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Notas (pendientes) de verano

Fuentes: Rebelión

Hay un gran vacío entre los restos de la línea étnica y la alta joyería Felipe González (El País, 8/8/04) En algún momento se dijo que España era un país imposible. Una geografía diferente nacida para el lamento de las tierras secas y la reconversión industrial de las húmedas. El espacio se llena en agosto […]


Hay un gran vacío entre los restos de la línea étnica y la alta joyería

Felipe González (El País, 8/8/04)

En algún momento se dijo que España era un país imposible. Una geografía diferente nacida para el lamento de las tierras secas y la reconversión industrial de las húmedas. El espacio se llena en agosto de ocasionales comedores de paella, muertos en las carreteras de la muerte -es suficiente ver el asfaltado de las calzadas- y ministras de Rodríguez Z. haciendo de ministras paritarias, es decir, rellenando un escogido decorado. González, aquel chico listo de Suresnnes, el hombre escoltado por la CIA y el SPD, el discípulo de la más perversa socialdemocracia europea se descuelga en El País -declaraciones propias de La Codorniz– con su pasión de artesano, de orfebre. España es un país imposible. Un erial. No future.

En agosto -aquí no para nadie- Izquierda Unida opina con solvencia y cierta arrogancia intelectual sobre la comisión de investigación del atentado de Atocha y los agitados días posteriores como si a alguien le importara su presencia en dicha mesa y menos aún sus comentarios. Algunos, en realidad, no se enteran de nada. O quizá sí. Fraga presenta de nuevo a la Xunta de Galicia (el franquismo en su dimensión histórica) y Rajoy, teñido con las (chatas y pesadas) sombras de Aznar, se lanza al ruedo desde una camisa azul y blanca de cuadros pequeños (poco importa el atrezzo: la moda es la moderna tiranía de las multinacionales) surgida de las catacumbas del estilo patriótico conservador para decir que las ministras hicieron el ridículo. Repite la misma palabra tres veces. Anda fuera de juego -plantado cual eucalipto gallego de reforestación: cintura de madera- sintiendo en el cogote la afilada guadaña de Ruiz Gallardón, el doncel de la tecnocracia, el eterno aspirante. El verano, si se observa con atención a los responsables de los partidos políticos, es un impresionante laboratorio de imbecilidades. En las otras estaciones también practican con los tubos de ensayo, pero digamos que entre el griterío habitual, se nota menos.

Mueren soldados del imperio yanki y muchos más iraquíes (de variada adscripción ideológica) a los que llaman terroristas. Es un nombre genérico, como los medicamentos. Visto como transcurre la guerra (ellos dicen posguerra) cada mes se inventan un nuevo dirigente religioso, con más cara de malo si cabe, para entretener a los espectadores y justificar su inconcebible presencia como fuerza ocupante. En Palestina, el ejército israelí encierra a cientos de palestinos (hombres jóvenes) en cárceles y demás recintos con peligrosas intenciones. Sufrieron la técnica y la aplican con rigor. El capitalismo necesita la guerra para proseguir su cruzada contra la humanidad como el intrépido periodista Ramírez se regodea en la fama y las relaciones (se recomienda su último libro El desquite: su desfachatez no tiene desperdicio). Michael Moore describe las familias del poder económico y sus intereses comerciales en la película Farenheit 11/9. Es posible que en noviembre gane las elecciones un tal Kerry (en EE.UU. no vota ni el dios que aparece en los sacrosantos dólares) y Bush, quizá derrotado, tendrá más dificultades para los tratos con sus amigos la monarquía saudí. Aquí también tenemos una monarquía hereditaria, olímpica y náutica.

Algunos todavía creen (y teorizan con suficiencia) que la democracia consiste en poder elegir, en esencia, entre diferentes opciones que aportan distintas formas de organizar el mundo del trabajo y la vida. Si alguien dijera -un osado- que la inmensa mayoría de los partidos representan los mismos segmentos del capital y que podrían fundirse en un amplio movimiento nacional de tan rica tradición, le mirarían raro. Aunque fuera explicado con sólidos argumentos macroeconómicos, analizando los fines que persiguen los grupos de interés que velan por nuestras vidas, siempre sonaría a relajada intervención (pagada) en un curso de verano financiado por algún banco o a viejo remedo totalitario antiliberal modelo Carl Schmitt. En realidad tampoco le importaría a nadie. Es la ventaja del calor y su efecto sedante. El verano, visto con atención, es un laboratorio de imbecilidades.