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Reseña del libro Race, de Sarah Mazouz

Racismo por todas partes, raza por ninguna

Fuentes: Contretemps [Imagen: Portada del libro Race. Créditos: Anamosa]

Traducido del francés para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

¿Cómo hablar de racismo en un país que rechaza la palabra misma de “raza”?

Esta es, en esencia, la pregunta que plantea el libro de Sarah Mazouz, socióloga e investigadora del CNRS, que se titula sencillamente Race [1], un extracto del cual se puede leer aquí. Este breve ensayo fue escrito y publicado en el período que cubre el asesinato de George Floyd por un policía blanco en Minneapolis, las marchas por Adama Traore, quien murió tras un arresto policial en la región de París, y el debate sobre el «separatismo islamista” impulsado por el gobierno. El contexto político es interesante porque proporciona un terreno fértil para discutir el término “raza”, no desde una perspectiva biológica y, por tanto, racista, sino para entenderla como una construcción social y un instrumento de dominación.

Los tres acontecimientos anteriormente mencionados (uno de alcance internacional, los otros dos nacionales) han demostrado cuán virulentas son la discriminación y las asignaciones raciales en Francia. Lo son por dos razones principales. Por un lado, la palabra «raza», en todas sus acepciones (biológicas y sociales), se considera ilegítima en el vocabulario político. Por otro lado, los políticos creen que la cuestión racial es el no man’s land del debate público. En este sentido, existe un rechazo, motivado ideológicamente, a debatir cuestiones raciales en política, aunque las situaciones de discriminación racial son indiscutibles.

Nombrar y explicar los procesos de racialización y de discriminación es, ante todo, una cuestión terminológica. Por tanto, utilizarlos o no es una cuestión política. Los recientes éxitos contra el racismo, en particular los movimientos de apoyo a George Floyd y Adama Traoré, han permitido legitimar la investigación académica sobre el racismo. En este sentido, este denso y elegante libro de divulgación científica se publica en un momento favorable. Aunque uno se puede imaginar que tal contribución habría sido ignorada hace diez años, hoy está dando lugar al debate.

El imposible debate sobre la raza en Francia

La autora recuerda que ese debate en Francia, donde las autoridades políticas, mediáticas e intelectuales muestran abiertamente su hostilidad hacia los movimientos antirracistas y tratan de desacreditar a los investigadores y a las investigadoras que desde el ámbito de las ciencias sociales trabajan sobre este tema, tiene una dimensión prometeica. En junio de 2020 el presidente Macron arremetió contra los académicos que «alentaron la etnicización de la cuestión social», recurriendo a un discurso «interseccional» o «racializado». En octubre, tras el asesinato de Samuel Paty por un terrorista islamista, Gérald Darmanin, ministro del Interior, y Jean-Michel Blanquer, ministro de Educación Nacional, acusaron nuevamente a los académicos, igual que Edwy Plenel, director de Mediapart, de crear un clima de racismo y “separatismo”. ¡Francia es una democracia que no solo niega la existencia del racismo en las instituciones estatales [2], sino que acusa a los antirracistas de racismo!

Sarah Mazouz considera que ha llegado el momento de hablar (por fin) de raza. Las personas marcadas por su origen racial o que sufren discriminación racial han comenzado, a través de movimientos sociales recientes como ‘Justicia para Adama Traoré’, a romper el silencio. He aquí lo que está en juego: un «replanteamiento de la dimensión racial de las jerarquías sociales» (p. 17) En resumen, hablar de raza, en este contexto, es ciertamente hablar de discriminación racial, pero también de su economía social. En otras palabras, es exponer los efectos del poder social y la dominación creados por determinadas asignaciones, ya sean simbólicas o implícitas.

El rechazo de la palabra «raza» se basa en una premisa bien conocida: quienes usan esta palabra son racistas. En la década de 1930 hablar de “razas” (en plural) se refería a una jerarquía natural entre diferentes naciones o grupos humanos. Ser racista, en este caso, es creer en esta jerarquía biológica y natural entre estos diferentes grupos. Hoy en día el término «raza» (en singular) es utilizado por quienes afirman que las jerarquías raciales no existen biológicamente. Por el contrario, hablar de raza (en singular) significa que la noción se crea social e históricamente. Este libro muestra que, si bien el racismo biológico hoy en día es una rara avis -aunque solo sea porque las leyes lo castigan-, las asignaciones raciales son frecuentes. Por lo tanto, prohibir la palabra «raza» en las discusiones o en el texto de la constitución no sirve para nada. Al contrario, tiene el efecto de invisibilizar y reforzar la discriminación racial.

La raza está presente por todas partes en nuestra sociedad, en formas de expresión banalizadas y eufemísticas. Existe como «una de las modalidades sociales de producción de desigualdades entre grupos» (p. 26). Rechazar categóricamente la referencia a la palabra «raza» por el simple hecho de que la noción no tiene base científica ni biológica es darle la espalda a este fenómeno y permitir que las asignaciones raciales se perpetúen con total impunidad. La lucha antirracista, de hecho, en pocas ocasiones se limita a una lucha moral contra las personas que creen en la desigualdad entre grupos de personas debido a su origen étnico. Es esencialmente una lucha contra las categorizaciones raciales que son fruto de prácticas estatales y políticas [3].

La raza como construcción social y asignación identitaria

Hablar de raza en ciencias sociales no es sucumbir al mito y a la mentira de la desigualdad entre las llamadas «razas», sino interesarse por la forma en que ciertos grupos de población son inferiorizados y, por lo tanto, discriminados. La inferiorización de determinadas categorías sociales se basa en su explotación económica (el proletariado industrial) por parte de los propietarios de los medios de producción (los empresarios capitalistas). La inferiorización de la mujer se basa en la organización patriarcal de la sociedad. La inferiorización racial, en cambio, está ligada a la asignación identitaria de ciertos individuos por su origen étnico y al hecho de que esta identidad se percibe como diferente e inferior.

Como lo resume el historiador Pap Ndiaye: “Aunque sea obvio que la ‘raza’ no existe desde un punto de vista biológico, está claro que no ha desaparecido de las mentalidades: sobrevivió como una categoría imaginaria construida históricamente y portadora de poderosos efectos sociales. […] Por esa razón, si queremos desracializar la sociedad -y por lo tanto conseguir que el color de la piel no importe más que el de los ojos o el del pelo-, debemos empezar a hablar sobre ese tema» [4].

El uso de las palabras es importante en las ciencias sociales. Lo es más aún en un campo tan minado como la raza. En este sentido, los investigadores y las investigadoras utilizan el concepto de «racialización» para comprender y describir las asignaciones de identidad que son la fuente de las relaciones de poder. Estos modos de dominación se construyen socialmente y se inscriben en un contexto político e institucional particular.

Ahora bien, aunque los fenómenos de racialización de grupos de individuos están socialmente determinados, no permanecen petrificados en el tiempo. Sarah Mazouz cita el caso de los y las inmigrantes irlandeses e irlandesas a los Estados Unidos, que no fueron categorizados y categorizadas como blancos y blancas hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando el establishment WASP se dio cuenta de que los irlandeses y las irlandesas trataban de forma aún más represiva de como lo hacían ellos mismos a los esclavos negros y a las esclavas negras [5]. La identidad de los judíos y de las judías en los Estados Unidos ha sido moldeada por un término medio entre la cultura dominante WASP, por un lado, y la población negra, por el otro. Esta situación intermedia favoreció notablemente el surgimiento de una cultura liberal-socialista. Después de la II Guerra Mundial, las transformaciones sociales y económicas en los Estados Unidos permitieron la movilidad social a los hombres judíos, que de ese modo ganaron el estatus de blancos [6]. Estos dos estudios muestran que el capitalismo juega un papel activo en la producción de grupos racializados. Contrariamente a las ideas predominantes en la izquierda «social», las desigualdades económicas y de clase producen asignaciones y discriminaciones raciales. Por lo tanto, la variable racial es fundamental para comprender los mecanismos de dominación de clase.

Blanquitud y raza

Hablar de raza como construcción social y asignación identitaria que dibuja una relación de poder significa constatar la discriminación de la que son víctimas las personas negras, las asiáticas y las árabes. También se plantea la cuestión de la «blanquitud» (blanchité / Whiteness), es decir, otra construcción social de la identidad blanca mayoritaria.

Esta construcción racial mayoritaria es notable en todos los sentidos, porque a diferencia de otras construcciones raciales, ser blanco o blanca y tener una experiencia como blanco o blanca es una experiencia inconsciente e invisible, en el sentido de que las personas blancas no se preguntan sobre su origen étnico. En otras palabras, la gente blanca no se imagina ni por un sólo instante que pueda ser racializada. Esto explica por qué las naciones occidentales con una mayoría blanca tienden a pensar que su punto de vista sobre cuestiones morales, políticas o religiosas es «universal». Por el contrario, las poblaciones racializadas solo pueden expresar un punto de vista particular que nunca podrá pretender ser universal. Las personas racializadas tienen derecho a tener un punto de vista «universal» siempre que coincida con el punto de vista blanco. En Francia una persona racializada que critique la interpretación laicista dominante con tintes islamófobos será descrita como «separatista» o «comunitarista». Pero si esa misma persona defiende esa interpretación del laicismo, alabaremos su espíritu «universalista» y su capacidad para elevarse por encima de su condición racializada.

No concebirse a sí mismo como racializable, pensar que su propia verdad y visión del mundo son universales, y no percibirse a sí mismo o a sí misma como blanco o blanca es lo que en las ciencias sociales estadounidenses se llama un «privilegio blanco» (White privilege). Evitemos usar esa expresión, y usemos, por ejemplo, la menos determinista de «ventaja blanca», porque es una ventaja ser blanco o blanca en una sociedad multirracial. A las personas negras, a las árabes o las asiáticas nunca se les da la opción de olvidar su condición. Las personas blancas pueden disfrutar la comodidad de no ser jamás racializadas.

Esto no significa negar que las personas blancas puedan ser también dominadas y explotadas, pero esas personas nunca serán discriminadas por su color de piel o apariencia física. Sarah Mazouz observa que las personas blancas están «racializadas» (ocupan una posición en la producción de jerarquías raciales; muy a menudo en la cima de esta jerarquía), pero no están «racializados» (el hecho de ser definidos por el grupo dominante de una sociedad dada como perteneciente a una «raza») (págs. 48-49).

Estas categorizaciones son necesarias en la investigación científica, pero también en la sociedad, porque el racismo rara vez es un fenómeno directo y concluyente. Muy a menudo se expresa en forma de una asignación de identidad implícita y eufemística. El proceso de racialización es, por lo tanto, una dinámica clave en las interacciones sociales. He aquí, en términos generales, la respuesta a la antigua objeción francesa: la noción de raza pertenecería a la terminología racista. ¡Usarla, incluso como una herramienta científica heurística, daría crédito a la idea de que las razas (biológicas) existen … y por lo tanto, ser racista! Por el contrario, en la medida que la raza es una construcción social que produce efectos de dominación, es bueno emplear el concepto porque las asignaciones raciales y racistas apenas se manifiestan abiertamente.

«Universalismo» republicano, izquierda y raza

A la izquierda crítica, alimentada por el «universalismo» republicano francés y que estaría preocupada por el uso de la palabra raza, se le podría replicar que hasta en las obras de Karl Marx se naturalizó la noción de clase. Bajo el antiguo régimen se pertenecía a un estamento por nacimiento, de forma inmutable y natural. Marx introdujo la idea de que alrededor de la clase surgía una relación de dominación y apropiación de la riqueza y la fuerza de trabajo. Podemos apostar que la noción de raza conocerá el mismo rumbo. Pronto todas las fuerzas progresistas lo utilizarán para denunciar la dinámica de asignación identitaria, sinónimo de discriminación.

Sarah Mazouz advierte que en Francia sectores importantes de la izquierda crítica están lejos de aceptar que las relaciones de dominación fundamentales giran en torno a la noción de raza y racialización. Menciona al historiador Gérard Noiriel (aunque no es el único) que ha criticado la labor científica centrada en la raza, responsabilizándolos de un giro «identitario» de una izquierda «insensible a las clases populares y a la cuestión social” [7]. Noiriel atacó en particular la noción de interseccionalidad y mostró de ese modo su ignorancia al respecto de ese concepto definido por Kimberlé W Crenshaw [8], que demostró que las mujeres negras estaban excluidas de ciertos programas sociales debido a que la dimensión de la mujer negra era ignorada por las las administraciones públicas. Estas mujeres negras estaban dominadas en tanto que pertenecían a las clases populares, pero también porque eran mujeres y porque eran negras. De hecho, en los trabajos interseccionales la clase y los análisis marxistas ocupan un lugar central.

Ya sea por ignorancia científica, por provincianismo cultural o por la negativa a abordar los cuestiones relacionadas con el género y la raza, lo cierto es que gran parte de la izquierda crítica (académica y política) se niega dogmáticamente a debatir temas que se salgan del paradigma establecido de una clase trabajadora industrial blanca que, en cierta medida, hace ya mucho tiempo que ha desaparecido. Además, ¿por qué debería considerarse que la clase es la variable discriminatoria en las relaciones de poder y dominación? ¿Por qué razón las relaciones de dominación vinculadas al género o a la raza tendrían que ser menos importantes o de menor interés?

¿Por qué es tan difícil hablar de raza en Francia? Se dice que la ideología republicana francesa es indiferente al color (colourblind). El ideal ciudadano de la república eleva a los individuos por encima de su condición social, de género y racial. Esta indiferencia por la raza hizo que la abrumadora mayoría de los diputados votasen la modificación del artículo 1º de la Constitución en 2018 que eliminaba la palabra «raza» del texto. La idea es que al omitir los orígenes personales se consigue establecer la igualdad entre la ciudadanía. Por supuesto, esta igualdad solo puede ser formal, porque las diferencias de riqueza, el sexismo o el racismo establecen, en la práctica, la desigualdad entre los individuos.

De hecho, es el proceso de estandarización (formal) el que crea las desigualdades: los individuos pertenecientes al grupo mayoritario universalizan su particularismo y particularizan el comportamiento y las reivindicaciones de las minorías. Esto explica por qué, desde la Revolución, se espera de las minorías que se integren en el molde de la mayoría. En este sentido, es posible observar una cierta aversión, incluso fobia, a los “particularismos minoritarios” en Francia.

Esta forma de concebir la igualdad entre la ciudadanía es única. Francia es un país que afirma haber superado la cuestión racial y, por lo tanto, el racismo. Sin embargo, este supuesto lucha por convencer a las poblaciones víctimas del racismo: «¡La policía no puede ser racista porque es republicana!», afirmó recientemente Sarah El Haïry, secretaria de Estado de Juventud y Compromiso, frente a unos jóvenes racializados que no salían de su incredulidad [9]. Así pues, no llega con decir que una población ha superado la cuestión racial para estar inmunizada contra el racismo. Podríamos plantear la hipótesis contraria: debido a que oficialmente la cuestión racial es tabú en Francia, las culturas minoritarias son juzgadas a priori negativamente, la raza inunda con su presencia todas las cabezas y todos los discursos, en los medios de comunicación y en todas partes.

Contra el falso universalismo francés Sarah Mazouz nos invita a cada uno de nosotros y a cada una de nosotras a «trasladarse a la experiencia minoritaria de la que se escapa» (p. 82). Esta inversión de roles permitiría tomar conciencia de las relaciones de poder, y de cómo los comportamientos y las palabras asignan identidades, inferiorizan o discriminan a determinadas personas.

La noción crítica de “raza”, entendida como un constructo social y que crea una relación de poder, funciona como un “acicate” (p. 85) que puede ayudar a revelar los puntos ciegos de las prácticas discriminatorias. Este trabajo ciertamente revela las aporías teóricas y prácticas que resultan de la negativa a hablar de raza en Francia. Como tal, es una herramienta importante para la renovación democrática, publicada en un momento crucial en las luchas por la igualdad para todos y todas.

Philippe Marlière es profesor de ciencias políticas en la University College London y colaborador habitual de Contretemps.

Notas

[1] Sarah Mazouz, Race, París, Éditions Anamosa, 2020, 89 páginas.

[2] Philippe Marlière, «Racisme: le déni français», AOC, 11 junio 2020, https://aoc.media/opinion/2020/06/11/racisme-le-deni-francais/

[3] Sarah Mazouz, La République et ses autres. Politiques de l’altérité dans la France des années 2000, París, ENS Editions, 2017.

[4] Pap Ndiaye (entrevista a Marc-Olivier Berher), «Si l’on veut déracialiser la société, il faut bien commencer par en parler», Le Monde, 12 julio 2019, https://www.lemonde.fr/idees/article/2019/07/12/pap-ndiaye-si-l-on-veut-deracialiser-la-societe-il-faut-bien-commencer-par-en-parler_5488365_3232.html

[5] Noel Ignatiev, How the Irish became Whites, Londres, Routledge, 1995.

[6] Karen Brodkin, How Jews became white folks and what that says about race in America, New Brunswick, Rutgers University Press, 1999.

[7] Gérard Noiriel, «Réflexions sur la question identitaire», La politique dans tous ses états (blog), 29 octubre 2018, https://noiriel.wordpress.com/2018/10/29/reflexions-sur-la-gauche-identitaire/

[8] Kimberlé W Crenshaw, «Mapping the margins: intersectionality, identity politics and violence against women of colour», Standford Law Review, No 6, julio 1991, pp. 1241-99.

[9] Laurent Grzybowsky, «À Poitiers, dialogue de sourds entre les jeunes et leur secrétaire d’État», La Vie, 30 octubre 2020, https://www.lavie.fr/actualite/societe/a-poitiers-dialogue-de-sourd-entre-les-jeunes-et-leur-secretaire-detat-68160.php?fbclid=IwAR3jM_FaZvFhIMIkPRqB0rxTtZoq4cNc-wisW0HDyqvD94BpS1xZ8ehNAUc

Fuente: https://www.contretemps.eu/race-racisme-discriminations-violences-sociologie-sarah-mazouz/

Información complementaria: https://anamosa.fr/produit/race/

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente original, al traductor y a Rebelión.org como fuente de la traducción.

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