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No hace falta ser científico, ni ingeniero nuclear para participar en el debate nuclear

Fuentes: Rebelión

Nota final del ensayo de Eduard Rodríguez Farré y Salvador López Arnal, Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente. El Viejo Topo, Barcelona, 2008, que el próximo 6 de mayo de 2008, a las 19 horas, se presentará en los locales del CSIC de Barcelona (calle Hospital, 64).

A caballo entre las décadas de los setenta y los ochenta, coincidiendo con las únicas olas expansivas de la energía nuclear1, se produjo en paralelo la eclosión de un poderoso movimiento antinuclear que generó un alud de informes y documentos de excelente calidad, muchos de los cuales siguen constituyendo materiales básicos para el análisis del fenómeno nuclear.

En uno de los artículos del documentado libro Accidents Will Happen, editado en 1979 por Environmental Action Foundation muy acertadamente se nos indicaba que «no hace falta ser científico, ni ingeniero nuclear para participar en el debate nuclear». Casi treinta años después de aquella formulación, se nos antoja que la propuesta sigue siendo dramáticamente vigente, especialmente a medida que vislumbramos el peak oil anunciador del fin de la era del petróleo; si bien entendemos que actualmente deberíamos extender el debate desde ‘lo nuclear’ al conjunto de problemas relacionados con los suministros y consumos de energía (en plural), con independencia que la especificidad y problemática de ‘lo nuclear’ siempre requerirá una atención particular.

Ante la sospechosa pérdida de memoria que periódicamente afecta a una parte de nuestra sociedad, deberíamos recordar las falsas promesas de abundancia que proporcionaría el despliegue de la energía nuclear, o la tergiversada separación que se hacía entre el posible uso de la energía nuclear con finalidades de tipo militar y los objetivos de tipo pacífico2. Resulta conveniente recordar algunos de sus hitos principales, si bien es preciso señalar que en aquellos momentos era tal la aureola de prestigio de esta forma de energía, que tanto los países ligados a la órbita de los USA (Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Japón,…) como los del denominado bloque soviético, con la antigua URSS a la cabeza, quedaron impregnados del nuevo y maravilloso mundo feliz que surgiría a raíz de su desarrollo.

La reaparición del debate, no deberíamos atribuirla a ninguna especie de maldición mitológica, sino a uno de los aspectos cruciales en la era de la Sostenibilidad, por más que el debate aparezca camuflado bajo la apariencia de un mero debate técnico especializado (entre economistas, ingenieros y otros sectores de la sociedad, con múltiples representantes del tejido industrial y político a la cabeza, al que ocasionalmente se le suman dirigentes sindicales despistados, aparte de otros ciudadanos de pro), sobre cuales serían las opciones energéticas que preferiblemente deberíamos utilizar en los años venideros. Ahora bien, una vez analizados los argumentos y su solidez, vemos que una gran parte de los mismos se reducen a aquel mal hábito adquirido en una supuesta sociedad de la información, que consiste en someterse de forma dócil y perezosa al dictamen de determinados «expertos» y organizaciones internacionales de la energía que nunca se han caracterizado precisamente por su objetividad, ni por sus perspicaces dotes de prospectiva, entre las cuales destacaríamos la OIEA, la AIE, la OCDE y como no, las diversas organizaciones directamente ligadas a la industria nuclear, tipo forum atómico.

Desbrozando los argumentos solo muy tímidamente percibiremos la causa principal de este nuevo embiste: la imposibilidad de aceptar el fin de un modelo económico de crecimiento y las consecuencias que ello implica. Efectivamente, ante la remota posibilidad que alguien o algo pudiera plantear el hecho que en nuestras viviendas, vehículos y empresas, dejará de fluir una cantidad siempre creciente de energía como la que se nos tiene acostumbrados y que supuestamente es la que nos permitirá mantener y aumentar indefinidamente nuestro nivel de vida, se supone que cualquier organización o persona responsable debe estar dispuesto a aceptar ‘lo nuclear’, o lo que sea, con el fin de posibilitar la persistencia del modelo. Parece pues que nuestro sistema democrático permite aceptar cualquier debate, siempre adornado con adjetivos relativos a la sostenibilidad, excepto aquel que replanteé el fin de un modelo perpetuo de crecimiento.

Pasando de los objetivos genéricos a la forma más concreta de conseguirlos, es decir a los fines, cualquier observador atento, quedará sorprendido al comprobar el nivel tan elemental de información conseguido por algunos de los más conspicuos defensores de ‘lo nuclear’. Que una inmensa mayoría de los que exigen un renovado apoyo por parte de las administraciones del estado desconozcan las reservas realmente existentes de Uranio fisil (el único utilizable como «combustible» nuclear con la actual tecnología de reactores de agua ligera), que muchos de los nuevos promotores ignoren casi todo lo relativo a las complejas etapas de preparación de combustible, o de las tecnologías de reactores (de agua ligera LWR, de agua pesada CANDU,…), que se crean la existencia del mítico ciclo cerrado con reprocesamiento del combustible gastado, o que menosprecien los riesgos y probabilidades -teóricas o reales- de accidentes, o de los controvertido efectos de las radiaciones ionizantes sobre los seres vivos. En definitiva que consideren como un hecho probado y cierto lo que no son más que hipotéticas soluciones al problemático almacenamiento de residuos radiactivos, los cuales deberán estar bajo cuidadoso control y vigilancia administrativa durante algunas decenas de millares de años; tan solo puede entenderse por aquella imperiosa necesidad de aferrarse a un caducado modelo de crecimiento y, por ende de sociedad, que considera preferible seguir agotando el modelo hasta el final, antes que imaginar un posible modelo de civilización alternativo.

A diferencia de otros períodos en los que era muy difícil acceder a información restringida, actualmente tan sólo por lo que a accidentes de centrales nucleares se refiere, vía internet son accesibles una multitud de informes y documentos como el de Windscale (G.B. 1957), Chalk River NRU (Canadá 1958), Idaho Falls (USA-1961), Browns Ferry (USA-1975), Three Mile Island 2 (USA-1979), Txernobyl (URSS 1986), Vandellós 1 (España-1989), Tokai-mura (Japón-1999), etc. A modo de referencia y como simple recordatorio de unos datos básicos relativos a superficies y población, que permita comparar con los de Catalunya, es interesante recordar que a raíz del accidente de Txernobyl3 tuvieron que ser retiradas de servicio 784.320 Ha de terrenos agrícolas, 694.200 Ha de bosques, ello aparte de las 350.400 personas que tuvieron que ser desplazadas definitivamente de su lugar de residencia y que más de 4 millones y medio de personas siguen viviendo en zonas contaminadas. Simples datos estadísticos, que resumen algunos de los alcances de problemas casi desconocidos. Simples datos objetivos del accidente nuclear más grave en una central que era considerada modélica, datos para evitar entrar en las contradictorias cifras sobre millares de fallecidos, con enormes daños a la salud y grandes dosis de dolor humano provocado por los efectos inmediatos y/o diferidos de aquel siniestro accidente.

Debido al olvido de ciertos aspectos cruciales en el ciclo del uranio y de su tecnología, pero también a raíz de aquellos accidentes, o como reacción a los movimientos de oposición que su uso generaba, se fueron contemplando nuevas medidas de seguridad, que dilataban los períodos de construcción de las centrales, lo que repercutía en nuevas y mayores inversiones que representaban unos costes de generación del kWh superiores a otras formas de generación de electricidad, sin que en paralelo se produjeran nuevos avances tecnológicos ni nuevos resultados que optimizaran el conjunto del ciclo nuclear. Así, con los años, la realidad ha impuesto que bien con centrales y combustibles convencionales, bien con tecnologías de gas a ciclo combinado y hasta con nuevos recursos renovables como la eólica, se ha conseguido generar electricidad a unos costes inferiores a ‘lo nuclear’ con menores riesgos y sin los engorrosos residuos radiactivos, a pesar de los enormes soportes directos e indirectos ofrecidos por los gobiernos y administraciones a la energía nuclear (ingentes recursos a I+D, empresas nacionalizadas para la fabricación de combustible como ENUSA, instalaciones y empresas para la gestión de residuos como ENRESA, o instituciones especializadas de reglamentación y vigilancia como el CSN). Así pues, dejando de lado ciertas apariencias y deseos más o menos ocultos, cualquier análisis con un mínimo de profundidad podrá mostrar como desde aquellos lejanos años, apenas se han producido avances en el campo de la tecnología nuclear.

A nuestro entender, mejor que discutir sobre riesgos y «accidentes que sucederán», puede resultar más interesante abordar la cuestión de la ineficiencia de las tecnologías nucleares realmente existentes. Para efectuar un debate razonable, cabría preguntar a los nuevos apologetas de ‘lo nuclear’ si conocen el hecho que los reactores que conforman la totalidad del parque nuclear actual4 desde siempre habían sido considerados por los expertos como una solución transitoria, hasta la implantación de los reactores reproductores rápidos y más allá, siempre esperando el final de la penuria energética y sus problemas, con la inefable tecnología de reactores de Fusión5.

Lisa y llanamente, fueron las consideraciones de tipo económico, por más que ayudaran otros muchos factores (seguridad, residuos radiactivos, proliferación militar,…) que la mayoría de países, con los USA a la cabeza, fueran cancelando sus proyectos y ambiciosos programas de nuevas plantas nucleares, con la notable excepción de nuestro vecino francés, seguramente traicionado por sus delirios de «grandeur». Así y tal vez por lo que el futuro pudiera depararnos, merece la pena dedicar unos comentarios a la que desde sus inicios fue considerada la línea más prometedora de la energía nuclear, nos referimos a los supergeneradores, o reactores de neutrones rápidos, que en su época tuvieron una enorme difusión -literaria- pues según nos explicaban multiplicaba las reservas del material fisil por ¡un factor de 100! Tan grande fue su despegue, como simulado y vergonzoso fue su final. Repasemos brevemente su historia.

Es de recibo reconocer que dentro de la mejor tradición científico-tecnológica francesa, éste país contaba con un envidiable bagaje investigador del mundo de los materiales radiactivos y de la radiactividad, si bien durante el período de la guerra fría, con el refuerzo de la rancia tradición centralista francesa se provocó una concentración y un monopolio estatal exclusivo de la energía nuclear que culminó con la creación de la CEA, en un proceso que contó con la complicidad de una imbricada trama de gobiernos, instituciones, sectores industriales, científicos y tecnólogos (como la prestigiosa Escuela Politécnica, fundada por Napoleón, la cual como institución nunca se desvió de una orientación paramilitar). Después de apartar a buena parte de un grupo de científicos de primera línea, dirigidos por el prestigiosos F. Joliot-Curie por sus veleidades filocomunistas, se lanzaron de lleno por la vía nuclear hasta erigirse en una primera potencia mundial, con un ambicioso programa pacífico-militar mixto que implicó la construcción de múltiples centrales, minería, plantes de enriquecimiento, plantas de reprocesamiento y programas para la fabricación de electricidad y bombas que prodigaron numerosas explosiones nucleares (p.e. en el atolón de Muroroa) que consiguieron irritar a gran parte de la comunidad internacional6.

Del ambicioso programa nuclear francés, solo cabe comentar el estéril esfuerzo dedicado a los reactores reproductores o de neutrones rápidos, tanto por el hecho de haber sido el país que condujo el programa hasta sus límites, cómo por el renovado interés de considerarlo una alternativa energética de futuro, mientras seguimos esperando el Godot de la fusión, con millonarios proyectos al estilo del ITER de Cadarache. El programa fue concebido a la par de la primera crisis del petróleo a inicios de los años setenta, en un momento en que ya se preveía un rápido agotamiento del uranio fisil barato, debido a la baja eficiencia energética y la pobre utilización del U-235 en los reactores existentes. Después de una primera aventura con un par de reactores experimentales de neutrones rápidos, se decidió emprender la gran aventura con la megamáquina del «Super-Phenix» construido en Creys-Malville, el cual con sus 1.200 MWe tenía que hacer palidecer a aquella ave mitológica que resucitando de sus propias cenizas, emprendería un mitológico vuelo que multiplicaría por un factor de 100 las migradas reservas de combustible nuclear existente. La triste y desconocida realidad fue de una fugaz existencia con menos de doce años de vida total (1985-1997) y un período más exiguo de funcionamiento debido a los continuas averías, problemas y accidentes que condujo a una exigua producción de energía hasta conseguir un miserable factor de carga del 8% ¡todo un record mundial¡ Ello acabó con una de las aventuras tecnológicas y económicas más disparatadas de nuestro vecino país, por más que intentaron camuflar la situación real, hasta que el nuevo gobierno de Lionel Jospin anunció su parón definitivo, finalizando abruptamente el cierre de tan magna instalación, después de que tan falible aventura costará al estado francés la friolera cifra de ocho mil millones de euros (8.000 M€), aparte de otros cien millones de euros anuales que sigue costando su mantenimiento7. El orgullo nuclear francés nunca ha aceptado la posibilidad de abandono del programa de reactores rápidos, por más que sus homólogos americanos ya lo abandonaran en la temprana década de los setenta8, sin que el amigo francés se parase a considerar la advertencia que hizo un operador del reactor Fermi I en el año 1966. John G. Fuller dedicó un libro a la proeza, comentando que después de malgastar 100 millones de dólares y millones de horas de trabajo con aquel prototipo de reactor rápido afirmando: casi destruimos Detroit (We almost lost Detroit).

Insistamos una vez más. La realidad de la evolución tecnológica de la industria nuclear en el transcurso de varias décadas, apenas ha producido avances significativos en lo que a recursos y tecnología de fisión se refiere; así una fugaz comparación entre la evolución de la microinformática, o el mundo de los ordenadores, con la de los avances de la energía nuclear, nos mostraría un estancamiento tecnológico sin apenas avances propios (los avances en ingeniería de control, sensores y transductores, o en TIC,… se han producido al margen de la E.N.). Poco hay de nuevo en el mundo perdido de ‘lo nuclear’, mientras el nuevo debate paradójicamente se reproduce con la misma tecnología, los mismos tópicos y problemas pendientes de solución y, hasta idénticos disparates de anteriores décadas; excepto un abusivo uso meramente nominalista (reactores modulares a alta temperatura refrigerados con gas, reactores de cuarta generación, reactores intrínsecamente seguros,…); resultando similar o peor si cabe el balance en los reactores rápidos (reactor de neutrones rápidos refrigerado por plomo en vez de sodio, variantes del amplificador de energía9,…), por no referirnos a las fútiles esperanzas depositadas en la fusión.

La energía nuclear ha sido derrotada en casi todos los frentes y por ello nos tememos que tan forzada reconversión hacia lo nuclear, quizá debamos reducirla a una especie de «consequentia mirabilis» al estilo de la cínica paradoja que provocó la conversión del agnóstico escritor G. K. Chesterton10.

Desgraciadamente son muchos los que se obstinan en depositar una fe ciega en la ciencia y la tecnología, suponiendo que siempre encontraremos soluciones a los problemas pendientes. Sin lugar a dudas esto constituye una creencia más cómoda, que reconocer los límites y agotamiento de un modelo insostenible. Podemos replicar aquellas vanas y mal fundamentadas esperanzas con una vieja frase que procede de la primera época de la crítica nuclear: seria demasiado bueno para ser verdad (it was too good to be true). La forzada utilización del argumento del cambio climático para asirse al clavo ardiente de lo nuclear, ignorando los múltiples problemas existentes, nos indica que por más le añadan el adjetivo de «no contaminante», resulta una vulgar excusa que pretende ignorar que tanto el ciclo del uranio, como los problemas del cambio climático, tienen un alcance mundial y por ello, resulta inadecuado un enfoque ceñido exclusivamente a la única etapa del reactor nuclear y, dicho sea de paso, ya se está contribuyendo, ahora y aquí, al incremento de temperatura del entorno al disipar enormes cantidades de calor residual al medio circundante, dado que al situarse su eficiencia alrededor de un 33 %, provocamos que de cada tres unidades de energía generadas dentro del reactor, sean disipadas dos unidades en forma de calor al medio circundante y tan solo una unidad resulta útil a la sociedad.

Los avances en energía eólica, biomasa, fotovoltaica y hasta en solar térmica, conjuntamente con el incremento en la eficiencia de no pocos equipos de consumo, no deben hacernos ignorar que estamos asistiendo a un incremento absoluto tanto a nivel mundial como nacional, en la producción/consumo de energía. Posiblemente no sea este el lugar adecuado para desarrollar con mayor profundidad la estructura de los modelos energéticos de transición hacia una nueva cultura de la energía, pero a mi entender es conveniente afirmar que seguimos formulando respuestas inadecuadas al problema. Es hora de proclamar, sin ignorar las enormes dificultades que entraña el reto, que en nuestro mundo desarrollado ya se consume demasiada energía y que los objetivos de futuros escenarios energéticos deben focalizarse en objetivos de como detener la espiral de crecimiento/consumo, para iniciar una etapa de estabilización que permita afrontar un decrecimiento futuro. La nueva generación de electricidad debe centrarse en generación distribuida y en una mera reposición de las de las centrales obsoletas con reconversión ecológica incluida, no en la construcción sostenida, que no sostenible, de nuevas centrales y, solo podríamos considerar en último lugar la opción nuclear, más como problema que como parte de solución.

Ante esta nueva ofensiva mediática tan interesadamente desinformada, bienvenidos sean los libros como el presente que sin duda ayudaran a viejos y nuevos lectores interesados en la polémica nuclear a tomar posición. Depositamos una enorme esperanza en textos como el que presentamos, dado que su reflexión invitará a retomar un compromiso que tal vez con los años, podría haberse relajado.

Mi preocupación por los efectos y consecuencias de la energía nuclear empezó de manera un tanto ingenua durante una visita de estudiantes de ingeniería eléctrica a la central nuclear de Vandellòs I, justo en los inicios del programa nuclear español, a principios de los años setenta. Más de treinta años después todavía me resultan provocativas las insatisfactorias respuestas que a nuestras ingenuas preguntas nos respondió el desinformado guía que la dirección de la primera central nuclear del país había seleccionado para adoctrinarnos en nuestra primera visita. Posiblemente aquello fue uno de los detonantes que propiciaron un giro respecto las especializadas preocupaciones sobre devanados eléctricos, cálculos electromagnéticos, o dimensionado de líneas,… para reorientarme en la búsqueda de información sobre lo que parecía la más prometedora fuente de energía. La proeza científica e intelectual que representó la fisión del átomo, surgida de una temible generación de científicos y tecnólogos, siempre nos provocó y nos sigue provocando una feroz ambivalencia de sentimientos que no se han disipado en el tiempo; así, cuantos más artículos, informes y libros hemos ido leyendo sobre energía nuclear, más se ha consolidado, junto al interés por su lectura, la idea de rechazo hacia esta forma de energía, que en sus usos civiles prácticos «tan solo» sirve para generar electricidad.

Fruto de aquel rechazo inicial y preocupado por la búsqueda de información y alternativas, fuimos muchos los que confluimos en el Comité Antinuclear de Cataluña, organización que representó un centro neurálgico decisivo para informar y luchar contra los disparatados proyectos que perseguían la megalomanía nuclear queriendo desplegar en muchos países «el todo eléctrico, todo nuclear»11. Allí entre otras muchísimas personas y amigos interesantes coincidimos con el Dr. Eduard Rodríguez Farré, el cual nos clarificó y ayudó a disipar múltiples dudas en el campo de las radiaciones ionizantes y sus efectos sobre las personas, seres vivos y ecosistemas. A diferencia de otros, nuestras fuentes de información para desarrollar la crítica al modelo energético nuclearista, procedían tanto del universo más decididamente pronuclear (Agencia Internacional de la Energía, Organización Internacional de la Energía Atómica, Forum Atómico, Junta de Energía Nuclear,…), como de los grupos y movimientos de ciencia crítica que se oponían al desarrollo de esta forma de energía, y si bien es posible aceptar que ocasionalmente desde nuestro movimiento podían aparecer algunas confusiones, errores y hasta exageraciones; estas no pueden equipararse al desconocimiento, disparates y tergiversaciones que procedían desde el frente pronuclear, que desde las múltiples plataformas y cajas de resonancia del establishment defendían dicha opción. En ayuda del movimiento se incorporó la imponente figura de Manuel Sacristán, quien en un parágrafo de un famoso artículo de 1979 se refirió a la ardua tarea que nos esperaba: «a los publicistas que rechazan en sus artículos editoriales la «pasión» y la «emoción» de los grupos ecologistas y antinucleares hay que hacerles ver que la emoción con que se defiende la verdad es más racional que la tibieza con que se propugna lo falso en sus periódicos».

Como mínimo, antes de pronunciarnos en pro de una nueva aventura nuclearista, deberíamos evitar aquella pereza mental que podría caracterizar a una parte de nuestra sociedad y por lo tanto, consideraría altamente recomendable la lectura del libro en forma de conversación entre S. López Arnal y E. Rodríguez Farré, con la seguridad que después de su lectura, nos habremos convencido que las consecuencias de la energía nuclear son demasiado importantes para dejarlas exclusivamente en manos de los expertos. Como bien nos sugería el economista, prolífico escritor y crítico nuclear J. L. Sampedro no deberíamos confundir los fines (medios para conseguir unos determinados resultados, en el que los expertos deben jugar un papel importante), con la formulación primaria de objetivos, es decir la meta hacia la que como sociedad queremos dirigirnos y, en este cometido, estaríamos plenamente implicados todos los ciudadanos, considerando pues: que no hace falta ser científico ni ingeniero nuclear para participar creativamente en el debate nuclear.

1 Las demandas de reactores en la década de los setenta fue del 34 % y en la de los ochenta del 44 %, constituyendo el grueso del parque de reactores nucleares que operan en la actualidad. En la década siguiente, durante los años 90, la demanda de reactores cayó a niveles del 4 % y fue reduciéndose hasta niveles testimoniales, con los únicos pedidos de países poco desarrollados como India, Irak,…o del antiguo bloque del Este.

2 Los orígenes de la energía nuclear militar y pacífica, residen en el proyecto Manhattan que culminó con la fabricación de la bomba atómica, la cual después de una única prueba en el desierto de Nuevo Méjico, se experimentó directamente sobre el Japón. Tras un primer intento de mantenerla en secreto y ante la evidencia de su posesión por la URSS, el complejo militar-industrial estadounidense decidió lanzar al mundo sus posibles aplicaciones prácticas dentro del propagandístico proyecto conocido como «Átomos para la Paz» en el año 1953, actuando como promotor el propio presidente Eisenhower, él cual llegó a afirmar qué, a partir de este momento, la generación de energía sería tan económica qué prácticamente seria innecesaria su facturación.

3 The Human Consequences of the Chernobyl Nuclear Accident, a Strategy for Recovery, hhttp://www.reliefweb.int/library/documents/2002/undp_rus25jan.pdf

4 Los reactores de agua ligera LWR y sus variantes, aprovechan menos del 1% del combustible nuclear.

5 Quien este interesado en la historia de tan esperada fuente de energía que desde la década de los años cincuenta, se no indica que está al alcance de la mano, en los próximos treinta o cuarenta años; puede consultar: R. Herman, Fusión. La búsqueda de la energía eterna, Mc Graw Hill 1993.

6 Un interesante repaso del desarrollo atómico francés puede obtenerse del libro Los barones nucleares de P.Pringle y J. Spigelman.. ed. Planeta Barcelona 1981.

7 G.Charpak, et. alt. De Tchernobyl en Tchernobyls. Odile Jacob. Paris 2005.

8 En 1977 la administración Carter aplazó definitivamente las inversiones y proyectos de esta «prometedora» línea de reactores que debían proporcionar tanta y tan segura energía.

9 El premio Nóbel de física y investigador nuclear Carlo Rubbia, descubridor del amplificador de energía ha criticado recientemente la posición equivocada de J. Lovelock al confiar en la energía nuclear: «Para mi esta claro que las centrales nucleares, al menos tal y como las conocemos en la actualidad, no pueden solucionar el problema….la fusión tardará muchas décadas en desarrollarse, no creo que tengamos tanto tiempo para encontrar la solución». El Mundo, 24 de marzo de 2007.

10 Una tormenta imprevista hizo refugiar al escritor en una iglesia en el momento que el párroco estaba pronunciaba un enaltecido sermón. El autor intentó analizar su contenido desde un punto de vista racional, si bien a medida que comprobaba el número de disparates que el discípulo del señor pronunciaba, sin que el abnegado auditorio pareciese incomodarse lo más mínimo. Ello condujo a nuestro escritor a la evidente conclusión que tan sorprendente fenómeno sólo podía obedecer al hecho que aquella religión era la única verdadera. La fábula cuenta que a partir de dicho momento se convirtió al catolicismo.

Posiblemente muchos de los nuevos conversos a la energía nuclear, poco dados a informarse sobre el estado y «avances» de la energía nuclear en los últimos treinta años, deben pensar que si son tantos los que la defienden, a pesar de los disparates evidentes, debe obedecer a que esta es la energía verdadera.

11 Según las exageradas previsiones de los años setenta surgidas de un organismo tan supuestamente informado e imparcial como la OIEA el mundo en el año 2000 contaría con 4.500 centrales nucleares; si bien en el 2005 había tan solo 438 unidades que generaron 2.236 TWh, lo que representa aproximadamente un 8% de la energía primaria, y tan solo un 2,5% de la energía final. Actualmente existen únicamente 10 nuevas centrales en construcción. Paralelamente en nuestro país, las optimistas previsiones del PEN-75 preveía que en el plazo de diez años, es decir, en 1985, España tendría 25 centrales nucleares en funcionamiento. Más de treinta años después realmente contamos con 8 reactores operativos.