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Mi última peseta es para la República

Fuentes: Juventud Rebelde

SANTA CLARA, Villa Clara.- «No saben ustedes, los villareños, los cubanos todos, cuál es el verdadero valor de esta señora. Si se sometiera a una deliberación en el Ejército Libertador el grado que a dama tan generosa habría de corresponder, yo me atrevo a afirmar que no hubiera sido difícil se le asignara el mismo […]

SANTA CLARA, Villa Clara.- «No saben ustedes, los villareños, los cubanos todos, cuál es el verdadero valor de esta señora. Si se sometiera a una deliberación en el Ejército Libertador el grado que a dama tan generosa habría de corresponder, yo me atrevo a afirmar que no hubiera sido difícil se le asignara el mismo grado que yo ostento».

Así expresó, refiriéndose a la patriota y benefactora santaclareña Marta Abreu de Estévez, el Generalísimo Máximo Gómez Báez en visita a esta ciudad el 13 de febrero de 1898.

Elogiosas fueron también las palabras de Fermín Valdés Domínguez, el gran amigo de Martí, cuando sobre tamaña mujer profirió: «Su patriotismo es la cifra y la clave de todas sus excelsas virtudes».

En busca de esos pormenores casi inéditos que siempre rondan la vida de las grandes figuras, resalta como dato curioso que esta ilustre cubana, estando en París a finales del siglo XIX, solía utilizar como seudónimo el nombre del Mayor, a la hora de firmar los documentos en los que notificaba al mando cubano el dinero que estaba dispuesta a entregar a la causa independentista de la Isla.

Muestra elocuente de ello tuvo lugar cuando, al enterarse de la inesperada caída de Maceo en Punta Brava, el 7 de diciembre de 1896, transmitió con urgencia un cable a Tomás Estrada Palma, por entonces al frente del Partido Revolucionario Cubano, en el que comunicaba: «Diga si es cierta la desoladora noticia. Cuente diez mil pesos, adelante. Ignacio Agramonte».

La acendrada pasión de esta mujer por su tierra natal se hizo mayor al verse obligada a abandonar el país tras el estallido de 1895, debido a que las ideas revolucionarias que compartía con su esposo, el abogado matancero Luis Estévez, ya eran conocidas por las autoridades coloniales.

Explica la historiadora local Marta Anido Gómez Lubián que desde París el matrimonio de cubanos realizó una valiosísima contribución monetaria a la nueva gesta que desde el exterior había organizado Martí.

Tanto era su delirio por ver conquistada la soberanía de su Isla querida que en una ocasión llegó a afirmar: «Mi última peseta es para la República. Y si hace falta más y se acaba el dinero, venderé mis propiedades, y si se acaban también, mis prendas irán a la casa de venta. Y si fuera poco, nos iríamos a pedir limosna por ella. Y viviríamos felices porque lo haríamos por la libertad de Cuba».

Carácter firme

Removiendo esas evocaciones e historias regionales que bordan las fibras de la identidad santaclareña, uno puede descubrir a esa otra Marta, sencilla pero soberbia, que descolló desde su infancia por un carácter firme, rasgo que devino empuje para el cultivo de su hondo patriotismo.

Cuentan que al hablar se pronunciaba con hidalguía de varón desde una atrayente feminidad, marcada por los modales y la instrucción propia de quien perteneció a una de las familias más opulentas de la región central, en la que llegó al mundo el 13 de noviembre de 1845.

Gómez Lubián relata que esta mujer, siendo todavía una niña, acostumbraba a despojarse de sus vestidos y juguetes para regalárselos a los hijos de los esclavos del otrora ingenio Dos Hermanas, próximo al pueblo de Calabazar de Sagua, adonde su padre solía ir con todos sus hijos durante varios meses del año.

Cuando Marta apenas había cumplido diez años, la villa de Santa Clara fue sacudida por un terrible brote de cólera. Ante tan desolador panorama aquella muchacha de rostro rozagante decidió voluntariamente entregarles a los enfermos muchas de las prendas que poseía para aliviarles de esa forma su pesar.

Con el inicio de la contienda libertaria de 1868, la joven, que desde bien temprano había tenido la posibilidad de viajar a Estados Unidos y varios países de Europa, lo que le permitió darse cuenta de la realidad y las contradicciones de la época, se siente estimulada y convencida de la causa por la que los cubanos iban a la manigua.

Precisa la historiadora que mucho antes del levantamiento armado en la antigua región de Las Villas, el 7 de febrero de 1869, ya Marta, junto a algunas de sus hermanas, cooperaba entregando provisiones a los que estaban o irían a la lucha.

Sus padres, al ver el entusiasmo de sus hijas, y bastante preocupados por el avance de la insurrección armada hacia el centro de la Isla, desde Oriente y el Camagüey, decidieron trasladarse a La Habana.

Allí sobrevinieron para ella momentos extremadamente difíciles, luego de que conociera al que tiempo después se convertiría en su cónyuge, a pesar de no pocos conflictos familiares.

Al considerar que el pretendiente, por ser cuatro años menor que su hija, solo buscaba heredar su fortuna, los padres de Marta se manifestaron desde el principio en contra de ese casamiento, al extremo de que decidieron enviarla a residir nuevamente en Santa Clara, en casa de un tío que finalmente la condujo hasta la Iglesia Mayor -entonces ubicada en lo que es hoy el Parque Vidal- para que la joven contrajera nupcias.

Dolorosa fue también para esta mujer la pérdida de su segunda hija a los pocos días de su nacimiento. En cambio, la fuerza y el vigoroso crecimiento de Pedro, el primogénito de aquella unión, dotó de cierta armonía a la familia.

La investigadora Gómez Lubián destaca el ímpetu y la pasión sin límites que siempre caracterizaron a este matrimonio. Tanto fue así que a los pocos días de morir Marta, el 2 de enero de 1909, víctima de una complicación postoperatoria en París, su esposo, de quien una vez llegaron a pensar que ambicionaba riquezas, se quitó la vida por no soportar la ausencia de la amada.

Entregada a una ciudad

Innumerables son los sitios de esta urbe en los que afloran todavía los vestigios de la obra humanística y filantrópica de esta admirable dama.

Muchos son los que al pensar en las contribuciones que Marta Abreu legó a la sociedad santaclareña del siglo XIX piensan en primer lugar en el céntrico teatro La Caridad, inaugurado el 8 de septiembre de 1885 con el propósito de que propiciara el florecimiento del arte de la región y de que sus recaudaciones ayudaran al mantenimiento y sustento de asilos y colegios de la villa.

Precisamente dos instituciones de este último tipo para niños pobres ya había fundado ella en 1882, a las que se sumó una tercera poco después.

Dicen que en una ocasión, al ver cómo pasaban trabajo las mujeres de la urbe en las márgenes del río Bélico, se pronunció a favor de crear con su dinero cuatro lavaderos para uso público.

Una de sus mayores bondades con esta comarca fue su aporte económico en 1895 para el establecimiento de una planta eléctrica. Asimismo, ayudó con sus recursos a la construcción de la vetusta estación de ferrocarriles de la urbe, cuyo modelo es uno de los más hermosos de Cuba.

La edificación de un centro meteorológico, dotado de moderna tecnología para aquella época, en el que trabajaría el sabio local Julio Jover y Anido, constituyó también, junto a la inauguración de un dispensario para niños desamparados, otra de sus grandes entregas a la tierra que la vio nacer, donde el recuerdo es recurrente hoy para quienes habitan la ciudad que ella tanto quiso.

Fuente: http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2010-11-23/mi-ultima-peseta-es-para-la-republica/