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Podemos e Izquierda Unida: el partido orgánico de la revolución democrática

Fuentes: Cuarto Poder

Que se está construyendo acelerada y sistemáticamente el partido antiPodemos no hay ninguna duda. Basta mirar los medios de comunicación y se verá con mucha claridad que todo está ya permitido. Se trata de confundir, desviar y convertir a esta fuerza política en algo contrario a lo que es. La idea que hay detrás es […]

Que se está construyendo acelerada y sistemáticamente el partido antiPodemos no hay ninguna duda. Basta mirar los medios de comunicación y se verá con mucha claridad que todo está ya permitido. Se trata de confundir, desviar y convertir a esta fuerza política en algo contrario a lo que es. La idea que hay detrás es simple: todos somos iguales, es decir, todos robamos, nos aprovechamos de los bienes públicos y nos corrompemos en el ejercicio de nuestras responsabilidades. El asunto es tan evidente que se persigue y se pone bajo sospecha a otras personas que, estando en IU, defienden la convergencia con Podemos. Los casos de Tania Sánchez y Alberto Garzón son muy conocidos.

Lo que hay es que los partidos y las fuerzas del sistema intentan liquidar a aquellos que los ponen en cuestión. Aquí aparece una idea que tiene mucho que ver con la concepción del Partido que tenía Antonio Gramsci. Como es conocido, el comunista sardo distinguía entre los partidos-institución y el partido orgánico. Los «partidos-institución» son los que conocemos, los que se presentan a las elecciones, los que escenifican «terribles» debates y acusaciones tremebundas. Me refiero al PSOE y al PP. Son los partidos del régimen (junto con los partidos de la burguesía vasca y catalana), son partidos que están de acuerdo en lo fundamental y divergen en lo accesorio. Ellos llaman a lo fundamental «cuestiones de Estado» que van desde la Monarquía hasta la OTAN, pasando por los tratados de la Unión Europea y terminando por el TTIP en negociación secreta.

Desde el punto de vista de Gramsci estos serían el partido orgánico del régimen, es decir, las fuerzas fundamentales que hacen posible el dominio de las clases económicamente dominantes. El Estado, su autonomía relativa, permite organizar a las clases dirigentes y obtener el consenso de las clases subalternas. Cuando llegan las crisis, como ahora, esa autonomía relativa se hace mucho más estrecha y es fácil percibir que, tanto el Estado como los partidos dominantes sirven abiertamente a los intereses de los grupos de poder económicos. Para entender bien lo que acabo de decir (lo he señalado varias veces en este año) es preciso señalar que, muchas veces, el PSOE ha sido más eficaz para esta tarea que el PP.

Para entender lo que Gramsci quería decir es necesario subrayar que el partido orgánico del régimen incluía muchas veces un «estado mayor» que no necesariamente formaba parte del partido institución, y que podía ser un periódico, medios de comunicación, instituciones religiosas y demás fuerzas no formales, jurídicamente independientes pero que mantenían y desarrollaban el régimen político existente. En el centro de todo ello estaban los intelectuales «orgánicos» que aseguraban la hegemonía de las clases dirigentes, sin olvidar a las fuerzas del orden que siempre son la garantía última del poder.

Es útil manejar la «caja de herramientas» del conocido comunista italiano para analizar en toda su complejidad la crisis del régimen que hoy estamos viviendo en nuestro país. Si las cosas las vemos desde abajo, desde los hombres y mujeres comunes, nos daremos cuenta hasta qué punto la emergencia de Podemos cambia el campo de la política. Crisis de régimen y emergencia de Podemos están íntimamente relacionados, sabiendo, Gramsci aquí de nuevo es necesario, que los procesos de ruptura y de restauración están siempre presentes y que nada garantiza el triunfo futuro. Transformación y transformismo son dos modos de ver la alternativa a la que antes se ha hecho referencia.

Lo primero fue una masa difusa, heterogénea y contradictoria disponible para la acción política; en segundo lugar, un grupo dirigente que con audacia intenta representar a este amplio sector social; y ahora lo que se vive es el proceso contradictorio y conflictual de construcción de una fuerza política con voluntad de alternativa de gobierno, de régimen y de sociedad. Algo que no es nada fácil, como se puede entender.

Aquí es donde juega su papel el partido orgánico. Más allá de la natural competencia entre partidos, parece evidente que el actual Podemos ni política, ni organizativa, ni programáticamente tiene la fuerza suficiente para emprender esta tarea en solitario. Los riesgos de restauración o de cooptación por el sistema no dependen solo de la buena o mala voluntad del equipo dirigente sino de la correlación real de fuerzas político sociales en un contexto, hay que subrayarlo, dominado por la Europa alemana del euro.

Quizá, para comprender cabalmente lo que se acaba de decir, deberíamos plantearnos cual es la tarea común para la que, tanto Podemos como IU, están comprometidos. El núcleo de unidad o de convergencia no es otro que el siguiente: conquistar el gobierno para, desde ahí, abrir un proceso constituyente para un nuevo régimen político democrático en nuestro país. La tarea es inmensa y tendrá enfrente a los poderes reales internos y externos. Habría que ir más lejos. El margen de autonomía real de un gobierno Podemos-IU no sería demasiado grande. Como se verá en Grecia tras llegar al gobierno Syriza, los tratados de la Unión nos convierten en un protectorado de la Europa alemana, es decir, la tarea más complicada es mantenerse en el gobierno y ganar día a día autonomía para hacer políticas democrático-populares.

El proceso constituyente es la pieza clave. ¿Por qué? Porque para conseguir nuevos instrumentos, nuevas instituciones y nuevas formas de participación desde abajo, se requiere una nueva legitimidad que genere una nueva legalidad que permita realizar los cambios sustanciales. Sin esto, como antes se indicó, lo que se puede hacer desde un gobierno de unidad popular no es demasiado y, además, puede frustrar las esperanzas de los ciudadanos y ciudadanas. Se podría decir, cosa que es cierta, que para esto hace falta la solidaridad de otros países del sur y el compromiso de la izquierda europea. Pero, al final, es aquí y desde aquí desde donde se deben operar los cambios y eso obliga, de una u otra forma, a abrir un proceso constituyente en el país.

Esta tarea exigirá una enorme movilización social y un compromiso político de una parte sustancial de la ciudadanía. Aquí hay un problema no pequeño. Parecería que con la alternativa electoral de Podemos el movimiento social se ha paralizado y que, razonablemente, la opción ya es sólo político-institucional. Esto tiene riesgos serios. Una estrategia nacional popular debe de tener en su centro una alianza de clases amplia y, sobre todo, una enorme capacidad de movilización social. En definitiva, sin un contrapoder social y cultural que apoye a un gobierno democrático en nuestro país no parece que los cambios que las poblaciones exigen se puedan realizar.

Conviene ahora volver al partido orgánico. Para realizar, hablando con rigor, la revolución democrática que este país necesita, Podemos e IU son insuficientes, necesitamos mucha más fuerza organizada, más capacidad de alternativa y una presión social sostenida en el tiempo. Por eso, deberíamos de abrir en el conjunto de la izquierda y más allá un debate sobre la estrategia a seguir, las alianzas a organizar y las propuestas a realizar en una sociedad y en un mundo que cambia aceleradamente. Expreso mi convicción de que en esta batalla estratégica es decisivo ganarse a la clase obrera organizada, a los trabajadores y trabajadoras: lo nacional popular, a medio o largo plazo, exigirá un protagonismo de clase.

Se trata, una vez más, de pensar en grande y de no dejarse tentar por un electoralismo fácil o, lo que sería peor, terminar en el bloque antiPodemos. Nuestra gente necesita unidad para avanzar, una mayoría social muy amplia y una enorme capacidad para despertar ilusión y generar esperanza. Debemos convertir el sentido de la vida y el horizonte de sentidos de la gente común en fuerza operativa y actuante. Necesitamos liderazgos fuertes que inviten a la auto organización y no solo a la delegación como una fuerza partidaria de masas y movimientos sociales capaces de mantener y defender un proyecto común.

En definitiva, se trata de construir el partido orgánico de la revolución democrática que suponga un nuevo equipo dirigente en el país al servicio de una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales comprometidos con la emancipación social. A esto se le ha llamado en España siempre república. Cada vez más, esto depende de nosotros, de las personas que creen que se puede transformar la sociedad y convertir nuestras creencias y valores en fuerza y programa político. Nada que perder, todo que ganar.

Manolo Monereo es politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU.

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