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¿Queda algo del proyecto municipalista?

Fuentes: Rebelión

La irrupción del 15M en 2011 provocó una proceso de renovación profunda de la política de este país, hasta el extremo de hacer tambalear al potente bipartidismo que sostenía el régimen de 78. Su proyección electoral no llegó hasta 2014, con la aparición de Podemos en la escena de las elecciones europeas. Pero fue en […]

La irrupción del 15M en 2011 provocó una proceso de renovación profunda de la política de este país, hasta el extremo de hacer tambalear al potente bipartidismo que sostenía el régimen de 78.

Su proyección electoral no llegó hasta 2014, con la aparición de Podemos en la escena de las elecciones europeas. Pero fue en las municipales de 2015 donde halló su expresión más genuina con las llamadas candidaturas del cambio que transformaron el panorama municipal a lo largo de casi toda la geografía, alcanzando el gobierno en muchas grandes ciudades.

Dichas candidaturas eran el resultado de una composición original e inteligente entre partidos de izquierda, colectivos municipalistas y otros vinculados a los movimientos sociales, y gozaron de un apoyo ilusionante que logró arrebatar a la derecha el poder ostentado durante décadas.

¿Qué ha podido pasar para que estas energías de transformación se hayan esfumado en tan solo 4 años? Los factores son varios y diversos, y aquí voy a señalar algunos que me parecen relevantes, aunque seguramente incompletos y relativos, por basarse principalmente en el análisis de lo sucedido en Madrid.

La nueva y la vieja política. La explosión del 15M trajo una nueva forma de participación política que superaba los corsés de las tradicionales organizaciones políticas y sociales, en las que la juventud emergente y sin futro no tenía cabida. Las asambleas celebradas semanalmente en la calle para hablar de todo, reivindicaron la participación directa frente al voto delegado a quienes «no nos representan». Pero ¿pudo superar la nueva política a la vieja?

Si por «nueva» entendemos el debilitamiento de los partidos tradicionales, podríamos pensar que sí (es lo que está pasando en casi todo el mundo). Pero si lo que entendemos por «nueva» política se refiere a una mayor participación y horizontalidad en la manera de adoptar decisiones y gestión, pues parece que la superación no se ha dado, sino todo lo contrario, ya que los líderes carismáticos con proyección electoral deciden de manera bonapartista, y ni siquiera se someten a las reglas establecidas en las organizaciones tradicionales.

El poder de absorción de la institución. Las lógicas institucionales tienen unas dinámicas muy diferentes, incluso antagónicas, a las lógicas de los movimientos sociales, y resulta titánico pretender no sucumbir a las primeras en detrimento de las segundas. Por eso siempre se ha planteado las limitaciones salariales y temporales como antídoto frente a estos procesos de absorción institucional, que finalmente han impuesto su dinámica de manera mayoritaria a quienes se han expuesto a su dictado.

La actuación de los responsables. Uno de los factores más relevantes de este fracaso ha sido el hecho de que para demasiadas personas no hizo falta que el paso del tiempo frenase sus ansias de utopía; directamente su objetivo era meterse en la institución, durante el mayor tiempo posible. Para ello se desligaron de las asambleas (desaparecieron literalmente), se despojaron de lastre ideológico (para no ser criticados por la caverna), organizativo (algunos en menos de 4 años han abandonado hasta dos organizaciones políticas) y gestionaron sus principios a la manera de Marx (el otro).

El programa como mera referencia. En unos casos se negaba su compromiso, tal como dijo Carmena al poco de ser elegida Alcaldesa de Madrid, y en otros se abandonaron sus aspectos más comprometidos (anti-especulación, remunicipalizaciones. Vivienda) con argumentos cobardes e inconsistentes incluso desde el punto de vista legal, pasando en muy poco tiempo del «Sí se puede» al «no se puede», porque no se quiere.

El bonapartismo sustituye la participación. Fue una experiencia importante el proceso participativo en la elaboración de programa, de listas y otras decisiones en candidaturas del cambio. Pero en seguida, en el caso de Madrid, la verticalidad y oscurantismo sustituyeron la horizontalidad y transparencia, en todos los ámbitos de decisión de dichas candidaturas, con niveles de participación incluso inferiores a las viejas estructuras partidarias.

Las peleas internas. Seguramente ha sido este uno de los aspectos más conocidos y determinantes de este gran fracaso: Compañer@s enfrentados, incluso en los tribunales, compitiendo en candidaturas electorales diferentes en sólo 4 años, rompiendo la unidad transformadora que tanta ilusión generó en 2015.

Del «asalto a los cielos» a muleta de uno de los partidos de «la casta». Bien vale como metáfora la evolución táctica de Podemos en tan sólo 5 años de existencia para entender la pérdida de radicalidad y de potencia transformadora experimentada en estos años en el conjunto de confluencias que se reclamaban del cambio.

Todos estos factores, y seguramente muchos más, nos han llevado a una situación en la que podemos preguntarnos, ¿qué nos ha quedado? Pues además de una sensación bien amarga, una desilusión que costará mucho superar y unas estructuras políticas pulverizadas. Hemos pasado de unas organizaciones basadas en unas visiones compartidas de la sociedad, el mundo y la historia, a unos espacios y movimientos tácticos cortoplacistas, basados en el olfato o liderazgo de alguna persona con capacidad de comunicación, pero que cambia en cualquier momento, despojándose de cualquier coherencia que pudiera entorpecer los objetivos de mañana.

Podemos ha resultado una organización fallida, y los oportunismos de algunos de sus integrantes ha dejado desdibujadas también a otras organizaciones, como ha podido ser el caso de IU. Una de las consecuencias de este proceso es que son los partidos del bipartidismo los que se están pudiendo recuperar del vendaval que los dejó maltrechos.

¿Y qué podemos hacer? Pues depende de lo que pretendamos; si es meramente encontrar la manera de «recuperar» unos gobiernos de gestión, sin capacidad de transformación profunda alguna, pues se puede seguir jugando a este politiqueo de corto alcance, a la espera de que lleguen circunstancias favorables (gran comunicador/a o declive del adversario) que permitan volver a gestionar parte del pastel.

Si nuestro proyecto es de transformación al servicio de las clases populares, con la confrontación que supondrá contra las fuerzas de la reacción (poder empresarial, financiero, comunicativo y sus ramificaciones judiciales, políticas, etc.), pues lo que toca es trabajar en otra dirección muy diferente.

Una de mis preocupaciones de los últimos meses no era la posibilidad de que se perdieran las instituciones (en manos de quien no quería cambiar casi nada), sino que no quedase nada de todo este impulso Municipalista que emergió con tanta fuerza en 2015. Me temo que los peores augurios se han cumplido, pero no por el resultado electoral, sino por la escasa capacidad que veo a mi alrededor para hacer una reflexión que oriente el trabajo hacia la consolidación de núcleos de base que, además de su función organizativa, sean capaces de establecer una relación, necesariamente conflictiva, entre la base social y sus grupos, con las instancias políticas e institucionales.

La tarea de transformación social es tan costosa y compleja, que si no nos dotamos de estructuras cercanas y solidarias, será imposible que podamos dar batalla con alguna perspectiva de éxito. Y en ciudades grandes, estas estructuras tienen que ser necesariamente de ámbito barrial, interconectadas unas con otras, con capacidad de movilización conjunta, tanto para la defensa de lo conseguido, como para la conquista de nuevos derechos.

Con unas estructuras así, tarde o temprano se conseguirán también mayorías que puedan orientar la acción institucional al servicio del pueblo. Evidentemente este trabajo no es a corto plazo, porque es mucho lo que hay que reconstruir, no nos engañemos.

No resulta fácil describir lo que podría ser un municipalismo de base, pero parece que el asamblearismo, la pluralidad, la continuidad, la generación de confianzas, los objetivos compartidos y consensuados, serían aspectos necesarios de estas estructuras desarrolladas en ámbitos territoriales necesariamente pequeños (barrio), pero interconectados a modo de archipiélago, para poder afrontar estrategias de transformación exitosas, por la fuerza social y su respaldo institucional.

Pedro Casas. Activista vecinal.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.