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Los náufragos de Thoreau

Fuentes: Página 12

Los cuerpos yacen desparramados a lo largo de la playa. Darles entierro no es fácil ya que nadie conoce los nombres de los fallecidos, en su mayoría mujeres y niños que han huido de hambrunas y pobreza con la esperanza de llegar a una tierra de promisión. Algunos espectadores miran boquiabiertos los escombros de un […]

Los cuerpos yacen desparramados a lo largo de la playa. Darles entierro no es fácil ya que nadie conoce los nombres de los fallecidos, en su mayoría mujeres y niños que han huido de hambrunas y pobreza con la esperanza de llegar a una tierra de promisión. Algunos espectadores miran boquiabiertos los escombros de un barco que acaba de naufragar, «hecho trizas en las rocas como la cáscara de un huevo», mientras otros, sin inmutarse, siguen con sus tareas cotidianas.

«En medio de la muchedumbre que contempla estos destrozos,» escribe un testigo, «había hombres que laboriosamente recolectaban las algas marinas que la tormenta ha depositado en el litoral, amontonándolas más allá del alcance de la marea, si bien a menudo se veían obligados a descartar pedazos de vestuario de su cosecha.»

Esta escena de devastación e indiferencia parece arrancada de los últimos titulares y fotos que nos sacuden diariamente, otro grupo más de refugiados que fugazmente aparecen y en seguida desaparecen con igual fugacidad de nuestras pantallas y de nuestra consideración. Pero el naufragio de que hablamos ocurrió en octubre de 1849 y sus víctimas fueron ciento cuarenta inmigrantes irlandeses que perecieron cuando el St John, el barco en que habían partido «al Nuevo Mundo, como lo habían hecho Colón y los Peregrinos ingleses», zozobró durante una tormenta colosal en las orillas de Cape Cod. Y no recordaríamos siquiera su existencia ni menos su destino aciago si quien narró su muerte no hubiera sido el gran naturalista y escritor Henry David Thoreau.

Cuando pensamos en Thoreau hoy no es para rememorar ese tipo de historias de desconsuelo. Este año, que marca el bicentenario de su nacimiento, Estados Unidos ha celebrado una vida consagrada a la naturaleza en su luminosa multiplicidad, además de sus meditaciones notables acerca de la desobediencia civil. Vale la pena, empero, examinar esa experiencia casi desconocida suya en la costa de Cape Cod, aquella calamidad que sobrevino hace tantísimo tiempo y que, sin embargo, sentimos tan tristemente contemporánea, tan gráficamente relevante.Porque Thoreau nos está lanzando por encima del abismo del tiempo un desafío que haríamos bien en atender.

Lo que más me sacude en nuestro siglo despiadado es la manera en que Thoreau comprendió y demarcó el dilema moral al que se enfrentan quienes presencian en forma cotidiana catástrofes parecidas a las del hundimiento del St. John. Contempla el escritor a obreros que «carecen de todo interés humano en el asunto», siguiendo con sus tareas habituales: «Por mucho que tantos se habían ahogado, estos hombres no olvidaban que aquellas algas constituían una valiosa carga de fertilizante. El naufragio no había producido una vibración visible en el tejido de la sociedad.» Y nota que, para un viejo que, junto a su hijo, empujaban un carro de «algas despedazadas» a su rancho, «aquellos cuerpos… no eran sino otras algas que la marea había vomitado, sin valor para sus propósitos.»

Thoreau no se pone a emitir juicios respecto a esta actitud, tal vez porque ella refleja, extrañamente, su propia perspectiva, animada por un cierto desapego sin pasión. Explica -¡y vaya que era elocuente este autor para escudriñar sus vaivenes y contradicciones mentales!- los motivos detrás de esta distancia emocional: «Si hubiese hallado un cadáver tirado sobre la playa en algún sitio solitario, me hubiera afectado más», agregando que «más que todos los cementerios juntos, es lo individual y lo privado que reclama nuestra simpatía».

Es una observación que incomoda, tanto más por ser irrefutable. Únicamente en este año del bicentenario del nacimiento de Thoreau, descomunales contingentes de refugiados siguen agonizando sin que tengamos la menor idea de su vida, sueños, rostros. ¿Quién sabe algo tangible sobre los centenares de mexicanos y centroamericanos que, en forma anónima, fenecieron solo en el 2017 tratando de cruzar el desierto que, como un océano vasto y seco y pedregoso, separa a México de los Estados Unidos? ¿O acerca de los Rohingya que se han ahogado en estos días en la Bahía de Bengal cuando huían de las masacres en Myanmar? ¿Y acaso no ignoramos por completo la vida y la muerte de los casi tres mil emigrantes de África y del Medio Oriente que han perecido en el Mediterráneo en busca de santuario en Europa, cien de ellos en las últimas semanas, incluyendo a veintiséis mujeres de Nigeria, la mayoría menores de edad que pueden haber sido violadas antes de que se las tragaran las aguas?

¿No podríamos decir de estos refugiados, como escribió Thoreau al contemplar los cadáveres irlandeses, ‘¿Para qué hacerse cargo de estos cuerpos muertos?’ De hecho, no tienen otros amigos que los gusanos y los peces».

Si Thoreau estuviese vivo, podría sobradamente usar nuestra asombrosa falta de atención hacia la tragedia ajena como una prueba de qué poco ha cambiado desde que caminó las playas de Cape Cod en 1849. Todavía estamos confrontados hoy, como lo estaremos mañana, por la misma disyuntiva ética que Thoreau formuló con elegancia pero que no supo resolver: ¿cómo rejuvenecer las fuentes de la piedad cuando las imágenes de despojos humanos en las costas o los desiertos o bajo las ruinas de una ciudad son tan incesantes e inagotables que terminan convertidos en una nebulosa de cuerpos muertos que nadie puede discernir y procesar de una manera significativa?

Una manera de encarar este «colapso de la compasión», según algunos psicólogos lo han denominado, es seguir una ruta que Thoreau mismo no tomó. Los «trajines de la Naturaleza», decía él, eran responsables de aquellos decesos, sin mencionar ninguna «visible vibración del tejido social» que podría haber impulsado a esas familias a abandonar su patria natal. No identifica (ni en este escrito ni en otro alguno) la hambruna que empujó a tantos habitantes menesterosos de Irlanda a emigrar, una hambruna que fue creada por los seres humanos y no por alguna caprichosa «ley de la Naturaleza». La peste que afectó a las papas y llevó a tantas familias irlandesas a subirse a embarcaciones peligrosas fue exacerbada por aflicciones sociales y económicas: la explotación de los predios por terratenientes remotos, los procedimientos que favorecían la crianza de ovejas por sobre el cultivo de alimentos, a lo que habría que agregar la negligencia y crueldad del gobierno colonial británico que exportó al extranjero cantidades de comestibles en los mismos años en que su población se moría de hambre.

Hoy, si cada uno de nosotros no podemos albergar en nuestro corazón la plenitud inmensa de nuestras adversidades contemporáneas, es posible, por lo menos, admitir y comprender las causas profundas y prolongadas de tales cataclismos, un paso imprescindible si queremos impedir nuevas desgracias. Guerras civiles, miseria, represión política, sequías prolongadas y contaminaciones ambientales no han sido forjadas por la Naturaleza, sino por el Hombre. De hecho, es nuestra sumamente humana depredación del mundo natural -lo que más temía Thoreau cuando agradeció que «los hombres no pueden volar porque, además de la tierra, arruinarían el cielo y el aire»- lo que reiteradamente genera los conflictos y la escasez que han compelido a tantos a buscar amparo en países extraños. Una situación que va a empeorar: la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha calculado que, para el 2050, los cambios climáticos llevarán a doscientos millones de refugiados a huir de sus hogares.

Si Thoreau no analizó la tempestad de males sociales que condujeron a ese naufragio tan desafortunado de 1849 con la paciencia y perspicacia que dedicó a árboles y flores y arroyos, nos puede servir, sin embargo, como un modelo de lo que debemos hacer cuando nos sentimos indefensos y sobrepasados por la magnitud de los horrores que nos agreden en forma periódica. Nos urgiría, en estos tiempos en que la Tierra que él tanto veneró sufre un saqueo insensato, cuando las migraciones forzadas han llegado a definir nuestro siglo violento, que escuchemos su llamado a una resistencia pacífica a la opresión, su profecía de que «nunca es tarde para que los hombres honestos se rebelen».

No se trataba, para Thoreau, de meras palabras. Oponiéndose a las dos iniquidades de su tiempo, las infamias de la esclavitud y de la guerra de los Estados Unidos contra México (cuyo fin imperial era expandir los territorios donde podía prosperar la venta y explotación de esclavos), se negó a pagar sus impuestos, prefiriendo que lo encarcelaran. Fue esta postura la que condujo a Thoreau a escribir su ensayo sobre «La Desobediencia Civil», que iba a servir de inspiración a Tolstoi y Gandhi, a Martin Luther King y a Pérez Esquivel.

Por cierto, muchas veces tales actos de desafío a la autoridad y a la ley tienen consecuencias penosas y a veces letales. Y es igualmente cierto que muchos entre nosotros -y me incluyo a regañadientes en esa mayoría- no poseen ni la fuerza de voluntad ni el coraje para aguantar tales agravios. Eso no significa que estemos condenados a llevar «vidas de silenciosa desesperación que terminan en el cementerio sin haber cantado la canción que llevamos adentro». Thoreau comprende que el camino del martirio no es para todos. Por el contrario, doscientos años después de su nacimiento, sugiere que cada uno de nosotros puede participar a su manera en la transformación del mundo: «Puesto que no importa cuán pequeño parece algo en su comienzo: lo que se hace bien tiene efectos eternos.»

Thoreau cree que nosotros, como la Naturaleza misma, podemos renovarnos «completamente cada día que pasa». Su voz nos alienta para que descubramos aquel mínimo gesto con que contribuir a una sociedad diferente. Es una tarea urgente, ya que aquellos cadáveres que infectan las arenas y el mar que tuvo que contemplar Thoreau -y que se repiten obscenamente en nuestros días- vaticinan, en el lienzo profético de nuestra imaginación, el destino colectivo que espera al barco de la humanidad que se dirige inexorablemente a las rocas. Esos muertos abandonados nos están advirtiendo que es necesario actuar ahora mismo, que hay que cantar esa canción que todavía persiste adentro, antes de que sea demasiado tarde para prevenir el naufragio que amenaza a nuestro dañado planeta. Y sin un Thoreau en la playa para que relate cuál fue nuestro destino final.

Ariel Dorfman es  autor de La muerte y la doncella y, recientemente, de la novela Allegro. Vive en Chile y en los Estados Unidos, donde es profesor emérito de la Universidad de Duke.

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