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Reflexiones en torno a las universidades de ayer, hoy y mañana

Fuentes: Rebelión

La celebración en Cuba del Congreso Internacional Universidad 2018 constituye el hito 20 de estos eventos científicos en el país, que exhibe un resultado sobresaliente en este campo que se sintetiza en casi un millón y medio de profesionales desde 1959 y un 12 % de su población con nivel universitario. Esta vez se reúnen […]


La celebración en Cuba del Congreso Internacional Universidad 2018 constituye el hito 20 de estos eventos científicos en el país, que exhibe un resultado sobresaliente en este campo que se sintetiza en casi un millón y medio de profesionales desde 1959 y un 12 % de su población con nivel universitario. Esta vez se reúnen más de 2 000 participante de 60 países, convocados para «movilizar el potencial humano, las capacidades científicas y tecnológicas, y los valores humanistas que puede promover la educación superior», con el fin de valorar el avance de la Agenda 2030 de desarrollo sostenible.

A partir del artículo publicado en la revista peruana Reflexión, considero conveniente la ocasión para compartir algunas de las ideas contenidas en el mismo.

Desde su surgimiento en el medioevo como institución de gremios, de congregaciones religiosas y de conocimientos acumulados en las sociedades, la concepción y las misiones de las universidades han ido evolucionando ya en forma lenta o ya radicalmente mediante reformas más o menos profundas que intentaban ajustarlas con el desarrollo social en los distintos países.

En este largo proceso de una historia que abarca muchas centurias en la vida de las naciones, nacieron y se han desarrollado las miles de universidades que hoy existen en el mundo, unas 700, 000, entre las que destacan las más antiguas, tradicionales y famosas, y también las más recientes, de apenas decenas de años, que se caracterizan por un espíritu innovador y una voluntad desarrolladora.

Los grados de desarrollo, matrícula, afiliación pública o privada, cobertura poblacional y grados o niveles de calidad académica diferentes de las universidades según los países en que se asientan, expresan, sin duda, las diferencias propias de las sociedades y épocas en que han surgido y se han desarrollado y de las diferencias inherentes a la naturaleza, estructuras, composición y misiones asignadas y asumidas por estas instituciones de educación superior.

Un pensamiento innovador y de creación surgió tempranamente en el seno de educadores cubanos en el siglo XIX que vale la pena justipreciar en su real dimensión y trascendencia para épocas futuras.

Entre esos hombres se destacó Félix Valera y Morales (1788 ‑ 1853), presbítero, quien inició su magisterio en 1811, antes de cumplir 25 años, en el colegio San Carlos. Según dijera José de la Luz y Caballero, Varela «fue el primero que nos enseñó a pensar.»

Sus ideas son reveladoras del alto magisterio ejercido por Varela, dirigidas también al pueblo, desde el periódico El Habanero. En lo que respecta a la relación entre estudiantes y profesores, señalaba:

«Los que enseñan no son más que compañeros del que aprende. El verdadero maestro del hombre es la naturaleza.»

En cuanto al alcance o acceso a la educación de los sectores populares, segmento excluido en toda sociedad clasista y elitista, apuntaba: «Cuando la masa popular es bruta, aún cuando abunden los sabios, el pueblo no será sensato, y siempre será preciso tratarle como un conjunto de niños o de locos, siempre será una victoria sacrificada a la ambición y la avaricia.»

«Cuando todos los miembros de la sociedad tienen la instrucción suficiente para reconocer sus deberes y sus utilidades, sólo se necesita un pequeño estímulo para ponerla en acción».

Y he aquí una idea radical asumida por el presbítero Varela, en un país sumido en el más arcaico coloniaje: «Si usted llama revolucionario a todo el que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien del pueblo, yo me glorio de contarme entre esos revolucionarios». «La revolución, o mejor dicho, el cambio político en la Isla es inevitable.»

Manuel Valdés Rodríguez (1848‑1914) fue el primer educador cubano que sentó, en sus aulas, juntos a niños blancos y negros. Como reconoció en sus memorias fue feliz, gozó con su vocación de maestro y la felicidad le enseñó a ser bueno. Sus ideas pedagógicas son de trascendencia sin par.

«Los países que mejor resultado ofrecen en la enseñanza popular – entiéndase bien – son aquellos cuya organización política y social asegura al individuo el ejercicio de su derecho y facilitan el cumplimiento de su deber».

«Haced que nuestra escuela se alegre y entristezca con todo aquello que alegra o entristece a nuestro pueblo». «Hay que crear la escuela acercándola cada vez más a la vida de cada pueblo, saturándola y envolviéndola de la realidad del medio en que se desarrolla, sin citar problemas hipotéticos que en realidad no afectan ni al individuo ni a su nación, hasta conseguir la identidad absoluta de la escuela con la vida y con las instituciones del propio país en que vive».

Enrique José Varona (1849‑1933) fue, junto a Varela y Luz y Caballero, una de las figuras descollantes del movimiento filosófico cubano. Fue un reformador, un veedor profundo de las realidades de su país y proyectó su visión de futuro en sus contemporáneos.

Sus ideas pedagógicas propugnan una visión nueva de la educación. «Tenemos – decía ‑ que vivir de otro modo si queremos vivir; y para ello necesitamos aprender de otro modo. La tarea de la educación consiste en formar hombres cada vez más aptos para realizar la plena vida humana y más capaces para asegurar al país condiciones favorables de desarrollo».

«Las universidades deben ser talleres donde se trabaje, no teatros donde se declame. Hay que iniciar a la juventud escolar en las ciencias; las universidades tienen que formar hombres cada vez más aptos para realizar la plena vida humana, más capaces de asegurar a su país condiciones favorables al desarrollo armónico y continuado de sus elementos de bienestar, cultura y moralidad superior».

Varona concebía al estudiante como «el miembro activo en la hirviente colmena en que se está fraguando; y a los profesores como hombres que deben dedicarse a «enseñar cómo se aprende, cómo se consulta, cómo se investiga».

José Martí (1853-1895) fue a la vez maestro y líder máximo del movimiento independentista a finales del siglo XIX. Confirió a la educación ese papel ineludible de preparar al hombre plenamente para la vida, de ahí que la educación toda, y en particular la superior o universitaria tiene que sufrir grandes cambios que la adapten a los tiempos y al mundo nuevo. Por eso apunta hacia una universidad transformada y científica.

Postula que «la educación tiene un deber ineludible para con el hombre, no cumplirlo es un crimen: conformarle a su tiempo sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana. Que el hombre viva en analogía con el universo, y con su época (…)» «El hombre tiene que sacar de sí los medios de vida. La educación, pues, no es más que esto: la habilitación de los hombres para obtener con desahogo y honradez los medios de vida indispensables en el tiempo que existen, sin rebajar por eso las aspiraciones delicadas, superiores y espirituales de la mejor parte del ser humano.»

Y recalca una idea que tiene vigencia plena en el siglo XXI, o sea, la correspondencia obligada entre las ideas institucionales y sociales prevalecientes en cada periodo histórico concreto:

«Es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época, y la época. (…) En tiempos teológicos, universidad teológica. En tiempos científicos, universidad científica». «El mundo nuevo requiere la escuela nueva. (…) Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela de primeras letras y acabe en una universidad brillante, útil, en acuerdo con los tiempos, estado y aspiraciones de los países en que se enseña. (…) Como quien se quita un manto y se pone otro, es necesario poner de lado la Universidad antigua, y alzar la nueva.»

Un análisis que se concatena con lo anteriormente expresado por educadores cubanos del siglo XIX y que merece ser destacado a la luz de los cambios operados en la educación en Cuba a mediados del siglo XX y principios del XXI, fue realizado por Juan Marinello, intelectual y político cubano, poeta y ensayista (1898-1977 ):

«El caso de Cuba prueba como pocos que la educación, tarea esencial en la vida de cada pueblo, depende, en su naturaleza y desarrollo, de la organización de la sociedad, determinada básicamente por las estructuras económica establecidas. Una escueta consideración del pasado y del presente de la nación cubana lo confirma cabalmente. Nuestra isla estuvo regida durante siglos por poderes extranjeros, metropolitanos, el de la España monárquica primero y el del imperialismo estadounidense después. La enseñanza y la cultura se mantuvieron marcadas, en todos sus niveles, por el interés de defender y prolongar la situación injusta y opresora inherente a la realidad colonial.

No obstante el propósito de los poderes dominantes, tan pronto afloraron los elementos expresivos de una nacionalidad naciente, las mentes más esclarecidas denunciaron valerosamente el terco retraso de la educación y la cultura. El férreo marco del mando español neutralizó a la larga tan sabia y radical discrepancia. Al paso del tiempo, avanzada la centuria, aparecen maestros de singular altura y creadores de firme calidad, pero su obra no pudo llegar al pueblo ni infundirle su espíritu transformador.

Durante la república mutilada -desde comienzos del siglo hasta 1959–, pesó sobre nuestro proceso educativo y cultural la acción omnipresente del imperialismo de los Estados Unidos; con instrumentos distintos pero con intención similar, los funcionarios norteamericanos moldearon al interés de sus jefes la tarea de la cultura y la educación cubanas. No se detuvieron sino se acrecentaron la inquietud y el anhelo de una enseñanza realmente popular, dispensada por normas científicas modernas y dirigidas a la liberación de los valores nacionales.

Sólo a partir de 1959, al triunfo de la revolución encabezada por Fidel Castro, se hizo posible destruir los moldes coloniales y abrir las vías de un cambio que trajese la universalización verdadera del conocimiento sin una excepción ni una pausa.»

Y es que la educación se mantuvo en un plano de retraso, verbalismo y dogmatismo durante el siglo XIX y durante la república neocolonial no se produjeron los debidos avances sustanciales, de ahí que las ideas y luchas de Julio Antonio Mella, en los años 20 del siglo XX, tuvieron en cuenta el movimiento continental de renovación surgido a partir de la Reforma Universitaria Argentina, iniciada en la Universidad de Córdoba, y que tuvo como protagonistas a los estudiantes. Mella apuntaba que «de los tres postulados fundamentales de la Revolución Universitaria: Democracia Universitaria, Renovación del Profesorado o Docencia Libre y Lucha Social, ninguno de más interés que este último. Lo que caracteriza la Revolución Universitaria es su afán de ser un movimiento social, de compenetrarse con el alma y necesidades de los oprimidos, de salir del lado de la reacción, pasar «la tierra de nadie», y formar, valiente y noblemente, en las filas de la Revolución Social, en la vanguardia del proletariado.»

Pero si bien durante la República neocolonial y, especialmente, durante la dictadura entronizada de 1952-1958, los estudiantes revolucionarios trataron de cambiar la realidad del país a partir de las Universidades, con el triunfo de la Revolución Cubana, una Revolución social profunda, era necesario replantearse la tarea en forma integral, o sea, el cambio de la realidad social del país, incluyendo a todas las instituciones, y, por supuesto, especialmente las universidades. Se trataba de un proceso de refundación de las universidades y del resto de las instituciones y de creación de otras muchas, que permitieran el desarrollo del país en forma coherente con las ideas políticas, culturales, educacionales, morales, etc., de las que la revolución era portadora, para poner fin a la situación calamitosa del pueblo y elevarlo sobre los hombros hasta un sitio merecido donde pudiera resplandecer en toda su valía y potencialidades.

En fin, que la transformación socio-económica de país exigía la transformación de las Universidades, con el propósito de hacerlas más capaces para desempeñar a plenitud la función que las circunstancias demandaban. Profesores y estudiantes, integrados unitariamente en un solo esfuerzo y en una sola voluntad, debían participar en esa transformación. Y la enseñanza superior debía adquirir nuevos compromisos y las universidades debían ser el vehículo por el cual la ciencia y la técnica modernas, junto a la conciencia más nacional y universal, debían ponerse al servicio del pueblo de Cuba y del mundo.

En el discurso al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Central de Las Villas, el 28 de Diciembre de 1959, el Comandante Ernesto Guevara, había definido magistralmente el pedido que el Gobierno Revolucionario hacía a las Universidades cubanas y que debía concretarse con urgencia y como un mandato irrenunciable para el futuro.

«Y, ¿qué tengo que decirle a la Universidad como artículo primero, como función esencial de su vida en esta Cuba nueva? Le tengo que decir que se pinte de negro, que se pinte de mulato, no sólo entre los alumnos, sino también entre los profesores; que se pinte de obrero y de campesino, que se pinte de pueblo, porque la Universidad no es el patrimonio de nadie y pertenece al pueblo de Cuba, y si este pueblo que hoy está aquí y cuyos representantes están en todos los puestos del Gobierno, se alzó en armas y rompió el dique de la reacción, no fue porque esos diques no fueron elásticos, no tuvieron la inteligencia primordial de ser elásticos para poder frenar con esta elasticidad el impulso del pueblo, y el pueblo que ha triunfado, que está hasta malcriado en el triunfo, que conoce su fuerza y se sabe arrollador, está hoy a las puertas de la Universidad, y la Universidad debe ser flexible, pintarse de negro, de mulato, de obrero, de campesino, o quedarse sin puertas, y el pueblo la romperá y él pintará la Universidad con los colores que le parezca.

Ese es el mensaje primero, es el mensaje que hubiera querido decir los primeros días después de la victoria en las tres Universidades del país, pero que solamente pude hacer en la Universidad de Santiago, y si me pidieran un consejo a fuer de pueblo, de Ejército Rebelde y de profesor de Pedagogía, diría yo que para llegar al pueblo hay que sentirse pueblo, hay que saber qué es lo que quiere, qué es lo que necesita y qué es lo que siente el pueblo.»

Consecuente con las necesidades del país y la voluntad del Gobierno Revolucionario y del pueblo, la Reforma Universitaria trazó como fines de la Universidad los siguientes: Formar profesionales de nivel superior en el número y calidad que demanden las necesidades del país; organizar y difundir los estudios de la ciencia y las humanidades; realizar investigaciones científicas, desarrollar el espíritu de investigación en los universitarios y colaborar con las instituciones científicas y organismos técnicos extra-universitarios; completar la formación cultural, moral, política y corporal de los estudiantes, de modo que constituyan ciudadanos de las más altas calidades, dispuestos a servir siempre a la Patria y a la Humanidad con la eficiencia, el desinterés y la abnegación necesaria; contribuir a elevar, mediante actividades de extensión universitaria, el nivel cultural del pueblo cubano; fomentar el intercambio científico y cultural entre Cuba y los demás países del mundo.

Para lograr tales fines las Universidades debieron instrumentar cambios en sus estructuras, y, a la vez, aplicar políticas y métodos que rompieran los lazos con el pasado retardatario e instauraran una nueva visión y enfoque, dirigidos a alcanzar metas superiores en lo organizacional, en los objetivos educacionales y en el perfeccionamiento científico técnico y el mejoramiento humano y moral de sus profesores y estudiantes.

La Reforma señalaba: «El conjunto de los principios acordados debe conferir a la institución universitaria, una vez provista de idóneo elemento humano, una base funcional eficiente y un «espíritu», es decir, una actitud, una conciencia colectiva, una sensibilidad y una voluntad de servir a la cultura, a la Patria y al mundo».

«…para la plasmación de una reforma eficaz, es indispensable un profundo cambio de actitud en profesores y estudiantes. La enseñanza no es trasegar conocimientos. Es algo mucho más difícil: dirigir el aprendizaje, lo que significa orientar al alumno en el procesos de adquisición del saber, que es inexorablemente un proceso interior, una tarea de incorporaciones graduales, de cultivo de los recursos asimiladores y creadores de la personalidad humana. Todo estudiante ha de conquistar por sí mismo su propia ciencia. La ayuda que le proporcione el maestro no es -no puede ser- otra que de administrarle oportunas y hábiles indicaciones para que siga los caminos más adecuados a la búsqueda del saber, se coloque frente a los problemas de la profesión y se ejercite en el pensamiento y la técnica respectivos.»

«El alumno ha de convencerse de que es ilusoria y falaz toda pretensión de absorber cultura en dosis masivas, mediante esfuerzos memorísticos súper concentrados, que puede acumular en unos pocos días previos a las pruebas. Es necesario que modifique radicalmente su estilo de estudiar, en acuerdo con los nuevos rumbos educacionales.»

«La Universidad espera, en la nueva etapa que ahora se inicia, una actitud altamente cooperadora por parte del estudiantado… Como se ha dicho, la Universidad se reserva a quienes posean la vocación y actitud indispensables, sin lo cual no puede cumplir los altos fines de formación científica a que está destinada.»

«En cuanto a los profesores, ¿qué espera de ellos la Universidad? Sin duda, en primer lugar, un verdadero nivel universitario, lo que presupone superior competencia y edificante calidad humana. El simple repetidor de textos, el simulador, el superficialista, no deben tener cabida en el recinto universitario, ni lo que deshonre la investidura docente con una moral repudiable. El didacta ha de ser un guía y un ejemplo para el alumno, en lo técnico y en lo humano. Además, precisa que, efectivamente, se convierta en amigo y compañero de sus discípulos (…)»

«El profesor ha de ponerse siempre al justo nivel que su misión exige: acompañar y dirigir a los alumnos en su aprendizaje. Para ello es requisito imprescindible que sepa guiarlos -cordial, honesta y sencillamente- a la información y a la formación.»

«Desde luego que sin la información no puede existir la formación. Pero de aquélla basta una dosis discreta, los elementos funcionales de la disciplina. La formación, en cambio, es lo más importante, lo que forja la capacidad del alumno para buscar datos, hacer investigaciones, afrontar problemas y resolverlos, es decir, lo que constituye la médula de su futura actuación profesional. Ni pueden atiborrarse de ello ni les serviría de gran cosa, pues a los pocos años ya estarían a la zaga de los nuevos avances del saber (…) La experiencia de los países más adelantados ratifica que el conveniente ajuste de información y formación es clave de toda la enseñanza, desde el nivel más bajo hasta el universitario.»

«Y es obligación cardinal de la docencia comprender a fondo este principio y practicarlo a fondo (…) Enseñar es enseñar a estudiar, a pensar, a investigar, a trabajar (…)»

«Cooperación, respeto y fraternidad entre profesores y estudiantes, unidos en la búsqueda del saber y en el cultivo de los ideales humanos y patrióticos de la nueva Cuba, es la consigna indeclinable de nuestra reforma universitaria.»

Fidel, promotor principal de aquella trascendente reforma universitaria en 1962, profundizó en el papel de la universidad. Introdujo en el campo teórico y práctico concepciones completamente nuevas y revolucionarias sobre la universidad, cuya organización y fines rebasaban las propias experiencias vigentes en el país y el mundo contemporáneo. Su visión de la universidad y de la formación universitaria se sustenta en las limitaciones y males reconocidos de la universidad anterior, en las necesidades planteadas para la transformación integral de toda la sociedad y en las posibilidades de ampliar sus alcances renovadores.

Hay en Fidel también un pensamiento visionario y un espíritu y voluntad de creación, realización y fundación que le permitieron, a la vez que soñar, proyectarse en la práctica social y convertir, con un tesón a toda prueba, esos sueños en realidades concretas. Su visión del proceso de universalización de la enseñanza universitaria rompe todos los esquemas sociales anteriores, asentados durante siglos, sobre la concepción de la universidad y su papel en la sociedad. Sus últimas ideas no abarcan sólo la concepción de extender los estudios universitarios para lograr un mayor acceso de la población a los mismos, sino que su visión de llevar la universidad hasta los municipios y abrir vías variadas para los estudios de pregrado y postgrado, lleva explícita la idea de convertir a todo el país en una verdadera universidad y, por lo tanto, concreción cabal de aquel pensamiento adelantado por José Martí hace más de un siglo, cuando escribiera: «Ah, Cuba, futura universidad americana». En el futuro inmediato Cuba será no sólo presente de un país-universidad para la América Latina, sino que será, sin duda alguna, un país-universidad para el mundo.

La universidad debe formar parte de la vida misma de toda la nación, y debe contribuir a enriquecerla y hacerla más trascendente. Por eso a principios de la revolución, cuando se iniciaba el proceso educacional, Fidel afirmaba:

«Hay que capacitar a nuestro pueblo. Nosotros no podemos realizar hoy tareas que sí podremos realizar en el futuro. En un pueblo que tiene una gran deficiencia en técnicos, con un pueblo donde tantas inteligencias han perdido la oportunidad de desarrollarse, de ir a centros de capacitación, de ir a las universidades, nosotros no podemos hacer lo mismo que podremos hacer cuando hayamos desarrollado hasta el máximo de capacidad técnica de nuestro pueblo.»

Fidel a la vez que piensa en el futuro del papel de la universidad en función del desarrollo de la sociedad cubana, está concibiendo, como internacionalista consecuente, en la necesaria y posible contribución de Cuba a la solidaridad con los pueblos subdesarrollados del mundo. Ese temprano sueño se convirtió con creces en una realidad reconocida a nivel mundial.

«Cuando nosotros trabajemos en el campo de la investigación, debemos pensar en los cientos de millones de seres humanos que viven en las zonas tropicales y subtropicales, en el mundo llamado subdesarrollado. Cientos de millones de seres humanos que tienen un promedio de vida de veinticinco, treinta, treinta y cinco años, comparado con un promedio de vida de sesenta y más años que tienen los países industrializados, y que nuestras investigaciones y el resultado de nuestra técnica, irán a beneficiar a cientos de millones de seres humanos. Esa debe ser también una de nuestras ambiciones.»

«El futuro no es una tarea fácil para ningún país en el mundo de hoy, pero mucho menos para el país que se queda a la zaga de los demás países en la ciencia, en la técnica, en la instrucción y en la cultura. Porque la ciencia, la técnica, avanza a una velocidad fabulosa.»

«Es decir, que ser técnico o profesional ya no es privilegio sólo de los que vivan al lado de la universidad o de los que poseen recursos suficientes para ello. Hemos establecido ya, hemos consagrado este derecho de cualquier cubano que tenga vocación, y tenga interés, y tenga capacidad, para estudiar una carrera universitaria; cualquier cubano puede ya hacerlo, antes estaban privados de ese derecho la inmensa mayoría de los hijos de las familias cubanas.»

A inicios del triunfo de la Revolución, Fidel expuso argumentos sobre la universidad que fueron recogidos posteriormente en la ley de la reforma de la educación superior o ley de la reforma universitaria de 10 de enero de 1962:

«La universidad, libre ya de los problemas políticos que la embargaban, libre ya del eterno conflicto con los gobernantes, porque el sentimiento universitario, y el sentimiento público, y el sentimiento del pueblo, y el sentimiento de los gobernantes, serán en lo adelante una sola cosa; libre ya de las batallas que antes libraba, porque ya no tendrá que librarlas, porque ya no habrá injusticia, porque ya no habrá tiranía, porque ya no habrá inmoralidades, la universidad podrá invertir su extraordinario caudal de energía y entusiasmo en preparar a los hombres, en preparar a la generación de hombres capacitados que la patria necesita, porque allí donde campeaba antaño la politiquería, el oportunismo y el vicio, ha de campear en el futuro la virtud y la capacidad.»

«La reforma universitaria es algo más sutil, no tan visible, pero sí tan necesaria como la propia reforma agraria, porque también hay enormes latifundios de inteligencia que hay que cultivar. Tanto como había miles y miles de caballerías sin cultivar, hay cientos de miles de inteligencias sin cultivar. Y tanto como había en algunos órdenes de la agricultura un gran retraso técnico, hay también en algunos órdenes de la educación un gran retraso técnico. Tanto como faltaban instrumentos a los campesinos para trabajar la tierra, faltan instrumentos en las universidades para cultivar las inteligencias: faltan los centros de investigación, faltan, en muchos casos, las maquinarias para instruir a los ingenieros, faltan los recursos, faltan los locales, faltan los profesores.»

«De ninguna manera estaba organizada la universidad para llevar las funciones sociales que requería nuestro país. Ahora bien… era lógico que la universidad fuera tal cual era aquella sociedad, donde el egoísmo individualista, donde el afán de lucro, donde el oro se convertía en la suprema aspiración de los individuos, la aspiración de vivir del trabajo de los demás, era lógico que faltara la preocupación por la producción; era lógico que muy pocos quisiesen ser ingenieros, agrónomos y muchos quisiesen ser abogados.

Era la educación para el parasitismo, era la educación para la explotación, era la educación para vivir lo mejor posible produciendo lo menos posible.»

Fidel, con el paso de los años de Revolución y los logros obtenidos por la educación cubana, concibe y desarrolla una nueva concepción de la institución conocida como universidad. «El concepto de ciudad universitaria va cambiando. Los conceptos cambian con las realidades. En el pasado la idea de una ciudad universitaria habría consistido esencialmente en una zona donde se reunieran todas las edificaciones correspondientes a una universidad; en la actualidad y en el futuro realmente será imposible limitar de esa forma el concepto de una ciudad universitaria o una universidad. Es decir, en el futuro no habrá ciudad capaz de albergar una universidad; en el futuro el concepto de universidad será demasiado grande para que pueda estar contenido en un número de edificaciones. El concepto de universidad será demasiado dinámico, a la vez que demasiado real, demasiado práctico, para que se pueda situar en un conjunto de edificios.

El concepto mismo de la función de la universidad se amplía, y cada vez comprendemos mejor de que una universidad tiene que ser algo más que un centro donde unos van a enseñar y otros a aprender en los libros o en los laboratorios; que el concepto de universidad tiene que ampliarse, y tiene que ser algo más que ese sitio donde se reúnan unos a enseñar y otros a aprender. Es que el concepto de universidad tiene que entrañar la investigación; pero no la investigación que se hace solamente en un aula o en un laboratorio, sino la investigación que hay que realizar a lo ancho y largo de la Isla, la investigación que hay que realizar en la calle. Además, la práctica, el trabajo, como parte de la formación. (…)

La universidad es una institución cuyo concepto se amplía más y más, y de hecho la universidad tiene que abarcar todo el territorio nacional.» «…: en la universidad hay que aprender muchas cosas que no son del libro, que son de las realidades de la vida; en la universidad hay que investigar la realidad de la vida, y la realidad de la vida concreta de cada país, porque hay conocimientos que pueden llamarse universales y hay conocimientos que no pueden ser universales; hay conocimientos que deben consistir en la aplicación de aquellos que son universales a determinadas realidades concretas.»

«Algún día todo el país será como una inmensa universidad Eso, desde luego, no obedece a ningún capricho, a ninguna manía de estudios ni de crear escuelas o instituciones educacionales; eso obedece a una profunda necesidad de cualquier sociedad moderna. La técnica se hace cada vez más compleja, la técnica se hace cada vez más difícil de dominar y de manejar si no se poseen profundos conocimientos. Y si nuestro país aspira a un desarrollo pleno en todos los órdenes, y por supuesto ello sólo se podrá lograr en la medida en que dominemos la técnica, tiene que llegar un día en que todos los trabajadores posean esos conocimientos técnicos, tiene que llegar un día en que en todas las fábricas se estudie, tiene que llegar un día en que el estudio se convierta en su necesidad permanente de toda la vida, como condición indispensable para el avance de cualquier país y para la constante elevación de la productividad del trabajo.»

«Las ideas nuevas no siempre resultan fácilmente comprensibles. Y así, cuando en algunas ocasiones se ha afirmado que un día la universidad se universalizará, expresa una idea: idea que no todos aceptan fácilmente desde el primer instante, puesto que no conciben, no pueden concebir que una universidad se universalice, que no puedan concebir que se universalice la enseñanza universitaria y que todo un pueblo un día llegue al nivel de lo que llamamos enseñanza universitaria.

Eso en parte proviene de todo el concepto y todo el esquema que traemos de lo que hemos conocido siempre, proviene del viejo esquema de la vieja sociedad; es producto de una sociedad donde el conocimiento era patrimonio de una minoría insignificante, en el dominio de la técnica y la ciencia. Y no se sabe qué gran número de vicios, de hábitos engendra la circunstancia de que el conocimiento sea patrimonio de una minoría.

Y sin embargo, cuesta trabajo conciliar la idea de una revolución con la idea de que para siempre, en el futuro, habrá en el seno de la sociedad una minoría poseedora de esos conocimientos técnicos y científicos y una mayoría desconocedora de los mismos.

En primer lugar, no se concibe cómo puedan resolverse los problemas del futuro, si tales conocimientos no se universalizan; en segundo lugar, no se concibe como puede llegar a hacerse realidad la sociedad nueva. Es por eso que nosotros no podemos tener otra concepción del desarrollo de la educación de un pueblo, si esa concepción no equivale hasta sus últimas consecuencias, al desarrollo de todas las facultades potenciales, de toda la inteligencia potencial de ese pueblo.

En los últimos tiempos se ha producido un gran cambio cualitativo en la universidad. Y ese cambio cualitativo ha estado en relación directa con la incorporación de la universidad a las tareas principales del país, a las actividades del desarrollo del país. Esa incorporación es cada vez mayor. Y con esa incorporación no sólo se ha beneficiado cualitativamente la universidad, se ha beneficiado cualitativamente y en un grado muy alto las actividades donde han estado participando los estudiantes.»

Si bien el análisis histórico de las ideas y realidades de un país siempre puede ser útil como experiencia concreta, la visión que hoy se tiene sobre la educación superior se asienta en la evolución que han tenido las ideas y las instituciones en todo el mundo, reflejando a la vez sus atrasos y adelantos. La UNESCO como organismo especializado ha hecho contribuciones importantes con sus valoraciones y recomendaciones que abarcan un amplio espectro del desarrollo actual y futuro de la vida académica universitaria.

Trataremos de expresar algunos de los rasgos distintivos que deben estar presentes en la universidad tanto hoy como en el porvenir.

La enseñanza universitaria debe reflejar las condiciones de vida y la existencia misma de los pueblos y proyectar una visión adelantada de su desarrollo posible en el porvenir teniendo como contexto la época a nivel mundial; debe democratizarse en cuanto a las posibilidades de acceso, abriendo vías para el ingreso de personas de todos los estratos sociales, y siempre que sea posible mantener el carácter gratuito u el otorgamiento de becas; debe abarcar, además de la formación primaria de pregrado, el amplio espectro de la formación de postgrado para ser viable la educación continuada de los egresados; debe asumir la convocatoria de universidad para todos, con la inclusión de carreras y cursos flexibles para los adultos e incluso para las personas de la tercera edad; debe utilizar los medios como la televisión y las nuevas tecnologías de la información, para ofrecer los complementos de los cursos regulares o cursos completos virtuales, tanto en la enseñanza presencial tradicional, como en la enseñanza semi presencial y a distancia; debe contemplar la investigación como un componente esencial en los programas del plan de estudio de las carreras, que los estudiantes desarrollarán de conjunto con los profesores, desarrollando así un binomio docencia-investigación en la adquisición de los conocimientos, de modo que sirvan para el desarrollo de las habilidades científicas de los egresados en los diversos campos; debe propiciarse, además de las investigaciones realizadas en las instalaciones de los departamentos docentes o cátedras, aquellas que puedan desarrollarse en centros de investigaciones de más alto nivel y adscriptos a la universidad o vinculados con ella; debe valorarse la inclusión de investigaciones propias de la vida universitaria, teniendo en cuenta la composición, dinámica y características específicas de la población estudiantil y las inherentes el proceso pedagógico; debe contemplar el cogobierno armónico de profesores y estudiantes en la vida institucional universitaria a todos los niveles; debe ser fuente de ciencia y conciencia, y el papel formativo de los recursos humanos que desempeñan según las necesidades de los países, debe tener como fin inmanente superior la formación integral de modo que sus egresados sean mejores profesionales y mejores ciudadanos; debe considerar al estudiantado un componente activo y creador del proceso formativo integral y a los profesores como hombres que deben consagrarse a enseñar cómo se aprende, cómo se consulta, cómo se investiga; debe proyectar su acción hacia la sociedad, a través de profesores y estudiantes, interactuando con ella ha través de los planes de extensión universitaria, y en la que se integren la ciencia, la técnica y la cultura; debe contribuir con sus resultados académicos e investigativos al desarrollo social y proyectarlos tanto nacional como internacionalmente, a través de un sistema de publicaciones propias y otras ajenas diversas; debe desarrollar un fuerte espíritu solidario, cooperativo y humanitario en sus egresados que permitan brindar su ayuda a su propio pueblo y otros pueblos en situaciones diversas: normales, críticas o de catástrofes; debe velar por cumplir los indicadores contemplados en los procesos de acreditación académica y someterse a la evaluación externa periódica; debe tener un enfoque y desempeño económico en su presupuesto que permita su desarrollo sustentable.

Wilkie Delgado Correa. Doctor en Ciencias Médicas. Profesor Titular, Consultante y Emérito. Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.