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Palestina en el centro del mundo: la normalización del genocidio y la criminalización de la solidaridad

Fuentes: Alkarama

Mientras los titulares internacionales se desplazan de una crisis a otra y las agendas políticas occidentales intentan imponer nuevos focos de atención, Palestina sigue ocupando un lugar central para comprender el mundo en que vivimos. No se trata únicamente de una cuestión regional ni de un conflicto prolongado. Palestina se ha convertido en el espejo donde se reflejan las contradicciones más profundas del sistema internacional contemporáneo: la impunidad de las potencias, la instrumentalización del derecho internacional, la manipulación mediática, la criminalización de la disidencia y la resistencia persistente de un pueblo que se niega a desaparecer.

Más de siete décadas después de la Nakba, el pueblo palestino continúa enfrentándose a un proyecto colonial que no ha dejado de evolucionar en sus métodos, pero que mantiene intacto su objetivo fundamental: la expulsión, el sometimiento y la fragmentación de Palestina y de su pueblo. Lo que estamos presenciando hoy en Gaza constituye la expresión más brutal y descarnada de ese proyecto.

La destrucción sistemática de ciudades enteras, el bombardeo de hospitales, escuelas, universidades, campos de refugiados e infraestructuras civiles, el uso del hambre como arma de guerra, el bloqueo de la ayuda humanitaria y el castigo colectivo contra más de dos millones de personas han dejado al descubierto una realidad que durante décadas muchos intentaron ocultar: la cuestión palestina no es un conflicto entre dos partes iguales, sino una lucha anticolonial frente a un régimen de ocupación, apartheid y limpieza étnica sostenido por las principales potencias occidentales.

Sin embargo, tan grave como el propio genocidio es el proceso de normalización que lo acompaña.

La normalización de lo intolerable

Uno de los fenómenos más inquietantes de nuestro tiempo es la capacidad de los grandes centros de poder para convertir el horror en rutina. Gaza aparece en las noticias durante algunos días, ocupa espacios destacados cuando la magnitud de la masacre resulta imposible de ocultar y, poco después, desaparece de las portadas para ser sustituida por nuevas crisis internacionales.

Mientras tanto, las bombas continúan cayendo, las familias siguen siendo desplazadas, la población permanece sometida al hambre y los asesinatos prosiguen lejos de los focos mediáticos.

La normalización del genocidio no consiste únicamente en ignorarlo. También implica modificar el lenguaje con el que se describe. Se habla de “conflicto”, de “escalada”, de “enfrentamientos”, de “crisis humanitaria”, como si la destrucción de Gaza fuera una catástrofe natural o una tragedia inevitable sin responsables políticos identificables.

Las palabras importan. Cuando desaparecen los responsables, desaparece también la rendición de cuentas.

La hambruna que sufre Gaza no es consecuencia de una sequía ni de una catástrofe climática. Es el resultado de decisiones políticas deliberadas. La falta de medicamentos no es un accidente. El bloqueo de alimentos no es un problema logístico. La destrucción del sistema sanitario no es un daño colateral. Todo forma parte de una estrategia destinada a hacer imposible la vida palestina.

La misma lógica se reproduce en Cisjordania, donde las incursiones militares, los asesinatos, las detenciones masivas, la expansión colonial y la violencia de los colonos continúan intensificándose. Del mismo modo, la población palestina de los territorios ocupados en 1948 sigue enfrentándose a un sistema institucionalizado de discriminación que busca consolidar privilegios étnicos y nacionales a costa de los derechos de la población indígena palestina.

Cuando hablamos de Palestina, hablamos de una sola realidad que se extiende desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo y que afecta igualmente a quienes viven bajo asedio en Gaza, bajo ocupación militar en Cisjordania, bajo discriminación dentro de los territorios ocupados en 1948 o en el exilio forzado de los campos de refugiados y la diáspora.

El fracaso del llamado orden internacional

La situación palestina ha puesto en evidencia la profunda crisis de legitimidad de las instituciones internacionales.

Durante décadas se ha presentado el llamado “orden internacional basado en reglas” como una garantía para la protección de los derechos humanos y la resolución pacífica de los conflictos. Sin embargo, Palestina demuestra que esas reglas se aplican de forma selectiva y subordinada a los intereses geopolíticos de las grandes potencias.

Las resoluciones de Naciones Unidas permanecen incumplidas. Los dictámenes de los organismos internacionales son ignorados. Las investigaciones sobre crímenes de guerra avanzan lentamente mientras continúan las masacres. Los gobiernos occidentales que afirman defender los derechos humanos mantienen relaciones militares, económicas y diplomáticas privilegiadas con Israel.

La impunidad no es una consecuencia accidental del sistema internacional; es una de sus características fundamentales cuando los intereses estratégicos de las grandes potencias están en juego.

Por ello, Palestina se ha convertido también en un punto de referencia para millones de personas que observan cómo los principios invocados por las potencias occidentales se derrumban cuando se trata de proteger a un pueblo colonizado.

Los medios de comunicación y la batalla por la verdad

La lucha por Palestina es también una lucha por el relato

Desde hace décadas, gran parte de los grandes medios internacionales han contribuido a despolitizar la realidad palestina. La ocupación desaparece del relato. El colonialismo se vuelve invisible. La resistencia se criminaliza. Las víctimas palestinas son reducidas a números mientras que los responsables políticos y militares de los crímenes permanecen difuminados.

Al mismo tiempo, periodistas palestinos continúan documentando la realidad sobre el terreno a pesar de los enormes riesgos que enfrentan. Nunca antes habían sido asesinados tantos profesionales de la información en tan poco tiempo como durante la actual ofensiva contra Gaza.

No se trata únicamente de eliminar testigos. Se trata de controlar el relato.

Por eso las redes sociales, los medios alternativos, las plataformas independientes y las iniciativas populares de comunicación han adquirido una importancia estratégica. Son herramientas fundamentales para romper el bloqueo informativo y para garantizar que la voz palestina siga llegando al mundo.

La solidaridad internacional bajo ataque

La creciente solidaridad internacional con Palestina constituye uno de los fenómenos políticos más significativos de los últimos años.

Millones de personas han participado en manifestaciones, campañas de boicot, acciones sindicales, iniciativas culturales, movilizaciones estudiantiles, redes feministas y proyectos humanitarios que desafían el aislamiento impuesto al pueblo palestino.

Las acampadas universitarias, las campañas de boicot, desinversión y sanciones, las flotillas de solidaridad, las iniciativas jurídicas y las movilizaciones populares han demostrado que la sociedad civil internacional está dispuesta a asumir un papel que muchos gobiernos han abandonado.

Precisamente por ello, la solidaridad se ha convertido en objeto de una ofensiva represiva cada vez más intensa.

Activistas son perseguidos judicialmente. Organizaciones son criminalizadas. Cuentas en redes sociales son censuradas. Periodistas son acosados. Conferencias son canceladas. Universidades son presionadas. Defensores de los derechos del pueblo palestino son objeto de campañas de difamación destinadas a silenciarlos.

La criminalización de la solidaridad no es una anomalía democrática. Es la consecuencia lógica de un sistema que necesita proteger la impunidad israelí.

Porque quienes intentan romper el cerco informativo y político representan una amenaza para el relato dominante.

Palestina sigue marcando el horizonte

A pesar de la destrucción, el hambre, el desplazamiento y la represión, Palestina continúa resistiendo.

La resistencia palestina no se expresa únicamente en el terreno militar. También se manifiesta en la capacidad de las familias para permanecer en su tierra, en el trabajo de los periodistas que documentan la verdad, en la lucha de las prisioneras y los prisioneros, en la organización popular de los campos de refugiados, en la defensa de la memoria histórica y en la solidaridad internacional que se niega a guardar silencio.

Palestina ha sobrevivido a décadas de ocupación, guerras, masacres y exilio porque representa algo más que una reivindicación nacional. Representa la lucha universal de los pueblos contra el colonialismo, el racismo, la dominación y la injusticia.

Por eso sigue ocupando el centro político y moral de nuestra época.

Defender Palestina hoy significa rechazar la normalización del genocidio. Significa denunciar la complicidad de quienes lo permiten. Significa defender el derecho de los pueblos a resistir la opresión y exigir que los responsables de los crímenes rindan cuentas.

Pero también significa defender una idea fundamental: que ningún poder, por grande que sea, puede borrar la historia, la identidad y la voluntad de un pueblo decidido a ser libre.

Mientras continúe la lucha del pueblo palestino, seguirá existiendo una referencia para todos aquellos pueblos que se enfrentan a la ocupación, al colonialismo y a la injusticia en cualquier parte del mundo.

Palestina no es una cuestión del pasado. Es una cuestión del presente y, probablemente, una de las claves que determinarán el futuro político y moral de nuestro tiempo.

Fuente: https://alkarama.eu/palestina-en-el-centro-del-mundo-la-normalizacion-del-genocidio-y-la-criminalizacion-de-la-solidaridad/