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Reflexiones críticas con la institución de la monarquía, en defensa del restablecimiento de la legitimidad republicana

Fuentes: Rebelión

Hace unos días tuve el privilegio de conversar con un buen amigo, arquitecto, honesto y capaz, y me planteó su inquietud ante la existencia de una parte de la ciudadanía que adopta una actitud pasiva ante los desafíos que plantea la más elemental reflexión crítica de la sociedad en que vivimos: los desequilibrios socio-económicos, la […]

Hace unos días tuve el privilegio de conversar con un buen amigo, arquitecto, honesto y capaz, y me planteó su inquietud ante la existencia de una parte de la ciudadanía que adopta una actitud pasiva ante los desafíos que plantea la más elemental reflexión crítica de la sociedad en que vivimos: los desequilibrios socio-económicos, la desigualdad de derechos entre seres humanos, la proliferación de conflictos bélicos, lo insostenible de nuestra relación con el medio natural, el empobrecimiento cultural al que asistimos no solo en los medios de comunicación de titularidad privada sino también en los entes públicos de difusión e información, la censura previa contra personas e ideas, el sometimiento a los dictados de oscuras corporaciones empresariales y aún potencias extranjeras, la invención de barreras contra la libre circulación de los seres humanos, la indiferencia ante el sufrimiento o la marginación ajena que anida en la forma de vida de quienes el azar ha visto nacer en situación privilegiada y, por encima de todo: la negación de la democracia. Negación sostenible solo mediante el uso intencionado de incultura, silencio e inercia, al servicio de intereses creados por clases dominantes como el ejército, el capital, los partidos, la banca y la iglesia.

Pasividad la hay de muchas formas, y una de ellas -acaso la más cruel-, es la que opta por la autocomplacencia relativa para escudarse en el «yo ya he cumplido». Es una especie de desmovilización por vacuna: el sujeto que la padece se inyecta una dosis disminuida de actividad reivindicativa, hasta que su intelecto decide que «ya hay bastante… ahora que siga otro».

El resultado suele ser un elenco de personas cuya única participación en la política activa se limita a ir a algunas manifestaciones (si no llueve) y ocasionalmente, a apuntarse a alguna lista de distribución de correo, o algún foro de debate (en el que rara vez llegan a intervenir). Y no está mal, peor sería no actuar en absoluto, y permanecer agazapado entre el resto del rebaño… pero señores, que nadie se llame a equivocación: eso no es participar, así jamás lograremos nada.

No pretendo regañar a nadie, ni hacer un llamamiento a la rebelión (me caerían 35 años). No. Solo quiero llamar vuestra atención sobre el hecho deque es necesario hacer algo más. Debemos movernos, actuar: protestar, reivindicar, reflexionar, votar, informar, difundir, dar ejemplo… crear, porque resistir es crear, y crear es resistir.

Es cierto que nos movemos contra corriente, pero ganaremos, estad convencidos de ello, es solo cuestión de tiempo. Lo único que pretendemos los republicanos es lograr una forma de organización de la sociedad en la que todos los cargos públicos sean electos, que nadie mande por ser hijo de alguien, que el voto de cualquier ciudadano tenga el mismo valor, que la Iglesia se mantenga separada del Estado, que no existan relaciones de servidumbre entre los jueces, el gobierno y quienes hacen las leyes, que los cargos públicos tengan una duración determinada, que se proteja los derechos de toda persona, en especial de los más humildes, que se renuncie al uso de la guerra como método para resolver los conflictos políticos, que se apueste por la cultura, que las elecciones sean libres, justas, directas, proporcionales y universales, que los partidos políticos sean también democráticos, que no tengan listas cerradas, que su financiación sea transparente y honesta, que no se juegue con el hogar, que se trate a todo el mundo por igual… los republicanos solo pretendemos democracia, sin límites ni mentiras.

Nos movemos contra corriente, pero el tiempo está a nuestro favor. Cada segundo que pasa nos encontramos un segundo más cerca de la abolición de la arbitrariedad. La monarquía tiene caducidad, porque no es justa, no es seria, no es actual y cada vez es más difícil ocultarlo.

Estos son tiempos difíciles, en los que el engaño campa a sus anchas por doquier. Lamentablemente, abundan la personas dispuestas a prostituir su cerebro con tal de satisfacer su estómago. Y la falsedad, frecuentemente se alía con el silencio y la tergiversación, para arañar unos meses más de buena vida a costa del erario público.

Es cierto, no lo tenemos fácil. Si estuviéramos cerca de conseguirlo, esto estaría plagado de «cuñados», cada vez habría más tertulianos y columnistas de opinión que se saldrían del guión establecido y apostarían por la República [2]. ¿Por qué? porque de algo hay que vivir, y porque si los héroes abundaran, no haría falta llamarles así, serían simplemente, ciudadanos.

Pero no os creáis las mentiras de quienes desean que nada cambie: quienes reclamamos legitimidad democrática no somos un puñado de utópicos marginales, no somos personas estrafalarias ni consumidores miméticos de pensamientos precocinados, tampoco somos necesariamente de izquierdas ni de derechas -ya les gustaría-. ¡No! somos ciudadanos, conscientes de nuestra ciudadanía, y exigimos respeto para nuestra voluntad expresada a través de las urnas.

Analicemos la realidad que nos envuelve: los grandes partidos políticos rehúsan tratar abiertamente de la cuestión de la república… muchos de los políticos de primer orden piensan que: «cuando todo esto cambie, si alguien saca a relucir una grabación en la que aparezcan mis declaraciones en contra de la República, mis posibilidades de seguir chupando del bote se verán muy mermadas». Otros muchos incluso acarician veladamente la idea de la República, como cuando se le atribuye la cualidad de republicano precisamente al monarca. Si los dictados rezan que hay que tratar bien al rey, y se le tilda de republicano, eso es un modo subliminal de decir que la República es buena.

La realidad es que los grandes partidos le siguen haciendo el juego aparente a los intereses familiares del ciudadano Juan Carlos Borbón, pero nadie se arriesga a decir claramente que la República sería mala o que la monarquía debe ser para siempre.

La tergiversación (y el revisionismo) lleva a muchos intelectuales a sueldo a relacionar tendenciosamente República y Guerra Civil [3], lo cual es tanto como vincular la bondad con la muerte de la bondad; culpabilizar a la República del desencadenamiento de un conflicto armado es tan injusto como establecer una relación de causa efecto entre resultar elegido concejal y ser objeto de un atentado. Pero ¡basta! Pongamos las cosas en claro: tergiversar es mentir, y quien miente, algo tiene que ocultar.

Nosotros no tenemos nada que ocultar, porque tenemos la extraordinaria suerte de defender lo justo, estamos en el lado bueno, sin duda. Defendemos la democracia. Sí, democracia. Porque monarquía y democracia son antónimos, le pese a quien le pese, y no me salgan con lo de «monarquía parlamentaria», porque es una contradicción en términos, es como decir «paz armada», o «amenaza relativa». ¡Por favor! somos mayores, pensamos por nosotros mismos. Si democracia significa que el poder reside en el pueblo, ¿qué papel juega en todo eso una Jefatura del Estado [4] vitalicia y hereditaria?

A mi me enseñaron de pequeño, que cuando un mandatario público transfiere poderes a su hijo -porque sí-, que cuando un mandatario utiliza dinero público para pagar la casa de su hijo, que cuando un dirigente presiona medios de comunicación para ocultar informaciones que le resultarían incómodas, eso, tiene un nombre, y ese nombre es: corrupción. Sí amigos, hablemos en plata: la monarquía es una forma de corrupción institucional. ¿Por qué? porque todo el mundo sabe que si cualquier otro cargo público se comportara como lo hace un monarca, sin serlo, sería reo de corrupción (cohecho, malversación de caudales públicos, usurpación, prevaricación continuada, etc.). ¿Quieren una prueba más? al escribir estas líneas estoy cometiendo un delito, ¿por qué? porque en un Estado no-libre como España, ciertas opiniones políticas no son legales.

Y bien, ¿dónde queda la cosa? ¿en qué estado se encuentran las cosas? Todo parece indicar que el cuestionamiento final de la monarquía es algo no muy lejano en el tiempo. Es incluso posible que el ciudadano Felipe Borbón [5] acceda a la Jefatura del Estado de España sin contar con el apoyo de la ciudadanía -es posible, quien sabe-, pero es impensable que esta farsa post-franquista se prolongue por más de tres o cuatro legislaturas, o lo que es lo mismo: antes de 2020 habrá República en España.

Yo lo sé, y ahora vosotros también lo sabéis, y lo que es más importante: seguramente la Casa Real [6] también lo sabe. ¿Por qué digo eso? Lo digo, porque el más elemental planteamiento lógico hace pensar que seguramente, existe un plan. Nadie se enfrenta a algo tan serio como perder semejante chollo sin tener una estrategia con la que intentar perpetuarse en tan privilegiada posición. Y eso me trae a la memoria el circo del 23-F [7], sí amigos, nuestro JFK [8] autóctono, el autogolpe rebajado -volvemos a la técnica de vacunación consistente en una dosis atenuada de aquello que se trata de evitar-. En otras palabras: es muy probable que la familia real española haya previsto alguna forma de crear una nueva pantalla de humo legitimador, un nuevo montaje fantástico y dramático, que proporcione una cortinilla de gloria, algo que aleje el fantasma del referéndum o la abdicación a favor del Pueblo (destronamiento).

Vamos a ver, analicemos: algo ocurrirá -eso es seguro-, dónde o cuándo es todavía una incógnita, pero seguro que existe un plan. Hoy en día recurrir al ejército no está bien visto, y cualquier nuevo embuste masivo deberá contar con el consenso de los grandes partidos… siempre que estos se avengan a participar en una nueva escenificación que -como en 1981-, convierta a todo el país en un gran Teatro Real.

La última vez, depositaron su confianza en un puñado de pistoleros ignorantes y un par de fascistas con mando sobre fuerza… pero hoy en día, la información es más incontrolable, la opinión pública es más crítica… sea lo que sea lo que piensen hacer, deberá estar bien pensado.

Contra esto solo nos cabe confiar en el civismo de la ciudadanía. Muchas cosas han cambiado desde que la vieja dictadura franquista se refundara en la presente monarquía borbónica… recuerdo que hace tan solo quince años, cuando me encontraba prestando el servicio militar, se me obligaba a saludar y mostrar respeto marcial a un cáliz (un ídolo religioso). Sí, las cosas han cambiado. ¿Cómo lo harán? ¿En qué habrán pensado para continuar viviendo como reyes (sensu stricto)?

Una de las formas más suaves y pacíficas de que los monárquicos se salieran con la suya sería provocar un referéndum prematuro, es decir, aprovechar ahora que gran parte de la ciudadanía todavía se encuentra bajo los efectos de 36 más 30 años de constante campaña electoral (una calculada propaganda militar destinada a intentar que el Pueblo asuma la injusticia, e incluso llegue a desarrollar sentimientos de complicidad hacia lo arbitrario). En efecto, si se nos «sorprende» con una consulta electoral sin tiempo para exponer alternativas, cabe la posibilidad de que los orates sean mayoría. Asistiríamos a una epidemia de síndrome de Estocolmo [9] (reacción de afecto que establecen algunas víctimas de secuestro hacia sus captores). Y no es que la gente no sepa pensar… es que nos encontramos ante un oponente formidable: nada menos que el rey.

Pero ¡ah! hay buenas noticias: los apoyos del monarca podrían no ser tantos ni tan capaces como se pudiera pensar. Cualquier jugador de ajedrez sabe bien que el rey es omnipotente a corto alcance, pero precisa de la fuerza de elementos mayores para seguir coleando. Entonces ¿cuáles son los apoyos del rey? Dicho sea de otro modo: ¿Quién o qué permite que el rey siga siéndolo?

El rey lo es porque así lo permiten el ejército, el Partido Popular [10] y el Partido Socialista Obrero Español. Tres pilares, solo tres.

Ahora bien, revisemos la fortaleza de cada uno de esos tres pilares: el primero, el ejército, tenía una enorme capacidad de influencia en el momento en el que el régimen franquista evolucionó a lo que ahora es. El ejército de hoy no goza del mismo poder que cuando el ciudadano Juan Carlos era la mano derecha del dictador, cuando trabajaban juntos, y llegaba a presidir su consejo de ministros. Sí, era el becario de Franco… el suplente, el que le cubría las bajas.

Volviendo a la cuestión, por fortuna, en nuestros días el ejército tiene la misma influencia que el servicio postal o el gremio de carpinteros.

Sigamos. Otro de los tres apoyos de la monarquía es el Partido Socialista Obrero Español [11], sí, el partido de Pablo Iglesias [12] y Juan Negrín [13]. El mismo partido que en 1978 consintió a regañadientes (bajo amenaza del ejército) que la única forma de existir era manteniendo al delfín de Franco [14] en la Jefatura del Estado. Algo que algunos han llegado a definir como: una «República coronada». Pero, de la misma forma que cualquier cuerpo suspendido en el aire cae cuando sus apoyos desaparecen, cabe pensar que en su fuero interno, el Partido Socialista Obrero Español es republicano, y que, al desaparecer la amenaza del ejército -que condicionó su discurso confeso en 1978-, volverá a erigirse en defensor de la legitimidad institucional.

Luego queda el partido cuyo Presidente Fundador es oficialmente el Manuel Fraga Iribarne [15], el ex ministro dictatorial de Información y Turismo. La persona que inventaba las mentiras con las que justificar los asesinatos de opositores políticos como el de Julián Grimau [16]. Sí, la misma persona que lleva 30 años tratando de desvincularse de ese alter ego que otrora fue ministro de Gobernación (Interior) a las órdenes de Arias Navarro [17], el mismo bajo cuyo mandato en 1976 se abría fuego contra una asamblea obrera reunida en la iglesia de San Francisco de Asís en Vitoria.

El Partido Popular es un partido conservador, y conservador viene de conservar, o lo que es lo mismo: mantener. Es decir, que su apoyo está condicionado a lo que en cada momento satisfaga mejor las necesidades de aquellos a quienes representa -que por descontado, no son sus diez millones de electores-. Por una parte, no hay duda de su espíritu inmovilista, las clases bien estantes no contemplan ningún escenario distinto de este que tan favorable les está resultando. Por otro lado, está la ilimitada ambición de poder de algunos de sus más destacados líderes… líderes que ven con desesperación como la familia les priva de toda posibilidad de convertirse en los comandantes en jefe de las fuerzas armadas, o les aleja de toda posibilidad de alzarse con la Jefatura del Estado. Cómo molestaba al bigotes el tener que cargar a todos lados con el sujeto no-electo, cómo le importunaba esa incontrolable e indeseada multilateralidad y cómo le debe molestar ahora pensar que el otro sigue ahí, mientras a él, en cambio, ni siquiera le han mandado al osario (el Senado), sino que se encuentra en el osario del osario (el Consejo de Estado). Y gracias.

Pese a su terror a los cambios, son muchos en Génova quienes ya están más que hartos de la monarquía. Lo que unido a la dificultad de evitar que la gente piense, a la falta de apoyos del ejército (la Iglesia ya ni nombrarla, porque Internet le ha hecho el mismo daño que la imprenta, y el Pueblo ya no les permite seguir quemando vivos a los científicos). Como decía, pese a su terror a los cambios, a poco que la situación se desestabilice un poco más, el Partido Popular será también favorable a la abolición de la monarquía.

Y hablando de estabilidad política, recordemos la existencia de un preocupante nivel de endeudamiento privado, la existencia de ciclos macroeconómicos, nuestra creciente dependencia del sistema económico global, la pérdida de poder adquisitivo de la clase obrera, la disminución de la clase media, el alza del precio del crudo y de los tipos de interés, la pésima gestión del fenómeno de la inmigración, el coste de la vivienda absolutamente disparatado, el envejecimiento de la población, la existencia de enormes bolsas de dinero negro, el alcance de la economía sumergida, la corrupción urbanística en sus niveles más altos, la pérdida de ingresos procedentes de los fondos de cohesión estructural de la Unión Europea, el estancamiento del proceso de europeización, la paupérrima oferta cultural autóctona, el aumento de la cifra de personas que se encuentran en el umbral de la pobreza…

Nos encontramos en el año 2006, lo que significa que es cada vez más difícil tratar de jugársela con financiación irregular, listas cerradas (de amigos), fiscales nombrados a dedo, magistrados de confianza, Ley d’Hondt [18], noticias de las que no hablar, tribunales especiales (y sin presupuesto), café para todos (o al menos 17), tertulianos a sueldo, 54 circunscripciones para un único gobierno, y como guinda: el sucesor de Franco, vitalicio y hereditario… demasiadas mentiras.

Hace falta tener mucha memoria para ser un buen embustero. Dicho sea de otro modo: papá Estado tiene que estar atento a demasiados detalles para permitirse enmarañar de esta forma algo que podría ser mucho más honesto y sobretodo: sencillo.

Y es que algunos se han creído que España es un Teatro Real: se nos obliga a pagar entrada y presenciar la función sin derecho a intervenir. Estamos hartos de la alternancia entre comediantes coronados. ¡No señor! ni Zapatero [19] es Sagasta [20]; ni Rajoy [21], Cánovas del Castillo [22]. Nos cambiaron por la fuerza el guión que tanto nos gustaba, y éste no es al director que todos elegimos, hay demasiados extras y a los buenos actores no se les da ningún papel, los coros están muy altos, el apuntador lleva pistola y entre bastidores anda un sacerdote. ¡Esto no es serio!

La gestión de un país moderno es algo demasiado serio como para entremezclarlo con escenas sacadas de un cuento de cuna, con princesas y brujos. ¡Basta ya de mentiras! Es urgente regresar a la democracia de verdad.

¿Rebelión?
Sí, rebelión ilustrada, rebelión pacífica y electoral.
Revolución de los claveles, de las ideas, de las letras y la memoria.
Mas, ¡ni un disparo! ¡ni una gota de sangre que manche nuestra razón!
Ideas ¡solo ideas! ideas… ¡y reflexión!
Palabras y compromiso, argumentos… y honestidad.
Mas no solo palabras, del verbo… ¡a la acción!

No es utopía, son hechos: en el momento de escribir estas líneas, 1.262 personas habían firmado el manifiesto contra la monarquía [23]; el pasado 10 de febrero presentamos una petición al Congreso de los Diputados [24] exigiendo la restauración de la legitimidad republicana, que ya se ha admitido a trámite; estamos ultimando los términos de una querella criminal contra el rey, ante la Sala Quinta del Tribunal Supremo [25], sobre la base de que un militar no debe hacer declaraciones políticas en clave partidista; asistimos al reverdecimiento de instituciones libres de enseñanza; numerosas organizaciones trabajan por la recuperación de la memoria histórica; proyectamos la presentación de sendas peticiones al Tribunal de Cuentas [26] y a los organismos de inspección de finanzas del Estado exhortándoles a que se fiscalicen los movimientos patrimoniales y los activos de los miembros de la familia real y de las personas su área de influencia, en condiciones de igualdad al resto de la ciudadanía; en estos momentos, prestigiosos equipos de juristas se encuentran preparando los recursos ante el Defensor del Pueblo [27], ante el Tribunal Constitucional [28] e incluso organismos internacionales para responder a las previsibles inadmisiones de las acciones presentadas; se ha creado un medio de comunicación republicano que no está sujeto al control de ninguna fuerza política ni corporación empresarial. Y esto es solo el principio.

No faltará quien diga que somos pocos, que estamos divididos. Quien diga que nada tenemos que hacer. No faltarán quienes más tarde digan que ellos ya eran republicanos cuando a nuestros oídos arribaba solo el eco de las dunas. No faltarán quienes retrocedan, quienes no vuelvan, ni quienes ni siquiera quieran ir… pero el hecho es que aquí estamos… no somos pocos, somos la avanzadilla de todos los demás, y no vamos a rendirnos. Por ti, por mi, por ellos, por todos:

¡Viva la República!


[1] Jaume d’Urgell es escritor y redactor jefe del periódico La República (www.larepublica.es).