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Palestina-Líbano, la hoguera de la muerte

Fuentes: Al-Quds

No fue una sorpresa. Aquellos que creyeron que Israel luego de salir unilateralmente del Líbano en el 2000 y la desconexión unilateral de Gaza en el 2005, la zona recuperó la esperanza, se equivocaron. La potencia ocupante carente de la virtud de la prudencia, nunca abandonó sus aspiraciones expansionistas. El caldo de cultivo por décadas […]

No fue una sorpresa. Aquellos que creyeron que Israel luego de salir unilateralmente del Líbano en el 2000 y la desconexión unilateral de Gaza en el 2005, la zona recuperó la esperanza, se equivocaron. La potencia ocupante carente de la virtud de la prudencia, nunca abandonó sus aspiraciones expansionistas.

El caldo de cultivo por décadas de violencia se potenció en el 2001 con la llegada traumática al gobierno de Ariel Sharon -en estado grave-, quien aplicó la «solución final», un lúgubre plan de su jefe de las fuerzas israelíes Shaul Mofaz. Puesto en practica, sepultó el debilitado proceso de paz; llevó adelante la limpieza étnica contra la población palestina; continuó modificando la geografía de Palestina y su capital Jerusalem construyendo un muro de apartheid a partir del 2002; aceleró la construcción de los asentamientos ilegales y asfixió todo desarrollo palestino. Al elaborar su mayor xenofobia, Sharon, cercó militarmente desde diciembre de 2001 y durante tres años al presidente democrático y premio Nobel de la Paz, Yasser Arafat, hasta llevarlo a su muerte en el 2004. El socio de Arafat en «la paz de los valientes» Yitzhak Rabin, fue asesinado por un terrorista israelí en 1995.

Con el movimiento progresista israelí con pocas alternativas electorales, la estrategia de Sharon de abandonar el Likud junto con Shimon Peres en el 2005 para formar el Kadima, partido maquillado de centro derecha, fue no dejar muchas alternativas reales de votos al pueblo israelí más allá que la ultraderecha. Las malas elecciones de Ehud Olmert, pese al triunfo del Kadima, lo obligó a una coalición con el partido Laborista del sindicalista, hoy ministro de Defensa y señor guerra, Amir Pertz, en uno de los más frágiles gobiernos israelíes, amenazado diariamente por la falta de gobernabilidad, las conspiraciones internas, las amenazas de los partidos ultra religiosos en el Parlamento, las graves confusiones políticas dentro del mismo laborismo y el Kadima, y la influencia ultraderechista del Likud.

La exigua habilidad de Sharon, en su «plan desconexión» de Gaza, quedó al descubierto al salir unilateralmente de la Franja, convirtiendo a la misma en un gran «Guantánamo» con un millón cuatrocientos mil palestinos cercados y sin derechos. Su sucesor, Olmert, proyectó el «plan convergencia». Un imaginario colonial para una futura salida unilateral de la zona norte de Palestina (Ribera Occidental). El caro fracaso del «pecado de la unilateralidad», fue ignorado por el nuevo premier, quien de imperiosa voluntad intentó garantizar su gobernabilidad en un agresivo glosario: «Israel fijará sus fronteras definitivas de aquí al 2010». Claro, que estos limites son ajenos a la línea verde del armisticio de la ONU de 1949 y los diseñó con la pluma de la ocupación en base al caprichoso viboreo de los ya 720 kilómetros de longitud del muro de apartheid dentro de Palestina. El muro considerado ilegal por la Corte Internacional de Justicia el 9 de julio de 2004 y once días después condenado por la ONU en su resolución A/ES10/L18, continuó hasta el presente extirpando el 58 por ciento del territorio de 1967, cuyos limites son de apenas 365 kilómetros de largo. Dividiendo ciudades y aldeas palestinas, apoderándose de Jerusalem Este y del 85 por ciento de las aguas.

La explotación del holocausto monopolizado como un escudo ideológico, el plan Sharon-Mofaz-Peres, reaseguró la prepotencia sobre la tierra árabe y sus crímenes de lesa humanidad frente a la distracción fraudulenta de la comunidad internacional y la abulia de Estados Unidos que: «Por décadas, Israel ha destruido la política exterior norteamericana para servir a sus intereses a través del poder organizado de las mayores organizaciones judías estadounidenses». (James Petras)

La barbarie que sacudió al pueblo iraquí desde el 2003 bajo la ocupación de Estados Unidos, afín a los intereses israelíes, ya no era un paraguas suficiente para las acciones crueles, demoledoras y sistemáticas contra la población civil palestina. Comúnmente postergadas por las tragedias de otros. Para el desconcertado régimen israelí era necesario provocar un nuevo frente. Otra pantalla de dilatación interna y externa para victimizar su propia coyuntura de gobierno. Lamentablemente fue el Líbano. País milenario utilizado como «comodín» por Israel y otros poderes para codificar su predominio en la región. De echo, desde 1957 David Ben Gurion idealizó ejecutar un plan de fragmentación y desestabilización del Líbano, aplicado asiduamente desde 1978 hasta el presente.

La peligrosa semántica sionista que golpeó habitualmente la memoria palestina: «Debemos matar a todos los palestinos a menos que estén resignados a vivir aquí como esclavos», (Shlomo Lahat, alcalde de Tel Aviv-1983); la permanente evasiva de Israel de solucionar el conflicto; la diaria humillación de la ocupación y la no liberación de más de diez mil civiles secuestrados, enclaustrados en cárceles y campos de concentración, fue el paliativo esencial para que la resistencia palestina capture dentro del territorio ocupado de Gaza a un soldado israelí solicitando a cambio la liberación de 389 mujeres y 420 niños de las mazmorras israelíes.

La respuesta fue virulenta. Como efecto colateral a la violencia israelí, dos soldados fueron capturados durante un enfrentamiento con Hizbollah en la frontera del Líbano. Nada se justifica. Tampoco, para que una potencia nuclear lanzara operaciones militares desproporcionadas, bañando las poblaciones civiles palestinas y libanesas con las prohibidas bombas de fósforo, las que queman por dentro sin alternativas de salvación o las bombas sónicas que dejan a las personas en un estado mental con alteraciones de incapacidad, violando flagrantemente la ley humanitaria internacional.

Las excusas del plan rescate ante su pueblo israelí y la comunidad internacional, desató la poderosa campaña militar con el interés de descabezar el gobierno democrático palestino de Hamas, mutilar la resistencia de Hizbollah y fijar a un gobierno israelí de poder supremo y disuasivo en la región.

La locura de la guerra es inexplicable. Pero los demenciales pretextos de Israel esgrimidos a partir del 27 de junio en Palestina, y pocos días después, desde el fatídico 12 de julio de 2006 en el Líbano, sembrando un campo de muerte y destrucción como consecuencia de la captura de tres soldados israelíes, fue brutal, desmedido y envuelve jurídicamente a los lideres de Israel, como «criminales de guerra», que el mundo no los debe sobreseer.

Israel sabe que estos castigos colectivos no calma la situación ni certifica su propia seguridad. Más racional y lejos de la solución militar, debió apelar a los mecanismos de los organismos internacionales de la Cruz, la Media Luna y la Estrella de David rojas, dentro del marco de las leyes de la Convención de Ginebra, relativas al tratamiento de prisioneros de guerra, de quien Israel es parte firmante, para llegar a un acuerdo entre las fracciones y el canje justo de los prisioneros. No fue así. Olmert, necesitaba imponer su fortaleza militar y estalló los tambores de guerra contra civiles y desarmados.

La Cuarta Convención de Ginebra de 1949, es la piedra angular de la legislación humanitaria internacional que garantiza la protección de las poblaciones civiles en conflictos armados o bajo la ocupación. Sin embargo, Israel, potencia ocupante, violó todos los ítem que entre otros prohíben: los castigos colectivos (artículo 33); las torturas (artículos 31-32, 146-147); la construcción de asentamientos en tierras ocupadas (artículo 49); las anexiones unilaterales (artículo 47); los asesinatos selectivos (artículos 146-147) y los crímenes de guerra definidos como «infracciones graves», con la preparación de tribunales especiales (artículo 147).

La furia arrolladora que ciñó la muerte con los escombros, encontró la complicidad de ciegas miradas y un silencio ensordecedor que profana las obligaciones del Artículo 1 de la Convención, que asegura: «respetar y hacer respetar el presente Convenio en todas circunstancias». El instrumento jurídico obligó a todas las altas partes contratantes a contener toda violación a los párrafos de la Convención. La comunidad internacional debió rápidamente movilizarse. Además de las resoluciones de la ONU, demandar a la potencia ocupante con acciones legales, como ser: la paralización de acuerdos bilaterales, similar al que tiene la Unión Europea con Israel; el congelamiento diplomático, con medidas afines a la determinación de Venezuela de retirar su embajador de Tel Aviv en agosto de 2006, o lo adoptado por Costa Rica a principios del mismo mes, de trasladar su Embajada desde Jerusalem a Tel Aviv, como lo exige la resolución 478 de la ONU de 1980, que no reconoce a Jerusalem como capital israelí. Entre otras, la disminución de la cooperación militar, científica, económica y tecnológica, que obligue a Israel a retirarse definitivamente de Palestina, el Golan de Siria y las granjas de Sheeba del Líbano.

La falta de aplicación de las leyes y su violación metódica durante estas casi seis décadas de existencia de Israel, potenció con el tiempo el ego de los lideres israelíes de turno. El desacreditado flamante premier Ehud Olmert, arrogante, satisfecho de sí mismo y prosélito de Sharon, desempolvó su traje militar y se valió del puño de hierro para dar una «lección ejemplar»: matar, matar y matar. Mientras su axioma del retórico y agotado mito de luchar contra el «terrorismo», mancilló la legitima defensa de libertad y resistencia, derechos asistidos por la ONU en su resolución 3070 de 1973: «…la legitimidad de la lucha de los pueblos por liberarse de la dominación colonial extranjera y de la subyugación foránea por todos los medios posibles, incluida la lucha armada».

El terrorismo es repudiable en todas sus formas. Pero legalmente el terrorismo penado es el de «estado» por estar estudiosamente coordinado desde el régimen gobernante. Israel, utilizó el «terrorismo de estado» sobre la población palestina diariamente durante años y décadas. En su ultimo operativo de terror «Lluvias de verano» encendió la hoguera de la muerte en Palestina, alcanzando al Líbano, y como consecuencia, a la propia población israelí. El genocidio del gobierno israelí que quemó las esperanzas de tres pueblos desafió irresponsablemente el escenario regional y puso en peligro la armonía internacional, riesgo que aún sigue latente.

Caracterizado por sus profundas ambiciones expansionistas, Israel recicló las antiguas estrategias militares de la llamada «operación Litani» en 1978 y «paz para Galilea» en 1982 que sacudieron al Líbano. Esta ultima, el entonces ministro de defensa Ariel Sharon, destruyó a Beirut y asesinó a más de 20 mil libaneses, entre ellos, 5 mil exiliados palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Coincidente con la «operación Litani», en su momento para intentar combatir a la OLP y con igual criterio actual a Hizbollah, fueron los mismos pretextos y las mismas intenciones de quedarse con los 140 kilómetros de longitud del río Litani, para incrementar con sus aguas y las palestinas el fortalecimiento ilegal del sistema acuífero israelí mientras la región se erosiona por la falta del vital liquido.

Los 33 días -quizás una primera fase- de una guerra asimétrica contra el Líbano, alucinó la poca participación árabe; la nerviosa indiferencia internacional y la opacada Naciones Unidas, sin voluntad siquiera de condenar a Israel por la muerte de 4 observadores de la ONU, por considerar que: «no fue un ataque deliberado», argumento contrario al de su secretario general Kofi Annan, que advirtió a Israel en 10 oportunidades de su base en Khiam. Casi con el tiempo necesario para que Israel pulverice al Líbano e indiferentes a la celeridad sugerida en el artículo 24 de la Carta de las Naciones Unidas, al referirse: «A fin de asegurar la acción rápida y eficaz por parte de las Naciones Unidas, sus Miembros confieren al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad internacional…», el 11 de agosto, con ásperos esfuerzos, el Consejo de Seguridad logró aprobar la resolución 1701 para un «cese de hostilidades».

Ambigua, la resolución no se ajusto a la grave realidad. Entre sus falencias. Jurídicamente el cese de hostilidad no precisamente es un cese de fuego, ya violado por Israel. No exigió un retiro inmediato israelí a la línea azul, sino su paulatina salida a medida que lleguen las tropas libanesas y las del FINUL (fuerzas de observación de la ONU). Uno de los párrafos de la resolución hace hincapié en poner remedio a las causas que dieron origen a la crisis actual, especialmente la «liberación incondicional» de los soldados israelíes secuestrados y agregó que el Consejo tiene por objetivo «resolver urgentemente» la cuestión de los prisioneros libaneses detenidos en Israel, sin demandar su rápida liberación. Tampoco condenó y consideró a Israel como el principal responsable de la destrucción del Líbano, dejando al igual que en 1982, inmune de resarcir a las victimas y al estado libanés.

El retorno del ejercito libanés luego de 37 años a las fronteras sur para desplazar la resistencia de Hizbollah, como lo solicita la 1701, corresponde. Pero la falta de un acuerdo firme entre las partes libanesas, más que garantías, son abrir un futuro de fricciones. Por su parte, la fuerza de paz de la ONU, que encontró el rechazo de varios países, no podrá interponerse ni repeler ataques, es decir, son una vaga propuesta, quizás, con sabor a fracaso, similar a la de los Cascos Azules que desde 1978 en la misma fronteras no pudieron frenar las agresiones de las partes; la guerra de 1982; la ocupación israelí de 18 años (hasta el 2000) y las incursiones israelíes en territorio libanés. La resolución por su anfibológico contenido y la falta de sanciones severas a la potencia agresora, puede empujar a un nuevo conflicto ínter libanés con réditos para Israel. De la misma manera que Estados Unidos lucra con el encarnizado enfrentamiento ínter iraquí, fomentado desde la política colonial imperialista de la ocupación estadounidense a Irak.

Luego del supuesto y perturbado alto de hostilidades, las voces de triunfo estallaron por los altavoces de la derrota. Al parecer, poco importó la destrucción y las muertes civiles de todos. Hasta, se sumaron las palabras ilustradas de lideres para rescatar el orgullo árabe mientras siguieron los acontecimientos por televisión. La resistencia de Hizbollah, hay que reconocer, fue admirable y pocos ignoraban su potencial bélico y su capacidad de combate. Como fue incomprensible la falta de participación del ejercito libanés, que sugestivamente sus cuarteles no fueron atacados y se mantuvo al margen. En la critica. El fracaso militar fue para ambos. El poder nuclear de disuasión de Israel no logró la rendición de Hizbollah, y éste, no frenó el destructivo avance israelí, ni recuperó las ocupadas granjas de Sheeba. La decepción del fracaso y el gustillo amargo de la frustración la sufrieron los pueblos por las desmedidas ambiciones de liderazgos personales, caladas aspiraciones expansionistas y rivalidades estólidas. Otro de los ítem no ajeno al conflicto, fue el uso excesivo de las religiones monoteístas, invitadas nuevamente a degustar la hiel de los verdugos del odio y de quienes las usaron para sus propias pretensiones dentro y fuera del anfiteatro de las acciones.

Lo alarmante además, de la 1701, mentada por Estados Unidos y Francia, fue ignorar la trágica situación palestina, y en efecto, ni una palabra sobre los 10 mil prisioneros palestinos, ni de los castigos colectivos o sobre las muertes masivas y selectivas que desencadenó la potencia ocupante a partir del 27 de junio contra la población civil y el gobierno democrático a quien con toda impunidad y violando toda inmunidad, secuestró a 8 ministros, al presidente del Parlamento Abdel Aziz Duaik y 28 diputados palestinos.

Pese al escenario de muerte impuesto por Israel y de hambruna por el bloqueo económico de Europa, el presidente Mahmoud Abbas, buscó resolver la situación. El pasado 17 de agosto se reunió con el premier Ismael Haniye en búsqueda de un gobierno de unidad nacional entre Hamas y Fatah, para reactivar un proceso de paz con Israel. El esfuerzo se estrelló con la provocación deliberada. Al día siguiente el ejercito de Olmert secuestró de su propia casa al vice primer ministro y ministro de Educación Nasser Al Shaeer. Veinticuatro horas después, secuestró al secretario general del Parlamento, el diputado Mahmoud Al Ramahi, todos miembros de Hamas. Todos elegidos por el pueblo palestino. ¿Es posible? Donde dormita la ética de la legalidad universal. La captura de tres soldados israelíes significó levantar aviones de guerra contra poblaciones civiles, justificando muertes y destrucción. Mientras, el secuestro de un gobierno democrático palestino, es parte del conspirativo ensordecedor silencio internacional.

El reflejo peligroso de la indiferencia y el después, es que las fuerzas israelíes restauren su honor militar perdido en el Líbano con un renovado Tsunami en contra del desamparado pueblo palestino. El que su holocausto, sumó luego de la provocación de Sharon en Jerusalem en el año 2000 hasta la fecha a 7.100 civiles palestinos asesinados, más de 100 mil heridos, casi 12 mil casas demolidas y un millón quinientos mil árboles de olivo y frutales arrancados.

El compromiso del sueño sionista

Los sionistas de antes de 1948 y a partir de los israelíes, luego de la creación en tierras palestinas del Estado judío, soñaron construir sobre los países árabes de Palestina, Líbano, Siria, Irak y Jordania, con sectores de Egipto y Arabia Saudita, el «Ertz Israel» (Israel tus fronteras del Nilo al Eufrates). El lema, en la década del ´70 decoró el Knesset (Parlamento) israelí; fue el diseño geográfico de la contra cara de algunas de sus monedas y la ilusión de los halcones israelíes: «el Ertz Israel esta en la mente y el corazón de cada israelí» Yitzhak Shamir, Cumbre de Paz de Madrid, 30 de octubre de 1991.

La caída de Palestina (1948-1967), Irak (2003) y el desmembramiento del Líbano (2006), dejó actualmente un efecto pinzas estratégico con Israel en el Nilo y a su principal aliado, Estados Unidos, en el Eufrates. Quizás, aquella ilusión de los europeos judíos sionistas de 1897 en Basilea, de una Palestina judía pareció poco creíble para el desconcierto árabe de la época, quien por su propia falta de reacción, aún parece escaparle el actual tendido de este peligroso puente colonial de humillación sobre el Cercano Oriente. Ciertamente preocupante frente a la agresividad de estas dos potencias ocupantes enquistadas en el fenómeno del ocaso árabe, la indiferencia del mundo y las obsesivas intenciones del presidente Bush de crear un nuevo Medio Oriente servil, que incluya a Irán. Un país islámico acosado por Estados Unidos por su plan nuclear pacifico, mientras, Israel construyó desde 1952 su plan nuclear de guerra en la base atómica de Dimona en el desierto de Bersheba. Según su ex científico Mordachai Vanunu, al fugarse de ese centro, denunció en el diario londinense The Sunday Times en 1986: «Israel tiene una capacidad nuclear de volar la región en segundos».

Corrupción en la ética oficial

En un paraíso de espejismo inserto en la democracia y la guerra en el Estado de Israel, la fuente de la corrupción salpicó a sus principales administradores. Entre algunos de los casos más explosivos, sobresalen la del ex presidente de Israel Ezer Weizman (fallecido), puntal del acuerdo de paz Egipto-Israel en 1979 y planificador del demoledor ataque aéreo israelí a Egipto y Siria en 1967, tuvo que renunciar a su cargo de presidente en julio de 2000, acusado de corrupción y fraude fiscal al recibir la suma de medio millón de dólares de parte del empresario francés sudanés Edouard Sarosssi, mientras ejercía sucesivamente los cargos de diputado y ministro de Defensa entre los ’80 y los ’90.

Su sucesor el actual y octavo presidente israelí, Moshe Katzav, nacido en Irán, fue acusado el pasado 23 de agosto y está a punto de dimitir por la corrupción de acoso sexual a dos de sus ex empleadas. La implicación en estos hechos lo forzó el 11 de julio, un día antes del comienzo de la invasión al Líbano, a suspender sus viajes a la Argentina y Brasil.

En la escuela de la corrupción, Sharon, implicado por «crímenes contra la humanidad» en los tribunales belgas por el proceso de Sabra y Chatila, fue acusado junto a su hijo Guilad en 1999 por el «caso de las islas griegas», que según investigaciones de la Fiscalía israelí, Sharon, en ese entonces canciller, influyó ante las autoridades griegas a favor del empresario y miembro del comité central del partido Likud, David Appel, para la compra de una isla en el mar Egeo con el fin de convertirla en un emporio turístico, a cambio, Appel financió la carrera política de Sharon y del entonces alcalde «ilegal» de Jerusalén, Ehud Olmert, incluidas las elecciones internas dentro del Likud, las elecciones generales y de primer ministro. Paradójicamente el asesor jurídico del gobierno israelí, Menahem Mazuz, decidió no imputar al primer ministro Ariel Sharon en el 2005 y le facilitó implementar el falaz plan de «desconexión de Gaza», principio fundacional del gobernante partido Kadima.

Otro de los escandalosos casos de corrupción de Israel, estalló con el jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, Dan Halutz, indagado por la Fiscalía después de salir a la luz que vendió todas sus acciones en la bolsa israelí tres horas después de que fueron capturados los dos soldados de su ejercito en el sur del Líbano, lo que provocó la guerra y por lógica la caída de la bolsa de Tel Aviv.

ONU, un principio jurídico del conflicto

Pese a las controversias en el sondeo de la opinión publica, las Naciones Unidas debe seguir siendo el justo marco diplomático del debate de las naciones, que facilite la cooperación, la legislación internacional, la seguridad global, la equidad social y el desarrollo económico. Pero es inevitable someterse a un profundo y exhaustivo debate interno que supere las ambigüedades y vigorice una renovada acción de los criterios de su carta fundacional. Reformulando substancialmente su Consejo de Seguridad, victima del veto de los poderosos, el que reduce las garantías de la mayoría de países soberanos frente a algunos pocos, incluso, Estados Unidos logró un poder unipolar resolutivo mayor al del alto organismo compuesto por 192 países.

Aquel tedioso sábado 29 de noviembre de 1947, Naciones Unidas a poco de su fundación, fue el responsable de la partición de Palestina para la creación de un Estado que cubra los intereses de los judíos europeos que venían colonizando ilegalmente desde el principio del siglo XX el territorio palestino en un Estado propio. Su pecado por omisión quedó plasmado en la resolución 181/II. Decidió -sin consultar a los palestinos- que el 55 por ciento de su tierra se otorgue para un Estado judío. El porcentaje restante con Jerusalem internacionalizada sería la continuidad de Palestina como Estado.

No les bastó. Exacerbado, el terrorismo sionista destruyó en los primeros meses de 1948 a 418 aldeas y ciudades palestinas, declarando unilateralmente el 15 de mayo de 1948 la creación del Estado de Israel con el 78 por ciento de Palestina, incluyendo ilegalmente el sector Occidental de Jerusalem. Con la perdida de semejante porcentaje de su territorio y sin ver la luz de su Estado, Palestina quedó atrapada entre la ocupación israelí, el control militar de Transjordania (actual Jordania) al sector de la Ribera Occidental con su capital Jerusalem Este y el arbitraje de Egipto en Gaza.

Las infaustas secuelas fueron muy altas. Para los palestinos, fue la Nakba (catástrofe). Para Europa, que no logró parar dos guerras mundiales y el holocausto de 55 millones de seres humanos en la segunda, lavó su conciencia al apagar la tragedia de 6 millones de judíos sin importarle encender la de millones de palestinos. Para los sionistas, reflejó su sueño imperial. Para el resto de la región, estalló el principio del colapso que aún sigue latente y es la columna vertebral que forjó todos los conflictos de la zona. Para Naciones Unidas, resultó una cuestión pendiente que no supo resolver hasta el presente.

En 1949, Naciones Unidas cometió otro error histórico. Reconoció al Estado de Israel y no al Estado de Palestina. Lo ignoró y lo redujo a una cuestión de «refugiados». El flamante Israel -consolidado por el lobby judío estadounidense- conspiró contra un Estado Palestino y rechazó la resolución 194 de 1948, que «exigió el retorno de los exiliados». Si bien, la ONU reconoció la autodeterminación del pueblo palestino y a la OLP como su legitimo representante, en sus resoluciones 3236 y 3237 de 1974, el mayor desatino, es que hasta la fecha no reconoció al Estado Palestino y lo dejó en total desigualdad jurídica con el resto. Con el tiempo fue la semilla que germinó el conflicto palestino-israelí, la violencia y la violación a los derechos humanos.

Restaurar la dignidad para palestinos e israelíes, es retornar a la madre del conflicto, la resolución de la ONU 181, aprobada por 33 países entre ellos, Estados Unidos y la Unión Soviética, sobre la partición de Palestina para dos Estados. Esta ley jurídica, como se percibe, no fue aplicada en todo su sentido y sigue vigente. Sus principios son la clave fundamental para la solución del conflicto con el «inmediato reconocimiento» y sin condicionamientos previos del estatus jurídico del Estado de Palestina. Confiriendo el mecanismo necesario para garantizar las fronteras y la seguridad de Palestina, Israel y el resto de los países de la región, sin muros ni alambres de púas.

Hay quienes persisten en considerar que el contexto israelí de los últimos años se debió simplemente a la negativa árabe de reconocer a Israel, y esto, no es otra cosa que falsificar la historia. En la XII reunión de Consejo Nacional Palestino (Parlamento en el exilio), celebrado en El Cairo en junio de 1974, se insinuó la admisión de la existencia del Estado de Israel en las fronteras del plan de partición de 1947. Oficialmente la OLP, lo reconoció en noviembre de 1988 en la declaración de Independencia de Palestina en Argel; el propio presidente Yasser Arafat, aceptó el derecho de dos estados en los estrados de la ONU en diciembre de 1988 y en los acuerdos de Oslo en septiembre de 1993. Incluso, la Liga de los Estados Árabes, compuesta por 22 países, en septiembre de 2002 aceptó reconocer al Estado Israelí, si este reconoce al Estado palestino.

Asimismo, fue un río de acuerdos los que la OLP y la Autoridad Nacional Palestina firmaron con Israel bajo la legalidad internacional. Convertidos por la fuerza de la ocupación en tinta sobre papel, como ser: la Cumbre de Paz de Madrid de 1991; los acuerdos de Oslo (en Washington), 1993; el Cairo, 1994; Washington, 1995; Wye River (Estados Unidos), 1998; Sharam Al Sheij (Egipto), 1999; Camp David (Estados Unidos), 2000; Iniciativa Clinton 2000; Taba (Egipto), 2000; Iniciativa Saudita, 2002; Mapa de Ruta (Jordania), 2003 y Sharam El Sheij, 2005. Sin embargo, pese a la tendencia palestina de llegar a un acuerdo justo, nunca Israel reconoció al Estado de Palestina, que aún sigue inmoralmente llamando al territorio palestino como Samaria, Judea y Gaza.

No obstante, si nos atenemos a la realidad histórica, fue Israel que se creó sobre el territorio palestino. Solo esto lo obliga moral y éticamente a reconocer al Estado de Palestina, cuya generosidad y sobre las concesiones dolorosas del pueblo palestino, la OLP y Hamas, aceptaron restituirlo sobre los territorios de 1967, es decir un 22 por ciento de la milenaria Palestina, incluyendo su capital el sector Este de Jerusalem.

Desde los romanos

El Padre de la Patria Yasser Arafat, conocido como Abu Ammar (padre de la construcción), dignamente solía decir: «no olvidéis que hemos sobrevivido al imperio Romano», una manera de representar a la más de una treintena de ocupaciones que sufrió el pueblo palestino en estos milenios, y perduró.

Es necesario devolver la dignidad al ser humano y a todos los pueblos de la región. El pueblo palestino tendió sus manos, reconoció el derecho a la vida a quien le propuso la muerte y la destrucción, y al igual que el libanés, el iraquí, el sirio, el propio pueblo israelí y el resto de los pueblos árabes quieren vivir en paz y libertad. Del régimen de Israel depende apagar esta encendida hoguera de la muerte.

El autor fue embajador de Palestina en la Argentina

© Copyright Suhail Hani Daher Akel / se puede reproducir citando la fuente.