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Saramago, un hombre afortunado

Fuentes: La Jornada

Desafiante, claro, comprometido, en marzo de 1998 José Saramago llegó a México dispuesto a sacar de quicio al gobierno de Ernesto Zedillo. Semanas atrás había anunciado, en un artículo muy duro que dio la vuelta al mundo, que visitaría Chiapas y expresaría su apoyo a los rebeldes zapatistas. Estoy aquí porque no me da igual, […]

Desafiante, claro, comprometido, en marzo de 1998 José Saramago llegó a México dispuesto a sacar de quicio al gobierno de Ernesto Zedillo. Semanas atrás había anunciado, en un artículo muy duro que dio la vuelta al mundo, que visitaría Chiapas y expresaría su apoyo a los rebeldes zapatistas. Estoy aquí porque no me da igual, insistiría luego desde las montañas de Chiapas.

La Secretaría de Gobernación amagaba con aplicarle el 33 constitucional si intervenía en asuntos internos. Por entonces estaba de moda expulsar extranjeros de Chiapas. El Instituto Nacional de Migración (INM) y los medios de comunicación acababan expulsar de Chenalhó, y de México, al párroco francés Michel Chanteau. La masacre en Acteal estaba fresca, la indignación mundial era intensa, y mayúsculo el predicamento del gobierno zedillista, acusado de las masacres y la contrainsurgencia. Apenas días atrás había visitado las comunidades el fotógrafo brasileño Sabastião Salgado. Y días después de Saramago, fue Susan Sontag quien recorrió las montañas tzotziles, todavía tocadas por la tragedia.

Desde la ventanilla del INM en el aeropuerto de la ciudad de México el 7 de marzo de aquel año, a la hora de poner a prueba al gobierno, Saramago, acompañado por su compañera y traductora Pilar del Río, reiteró que iría a Chiapas porque es mi derecho y mi obligación.

Durante toda su visita al país trajo sobre los tobillos a la Secretaría de Gobernación y los servicios de inteligencia. Lejos de atemorizarlo, el acoso le dio mayor solidez a su actitud. Y una estatura moral de trascendencia ejemplar. Era un viejo militante de izquierda, comunista heterodoxo sin sitio para el desencanto. Todavía no le daban el Nobel pero había escrito una serie de novelas extraordinarias y ya se llamaba José nada más, como el personaje de su por entonces más reciente creación, Todos los nombres.

Durante una semana expresó públicamente lo que quiso, y el día 14 llegó a Chiapas con Carlos Monsiváis y Juan Bañuelos, y con ellos visitó las comunidades la mañana siguiente. En la cabecera municipal de Chenalhó lo detuvo e interrogó con rigor un retén de migración, y enseguida uno del Ejército federal. En Majomut ingresó al campamento militar que sitiaba los campamentos de refugiados de Polhó y confrontó al mando militar, sin obtener una explicación convincente del cerco armado a los desplazados zapatistas.

La crónica de La Jornada registró que José Saramago se había llevado una montaña de Chiapas. «Una pequeña montaña que le cabe en la bolsa del pantalón, idéntica a la escarpada serranía de los Altos, esta tierra de los pueblos tzotziles. Nacida de ellas, la roca que recoge del suelo de Acteal el escritor portugués pesa en la mano como un siglo, como una vida entera.

«Más tarde, al iniciar el regreso a Jovel, la muestra con triste orgullo a Pilar, su compañera.

«-Mira -le dice-, recogí una piedra.

«Al parecer tiene la costumbre de tomar piedras de los lugares que visita. No todos, asegura; no dice de cuáles sí. Alza contra la luz de la tarde el trozo de suelo basáltico, piramidal, con la base apoyada en su palma, entorna los ojos y guarda silencio. A su pesar quizás, muestra reverencia.

Lo inundan las cosas que vio, las voces que oyó, la gente que acaba de conocer para siempre, en el municipio autónomo de San Pedro Polhó. Recorrió el campamento de sobrevivientes de Acteal, los campamentos de desplazados en Polhó, conoció el campamento militar de Majomut, y ante todo, escuchó (La Jornada, 16 de marzo).

Visitó sin prisa a los desplazados zapatistas, se entrevistó con los sobrevientes de Las Abejas en Acteal, y con el consejo autónomo de Polhó. Se indignó y lloró, se emocionó al ver la resistencia de los indígenas. Se comprometió con ellos a llevar su voz a donde le fuera posible. Fue un hombre de palabra, y siempre cumplió ese compromiso.

Cuando siguiendo sus pasos, aunque con mucha mayor discreción, la escritora estadunidense Susan Sontag realizó el mismo recorrido una semana después, la polvareda levantada por Saramago seguía en el aire, había doblegado a Gobernación en cumplimiento a su deber, como él mismo lo veía, consciente de tener una voz, de ser escuchado en el mundo, y se asumía como herramienta para la lucha zapatista.

Caminando las lomas rebeldes y dolientes de Chenalhó, Sontag se detuvo un momento y dejó de hacer preguntas para decir:

-Saramago es un hombre afortunado. Cuando parecía haber acabado su vida profesional, ya mayor, comenzó a escribir unos libros maravillosos, conoció al amor de su vida, una mujer bellísima que lo adora, hoy es uno de los grandes novelistas vivos del mundo y está dispuesto a decir la verdad.

Como ella misma diría en 2000 en Jerusalén, haciendo uso de esta libertad comprometida que, a su modo, compartió con el autor portugués: El principal trabajo de un escritor no es tener opiniones, sino decir la verdad, y rehusarse a ser cómplice de las mentiras y la desinformación.

Saramago volvería a Chiapas para entrevistarse en el Aguascalientes e Oventic con el comandante David y otros comandantes zapatistas. Y durante la Marcha del Color de la Tierra en 2001 se encontró al fin con el subcomandante Marcos, con quien de tiempo atrás sostenía una conversación política, literaria e intelectual.

En 2002 participó en el Aguascalientes zapatista en Madrid, al lado de Manu Chao, y una vez más puso su palabra, su respaldo y su prestigio al servicio de la lucha zapatista.

Fue desde el primer contacto que tuvo con los indígenas rebeldes que supo qué le tocaba hacer. Obligado en 1997 a parafrasear su poema-novela de anticipación El año de 1993, Saramago dijo haber encontrado aquí una guerra del desprecio. Y explicaba: No imaginé en 1975, cuando escribí ese poema largo, que vendría a encontrar en la vida, en lo concreto, con las diferencias y similitudes, una situación tan igual como la que vi aquí.

Añadió: Sólo para el que no quiere ver ni entender las cosas, se oculta el hecho de que el Ejército y los paramilitares son la uña y la carne juntas. Fue testigo, no le contaron: De no ser así, los paramilitares no podrían haber hecho lo que hicieron y lo que siguen haciendo. Pocos minutos después de que dejamos Acteal hubo un acto de intimidación, y se hicieron no uno ni dos, sino 30 disparos, que afortunadamente fueron al aire. A través de su actitud comprometida, estremecedoramente humana, José Saramago estableció con el México de abajo una relación notable y para siempre. El privilegio fue de todos.

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