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Proyecto «El Holocausto», estrategia sionista

Fuentes: Rebelión

No deja de ser atrozmente penoso que desde una sociedad en que la policía, el ejército y hasta parte de la población ejecuta en la calle a jóvenes bajo sospecha; a quienes se demoran en cumplir una indicación o a jóvenes iracundas armadas de tijeras y en ropas talares que hace altamente improbable que resulten […]

No deja de ser atrozmente penoso que desde una sociedad en que la policía, el ejército y hasta parte de la población ejecuta en la calle a jóvenes bajo sospecha; a quienes se demoran en cumplir una indicación o a jóvenes iracundas armadas de tijeras y en ropas talares que hace altamente improbable que resulten un peligro mortal; en que oficiales de seguridad sean capaces de rematar en el suelo a heridos (presuntos atacantes); en que allanan sistemáticamente en la noche hogares en donde se detiene a niños de diez o doce años sospechados de haber tirado piedras a los soldados ─nos referimos a la sociedad israelí, al Estado de Israel─, que desde tal sociedad, abonando esas conductas se irradie el llamado Proyecto Shoá o El Holocausto, que plantea «contribuir a una sociedad más justa y tolerante

El hecho, atrozmente contradictorio, tiene su explicación.

«Dime de que te jactas y te diré de lo que careces.» Es la vieja y archisabida exaltación de lo que no se practica, y que por eso mismo, tanto se invoca. La mención al «holocausto» es coartada precisamente para que no haya opción para con los palestinos.

Es que Israel, basándose en criterios pretendidamente étnicos («del pueblo judío»), procurando definirse como una sociedad forjada sobre la presunta cesión de tierras que un dios le habría provisto en exclusividad a un pueblo (a su pueblo) no se basa, ni le interesa en tipo alguno de universalidad. Las universalidades son violadas más o menos sistemáticamente en todos los estados que se pretenden tales; democráticos, socialistas, católicos. Pero donde la raíz, universalista, presenta la posibilidad siquiera remota de diálogo. Pero con una sociedad tribual, donde el fundamento está en el sí mismo de la etnia, del pueblo, de la grey… no hay diálogo, no hay necesidad de tal. No hay cómo com-binar, com-unicarse, tener com-pañía. Un connotado judío, sionista, Avraham Burg, [1] en su momento jerarca en el Estado de Israel, ya veterano, reconocía con enorme tristeza que la sociedad israelí carecía de compasión, precisamente. Com-pasión, sufrir junto con «el otro».

Es esa «marca de nacimiento» de la tesis sionista (proyecto Israel) lo que crea más que una dificultad, un abismo infranqueable. Advertido por muchos judíos y por muchos no judíos (y aprovechado también por antisemitas para hacer fructificar sus odios, también tan particulares y como tales, tan injustos).

A medida que el proceso de la formación y el ensanche del Estado de Israel ha ido acentuando sus rasgos -desmantelamiento de un milenio de vida social en el territorio que definieran como «el propio»─ el atropello a «los obstáculos» para «El Gran Israel» se ha ido acentuando. Podríamos decir, tenemos que decir que el sionismo ha ido brutalizando lo que ya fuera su ominoso comportamiento (por momentos, escalofriante, como el asesinato frío de un judío partidario del diálogo con árabes) en la década del ’20 y más adelante. Si uno observa el tratamiento dispensado a la Franja de Gaza, «una basurita en el ojo sionista», con las invasiones de 2006, 2009, 2012, 2014, puede uno verificar que esa brutalización es cada vez mayor.

Ha sido precisamente a causa de ese proceso, que la craneoteca sionista decide en 2010, iniciar una contraofensiva cultural, intelectual, mediante «cuadernos de combate ideológico» como el «Diccionario del Proyecto Global» y varios otros emprendimientos por el mismo tenor.

Algunos de estos proyectos son de carácter general; otros son más particularizados. Se pueden observar algunos dedicados a nuestra región.

Marcelo Marchese acaba de hacer un punteo de las modificaciones sufridas en libros de textos curriculares para los alumnos de nuestro país, que es al respecto claramente ilustrativa. [2]

En el 2000, el politólogo estadounidense judío Norman Finkelstein, con todos sus parientes masacrados por el nazismo (salvo sus progenitores) publica The Holocaust Industry, que está traducido al castellano desde 2008, La industria del holocausto (se lo puede bajar desde internet, «La editorial virtual»).

Allí Finkelstein procura responder por qué la persecución que los nazis emprenden contra los judíos a lo largo de la segunda mitad de la década del ’30 y que rematan con la muerte «industrializada» de judíos (y otras minorías) entre 1941 y 1945 es un episodio poco estudiado, prácticamente ignorado en los circuitos mediáticos durante las décadas siguientes, hasta que en 1967 aflora como elemento clave en la defensa… no ya de los judíos sino de Israel. [3]

Finkelstein define este giro y define lo que se presenta como «El Holocausto» (con mayúscula) «como representación ideológica del holocausto nazi […con] una conexión, si bien tenue, con la realidad […en] su mayor parte inservible; no constituye un tributo al sufrimiento judío sino al engreimiento judío.»

Es este culto a sí mismo el que se ha implantado primero en Israel, en sus escuelas primarias, [4] y luego ha sido extendido fuera de Israel, hacia sociedades donde existe muy poco conocimiento sobre la problemática palestino-israelí y sobre el trato que la población judía israelí le propina a los natives de Palestina.

Vale la pena precisar que esta nueva versión de «El Holocausto» tal como la define Finkelstein se presentará impregnada de espectacularidad hollywoodense.

Miembros del «Proyecto Shoá» en Uruguay (que con mucha sagacidad han esquivado la denominación madeinUSA de «El Holocausto», aunque se refieren exactamente a lo mismo) se dedican a analizar «los derechos humanos, la convivencia y el bullying» tomando las enseñanzas de «El Holocausto».

El carácter ideológico y estratégico de semejante abordaje es tan mayúsculo que en Argentina ─donde desde 2014 han encarado el mismo adoctrinamiento─ han implantado esta enseñanza hasta entre tobas. Como si los tobas no tuvieran en su propia experiencia (y en la de todos los pueblos originarios del continente) una vivencia suficientemente significativa y dolorosa desde la cual plantearse los temas que se procuran abordar con «El Holocausto».

Sería como tratar de explicarles a niños charrúas, si hubiesen sobrevivido a la sociedad uruguaya, cómo se extermina a un pueblo, como si ellos no lo hubieran vivido.

Examinar, críticamente, la matanza de judíos a manos de nazis (y también de judíos a manos de zaristas en los pogromos de finales del siglo XIX), y la de maoríes a manos de británicos en Nueva Zelandia, y la de armenios en la «Gran Turquía», y la de pieles rojas a todo lo ancho de la América del Norte a manos de «piadosos» evangélicos y cuáqueros, y la de guaraníes, kollas, mapuches, charrúas, y la de bantúes, hereros, zulúes y tantas otras etnias en África, sería un buen abordaje para entender el significado de los genocidios, por ejemplo, en la historia humana. Y entre ellos, el frío y sistemático etnocidio que se aproxima cada vez más a un genocidio de palestinos dentro del «Gran Israel».

Pero la política de tratar de manera exclusiva o principal lo acontecido con judíos a manos de los nazis, y de reservarle a semejante momento de la historia de la humanidad un rango exclusivo, un papel especial, esencial, obedece a una política. Muy precisa: la defensa de cierta especificidad judía que hace que lo vivido por judíos sea algo incomparable con lo vivido y vivible por otros humanos.

Defender una excepcionalidad judía. De la que afortunadamente muchos judíos reniegan. Pienso en Gilad Atzmon, en Ilan Pappé, en los argentinos judíos que han renunciado a ser judíos argentinos y se han desmarcado de la política de DAIA-AMIA en Argentina y de la tutela israelí. Y en tantos otros.

Pienso en judíos como el rabino Yeshayahu Leibovitz que rompiera totalmente con las alas terroristas y supremacistas del sionismo, calificando a sus integrantes de «nazis judíos».

Pero así como hay judíos que se atreven a romper con el rebaño, hay no-judíos que, con miedo a ser tildados de antisemitas, por ejemplo, se hacen más papistas que el papa, y aceptan las «sugerencias» de los diplomáticos israelíes para encarar este tipo de lavado de cerebro sobre nuestros niños. Que, ciertamente, no pueden defenderse solos.

Uruguay tuvo el dudoso valor de haber promovido la remoción de palestinos de su tierra para entregar esa tierra a un pueblo atrozmente perseguido en Europa, los judíos.

Tras la pesadilla nazi, se podía entender cierta confusión y cierto estremecimiento que hacía que algunos representantes de la ONU optaran por dar tierras ajenas a los judíos. Que no eran, en rigor, «los judíos», sino los sionistas. Muchos judíos rechazaron airadamente el invento sionista. En el mismo año 1897 en que se reúne el primer congreso mundial sionista, se reúnen judíos internacionalistas y fundan el BUND.

Marek Edelman, uno de los sublevados del Gueto de Varsovia, bundista y sobreviviente, y otra vez sublevado en la misma Varsovia al año siguiente, y otra vez sobreviviente, en 1945 se dedica a terminar sus estudios de medicina en su Polonia natal. A fines de los ’40 es invitado a Israel. Podría haber ido como héroe y se niega rotundamente. Porque él era judío, no sionista. Y se negó a participar de esa empresa, carente de la universalidad de que hablamos un poco antes.

Edelman murió sin ser reconocido en el mundillo sionista, claro está. Ya veterano participó de Solidarinosc en Polonia, en los ’80 contra la dictadura comunista y ya muy viejo, se ofreció para «ayudar» por su experiencia en lucha subterránea (literalmente, en las cloacas) en Sarajevo, junto a quienes resistían los exclusivismos étnicos (y su racismo implícito) cuando la terrible lucha fratricida en Bosnia en los ’90, que diezmó, literalmente, a los bosnios musulmanes.

Edelman se sentía perteneciendo a la humanidad, sin duda. Y con motivos.

Uruguay en 1948, igual que Guatemala, Perú, Canadá, Australia, fueron prácticamente digitados por EE.UU., el nuevo «Hermano Mayor» de la flamante ONU, para constituir el comité (UNSCOP, United Nations Special Committee for Palestine, Comité Especial de la ONU para Palestina).

Entonces dicho comité, nuestra representación en ella y el propio organismo asambleario de la ONU, no supo discernir las voces discordantes (dentro de la misma UNSCOP) de Irán, que recientemente devenido estado soberano no estaba digitado por bloque alguno, de India donde el partido dirigido por el recién asesinado Mahatma Gandhi tenía una clara posición de defensa de los habitantes palestinos que estaban sufriendo una invasión (tanto cultural como militar) y de Yugoeslavia, una nación que surgió de la segunda guerra mundial con peso propio, comunista pero no dependiente del eje soviético.

Tampoco las del mundo árabe, significativamente sin representación alguna en la UNSCOP.

Sería hora que la sociedad uruguaya reevaluara su participación en los episodios fundacionales de Israel, en 1948.

Han pasado ya muchas décadas, y con el empeoramiento de las condiciones de vida, cada vez más cercana a la muerte, de los palestinos que sobreviven en las tierras ansiadas por el sionismo, entendemos que lo realmente democrático y respetuoso es oír las voces de los aplastados, no sólo atender a «la voz del amo» aunque se proclame a sí mismo la víctima.

El proyecto Shoá, en cambio, es más de lo mismo; «defensa de Occidente», aceptación gozosa del par EE.UU.-Israel y la geopolítica consiguiente, que es, precisamente la que está desmantelando cada vez más países y el planeta en general con su hybris tecnocrática.

CODA

Desde hace muchos años he pensado siempre que quienes no éramos ni palestinos ni sionistas, ni musulmanes ni judíos, y nos «inmiscuíamos» en la penosa y atroz cuestión palestina, éramos algo así como quienes brindábamos el mejor aporte, los mejor ubicados para juzgar la cuestión, sin intereses particulares ni presupuestos sesgados. Tal vez en esta convicción juegue la tendencia ─al parecer tan propia de los humanos─ de sentirse siempre, inconscientemente, en el mejor lugar, en el más importante, en el decisivo…

Sin embargo, el reiterado contacto con judíos me ha hecho repensar tal asignación de papeles.

Entiendo que son los judíos que no pueden tolerar el papel del Estado de Israel, su etnocidio militante, el creciente desprecio por la vida humana no judía, el supremacismo que ha ido destilando cada día más claramente el panorama político de Palestina, a quienes les cabe el mayor mérito, o el mayor reconocimiento por su actitud y su amor a lo justo.

Podría corresponder similar reconocimiento a los palestinos que no aceptan un islamismo retrógrado ni el archiconocido «antisemitismo vulgar». Pero con ser tal actitud también muy respetable, lo que engrandece a los judíos que han aprendido a rechazar el esquema de poder vigente es que se trata del máximo poder planetario, el que se articula en los grandes centros de poder mundial.


Notas

[1] «El sionismo está muerto», Le Monde, París, 11/9/2003. Hay traducción al castellano, futuros, no 8, Río de la Plata, invierno 2005.

[2] «De cómo el sionismo transformó un manual de enseñanza secundaria en Uruguay», www.rebelion.org, 18/5/2016.

[3] Al respecto es ilustrativo registrar la cantidad de producciones documentarias que década a década se hicieron en todo el mundo sobre este atroz tema: 10 en los ’40; 1 en los ’50; 8 en los ’60; 4 en los ’70; 26 en los ’80; 70 en los ’90; 49 en la primera década del s XXI (fte.; wikipedia). 10, 1, 8, 4 y luego, 26, 70, 49… hay diferencia.

[4] Jonathan Cook ha analizado este proceso en su blog.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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