparente traición, y el abandono del comunismo en favor de los derechos […]

A Joaquín Herrera Flores, in memoriam

A raíz de la polémica suscitada por la manipulación de las palabras de Julio Anguita por el diario Público, aparecieron por la red innumerables manifestaciones de señalamiento por parte de distintos sectores de la izquierda ante su aparente traición, y el abandono del comunismo en favor de los derechos humanos.

Esto ha puesto sobre la mesa la estrategia que Anguita lleva planteando desde hace bastante tiempo en sus exposiciones sobre la III República: el uso de los derechos humanos como un símbolo generalmente aceptado en nuestra sociedad para afrontar la ofensiva ideológica. También ha demostrado que muchas veces, en esta izquierda nuestra, confundimos la crítica con la desconfianza y la sospecha.

Lamentablemente, el pasado viernes 2 de octubre nos dejó Joaquín Herrera, uno de los filósofos del Derecho que más lúcidamente ha sabido teorizar sobre el potencial emancipador que tienen los Derechos Humanos desde una perspectiva crítica.

Joaquín rechazaba la visión dogmática hegemónica en el ámbito jurídico. El Derecho en general, y especialmente el ámbito de derechos fundamentales, se presenta como algo separado de las demás facetas de la realidad, como un conjunto de normas que se justifican entre sí, políticamente neutrales por tomarse del mundo de las ideas, y que sólo atienden a su lógica interna. Se absolutizan y dogmatizan así los derechos, como si su plasmación en el papel equivaliese a su máxima garantía, provocando la sensación de que son ideas inmutables, derivadas de la propia racionalidad.

Resulta evidente para quien analice las condiciones de vida en el planeta que los derechos humanos se han quedado en la teoría. Si la teoría y la práctica sobre derechos humanos se cruzan y no son capaces de reconocerse, la propuesta de Joaquín pasa por reconciliar teoría y práctica, conectándolos y poniéndolos en crisis para poder transformar las realidades injustas e inequitativas. Pero no desde esa pretendida neutralidad de la lógica del Derecho (y de todas las facetas de la ideología que pretenden invisibilizar la lucha de clases), sino tomando posición desde un compromiso ético a favor de una concepción material de dignidad humana. Y nos planteaba a sus alumnos no quedarnos en la teorización, sino ser consecuentes con el fruto de ese análisis y tomar un compromiso militante a favor de la emancipación humana. Nos repetía insistentemente que si la teoría contradice a la práctica, peor para la teoría y no para la práctica (como defendería la visión tradicional).

Joaquín decía que recurrir única y exclusivamente a lo jurídico nos conlleva a caer en una «doble trampa» marcada por la falaz concepción de la naturaleza de lo jurídico y por la tautología lógica de graves consecuencias sociales, económicas, culturales y políticas.

No podemos limitarnos a la crítica simplista de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos es un producto de la burguesía. La idea de derechos humanos es fruto de la sociedad burguesa, pero a raíz de las luchas de las clases populares por la expectativa de conseguir una vida digna de ser vivida, y que encuentran su reconocimiento formal como consecuencia de la profunda crisis de legitimidad de la sociedad capitalista a mediados del pasado siglo.

Lógicamente, la burguesía deja su huella en el reconocimiento formal de estos derechos. Los presenta como naturales, como si todos los tuviéramos ya y no fuera necesario luchar por ellos, negando su carácter de productos históricos. Los jerarquiza, blindando aquellos derechos y libertades individuales que posibilitan la reproducción de las relaciones sociales de producción capitalistas, y dejando en meras declaraciones de intenciones aquellos derechos de contenido social que posibilitarían nuestras aspiraciones materiales e ideales de vida. Y les da nota de universalidad, aprovechando las expectativas particulares de los distintos pueblos, para su estrategia de colonización y de erradicación de la diversidad (como se empleó en otro tiempo la idea de civilización).

Herrera Flores insistía en que no debe mirarse sólo al Derecho, que no debemos confundir los bienes que se defienden con los mecanismos para garantizarlos. En definitiva, que no debíamos caer en la trampa del enfoque liberal. También decía que el hecho de que se intenten absolutizar las declaraciones formales de derechos, adorándolas y absolutizándolas, no implica que esos símbolos no sean útiles como formas de garantizar el resultado de las luchas populares.

Él proponía la metáfora del diamante ético para poder observar los derechos humanos. Es decir, la puesta en práctica de la aspiración universal por la dignidad humana (que se debe concretar en base a las particularidades de cada realidad social) pasa por una visión compleja que no atienda a su garantía desde un solo prisma -el jurídico- y no los reconozca a priori, sino que debemos atender a las condiciones históricas (las ideas, el modo de producción, el papel de los movimientos sociales, etc.) para ver cómo hacer efectivos esos derechos. Sólo esa visión dinámica, colectiva, contextualizada y compleja de los derechos humanos puede ayudarnos a superar un marco simbólico que ha sido empleado desde una racionalidad que ha implicado la desmovilización de los procesos de lucha de los pueblos.

Los derechos humanos exceden, por tanto, de meras declaraciones. Son el conjunto de procesos (normativos, institucionales y sociales) que abren y consolidan espacios de lucha por la dignidad humana.

La estrategia neoliberal nos ha demostrado cómo el primer paso para hacer posible lo que era impensable durante el llamado «Estado del bienestar» es redefinir las palabras y los símbolos existentes. Casi paralelamente, los pueblos originarios de América Latina supieron articular una estrategia que, en el ámbito jurídico, se sustentaba sobre una Declaración Universal de matriz eurocéntrica y neocolonialista, hasta llegar a arrancar hace dos años a los distintos Estados una Declaración que reconoce formalmente sus particularidades.

Muchas veces, las y los comunistas cometemos el error de auto-homenajearnos, cayendo en el vanguardismo y dificultando la integración de nuestro discurso y nuestra acción entre las capas trabajadoras. Empleamos una simbología comunista, pero nos cuesta construir un lenguaje revolucionario.

La Revolución cubana demostró cómo, en el contexto prerrevolucionario en que las masas populares tenían arraigado fuertemente un sentimiento anticomunista, era posible iniciar la construcción del socialismo desde la concreción material del derecho a la autodeterminación, al acceso a la tierra, la salud, la educación o la vivienda. Ideas todas razonables, posibles y por las que la gente estaba dispuesta a luchar.

Si Fidel Castro no hubiese renunciado en 1959 a la simbología comunista en favor de un patriotismo emancipador («I’m not comunist» decía en su visita a los EEUU), no hubiera sido posible que sólo tres años después, ante la inminente invasión de Girón, gritase aquello de «eso es los que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices, ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos!». Y lo hizo sin haber descubierto nada nuevo, sino siguiendo el principio leninista de que debemos ser firmes en los objetivos, pero flexibles en las formas para conseguirlos.

Joaquín Herrera, coherente a su pedagogía cálida y humana, nos expuso en una de sus últimas clases que tendría que afrontar de nuevo una delicada operación de corazón. Decía que su corazón se encontraba entre un caballo potente que se tensionaba por la desilusión y las ganas de descansar, y un burrito esperanzado que aspiraba a seguir luchando.

Siempre estuvo comprometido (hasta niveles insanos) con toda iniciativa que aspirase a la emancipación humana sin mirar a las siglas, apoyando a los más dispares sectores de una izquierda sevillana fragmentada hasta niveles absurdos, superando el sectarismo y la desconfianza a la que todas y todos tenemos tendencia, sin renunciar a la crítica continua de todo planteamiento (venga de donde venga). La última vez que pude hablar con él, al preguntarle sobre la crisis me dijo: «Me da pánico, Carlos. Nos están disciplinando. No contamos con armas suficientes para una ofensiva ideológica que es cada vez más urgente».

Haber conocido a Joaquín me ayudó personalmente a superar el dogmatismo que sobre la inoperatividad revolucionaria del Derecho consolidé en mi formación como jurista desde la lógica burguesa. Ahora pienso que si los derechos humanos son aceptados por todas y todos, y pueden emplearse para construir conciencia de clase sin que a la gente le suene a ruso, ese es uno de los mejores caminos posibles. Lo que plantea Anguita sigue una lógica que a las y los comunistas nos cuesta entender: que la revolución no la hacen los comunistas. Las revoluciones las hacen los pueblos. Los comunistas ayudan a hacerlas posibles, aprovechando los intereses inmediatos para mostrar las contradicciones de este sistema inhumano.

Joaquín se queda entre nosotros fortaleciendo el compromiso de quienes aprendimos de él, y que dedicaremos la vida a que, pacientemente, el burrito acabe ganando la partida.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.