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Sobre el 15M, las movilizaciones contra los recortes y la izquierda

Ocupemos la izquierda parlamentaria: Occupy IU

Fuentes: Rebelión

«Vamos despacio porque vamos lejos» fue una consigna importante en la primera gran toma de la Puerta del Sol de Madrid. Prometía una articulación paciente, persistente en el tiempo, de un movimiento con ganas de llegar a cambiar las cosas de raíz. La ciudadanía activamente ciudadana, que se empeña en ejercer la soberanía por encima […]

«Vamos despacio porque vamos lejos» fue una consigna importante en la primera gran toma de la Puerta del Sol de Madrid. Prometía una articulación paciente, persistente en el tiempo, de un movimiento con ganas de llegar a cambiar las cosas de raíz. La ciudadanía activamente ciudadana, que se empeña en ejercer la soberanía por encima del espeso entramado de servidumbres y poderes que caracteriza al actual sistema político y social, es la que forma el 15M y busca modos de intervenir en la realidad con un programa que quizás pudiera resumirse en el sentido etimológico de la palabra democracia . El 15M tiene mucho de toma de conciencia, de iluminación que permite pensar y posicionarse políticamente; y no se ha quedado corto en este aspecto. La gente ha construido un discurso hecho de epigramas que han impugnado con eficacia el discurso mediático dominante y que nos han acercado a todos a uno de los meollos fundamentales que ha de tener en cuenta cualquier planteamiento que pretenda ser al tiempo crítico con el sistema y capaz de proponer alternativas: la profunda incompatibilidad entre capitalismo y democracia real.

De ahí que no sea de extrañar que el movimiento se haya nutrido, en parte, de activistas de la izquierda que se abofeteaban la cara como para despertar: ¡por fin parece que salimos del gueto, por fin acciones que aglutinan a mucha gente nueva ! La agitación social inició un prometedor ciclo de expansión que quizás podía recordar otros tiempos más politizados , tiempos de transición, de lucha en la calle. Y no es para menos, porque la tormenta que han montado las elites para despojarnos de nuestras más importantes riquezas (que son, por cierto, públicas ) viene huracanada.

Pero no hay que tomarse a broma la respuesta de una individua como Esperanza Aguirre ante las muestras de fortaleza ciudadana del 15M: invoca constantemente el resultado de las elecciones generales españolas. La votación del pasado 20 de noviembre, efeméride fascista por excelencia en la piel de toro de la que hablaba Espriu, inyectó liquidez política a los gestores de la que ya se adivinaba como segunda tanda de ajustes. Por muy amañado que esté, que lo está, el sistema electoral, político y mediático (atado y bien atado, que diría Franco), la mayoría absoluta del PP fue un bálsamo de legitimidad para los ajustadores. El poder no se ha inquietado demasiado con las manifestaciones masivas y las asambleas en las plazas, nuestra democracia constitucional tiene cintura de sobra y tanto movimiento no ha trastocado las previsiones electorales.

Podemos ocupar las plazas y el calendario, pero estamos muy lejos de conseguir una victoria política. Casi no somos capaces ni tan siquiera de atenuar el desastre, no digamos de detenerlo. La agenda de la revolución capitalista sigue adelante inexorablemente y nuestros rituales no le hacen mucha mella, la verdad. Esto no es un fracaso del 15M. Lo es de toda la sociedad, de los sindicatos, de la izquierda social, de los trabajadores del sector público organizados, de los movimientos en defensa de la sanidad y la escuela públicas. Es una derrota de todos. Y el resultado es aterrador: el empobrecimiento generalizado del pueblo, la destrucción de los cimientos que pudieran quedar de la mínima decencia social, la desesperanza de una generación entera.

¿Cuál es el camino para quebrar este statu quo que nos empuja hacia el abismo? En el primer aniversario de la sorprendente S panish revolution , esta necesidad es perentoria, y el momento puntual de reocupación de las plazas, los días del calendario y hasta de una parte considerable del tiempo de los medios informativos, no parece que haya logrado inducir algún efecto visible en el desarrollo de la agenda de destrucción de los gobernantes. No estamos ante una revolución social desencadenada por la revuelta pacífica de las plazas, por mucho que sí se han revolucionado las vidas de muchas personas, que han encontrado un camino existencial en el que la lucha social cobra un nuevo sentido. La verdadera revolución social en marcha, para nuestra desgracia, es la que están poniendo en marcha los ultras del capitalismo matón y financiero.

La batalla del poder político

Uno de los factores a tener en cuenta para calcular qué puede pasar a partir de la movilización social impulsada por el 15M y por la reacción ante los recortes es el extremo pragmatismo con que actúan los poderes establecidos para defender sus programas con la intransigencia de los peores dogmáticos. ¿Se les puede parar los pies desde las calles? ¿Cuál es el nivel de fuerza que son capaces y están dispuestos a desplegar? ¿Hasta qué punto deberían llegar las movilizaciones para ser eficaces y derrotar a quienes nos hunden? El despliegue político y mediático de los gobernantes es impresionante, abrumador; llevan la iniciativa y nos sacuden como si fuéramos un púgil en estado de shock, al borde del KO. En este contexto, las movilizaciones ciudadanas apenas han supuesto un poco de aire. Nos ponemos en pie tozudamente para recibir los golpes con la dignidad del que se niega a besar la lona, pero por ahora somos un peso pluma en un ring de pesos pesados.

Juan Andrade, brillante historiador contemporáneo, en su reciente libro El PCE y el PSOE en (la) transición (Siglo XXI), cuenta el proceso por medio del cual el PCE, que fue un importante instrumento de lucha popular contra el franquismo, perdió la capacidad que tenía de interlocución con la sociedad a través de la movilización y las organizaciones ciudadanas y se entregó por completo a la mediación de los medios de comunicación. Esto tuvo gravísimas consecuencias para el partido. Por un lado, dejó de ser una organización de lucha social; se convirtió en una camarilla de cuadros de cara visible con unas bases mayormente instrumentalizadas y en permanente conflicto interno. Por otro, los poderes oligárquicos, dominadores absolutos del espacio mediático, condicionaron mediante un juego atroz de premios y castigos sus planteamientos ideológicos y su discurso público, que dio un giro tremendo, a través del que se llamó eurocomunismo , hacia el pragmatismo más pedestre y la renuncia a los postulados clásicos comunistas de revolución social. El PCE, en pocos años, se vio a las puertas de la desaparición política y desde el posfranquismo hasta hoy, a través de Izquierda Unida, vive una guerra interminable en su interior entre los auténticos herederos del espíritu pragmático y pactista del eurocomunismo, la facción que manda, y quienes pretenden que vuelva a ser una organización verdaderamente combativa. Paradójicamente, el PCE recuperó algo de fuerza precisamente a través de la movilización social contra el ingreso en la OTAN, que hizo posible la creación de Izquierda Unida como movimiento político y social , que se decía entonces, no como mero partido político. Pero cualquiera que haya conocido de cerca la batalla interna de esa organización, sabe que enseguida comenzaron las presiones del aparato , acomodado en las prebendas del magro espacio político-electoral de la izquierda institucional, y de los medios a los que durante la transición se había entregado la interlocución del PCE con la sociedad. El paroxismo se alcanzó con la atroz campaña encabezada por el grupo PRISA contra Julio Anguita, que desembocó en su neutralización cardiaca en favor del ala derecha del exmovimiento político y social, ya convertido por completo en otro partido al uso.

La fragilidad de la izquierda política parlamentaria española es enorme porque tiene sus partes cociendo en el caldo mediático, siempre cocinado por el enemigo. Hace tiempo que perdió sus propios canales de incidencia directa en la sociedad. Al abandono de la lucha, que queda aparcada en un plano muy secundario de la actividad política, le corresponde la consagración de una especie de casta profesionalizada siempre dispuesta al pragmatismo, al apaño en nombre del «sería mucho peor si gobernara la derecha»… como si el PSOE destacara por sus planteamientos izquierdistas. El estado de derribo interno de las organizaciones de base de IU se ha constatado con el vergonzoso pacto de la organización con el PSOE en Andalucía, que se preparó arteramente en las alturas de ambos partidos y se intentó legitimar a través de un referéndum sesgado, celebrado después de cerrar y poner en marcha el pacto y que se basó en un censo de militantes de IU que dejaba de lado a una parte muy importante de la organización, posiblemente la más combativa, que se articula en torno a CUT-BAI y la figura política de Sánchez Gordillo. No se ha de olvidar, por cierto, que este último había derrotado contundentemente al aparato de IU en la elección de candidatos en Sevilla y fue como número uno de la lista electoral de la esa provincia andaluza. Ahora, el apoyo incondicional de la cúpula de Izquierda Unida a los recortes propuestos por la Junta de Andalucía, que han conseguido sin problemas el visto bueno de los tijeretistas de Madrid, ha sacado los colores a muchos militantes de la organización, que están pasando mucha vergüenza, cuando no rabia, en las movilizaciones sociales contra la destrucción neoliberal.

Así, el presidente de la Junta de Extremadura, José Antonio Monago (PP), respondió con inquina a la oposición de IU-Extremadura a sus recortes invocando los de la Junta de Andalucía, avalados por el aparato de la organización de izquierda en esa región y por la cúpula federal de IU, siempre tan empeñada en propiciar los acuerdos con el PSOE. IU Extremadura había consultado de verdad a sus bases tras las últimas elecciones autonómicas. Los militantes, sin trampa ni cartón, sin apaños cupulares, tras un debate amplio y abierto, decidieron que no apoyarían ni al PSOE ni al PP (que no había conseguido la mayoría absoluta por no mucho) en la investidura del gobierno regional, de modo que gobernó el PP, el más votado. Y es cierto que probablemente estemos ante un PP debilitado, menos radical que en otras regiones, cuya propuesta de recortes no es, ni mucho menos, peor que la presentada por la Comunidad Andaluza. IU Extremadura ha sufrido y sufre en cualquier caso un persistente ataque de IU federal, de los principales medios de comunicación progres (Público y El País, sobre todo) y del PSOE extremeño y sus satélites sociales por su atrevimiento al optar por señalar en la práctica lo que ya es un clamor en las calles del 15M desde hace tiempo: PSOE y PP, la misma mierda es. Precisamente la debilidad de IU en el entramado de las luchas sociales, su exagerada dependencia de los medios y de las dinámicas personalistas, de aparato , son las que han puesto en un brete tremendo a la organización extremeña, que sufre por dentro y por fuera el haber atinado con una decisión mucho más certera, valiente y de futuro que la de la cúpula andaluza y estatal.

Vemos pues que la relación de la izquierda parlamentaria española, IU principalmente -y excluyendo del concepto, por supuesto, al PSOE-, con el pueblo movilizado, no deja de ser difícil; con frecuencia resulta abiertamente conflictiva. Sectores muy amplios del 15M no quieren saber nada de las figuras de los partidos, reina una profunda desconfianza. Tras la pifia de Andalucía, que recuerda tantas otras del pasado y que mancha con el estigma de la corrupción y del pesebreo institucional a IU, la distancia entre voto y movilización social puede volverse infranqueable.

¿Es esta una cuestión de peso si queremos transformar la sociedad? El poder es muy poderoso. Muy fáctico y muy poderoso. Y sienten ahí arriba que la correlación de fuerzas actual les es muy favorable para apretar como nunca la cabeza de la clase trabajadora. Sostener la movilización social en estos tiempos de tremenda precariedad es muy complicado. Podemos salir un día, dos, tres, a la calle. Si me apuras, una semana. Podemos hacer de vez en cuando una huelga general. Y todo esto puede servir para incrementar despacito, con intensidad variable, la conciencia social. Pero es muy complicado llegar así a objetivos políticos concretos. En España, por si fuera poco, tenemos enfrente la tradición capciosa del PSOE, cuyos dirigentes ya encabezan las manifestaciones contra los recortes sociales tras una legislatura en la que no se quedaron cortos con las tijeras y pactaron con el PP la constitucionalización del golpe de estado de los mercados. El juego democrático es, de este modo, un punto fuerte del sistema, pero al mismo tiempo parece el único camino para poner en cuestión el orden plutocrático sin derramamiento de sangre si se consigue romper la hegemonía bipartidista por la izquierda. El ejemplo griego muestra que el poder todavía no se ha desprendido del todo de la pátina de la democracia, hasta el punto de que un resultado electoral puede resultar decisivo.

Construir la alternativa

La brecha entre la organización social, el movimiento de calle, y la izquierda parlamentaria española es una de las claves de la debilidad actual de la clase obrera de este país. Coser la herida es el punto de partida para poder plantar cara a los poderes económicos y romper desde la legitimidad democrática su monólogo tan sádico como dogmático. Hay que conseguir establecer una correlación directa entre las organizaciones ciudadanas y un voto con garantías de que vaya a representar, por encima de todo, los intereses del pueblo. Ese es el verdadero sentido de la izquierda política, el que rompió la transición cuando la casta dirigente del PCE proveniente del exilio marginó a los activistas del interior y, a cambio de la integración en el sistema, devastó las redes de interlocución con la sociedad que la militancia había forjado con enorme sacrificio. Se trata de desprofesionalizar la izquierda parlamentaria, de buscar la organización que no acepte ninguna francachela, que no sirva para que nadie encuentre el empleo de su vida o haga carrera política . Hay que construir de una vez el hilo directo entre las movilizaciones y el voto, de modo que se rompa el repetitivo hechizo del PSOE y se llegue a plantear, por fin, la necesidad de una nueva asamblea constituyente y una rápida recuperación de la soberanía popular.

En este sentido, el peso de la Historia es importante, no podemos hacer como que vivimos en un lugar como cualquier otro. Tras 35 años de caída libre, todavía tiene leve pulso el cuerpo del PCE, que logró convertirse en su momento en el mejor de los instrumentos de la lucha popular democrática. Más tarde lo intentó de nuevo a través de su frente de izquierda fallido, IU. Es un enfermo en lucha a pie de muerte. Lo constituye una interminable guerra intestina que lo neutraliza como organización popular. En esa brega, los liberados, los que se ganan la vida en el cotarro, suelen tener las de ganar. Los militantes voluntariosos, que se buscan el pan en otro lado, con frecuencia desisten (desistimos) en el empeño de cambiar la dirección y romper con la pringosa herencia del eurocomunismo.

Es imprescindible construir un frente de izquierda que dé dimensión electoral, esperanza política de fondo, a las luchas ciudadanas como el 15M y la batalla contra los recortes sociales. Y para ello hay que plantearse la posibilidad de recuperar a la izquierda parlamentaria, en especial Izquierda Unida, para la causa. No sé si sería lo más práctico, pero hay que planteárselo con claridad en las plazas. ¿Cómo vamos a construir una alternativa desde la movilización que pueda llegar a, como ha dicho recientemente Manel Márquez, derrotar a las fuerzas dominantes en su terreno? ¿Cuál ha de ser nuestra «Syriza», para cuando las cosas estén lo suficientemente calientes? Quizás sea necesario plantearse que hay que ocupar otra plaza, en este caso virtual, para convertirla en la plaza del pueblo, territorio liberado para la acción sobre las instituciones. Ocupar masivamente los partidos de la izquierda parlamentaria y formar con ellos un frente amplio y democrático; IU podría valer como matriz para esa unión. Recuperar la herencia del PCE para sus orígenes, para la clase trabajadora, para el 99 por ciento del que se habla en el 15M. Eso implicaría desbancar a una cúpula gastada por una trayectoria más que dudosa, el mayor lastre de esa organización. Y darle otros estatutos, otro carácter y un programa verdaderamente transformador, aplicando todo lo que hemos aprendido de ciudadanía, democracia y lucha en estos tiempos. La refundación de verdad, que nunca podrá partir de los cuadros y la correlación de fuerzas actuales. Tendrá que producirse por invasión bárbara. Occupy IU, a ocupar la izquierda parlamentaria.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.