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¡Que empiece el espectáculo!

Fuentes: Público

Dicen que hay cientos de miles de potenciales votantes que esperan a ver qué dan de sí los cara a cara televisados entre Rodríguez Zapatero y Rajoy para decidir qué votan. Sería hipócrita si me dijera asombrado. Tal como funcionan nuestras sociedades mediáticas, me parece lógico. A cambio, me entristece. Revela que hay una parte […]

Dicen que hay cientos de miles de potenciales votantes que esperan a ver qué dan de sí los cara a cara televisados entre Rodríguez Zapatero y Rajoy para decidir qué votan.

Sería hipócrita si me dijera asombrado. Tal como funcionan nuestras sociedades mediáticas, me parece lógico. A cambio, me entristece. Revela que hay una parte considerable de la población española que no juzga hechos, sino cháchara, retórica, fuegos de artificio.

Todos hemos contado con cuatro años, a los que hay que añadir los largos periodos anteriores en los que los papeles de gobierno y oposición estuvieron invertidos, para saber de qué va cada cual y qué intereses asume. Quienes optamos por la filosofía de la ciencia calificamos eso de empirismo: nos atenemos a las conclusiones que hemos extraído de la experiencia práctica, frente a quienes se dejan llevar por apariencias, apriorismos e intuiciones. En realidad, no estamos nada lejos de lo que sentencian los cristianos -los que se toman en serio su fe y no la convierten en mero paripé- cuando recuerdan las palabras del  Evangelio según San Mateo: «Por sus frutos los conoceréis».

Los candidatos a la Presidencia del Gobierno acuden a los debates estelares de televisión como quien se presenta a unas oposiciones. Se han estudiado un amplio temario y han sido aleccionados en las respuestas que deben dar a cada asunto para resultar ingeniosos, efectistas y simpáticos. Hasta les dicen qué traje llevar, qué corbata ponerse, qué reloj lucir y cómo ir peinados. El resultado puede tener su gracia como ejercicio de esgrima polémica, pero en términos políticos no permite dilucidar realmente nada serio.

Cuentan con la enorme ventaja de que los programas electorales no son contratos de obligado cumplimiento. Dicen A, hacen B, acaban en C y a correr. Y el uno asegura que no tolerará que en sus filas haya ni un sospechoso de corrupción, y luego los tiene a puñados. Y el otro promete que apoyará lo que salga del Parlament de Cataluña y luego le aplica el cepillo de carpintero hasta lo indecible. Y así todo.

¿Que quieren debatir? Pues que debatan. Público no les va a faltar. ¡Que empiece el espectáculo!