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Prioridad nacional: una deriva amenazante

Fuentes: Rebelión

La lectura de un reciente artículo del economista Juan Torres López me ha llevado a reflexionar sobre cómo la extrema derecha capta parte del voto obrero, transformando la precariedad material en una percepción de competencia directa por recursos escasos.

La obra publicada en 1945 por el filósofo existencialista Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), “Fenomenología de la percepción”, ayuda a analizar este fenómeno, al afirmar que no nos relacionamos con el mundo mediante ideas abstractas separadas de la experiencia.

La experiencia cotidiana organiza espontáneamente las percepciones. Esto significa que el inmigrante, el desempleado, el vecino pobre o el “extranjero” no aparecen primero como conceptos racionales, sino como figuras percibidas dentro de un contexto social determinado.

La extrema derecha logra precisamente intervenir en ese nivel prerreflexivo de la percepción. El discurso de la “prioridad nacional” funciona porque reorganiza el campo perceptivo de los ciudadanos. En contextos de precariedad, deterioro de servicios públicos y miedo económico, sectores obreros precarizados y una juventud sin futuro experimentan el mundo como un espacio de competencia por recursos limitados. El vecino inmigrante no aparece entonces abstractamente como un sujeto igual en dignidad, sino como una presencia que ocupa viviendas, plazas escolares, ayudas sociales o empleos. La eficacia del discurso nacionalista no depende principalmente de la veracidad de sus datos, sino de su capacidad para estructurar la experiencia vivida.

La crítica de Torres López coincide indirectamente con este planteamiento cuando afirma que la izquierda acepta el marco de la escasez. Desde una perspectiva fenomenológica, aceptar ese marco significa aceptar una determinada organización perceptiva del mundo social. La izquierda entra en el juego de la extrema derecha cuando responde únicamente con condenas morales al racismo sin transformar las condiciones materiales perceptivas que hacen aceptable el discurso xenófobo.

Las percepciones políticas nacen de experiencias materiales reales: salarios insuficientes, alquileres imposibles, listas de espera médicas, inseguridad laboral o degradación urbana. Cuando esas experiencias se intensifican, el mundo social comienza a percibirse como un espacio amenazante. La extrema derecha explota precisamente ese sentimiento de inseguridad y lo canaliza hacia figuras visibles y cercanas: el inmigrante, el refugiado o el extranjero pobre. La fenomenología muestra que las ideas no flotan en el vacío: arraigan o fracasan según la experiencia concreta de los sujetos.

En muchos barrios obreros europeos, el deterioro de las condiciones de vida produce una experiencia inmediata de abandono y competencia por la supervivencia. Aunque las causas reales sean la especulación urbana que encarece la vivienda, la precarización laboral o las políticas neoliberales, la percepción cotidiana se organiza alrededor de aquello que aparece visible en la experiencia inmediata. El inmigrante se convierte así en una “figura” perceptiva destacada sobre el fondo difuso de procesos económicos abstractos.

La izquierda fracasa políticamente cuando no consigue reorganizar ese campo perceptivo. Si responde únicamente diciendo que el racismo es inmoral, deja intacta la experiencia concreta de precariedad. Y mientras esa experiencia permanezca sin reinterpretación material, el marco nacionalista seguirá pareciendo intuitivamente verdadero para muchas personas. La extrema derecha ofrece precisamente eso: un “enemigo” perceptivamente identificable. En cambio, la izquierda muchas veces responde con estadísticas o análisis estructurales demasiado abstractos para reorganizar la experiencia inmediata.

Desde la fenomenología, la tarea política consistiría entonces en transformar las condiciones perceptivas de la vida colectiva. Esto implica reconstruir formas de experiencia compartida donde el otro no aparezca como competidor natural. Merleau-Ponty subrayaba que la relación con los demás no es inicialmente intelectual, sino corporal e intersubjetiva. Percibimos al otro como semejante a través de prácticas comunes, espacios compartidos y formas de coexistencia concreta. Cuando las estructuras urbanas y económicas destruyen esos vínculos, crece la percepción de extrañeza y amenaza.

La crisis de nuestras democracias puede interpretarse así como una crisis de la intersubjetividad social. El debilitamiento de servicios públicos, sindicatos, asociaciones vecinales y espacios colectivos rompe experiencias comunes de solidaridad. Los individuos quedan aislados frente al mercado y comienzan a percibir a los demás como rivales. La “prioridad nacional” aprovecha precisamente esa fragmentación perceptiva. No inventa desde cero el miedo; reorganiza sentimientos ya presentes en una sociedad atomizada.

Merleau-Ponty insistía además en que el cuerpo es apertura al mundo y posibilidad de acción. Esto tiene consecuencias políticas importantes. Una población sometida constantemente a precariedad e inseguridad desarrolla hábitos perceptivos defensivos. El horizonte vital se estrecha. El futuro deja de percibirse como promesa y aparece como amenaza. En ese contexto, los discursos nacionalistas ofrecen una falsa restauración de estabilidad y pertenencia corporal: “los nuestros primero”, “proteger lo propio”, “cerrar fronteras”. Son respuestas simplificadoras a una experiencia real de vulnerabilidad.

La fenomenología permite además cuestionar la idea liberal de que el debate político se resuelve simplemente mediante argumentos racionales. Las percepciones políticas están ligadas a afectos, hábitos y formas de vida. Cambiar una percepción social exige modificar experiencias materiales concretas. Por eso Torres López insiste en señalar las causas estructurales de la escasez: desigualdad, concentración de riqueza y debilitamiento de lo público. Desde una perspectiva fenomenológica, podría decirse que sólo transformando el mundo vivido puede transformarse también la percepción del otro.

Esto conduce a una concepción distinta de la acción política progresista. Sería necesario reconstruir experiencias compartidas de seguridad material y cooperación social. La universalidad política no puede imponerse abstractamente; debe encarnarse en instituciones y prácticas que hagan perceptible la solidaridad.

En este sentido, la vivienda pública, la sanidad universal, la educación accesible o el empleo digno no son únicamente políticas redistributivas: son también dispositivos fenomenológicos que reorganizan la percepción social. Cuando las personas dejan de experimentar la vida como competencia desesperada por recursos escasos, disminuye la verosimilitud perceptiva de los discursos excluyentes. El nacionalismo no triunfa porque revele una realidad cotidiana, sino porque consigue articular temporalmente ciertas experiencias de miedo e inseguridad.

Por ello, el desafío político consiste en disputar no sólo las ideas, sino la estructura misma de la experiencia social. La extrema derecha ha comprendido que la política opera en el nivel de las percepciones vividas. La izquierda, según critica Torres López, pierde eficacia cuando permanece encerrada en un plano puramente moral o discursivo.

Desde esta perspectiva, el problema de la “prioridad nacional” no es simplemente un conflicto ideológico. Es la expresión perceptiva de una sociedad fracturada por la inseguridad material y la pérdida de vínculos colectivos. La tarea emancipadora no consiste sólo en refutar intelectualmente la xenofobia, sino en transformar las condiciones materiales de vida, como respuesta a necesidades vitales insatisfechas, causantes del malestar social.

El economista Fernando Luengo Escalonilla, autor de numerosos análisis de economía política, publicó en marzo de 2022 un artículo titulado: “Aumentar el gasto militar, la salida equivocada para Europa”. Más de cuatro años después, el creciente rearme de la Unión Europea y sus políticas neoliberales han degradado las condiciones materiales de vida de su clase trabajadora, desplazando el voto joven hacia posiciones de extrema derecha e incentivando su penetración en sectores obreros de barrios urbanos.

A mi parecer, todo ello plantea un evidente dilema político a los demócratas europeos: la necesidad de blindar en una Constitución derechos sociales fundamentales, incluyendo la sanidad pública universal, la educación, el acceso a la vivienda y las pensiones o, por el contrario, prepararnos para afrontar una demoledora involución neofascista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.