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Entrevista con Pablo Milanés:

«Silvio es revolucionario y yo soy revolucionario, por lo tanto no hay diferencias políticas»

Fuentes: Clarín

¿Qué demonios hace el Hombre Araña en el asiento trasero del auto de Pablo Milanés? El cantante está al volante de uno de sus dos relucientes Audi, sentado al lado de su novia, la vistosa Esperanza, unas tres décadas menor que él. La charla gira en torno a las habilidades culinarias de Milanés, su cubana […]

¿Qué demonios hace el Hombre Araña en el asiento trasero del auto de Pablo Milanés? El cantante está al volante de uno de sus dos relucientes Audi, sentado al lado de su novia, la vistosa Esperanza, unas tres décadas menor que él. La charla gira en torno a las habilidades culinarias de Milanés, su cubana pasión por el béisbol y el boxeo y su no tan cubana predilección por el whisky sobre el ron. Se habla de él, pero él casi no habla: se está cuidando la garganta y por eso un rato antes hizo un entrevistus interruptus. «Tengo la voz entrenada para cantar, no para hablar», fue la excusa. Quiere preservarse para la gira sudamericana que lo llevará al Luna Park el miércoles 6 de octubre, y para el disco que está por terminar, el primero con novedades desde Días de gloria, del 2000. «Son canciones de mi primerísima etapa, de aquel filin absoluto de los años 50 y 60, que nunca había grabado. También hay cosas nuevas, y he musicalizado poemas de Sandra, mi última esposa, la madre del niño».

He ahí la explicación del diminuto Spiderman articulado. El niño es Antonio, de cuatro años, su primer varón después de cuatro hijas, fruto del matrimonio con una dama vuelta canción. Igual que la famosa Yolanda, otra de las «cuatro o cinco» ex del fundador de la Nueva Trova. «Mis hijas -bromea- ya son como mis madres, ellas me mandan a mí. Por eso el niño fue volver a vivir, recuperar la paternidad y sentimientos que se habían perdido con el tiempo». Milanés está enfundado en una remera Nike negra, muy diferente a aquellas camisas descoloridas de la década del 80. También lo abandonaron los anteojos de marco grueso y su melena afro; el tiempo pasa. «Ya no soy un niño; tengo 61 años. Pero todavía me siento un hombre joven: no he perdido mis facultades para cantar y mucho menos para componer. Al contrario, uno se vuelve más agudo y un poco sabio».


El público argentino querrá oír tus viejas canciones. ¿Cantarlas también es recuperar el tiempo que pasó o es un ejercicio nostálgico que te molesta?

Me gusta cantar las cosas antiguas, me traslada a ese tiempo. Quiero complacer al público, pero también que me haga el favor de escuchar otras cosas, como canciones de Días de gloria, que tienen un sentido nostálgico sobre mis días de gloria y los de la Revolución, que ya han pasado.

Esa nostalgia siempre estuvo en tu obra, contrariamente al prejuicio de alegría permanente que se podría tener sobre un caribeño.

Es que los momentos más felices para hacer una canción son cuando uno está jodido. Nunca sale la inspiración cuando estoy contento: ahí me da por irme a tomar dos tragos, a comer, a disfrutar. Si estoy triste me da por agarrar una guitarra y hacer una canción. Nada alegre puede salir de ahí.

Otra obsesión tuya es el desgaste de la pareja: Años, Para vivir, No me pidas…

La pareja instituida, casada, con un contrato, está en crisis desde hace mucho tiempo, pero es algo ignorado en los libros, las asignaturas sociales, y también en las canciones. Se habla de desengaño, de conquistar a una muchacha o un hombre, pero nunca de estos conflictos. Entonces yo decidí hacerlo. Da la casualidad de que me he divorciado cuatro o cinco veces, pero no son canciones autobiográficas. Soy un vehículo para decir algo que está pasando socialmente y que la gente ignora.

¿Qué lleva a alguien que se divorció cuatro veces a casarse otra vez?

Cada divorcio es un desgarro; cada vez que me he divorciado, yo no lo habría querido hacer. Es más: nunca me he divorciado de una persona porque haya dejado de amarla, sino por contradicciones de la convivencia. La crisis de la pareja no viene por el desamor, sino por el contrato.


¿Puede decirse que tu «divorcio» de Silvio Rodríguez fue así, que el amor sigue pero hubo contradicciones?

(se ríe) No hay contradicciones entre Silvio y yo. Nos hemos dejado de ver porque hemos tomado diferentes caminos. Siempre se tiene la referencia de Silvio, pero nadie habla de que yo no veo a Noel Nicola (NdeR: otros de los puntales de la Nueva Trova) desde hace 20 años. Lo que pasa es que el camino que tomamos con Silvio al principio fue de una total identificación, cantando lo mismo, compartiendo temores, alegrías, principios, pensamientos. Pero en la madurez uno tiene familia y otro tipo de compromisos, y sin darse cuenta se separa de los amigos que hasta ese momento han sido inseparables. Me ha pasado también con Sara González, otra de la pandilla. Pero siempre se hace esa relación con Silvio, porque él y yo fuimos los guías de un movimiento.


¿No hubo un distanciamiento por diferencias políticas?

No, qué va. Hay una cosa esencial: Silvio es revolucionario y yo soy revolucionario, por lo tanto no hay diferencias políticas.

Pero vos hiciste críticas a la falta de libertad de expresión y él dijo que esas críticas había que hacerlas hacia dentro, no hacia fuera.

El tiene una forma de encarar su pensamiento revolucionario y yo tengo la mía. Y por suerte los dos nos podemos expresar, y nos respetamos y somos respetados.


¿Hay posibilidades de una reunión?

Sí, pero no se dan. La vida es así: no me encuentro con muchísima gente. Y he encontrado nuevos compañeros: he abierto más el abanico de amigos y criterios.

El diálogo transcurre en la casa de Milanés en el barrio de Atabey, un San Isidro habanero sembrado de chalets, lejos de las bellas callejuelas de La Habana Vieja y las asfixiantes de Centro Habana. Aquí no hay cazadores de turistas y dólares, no se escucha la salsa que surge a todo volumen de las descascaradas casas ni las canciones del Buena Vista Social Club entonadas para los extranjeros. En la residencia Villa Haydée -homenaje a la hija mayor del cantante y a Haydée Santamaría, figura de la Revolución- domina el silencio. Dos aparatos de aire acondicionado mantienen a raya al calor tropical; un televisor de pantalla gigante, un moderno equipo de música y enormes cuadros de famosos pintores cubanos completan una escenografía casi lujosa para el modo de vida de la isla.

¿No sentís una contradicción ideológica al vivir en mejores condiciones que la mayoría del pueblo cubano?

Ya no. Lo sentía al principio, y vi que era un complejo falso, superficial. Soy un hombre que vive de su trabajo; no tengo ninguna pena en decir que gano un poco más que los demás y eso me permite tener cierta economía. Pero no por eso voy a renunciar al país ni dejar de decir que soy un revolucionario y que defiendo esto a capa y espada. Al contrario, querría que todos tuvieran la posibilidad de tener el medio en que me desenvuelvo en la vida.

¿No es vivir de manera burguesa dentro de un sistema socialista?

No, en absoluto.

Detrás de Pablito, como lo llaman los cubanos, hay un ventanal cruzado por las tiras de cinta adhesiva colocadas ante la amenaza del huracán Iván, finalmente no concretada en toda su magnitud. «Lo desvió Fidel», sonríe, y cuenta que Castro lo visita seguido, «a pesar de nuestras diferencias». Junta dos dedos y hace okey: «Es un tipo muy bien».

¿Seguís pensando que después de él está el abismo?

Realmente Fidel no tiene un sucesor, y es una desgracia. Sería hermoso que sin él los más nobles propósitos de la Revolución continuaran, pero no tengo seguridad de que eso pase. No creo en la capacidad de nadie para dirigir este país después de Fidel.

En el 95 tuviste que cerrar tu Fundación por trabas burocráticas. ¿Diste por superado ese mal momento?

En esta casa hay todo el día gente tocando; hago el mismo trabajo, pero sin la garantía del Estado. En mi estudio casi nadie paga para grabar, porque los músicos no tienen un centavo, ni amparo estatal o de compañías extranjeras. Yo le estaba haciendo un bien a la cultura, pero lo vieron mal. Y cometieron un error histórico.


¿La revolución falló en el aspecto cultural? Siempre dijiste que el Estado tampoco apoyó a la Nueva Trova…

Han habido fallas. También logros, porque al principio hubo apertura. Pero empezaron a haber temores absurdos, y en vez de ser un país socialista distinto se tomó el modelo soviético. Se cometieron errores en nombre de la izquierda reaccionaria. Una revolución fresca y nueva no debió haber tomado aquel camino.


¿Cómo ves este momento de Cuba?

Vivimos un momento crítico desde hace muchos años, y se cometen muchos errores. Pero también veo lo rescatable, lo que es hermoso y me sostiene aquí. Por eso, sigo pensando que hay que morirse con la Revolución.